27 de febrero de 2011

EL SERAFÍN DE MARÍA


ORACIÓN
¡Oh bienaventurado Gabriel de la Dolorosa, que, por vuestra afectuosísima devoción a la ínclita Virgen afligida al pie de la cruz, llegasteis a ser espejo de inocencia, modelo de santidad y taumaturgo del presente siglo por los estupendos milagros obrados en derredor de vuestro sepulcro! Dignaos mirarme benévolo desde el cielo y recabadme de la munificencia divina las fuerzas que he menester para precaver los peligros del alma, despreciar los halagos del mundo, neutralizar las asechanzas del demonio, triunfar de mis pasiones, llorar contrito mis culpas, secundar con generosidad de corazón las divinas inspiraciones y labrar mi santificación mediante un afecto sincero a la Pasión de Jesús y a los Dolores de mi Madre Maria, a fin de que, siguiendo vuestros ejemplos aquí en la tierra, pueda igualmente haceros compañia en el cielo por toda la eternidad. Así sea.

26 de febrero de 2011

CARDENAL CAÑIZARES: SÓLO LA REVOLUCIÓN DE DIOS PODRÁ RENOVAR Y CAMBIAR EL MUNDO

¿Hay un retroceso en materia litúrgica? ¿Cuáles son las claves de la "reforma de la reforma"?

No sé si podemos hablar de retroceso, porque primero habría que saber si antes ha habido o no un avance, o en qué puntos y en qué aspectos se ha dado ese progreso; también pudiera suceder que, en algunas ocasiones y subjetivamente, se haya considerado o visto como avance lo que en realidad no lo era, o no lo era suficientemente, o no se apoyaba en los fundamentos en que debería sustentarse. Nadie puede poner en duda que el Vaticano II ha puesto la sagrada liturgia, con la Palabra de Dios, en el centro de la vida y misión de la Iglesia; es muy significativo, en el lenguaje de los acontecimientos por los que Dios habla, el hecho de que la Constitución Sacrosanctum Concilium fuese el primer texto aprobado; es innegable, además, que desde allí se ha producido una gran renovación litúrgica.

Ahora bien, ¿se puede afirmar que todo lo que se ha hecho y hace es la renovación querida por el Concilio? ¿La renovación querida e impulsada en verdad por el Concilio ha penetrado suficientemente y ha llegado a sus aspectos medulares en la vida y misión del Pueblo Dios? ¿Se puede llamar renovación conciliar y desarrollo a todo lo que ha venido después? Hemos de ser humildes y sinceros: ¿la principal y gran llamada del Concilio a que la liturgia fuese la fuente y la meta, la cima de toda la vida cristiana, se está cumpliendo en la conciencia de todos, sacerdotes y laicos, o, al contrario, está aún muy lejos de que sea así? ¿El pueblo de Dios, fieles y pastores, vive de verdad de la liturgia, está en el centro de nuestras vidas? ¿Se han enseñado y asimilado las enseñanzas conciliares, se ha mantenido una fidelidad a las mismas, o se las ha interpretado correctamente en la clave de la continuidad que pide el Papa?

No planteo preguntas retóricas; hoy es muy necesario hacérselas. Las respuestas siempre nos volverán al mismo origen: al Concilio. Por eso, las claves por las que usted me pregunta para la así llamada "reforma de la reforma" no son otras que las ya dadas por el Concilio Vaticano II en Sacrosanctum Concilium y el posterior magisterio de los papas, que indican e interpretan auténticamente sus enseñanzas conforme a una "hermenéutica de la continuidad".

En eso estamos. Añado: vivimos una situación dramática caracterizada por el olvido de Dios y el vivir como si Dios no existiese; esto, como es evidente y palpable, está teniendo unas gravísimas consecuencias para los hombres. Solo la vida litúrgica puesta en el centro de todo, solo una renovación litúrgica en profundidad, solo el devolver a la liturgia, singularmente a la Eucaristía, el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia, de los sacerdotes y fieles, tal como la Iglesia la entiende, la orienta y la regula, en fidelidad a su naturaleza y a la Tradición, podrá volvernos verdaderamente a Dios, situar a Dios en el centro, fundamento, sentido y meta de todo, y así hacer posible una humanidad nueva, hecha de hombres y mujeres nuevos que adoran a Dios, abrir caminos de esperanza e iluminar el mundo con la luz y belleza de la caridad que de la liturgia brota: la liturgia nos sitúa ante Dios mismo, la acción de Dios, su amor; solo podremos impulsar una urgente y apremiante nueva evangelización si la liturgia recobra el lugar que le pertenece en la vida de todos los cristianos.

