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8 de junio de 2012

P. Marco Antonio Foschiatti :“Panem de coelo praestitisti eis...” Recordando los Corpus de la infancia…



"Panem de coelo praestitisti eis...”
Recordando los Corpus de la infancia…


Uno de los recuerdos más gratos de mi infancia pueblerina, sobre todo cuando concurría a la catequesis y el mundo maravilloso de la fe se abría ante la admiración de mis ojos de niño, era la solemne adoración al Santísimo Sacramento los días jueves y viernes. Los jueves se rezaba la Hora Santa por los sacerdotes y las vocaciones; los viernes se contemplaba el Corazón de Jesús viviente en la Eucaristía. Los niños queríamos “ver” a Jesús en ese pedacito de pan, a Jesús hecho pan… ¡Sencillez y profundidad de la fe de los niños! La Custodia dorada nos mostraba a Aquel Pan de Vida a Quién saludábamos doblando las dos rodillas –es que está Jesús expuesto nos decían- y le decíamos desde nuestro corazón: “Señor mío y Dios mío”. Luego el  buen Sacerdote –algo majestuoso para nosotros entonces- revestido en su capa pluvial dorada realizaba una pequeña procesión bajo una simpática sombrilla, luego supimos que se llamaba umbela y era un sucedáneo del palio bajo el cual salía el Rey de Amor el Día de Corpus. Terminada la procesión nos bendecía con Jesús…pero antes cantaba unas palabras misteriosas, parecía que una voz arcana, lejana, la voz del cielo resonaba en el Templo junto a la nube aromática del incienso. El sacerdote cantaba: Panem de caelo prestitisti eis… y los fieles, sobre todo los más veteranos, con júbilo inusitado prorrumpían: Omne delectamentum in se habentem. “Les diste el Pan del cielo…que contiene en sí todas las delicias…” Fueron las primeras palabras que ese niño, hoy por la misericordia de Dios sacerdote que escribe esta meditación, aprendió en la lengua latina, lengua madre de nuestra liturgia occidental. Palabras tan bellas que con el tiempo las he podido descubrir y las sigo pronunciando con emoción, tratando de llegar a aquel amor, fe y devoción con que las cantaban mis abuelos, nuestros queridos padres en la fe, nuestros catequistas que nos transmitieron la vida verdadera: la fe en Jesucristo.

“Les diste el Pan del cielo…” El capítulo sexto de San Juan  quiere desentrañar el signo de la multiplicación del pan que Jesús realiza luego de “hacer eucaristía” al Padre, o sea luego de su acción de gracias. Los signos en el Evangelio de Juan quieren llevarnos a la realidad de quién es Jesús. El signo mirado y contemplado en la fe nos abre los ojos para que podamos “ver” a Jesús, conocer su identidad más profunda, aceptar su “Obra” en nosotros. Esta Obra es la revelación del Padre: mirándolo a Él, a Jesús, podemos mirar al Padre y ser vivificados. 

Sería muy extenso poder comentar la densidad de los versículos de este capítulo sexto de Juan, deben ser rumiados y comprendidos en el lugar en donde nacieron: “reclinados sobre el seno de Jesús”, en un contexto de oración y mirada de amor ya que sólo “el Corazón habla al corazón”. No obstante quiero detenerme sólo en un aspecto de esta primera parte del discurso del Pan de Vida. Quiero adentrarme en la realidad de Jesús como el Maná verdadero, el Pan de la Vida, el Pan entregado por el Padre para nuestro hambre de verdad y amor. El Pan que es la Vida de los ángeles, el Verbo de Vida, cuya contemplación alimenta a los espíritus bienaventurados, quiere hacerse por la Encarnación y la Cruz, el pan de los pobres, el pan de los hijos. ¡Cuán hermosamente canta Santo Tomás, en clave joánica, este misterio de abajamiento y de entrega del Verbo en la Encarnación-Eucaristía! Si supiéramos rezarlos detenidamente tendríamos “in nuce” toda la teología, pero teología “de rodillas”, la verdadera. Santo Tomás canta y con él toda la Iglesia:
  “Panis angelicus fit panis hominum, dat panis caelicus figuris terminum, O Res mirábilis, manducat Dóminum, pauper, servus et húmilis.”
“El pan de los ángeles se hace pan de los hombres, el pan celestial da plenitud a las antiguas figuras, ¡Oh qué realidad tan admirable, se alimentan de su mismo Señor el pobre, el siervo, el humilde…”

Tratemos de ir al fondo de este Pan de los ángeles que se nos hace nuestro Pan para el camino. Y se nos hace Pan en la Encarnación para ser Él mismo: el Camino.

