"La vida consagrada, en la riqueza de familias religiosas y de diversidad de carismas en sus formas antiguas y nuevas, tiene un gran valor para la vida de la Iglesia en España por su ser y por su acción. La vida religiosa, en la variedad de sus expresiones, es siempre un don de Dios a su Iglesia y un signo de la inagotable creatividad del Espíritu Santo, que no se repite ni se contradice. La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como un elemento decisivo para su misión. No es algo del pasado, sino que es un don precioso y necesario para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y misión (cfr. LG 44). Por tanto, no puede estar al margen ni ausente de la acción misionera de la Iglesia.Nuestra Iglesia necesita la vida consagrada para hacer visibles las maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de los consagrados; necesita comunidades fraternas para presentar al mundo su verdadero rostro. En un mundo dividido e injusto, a las comunidades religiosas se les encomienda la tarea de fomentar la espiritualidad de comunión" (...)
"La situación actual exige a nuestros consagrados una vida de fe y oración más ricas; una vida de comunidad y fraternidad más intensas; una austeridad de vida; ser hombres y mujeres de Dios y de los hermanos; no separar la misión de su consagración y vivir la espiritualidad de la comunión eclesial. Ante los grandes desafíos del momento actual, la respuesta no es el miedo, sino la esperanza en Dios, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.
No se puede afirmar, como hacen algunos, que aquellos Institutos Religiosos que no tienen vocaciones son menos fieles, hacen menos oración y no dan testimonio. Es injusto acusar, a veces sin piedad, a algunos religiosos, culpabilizándolos de la falta de vocaciones. La Iglesia no es como una empresa, que mide su gestión por la cuenta de resultados, porque en la vida consagrada no siempre los esfuerzos se corresponden con los logros. Dios pide a los religiosos no una espiritualidad de éxito, sino la espiritualidad de la fidelidad y de la radicalidad del seguimiento de Jesucristo".
No se puede afirmar, como hacen algunos, que aquellos Institutos Religiosos que no tienen vocaciones son menos fieles, hacen menos oración y no dan testimonio. Es injusto acusar, a veces sin piedad, a algunos religiosos, culpabilizándolos de la falta de vocaciones. La Iglesia no es como una empresa, que mide su gestión por la cuenta de resultados, porque en la vida consagrada no siempre los esfuerzos se corresponden con los logros. Dios pide a los religiosos no una espiritualidad de éxito, sino la espiritualidad de la fidelidad y de la radicalidad del seguimiento de Jesucristo".
*Monseñor Vicente Jiménez es el Presidente de la Comisión episcopal para la Vida Consagrada