Es preciso, según veo, reconocer que la liturgia hoy no está siendo el "alma", la fuente y la meta de la vida de muchos cristianos, fieles o sacerdotes: ¡cuánta rutina y mediocridad, cuánta trivialización y superficialidad se nos ha metido!; ¡cuántas misas celebradas de cualquier manera o participadas en cualquier disposición!; de ahí nuestra gran debilidad. Es muy necesario llevar a la conciencia de los fieles que la liturgia es, ante todo, obra de Dios, y que nada se puede anteponer a ella. Solo Dios, la "revolución de Dios", Dios en el centro de todo, podrá renovar y cambiar el mundo.
* De la entrevista concedida a Antonio Pelayo para Vida nueva

MONS. ADRIANO BERNARDINI: "Asistimos hoy a un ensañamiento muy especial contra la Iglesia Católica en general y el Santo Padre en particular".


Presentamos el texto de una homilía del Nuncio Apostólico en Argentina, Mons. Adriano Bernardini, publicada originalmente por la agencia AICA, y pronunciada con ocasión de la apertura de la asamblea de las Obras Misioneras Pontificias en la fiesta de la Cátedra de San Pedro. En la misma, el Arzobispo Bernardini se refirió a los ataques contra el Vicario de Cristo por su fidelidad a la Verdad y al abandono que sufre no sólo por parte de sus enemigos sino incluso de los ministros de la Iglesia.
***

Es con verdadero placer que una vez más me encuentro en esta Sede de las Pontificias Obras Misioneras, para reunirme con todos ustedes tan empeñados en este apostolado. A todos auguro un nuevo año de trabajo en el espíritu de la Liturgia de hoy, festividad de la Cátedra de San Pedro, y sobre todo en el trozo del Evangelio que acabamos de leer.

“Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella” (Mt. 16,18) Este texto de Mateo contiene dos elementos muy importantes:

  • El primado de pedro y el de sus Sucesores en la Iglesia, que Cristo ha fundado, y por lo tanto del Santo Padre;
  • La asistencia de Jesús a su Iglesia contra las fuerzas del mal.

Damos por descontado el primer punto, fundamental para la Iglesia, porque sin este primado de Pedro y la comunión con el mismo, no existe la Iglesia Católica. Permítanme, en cambio, algunas reflexiones sobre el segundo punto: las fuerzas del Mal, que Mateo llama “el poder de la Muerte”.

Asistimos hoy a un ensañamiento muy especial contra la Iglesia Católica en general y el Santo Padre en particular. ¿Por qué todo esto? ¿Cuál es el motivo principal? Lo podemos enunciar en pocas palabras: ¡Es la Verdad que nos da el Mensaje de Cristo!

Cuando esta Verdad no se opone a las fuerzas del mal todo va bien. En cambio, cuanto presenta la mínima oposición, surge una lucha que se hace calumnia, odio e incluso persecución contra la Iglesia y más específicamente contra la persona del Santo Padre.

Veamos algún punto de la historia, que es “la maestra de la verdad”.

Los años inmediatamente subsiguientes al Vaticano II transcurren en una euforia general para la Iglesia y en consecuencia para el Papa. Pero es suficiente la publicación de la Humanae Vitae, con la que el Santo Padre confirma la doctrina tradicional, en base a la cual el acto conyugal y el aspecto procreativo no pueden ser lícitamente separados, que estallan las críticas mas feroces contra Pablo VI, que hasta aquel momento había agradado al mundo. Sus simpatías por Jacque Maritain y por el humanismo integral habían abierto las esperanzas de los ambientes modernistas internos a la Iglesia y al progresismo político y mundano.

Lo mismo se repite más veces en el largo pontificado de Juan Pablo II. Cuando es elegido, las élites culturales occidentales están fascinadas por la lectura marxista de la realidad. Juan Pablo II no se adapta a este embarazoso conformismo cultural y traba con el comunismo un duelo muy duro, que lo lleva sin más a ser un blanco físico de un oscuro proyecto homicida.