“En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés  quién os dio el pan del cielo: es mi Padre  el que os da el verdadero pan del cielo.” (Jn 6, 32)

El maná, el alimento misterioso que llovía del cielo cada mañana, era el signo del amor providente del Señor que cuidaba a su pueblo en el largo desierto . La mano buena del Señor no abandonaba a su rebaño sino que cada mañana abría su mano y los saciaba de ese pan humilde que sabía a dulzura, que se acomodaba a todos los gustos . Ese pan humilde, fruto del Señor que nos da el alimento a su tiempo, hablaba de la fidelidad del Señor, de su amor misericordioso . El maná enseñaba al pueblo donde está la verdadera vida que consiste en vivir de la boca de Dios , vivir de su Palabra, tener hambre de su amor, de su Don, porque “sólo Dios puede saciar el corazón humano” . La pedagogía de Dios en el Don del maná abría el corazón de su pueblo caminante al deseo del alimento que permanece, al alimento que sacia plenamente, el alimento que reconforta y verdaderamente “recrea” al hombre,  la fuente de todo alimento espiritual y material: el maná de la Palabra del Señor . El hombre vive de la Palabra del Señor que es más dulce que la miel, que el jugo del panal . Palabra que redime, que ilumina, que regala un corazón nuevo, que crea la Historia de la salvación. Palabra que es creadora y redentora: “Envío su Palabra para curarlos, para salvarlos de la perdición” “El envía su mensaje a la tierra, su Palabra corre veloz” “La Palabra del Señor hizo el cielo, el Espíritu de su boca sus ejércitos.”  

  Palabra que vive junto al Señor como su Sabiduría, que juega en su presencia, que encuentra sus delicias en habitar junto a los hijos de los hombres …Palabra-Sabiduría que prepara un festín, mezcla el vino, invita a saciarse de su dulzura . Sabiduría y Palabra que invita a que nos saciemos de ella…porque su recuerdo es más dulce que el panal .

El maná signo de la Palabra creadora, de la Palabra redentora, del Amor providente de Dios, de su querer, de su voluntad. El maná signo de que el corazón humano sólo puede saciarse de lo que procede de Dios, porque ha sido creado con capacidad de Él, en tendencia hacia Él, con hambre de Él. El maná que baja de Dios  es signo de su Don que sacia, y sabemos que ese Don sólo puede ser Él mismo. Él mismo es el amor que sacia, ya que “su amor misericordioso vale más que la vida” (Sal. 62)

Comprendemos entonces esta profunda realidad de signo que conlleva el maná hasta identificarse con la Palabra de Dios y la Sabiduría de Dios. Ahora bien, esta misteriosa Sabiduría de Dios que vive de cara al Amor del Señor, que como un hijito juega ante su faz, que goza de su intimidad, es una Palabra-Sabiduría que encuentra también su alegría y su gozo en el morar, en el plantar su tienda entre los hijos de los hombres. La Sabiduría se convierte en mediadora entre el Corazón del Señor y el corazón de su pueblo. Una Palabra-Sabiduría que adquiere las características de un verdadero Pontífice, un creador de puentes, una Sabiduría Sacerdotal que es un Don del Señor, viene y baja de Él a nuestra tierra y, por otra parte, ofrece el sacrificio, la oblación, la ofrenda digna desde abajo hacia arriba . Sólo cuando la Palabra-Sabiduría ha plantado sus raíces en medio del pueblo podrá subir a Dios un sacrificio digno, santo, puro y agradable. Le ofrecemos lo que Él mismo nos ha dado. El Don se hace donante y sacrificio. El Don se hace víctima de paz, de reconciliación, de comunión. El Don realiza la nueva y eterna Alianza, que es la comunión definitiva de la vida de Dios y la vida del hombre.

¿Quién es este maná que baja del Padre, quién es esta Palabra creadora y redentora, quién es esta Sabiduría que juega ante la faz del Señor, que vive de su mirada amorosa, que abarca uno y otro confín del orbe, que sale de la Boca de Dios , que quiere plantar su tienda en medio de su pueblo, que quiere construir su Casa sostenida por las siete columnas, que prepara el banquete de los hijos, el banquete tan deseado y previsto por los profetas en donde todos los pueblos acudirán unánimes a la fiesta de Dios, a la fiesta que Dios mismo nos prepara, a las Bodas del Rey? ¿Quién es el maná, quién es la Palabra que alimenta de verdad, quién es la Sabiduría que enseña el camino de la bienaventuranza? Es el Logos de Dios, es la Palabra del Padre, Jesucristo: quién nos revela y comunica la Gracia y la Verdad haciéndose carne y pan por nosotros; plantando su tienda y su mesa en medio de nosotros . 