Lo mismo le sucederá siempre a Juan Pablo II con respecto a la Bioética, sobre todo con la publicación de la Evangelium Vitae del 1995, un compendio sólido y sin detracciones sobre las principales cuestiones de la vida y de la muerte.

Y ahora, siempre por el amor a la “Verdad verdadera y Evangélica”, el blanco se ha vuelto sobre Benedicto XVI. Ya marcado con desprecio en los años precedentes como “guardián de la fe”, apenas elegido, acogido de inmediato por los comentaristas de todo el mundo con una mezcla de sentimientos, que iban de la rabia al miedo, al verdadero y propio temor.

Ahora, una cosa es cierta: El Papa Benedicto imprimió a su pontificado el sello de continuidad con la tradición milenaria de la Iglesia y sobre todo de purificación. Sí, porque a la inseguridad de la fe siempre le sigue la ofuscación de la moral.

En realidad, si queremos ser sinceros, debemos reconocer que año tras año ha aumentado, entre teólogos y religiosos, hermanas y obispos, el grupo de cuantos están convencidos que la pertenencia a la Iglesia no comporta el conocimiento y la adhesión a una doctrina objetiva.

Se ha afirmado un catolicismo “á la carte”, en el cual cada uno elige la porción que prefiere y rechaza el plato que considera indigesto. En la práctica un catolicismo dominado por la confusión de los roles, con sacerdotes que no se aplican con empeño a la celebración de la Misa y a las confesiones de los penitentes, prefiriendo hacer otra cosa. Y con laicos y mujeres que buscan sustraer un poco por vez, el lugar al sacerdote para ganarse un cuarto de hora de celebridad parroquial, leyendo la oración de los fieles o distribuyendo la comunión.

He aquí que el Papa Benedicto, precisamente por su fidelidad a la “Verdad” hace una cosa que escapó a la atención de muchos comentaristas: trae de nuevo, integralmente, el credo en la fórmula del concilio de Constantinopla, es decir en la versión normalmente contenida en la Misa. El mensaje es claro: recomenzamos de la doctrina, de los contenidos fundamentales de nuestra fe. “Sí, porque -escribe el teólogo y Pontífice Ratzinger- el primer anuncio misionero de la Iglesia hoy es puesto en peligro por teorías de tipo relativista, que entienden justificar el pluralismo religioso, no solo de facto, sino también de jure”.

La consecuencia de este relativismo, explica el futuro Benedicto XVI, es que se consideren superadas una serie de verdades, como por ejemplo: el carácter definitivo y completo de la revelación de Cristo; la naturaleza de la fe teologal cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones; la unicidad y la universalidad salvífica en el misterio de Cristo; la mediación salvífica universal de la Iglesia; la subsistencia en la Iglesia Católica de la única Iglesia de Cristo.

He aquí, por lo tanto, la Verdad como causa principal de esta aversión y diría casi persecución al Santo Padre. Una aversión que tiene como consecuencia práctica su sentirse solo, un poco abandonado.

¿Abandonado de quién? ¡He aquí la gran contradicción! Abandonado por los opositores a la Verdad, pero sobre todo de ciertos sacerdotes y religiosos, no sólo Obispos, pero no de los fieles.

Así el clero está atravesando una cierta crisis, en el episcopado prevalece un bajo perfil, no obstante los fieles de Cristo están aún con todo su entusiasmo. Obstinadamente continúan rezando y van a Misa, a frecuentar los sacramentos y a rezar el rosario. Y sobre todo esperan en el Papa. Hay un sorprendente punto de solidez entre el Papa Benedicto y el Pueblo, entre el hombre vestido de blanco y las almas de millones de cristianos. Ellos entienden y aman al Papa. ¡Esto porque su fe es simple!. Por otra parte es la simplicidad la puerta de ingreso a la Verdad.

Durante esta Celebración Eucarística pidamos al buen Dios y a la Virgen poder formar parte, también nosotros de este tipo de cristianos.

Mons. Adriano Bernardini, Nuncio Apostólico

23 de febrero de 2011

CAMINO DE LOS ALTARES UN JOVEN CONDENADO A MUERTE POR HOMICIDIO

Jacques Fesch, nacido el 6 de abril de 1930, Saint-Germain-en-Laye fue hijo de un rico banquero de origen belga, artista y ateo, distante de su hijo e infiel a su esposa, de quien finalmente, se divorció.
Jacques, que había sido educado en la religión católica, abandonó la fe a la edad de 17 años. A los 21, contrajo matrimonio civil con su novia embarazada. Su suegro le consiguió un puesto en su banco, viviendo la vida de un playboy. Abandonó a su esposa y su hija y tuvo un hijo con otra mujer.
El 24 de febrero de 1954, para financiar la compra de un barco que lo llevaría por el Pacífico, se dirigió a robar a Alexandre Sylberstein, un cambista. Herido pero consciente, Sylberstein logró dar la alarma. Fesch huyó, perdiendo sus gafas. Durante la huida disparó contra Jean Vergne, un oficial de policía que le perseguía, causándole la muerte. Minutos más tarde fue detenido. Asesinar a un oficial de policía era un crimen atroz y la opinión pública, inflamada por los informes de prensa, se manifestó decididamente a favor de su ejecución. La Cour d´Assises de París lo condenó a muerte el 6 de abril de 1957.
Después de un año de prisión, el joven asesino experimentó una profunda conversión y se arrepintió amargamente de su crimen. Aceptó su castigo con serenidad y se reconcilió con su esposa la noche antes de ser ejecutado. En la cárcel vivió una conversión radical, fulgurante, alcanzando altas cumbres de espiritualidad
Su última anotación en su diario fue: "En cinco horas, voy a ver a Jesús". Fue guillotinado el 1 de octubre de 1957.
El proceso ha concluido su fase diocesana y va rumbo a Roma.
El Cardenal de París, Jean Marie Lustiger, cuando abrió la investigación diocesana en 1987 afirmó que "declarar santo a alguien no significa para la Iglesia admirar los méritos de esa persona, sino proponer un ejemplo de la conversión de alguien que, independientemente de su itinerario humano, fue capaz de oír la voz de Dios y arrepentirse. No hay pecado tan grave que impida que el hombre llegue a Dios y le proponga la salvación".
*Fuente: Religion en libertad

SANTO PADRE PÍO: TODO REDUNDA EN BIEN DE LOS QUE AMAN A DIOS


Para vivir continuamente en una vida devota, no te hace falta más que aceptar en tu espíritu algunas máximas excelentes y generosas.
La primera que yo deseo que tengas es esta de San Pablo: "Todo redunda en bien de los que aman a Dios". Y, por cierto, ya que Dios puede y sabe sacar el bien incluso del mal, ¿con quién hará esto sino con aquellos que, sin reserva alguna, se entregan a Él? Incluso los mismos pecados, de lso que Dios, por su bondad, nos tiene alejados, son ordenados por su divina providencia al bien de los que le sirven. Si el santo rey David no hubiera pecado, nunca habría adquirido una humildad tan profunda; ni la Magdalena habría amado tan ardientemente a Jesús si Él no le hubiera perdonado tantos pecados; y Jesús no habría podido perdonárselos si ella no los hubiera cometido.

Considera, mi queridísima hijita esta gran obra de la misericordia divina: Él convierte nuestras miserias en favores y, con el veneno de nuestras iniquidades, realiza cambios saludables en nuestras almas. Dime, pues, ¿qué no hará con su gracia de nuestras aflicciones, nuestro sufrimientos y las persecuciones que nos angustian? Y, por eso, aunque te sucediera no sufrir aflicciones de ninguna clase, cree que, si amas a Dios con todo tu corazón, todo se convertirá en bien; y, aunque no logres comprender por dónde vendrá este bien, ten la certeza de que llegará. Si Dios pone ante tus ojos el lodo de la ignominia, no es sino para devolverte una mirada más clara y para hacerte admirable ante sus ángeles, como un espectáculo digno y amable. Y si Dios te hace caer, es para conseguir en ti lo que realizó en san Pablo al hacerle caer del caballo.

Por tanto, que las caídas no te hagan perder el valor; anímate a una confianza renovada y a una humildad más profunda. Descorazonarse e impacientarse después de que se ha caído en el error es una estratagema del enemigo, es cederle las armas, es darse por vencido. Po rtanto, no debes hacerlo, ya que la gracia del Señor está siempre atenta para socorrerte.


*Santo Padre Pío de Pietrelcina

MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA


“Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado”
(cf. Col 2, 12)


Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

La misericordia de Dio se comunica al hombre gratuitamente

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.


El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

El don gratuito de Dios debe ser reavivado

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf.Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

Tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la gracia

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.


El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.


El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.


La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.


El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».


Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.


El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

Redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericorida


3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).