La Tienda de su Cuerpo Santo verdadero Templo que es Presencia definitiva del Dios vivo y verdadero. La Mesa del Logos es su Cruz: sacrificio y banquete, en donde la Sabiduría Crucificada nos da su carne inmolada “por la vida del mundo” . 

El Verbo de Dios ha querido bajar del cielo, por puro amor, siendo el máximo Don gratuito del Padre, un Don que es la Vida del mundo. La Vida de Dios que irrumpe en las tinieblas de muerte y pecado del corazón humano. Ya nada puede hacer retroceder el triunfo de esa Vida entregada como maná:

“Dios se hace pan para nosotros ante todo en la encarnación del Logos: la Palabra se hace carne. El Logos se hace uno de nosotros y entra así en nuestro ámbito, en aquello que nos resulta accesible. Pero por encima de la encarnación de la Palabra, es necesario todavía un paso más, que Jesús menciona en las palabras finales de su sermón: su carne es “vida” para el mundo (6, 51). Con esto alude, más allá del acto de la encarnación, al objetivo interior y a su última realización: la entrega que Jesús hace de sí mismo hasta la muerte y el misterio de la cruz” (Benedicto XVI, Jesús de Nazareth).

  Esa Vida entregada es el Amor del Padre que en su Hijo nos recrea: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que vivamos por medio de Él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados” 

Jesús es el maná verdadero  que como canta gozamente la liturgia de la bendición eucarística: “Omne delectamentum in se habentem”. Contiene en sí todas las delicias. ¿Puede el corazón humano desear algo más que Jesucristo Verbo encarnado, Verbo hecho pan de Vida, Dios se entrega personalmente a nosotros? Jesucristo el Pan de la Vida es la feliz consumación del fin para el cual fuimos creados, como dice tan hermosamente Santo Tomás, en su oración para después de la Santa Comunión. Jesucristo pan de la Vida es la adhesión del corazón humano al Amor Divino-humano de Jesucristo, y cuando el Amor Divino-humano, cuándo el Amor de Jesucristo abraza totalmente un corazón entonces comienza la redención del mundo y de la sociedad, comienza la “revolución de Dios” como el Papa Benedicto nos enseñó en la jornada mundial de la juventud en Colonia. Los problemas tan graves, tan desesperantes, tan urgentes de nuestro pobre mundo: ¿no provienen precisamente de un corazón vacío de Dios, de un corazón que no conoce el ofrecimiento del maná de la sabiduría, de la Palabra de Dios, del verdadero Amor Encarnado que es Jesucristo? ¿Acaso no se ha dicho alguna vez que si viviéramos la Misa y la Comunión estaríamos poniendo por obra el mejor proyecto de renovación social? ¿Acaso ese Pan de Vida que baja no nos impulsa a hacernos también nosotros “panes humildes y abajados”, panes en las manos de Jesús para que Él nos reparta?

Sí, Jesús, maná verdadero, queremos ser panes, prolongación de ese verdadero Pan que eres Tú, la Sabiduría del Padre, el Logos del Padre. Jesús sácianos y haznos alimentos de Vida como Tú, ya que hoy el hambre más profunda, de donde brotan todas las otras terribles y perversas carencias, es el hambre de sentido, de verdad, de luz, de ser amados, de realizarnos en el genuino y pleno don de nosotros mismos. ¡Danos siempre de ese Pan! ¡Haznos pan! como Tú Hijo de Dios te hiciste el Pan abreviado y “chiquito” de Belén, en esa noche santa en donde los cielos se volvieron melifluos destilando tu miel . Tú, Jesús, te hiciste maná en tu Pasión: fuiste triturado para hacerte nuestro alimento , nuestra Pascua, el alimento que es Don hasta la muerte…y de esa manera destruyes la muerte en la Vida de tu Amor. ¡Qué te miremos mucho Maná presente y escondido, Jesús, que te comamos para que nos transformes y nos introduzcas en el dinamismo de tu amor entregado hasta el fin…! ¡Qué podamos cantar gozosamente, en medio de nuestras cruces cotidianas, siempre con mayor fuerza y esperanza ante el Don de tu amor eucarístico: Omne delectamentum in se habentem! ¡En ti, Jesús, se encuentra el torrente de todas las delicias! Amén.