En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma"» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.



En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
Caminar con decisión hacia Cristo
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.



Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.


Vaticano, 4 de noviembre de 2010


BENEDICTUS PP XVI

15 de febrero de 2011

AYÚDAME, OH SEÑOR, A SER MISERICORDIOSO


Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle.


Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos, para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.


Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa, para que jamás hable negativamente de mi prójimo, sino que tenga una palabra de consuelo y de perdón para todos.


Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras, para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargar sobre mí las tareas más difíciles y penosas.


Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos, para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.


Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincero incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo mismo me encerraré en el Misericordioso Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí.


* Santa María Faustina Kowalska

UNA BELLA ORACIÓN


- Dios mío, dame el día de hoy fe para seguir adelante

- Dame grandeza de espíritu para perdonar

- Dame paciencia para comprender y esperar

- Dame voluntad para no caer

- Dame fuerza para levantarme si caído estoy

- Dame amor para dar

- Dame lo que necesito y no lo que quiero

- Dame elocuencia para decir lo que debo decir

- Haz que yo sea el mejor ejemplo para los demás

- Haz que yo sea el mejor amigo de mis amigos

- Haz de mi un instrumento de tu voluntad

- Hazme fuerte para recibir los golpes que me da la vida

- Déjame saber que es lo que Tú quieres de mí

- Déjame tu paz para que la comparta con quien no la tenga

- Por último, anda conmigo y déjame saber que así es

LA FELICIDAD...


La humildad es dichosa con ser despre­ciada, con no tener nada más que la esclavitud. No se enoja por nada. La humildad está siempre contenta; la humildad es feliz en todo tiempo. La humildad anda siempre contenta; la humildad lleva siempre al Señor en su corazón.
El orgullo todo lo vive fuera de sí, se desentiende de los de­más y rebaja su valor de ellos; el orgullo lo contraría todo, lo revuelve todo y anda angustiado en este y en el otro mundo. Humildad es todo lo opuesto. Fíjate en el gusano de tierra: a medida que se hunde está más seguro. Las bestias de encima lo aplastan. Al gusano, cuando llegan las heladas, la tierra le da su calor, y, cuando hace mucho sol, la tierra le da su frescor. La humildad es el reino del corazón de Dios.
Hay que trabajar para alcanzar humildad; hay que sem­brar. Entonces Dios la da. No basta con sólo decir: «Dame, Señor». Hace falta sembrar y trabajar. Siembra, trabaja y recogerás. Como sea la siembra, será la cosecha. Siembras espi­nas, espinas recogerás; siembras rosas, rosas recogerás; siem­bras trigo puro, trigo puro recogerás.

*Beata María de Jesús Crucificado -La Arabita-

13 de febrero de 2011

MISERICORDIA Y PERDÓN, UN MANDAMIENTO DEL SEÑOR, NO UNA OPCIÓN


1. PARA DIOS EL PERDÓN ES IMPORTANTÍSIMO
Pedimos misericordia y perdón cuando pecamos, pero: ¿Qué es el pecado?, ¿Cuándo pecamos? Si hacemos, decimos, pensamos, u omitimos algo que va en contra de la ley de Dios y de sus preceptos o mandamientos, estamos pecando, del mismo modo cualquier acto o comportamiento lamentable que nos aparten de lo que es recto o justo. También lo es lo que destruye la caridad en el corazón de las personas, se opone esto al deseo de Dios y, por tanto, deja subsistir la caridad en el corazón, la ofende y la hiere.
¿Y cuál es el pecado más grande?, ¿Cuál pecado no sería perdonado? ¿Es pecado no perdonar? Tal vez si conociéramos bien lo que Dios quiere de nosotros, sería más fácil la respuesta. En efecto, Dios nos ha enviado a su Hijo para perdonar nuestros pecados, el de toda la humanidad, y para disfrutar de esta gracia, don gratuito que Dios nos da a las personas para poder alcanzar la gloria y porque no recocer que es muchas veces un beneficio que se nos otorga sin merecimiento, debemos hacer dos cosas, arrepentirnos y confesar nuestras faltas, sin dejar de creer en que recibiremos nuestro perdón. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 9). Nuestro Buen Padre, siempre estará dispuesto a perdonarnos si nosotros estamos dispuestos a aislarnos de nuestros pecados y alejarnos por siempre de la idea de toda falta, entonces de este modo reconciliarnos con Él.
Cristo nos enseño en el Padrenuestro, “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.”. Esta es la voluntad de Dios, que sepamos además reconocer que todos merecen lo que Dios nos da a nosotros y que del mismo modo como Él nos perdona, perdonemos también a nuestros hermanos. De este modo, será además una falta, no estar dispuesto a perdonar. El mismo Cristo nos enseñó: Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial les perdonará a ustedes. Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes. Mateo 6:14-15.
“Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5:5), Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe (Gálatas 5:22). El perdonar es un hecho de amor divino. Dios nos ha perdonado a través de su amor divino y eterno, y en consecuencia es a través de este mismo amor divino que Él ha puesto en nosotros, así es que podemos perdonar a otros.
Para Dios el perdón es importantísimo, y lo es porque nos ama hasta el extremo, por eso Él envió a su Hijo Jesucristo para salvarnos, para redimirnos y para perdonarnos de nuestros pecados. Si entendemos esto, nos daremos cuenta de la importancia que tiene para nuestro Padre el perdón. Entonces no seríamos consecuentes en nuestra unión con Cristo si denegáramos la misericordia y el perdón a nuestro hermanos.
Pero también debemos tener muy en cuenta que si le pedimos a Dios su perdón incondicional, nuestro perdón hacia otros tiene que ser del mismo modo. Y hagámoslo en nombre de Jesucristo, “Y todo lo que hagáis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Colosenses 3:17.


2. PERDONAR PARA SER PERDONADOS (Mt 18, 21-35)
Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No te digo siete, sino hasta setenta veces siete».Mateo, 18: 21-22.
¿Por qué poner límites? La caridad, el amor no tiene limites, siete es un número indefinido, Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”; esto es, un rechazo de plano a la limitación agregándole un número simbólico aún más indefinido.
¿Cuál ha de ser la actitud cristiana ante las faltas reiteradas del prójimo? La vida está llena de reincidencias en culpas perdonadas, entonces ¿vamos a estar sometidos a un número de indefinidos perdones? Pedro, que plantea el problema, lo lleva al extremo de preguntar si incluso ha de perdonar “siete veces,” número muchas veces simbólico de lo universal (Gen 4:24). La pregunta de Pedro es equivalente a saber si tiene que perdonar siempre. El judaísmo discutía el número legal de veces a perdonar; generalmente eran cuatro. Pero era un perdón externo. La respuesta de Jesús es afirmativa, con el grafismo oriental, de perdonar no sólo “siete veces,” sino “setenta veces siete.” Y para hacer más gráfica la enseñanza se expone una parábola.
Dice Jesús: “Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.” El “talento” era una unidad fundamental de peso; indicaba un peso determinado de dinero. El “talento” comprendía 60 “minas” = 6.000 “dracmas áticas.” La “dracma ática” era equivalente al “denario.” Y éste era la paga diaria de un jornalero (Mt 20:1). Por eso la deuda de 10.000 “talentos” era equivalente a 60 millones de "denarios.” La deuda era, pues, fabulosa. Entonces, la escena, utiliza deliberadamente datos supuestos, para una finalidad pedagógica.
Dice la parábola; “Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.” Se manda, para compensar en parte, vender a su mujer, hijos y propiedades. En los contratos de entonces entraba la responsabilidad familiar. Sin embargo, no es posible, con esta venta, lograr pagar una cantidad respetable de la deuda de los 10.000 “talentos.” Sin embargo se acusa la misericordia de su señor con él. Por lo que, no pudiendo pagar, el dueño se lo perdona todo.
Pero se contrapone la conducta de este siervo perdonado con lo que exige a su otro compañero para que le pague, inmediatamente, una pequeña deuda: 100”denarios.” Y al no pagarlos, lo mete en la cárcel. Enterado el rey, lo manda encarcelar hasta que pague la deuda. La parábola se alegoriza en parte. Se destacan algunas situaciones especiales, como el motivo por el que el compañero del siervo debía haber perdonado, porque el rey — Dios — le había perdonado a él. “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5:43-48; cf. Col 3:12-15; Sant 2:13). También se percibe, alegorizada, la distancia entre el perdón del rey al siervo (60.millones de denarios”) y lo que no quería perdonar aquel otro compañero (100 “denarios”). Esto habla de la deuda infinita del perdón de Dios a los seres humanos, y la pequeñez de perdón de los seres humanos entre sí.
Pero el punto central es la necesidad de perdonar para que Dios perdone.
Pablo nos recuerda: “Sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros, como Dios los perdonó en Cristo” (Ef 4,32). Esto es los cristianos debemos perdonarnos siempre, no algunas veces. Ser buenos, como dice Pablo, es saber emplear bien esta palabra, porque cuando queremos decir que aprobamos algo y estamos conforme decimos esta bueno, y cuando queremos indicar que algo que ya es suficiente y debe terminar, como el rencor, decimos bueno, ya esta bien, aún mas cuando recibimos una agradable noticia decimos que bueno, y cuando pecamos u ofendemos y nos arrepentimos o vemos a alguien arrepentido, hay sentimientos de pena y lástima por la desgracia o por el sufrimiento ajeno, por eso debemos ser buenos y compasivos. Es así, como perdonamos siempre, como Dios nos perdona a nosotros, como Dios es bueno con nosotros.
Para que la caridad siempre esté viva y reine entre nosotros, es indispensable el perdón de las injurias, es así como Jesús rechaza las limitaciones que quiso poner Pedro, para destacar aún más la necesidad de perdonar y sin límites, además que hay que perdonar y siempre hacerlo de corazón, al igual que el amor, cuando uno ama, ama de verdad, de todo corazón, sin límite y siempre. Así es, nuestro Padre Dios con nosotros, así nos ha enseñado, y así debemos ser y actuar, perdonar a nuestro prójimo de corazón, rogar por él, desearle todo bien y hacer que llegue la paz, por sobre cualquier dificultad.
La parábola que nos deja hoy Jesús, nos llega al corazón, porque nos damos cuenta de la falta de generosidad de aquel que había recibido la benevolencia y la comprensión y luego él se la niega a un hermano. Es así como luego al enterarse el rey lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable!" e indignado, lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Esa es la gran diferencia que quiere destacar Jesús y nos pone en contraste la generosidad de Dios, que nos perdona grandes deudas, contra la mezquindad de los hombres, el cual muchas veces ni siquiera quiere perdonar pequeñísimas cosas. No deja de se cierto la gran diferencia de nuestros pecados contra Dios y la de algunos que contra nosotros comete nuestro prójimo o nosotros contra ellos, por eso Jesús destaca que el servidor debía diez mil y a él tan solo cien.
Pero debemos tener muy en cuenta, que al final de este Evangelio, Jesús no dice “Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos". Esta deducción es muy clara, Dios no nos perdonará, si nosotros no perdonamos. ¿Es justo esto?, lo que no es justo es que nosotros pidamos perdón, Dios nos conceda misericordia y nosotros no seamos capaces de perdonar (“perdona nuestras deudas…así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden...)