  P. Marco Antonio Foschiatti OP.
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[1] “Y a las nubes mandó desde lo alto,
abrió las compuertas de los cielos;
 hizo llover sobre ellos maná para comer,
les dio el trigo de los cielos,
pan de ángeles comió el hombre,
les mandó provisión hasta la hartura” (Sal. 78, 23-25).
[1] “A tu pueblo le alimentaste con manjar de ángeles, le suministraste sin cesar desde el cielo, un pan ya preparado que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos. El sustento que les dabas revelaba tu dulzura a tus hijos, pues adaptándose al deseo del que lo tomaba, se transformaba en lo que cada uno quería” (Sab. 16, 20 y ss).  Santo Tomás inspirándose en este texto va a crear genialmente la bella antífona de las I vísperas del Oficio de Corpus Christi: “Oh cuán suave es Señor tu Espíritu, para manifestar tus delicias a tus hijos, los colmas de un Pan delicioso que baja del cielo, dejas en cambio sin nada a los ricos insolentes”. Ofrezco la versión en latín por la belleza de su poesía y la fuerza de su expresión, claro que sólo la podemos “comprender” a esta antífona si la estudiamos desde su melodía gregoriana, tan dulce e inspirada a la vez: “O quam suávis est, Dómine, spíritus tuus, qui, ut dulcédinem tuam in fílios demonstráres, panem suavísimo de caelo praéstito, esuriéntes reples bonis, fastidiosósque dívites dimíttis inánes!!”
[1] “El da el pan a todo viviente,
 Porque es eterno su amor;
 ¡Dad gracias al Dios de los cielos,
  Porque es eterno su amor” (Sal. 135, 25-26)
[1] “Te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres conocían, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor” ( Deut 8, 3)
[1] El Catecismo de la Iglesia en el N° 1718 cita la hermosa expresión de Santo Tomás de Aquino en su comentario al Credo: “Sólo Dios sacia”.
[1] “Se presentaban tus palabras , y yo las devoraba; era tu palabra para mi un gozo y alegría de mi corazón, porque se me llamaba por tu Nombre, Señor, Dios Sebaot” (Jer 15, 16).
[1] “Sus palabras más dulces que la miel,
 más que el jugo de panales” (Sal 19, 11).
“¡Cuán dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca!” (Sal 119, 103)
[1] Cf. Sal 107, 29; Sal 147, 13-15; Sal 33, 5-6.
[1] “Yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los hijos de los hombres” ( Prov. 8, 30-31).
[1] “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado; dejaos de simplezas y viviréis, y dirigíos por los caminos de la inteligencia” (Prov. 9, 5-6).
[1] “Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis productos. Que mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad más dulce que el panal de miel. Los que me comen quedan aún con hambre de mí, los que me beben sienten todavía sed. Quién me obedece a mí no queda avergonzado, los que en mí se ejercitan, no llegan a pecar” (Sir. 24, 19-22).
[1] Cf. Todo el maravilloso capítulo 24 del Sirácide tan querido en la liturgia de la Iglesia, desde su interpretación cristólogica, mariológica y eclesiológica-sacramental.
[1] Sir. 24, 3.
[1] Cf. Prólogo de San Juan.
[1] “El pan que yo voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” ( Jn 6, 51).
[1] I Jn 4, 9-10.
[1]  Nos dice bellamente nuestro Santo Padre Benedicto en su libro “Jesús de Nazareth”: “En la Eucaristía, centro de la vida cristiana, Dios nos regala realmente el maná que la humanidad espera, el verdadero “pan del cielo”, aquello con lo que podemos vivir en lo más hondo como hombres. Pero al mismo tiempo se ve la Eucaristía como el gran encuentro permanente de Dios con los hombres, en el que el Señor se entrega como “carne” para que en Él, y en la participación de su camino, nos convirtamos en “espíritu”. Del mismo modo que Él, a través de la cruz, se transformó en una nueva forma de corporeidad y humanidad que se compenetra con la naturaleza de Dios, esa comida debe ser para nosotros una apertura de la existencia, un paso a través de la cruz y una anticipación de la nueva existencia, de la vida en Dios y con Dios”. Recomiendo que lean todo el capítulo de las grandes imágenes del Evangelio de Juan, especialmente el Pan de Vida.
[1]Hódie per totum mundum mellíflui facti sunt caeli” (Responsorio de Maitines de Navidad, atribuído a San León Magno).
[1] “El maná era como la semilla del cilantro; su aspecto era como el del bedelio. El pueblo se desparramaba para recogerlo; lo molían en la muela o lo majaban en el mortero.” Num. 11, 7-8.
“ Él (Jesús el Siervo sufriente) ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas” Is. 53, 5.