El perdón es un mandamiento del Señor, no una opción. El que dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es mentiroso, y la verdad no está en él. Pero en el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios ha sido perfeccionado. Por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él debe andar como él anduvo. (I Juan 2:4-6). Jesús caminó y habló con y en el perdón, luego fue crucificado, siendo inocente, porque fue acusado falsamente y mucha gente mintió acerca de Él, conspiraron en su contra, lo azotaron, lo torturaron. ¿Y qué hizo Cristo después de esto?, mientras estaba en la cruz, nos enseñó el ejemplo superior y supremo de perdón, “Padre, perdónalos, porque ellos no saben lo que hacen.” Lc 23:34.
Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba diciendo: --¡Señor Jesús, recibe mi Espíritu! Y puesto de rodillas Clamó a gran voz: --¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado! Y habiendo dicho esto, durmió. (Hechos 7-60). Al leer este texto, me he preguntado si estaríamos dispuestos a hacer lo mismo.
Me encanta leer a san Pablo cuando dice: Con Cristo he sido juntamente crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en Mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me Amó y se Entregó a Sí mismo por Mí. (Gálatas 2:20). Nuestro Buen Padre Dios nos perdonó por todas las cosas, por siempre, a través de Su Hijo, Jesucristo. Vivamos la vida de fe en Él y caminemos en amor, siendo capaces de tener misericordia y dar con libertad y cariño perdón nuestros hermanos.
Termino esta reflexión con las palabras de san Pablo: “Por tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, Vestíos de profunda Compasión, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia, Soportándoos los unos a los otros y Perdonándoos los unos a los otros, cuando alguien tenga queja del otro. De la manera que el Señor os Perdonó, Así también hacedlo vosotros. Pero sobre todas estas cosas, Vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Cristo gobierne en vuestros corazones, pues a ella fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite abundantemente en vosotros. “(Colosenses 3: 12-16)

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

JUAN PABLO II Y ELCORAZÓN DE JESÚS

"En el corazón de Cristo encuentra paz quien está angustiado por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia, porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor para quien recurre a El con confianza."
*Venerable Juan Pablo II

NO HAY PECADO HUMANO QUE PREVALEZCA POR ENCIMA DE LA MISERICORDIA INFINITA DE DIOS


La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia—el atributo más estupendo del Creador y del Redentor—y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado la meditación constante de la palabra de Dios, y sobre todo la participación consciente y madura en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación. La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte: en efecto, « cada vez que comemos de este pan o bebemos de este cáliz », no sólo anunciamos la muerte del Redentor, sino que además proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la gloria. El mismo rito eucarístico, celebrado en memoria de quien en su misión mesiánica nos ha revelado al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua el amor inagotable, en virtud del cual desea siempre El unirse e identificarse con nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones humanos. Es el sacramento de la penitencia o reconciliación el que allana el camino a cada uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado. Se ha hablado ya de ello en la encíclica Redemptor Hominis; convendrá sin embargo volver una vez más sobre este tema fundamental.


Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que « Dios amó tanto.. que lo dio su Hijo unigénito », Dios que « es amor » no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal.


La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo.


Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que « Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo » es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del « reencuentro » de este Padre, rico en misericordia.


El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo « ven » así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris. Es evidente que la Iglesia profesa la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, no sólo con la palabra de sus enseñanzas, sino, por encima de todo, con la más profunda pulsación de la vida de todo el Pueblo de Dios. Mediante este testimonio de vida, la Iglesia cumple la propia misión del Pueblo de Dios, misión que es participación y, en cierto sentido, continuación de la misión mesiánica del mismo Cristo.


*De la Encíclica Dives in misericordia del Venerable Juan Pablo II

12 de febrero de 2011

¡HASTA EL CIELO, DON JESÚS!

DON MANUEL JESÚS PRECEDO LAFUENTE
DEÁN EMÉRITO DE LA CATEDRAL DE SANTIAGO DE COMPOSTELA
IN MEMORIAM



Falleció esta mañana en Santiago de Compostela a la edad de 86 años. Natural de Cambre (A Coruña), Don Manuel Jesús Precedo Lafuente llevaba más de medio siglo vinculado a la Basílica compostelana. Fue profesor del Instituto Xelmírez y del Instituto Teológico Compostelano, y autor de varios libros sobre la historia y el arte de la ciudad del Apóstol, además de miembro del Patronato de la Cocina Económica.Entre los numerosos galardones que ha recibido a lo largo de su trayectoria figuran la medalla de plata y el nombramiento de hijo adoptivo de Santiago, y la insignia de oro y brillantes de la Universidad.
Descanse en paz, este servidor bueno y fiel del Señor.

11 de febrero de 2011

ORACIÓN AL SANTO PADRE PÍO POR LOS ENFERMOS


Santo Padre Pío, ya que durante tu vida terrena mostraste un gran amor por los enfermos y afligidos, escucha nuestros ruegos e intercede ante el Padre misericordioso por los que sufren.

Asiste desde el cielo a todos los enfermos del mundo.

Sostén a quienes han perdido toda esperanza de curación.

Consuela a quienes gritan o lloran por sus tremendos dolores.

Protege a quienes no pueden atenderse o medicarse por falta de recursos materiales o ignorancia.

Alienta a quienes no pueden reposar porque deben trabajar.

Vigila a quienes buscan en la cama una posición menos dolorosa.

Acompaña a quienes pasan las noches insomnes

Visita a quienes ven que la enfermedad frustra sus proyectos.

Alumbra a quienes pasan una “noche oscura” y desesperan.

Toca los miembros y músculos que han perdido movilidad.

Ilumina a quienes ven tambalear su fe y se sienten atacados por dudas que los atormentan.

Apacigua a quienes se impacientan viendo que no mejoran.

Calma a quienes se estremecen por dolores y calambres.

Concede paciencia, humildad y constancia a quienes se rehabilitan.

Devuelve la paz y la alegría a quienes se llenaron de angustia.

Disminuye los padecimientos de los más débiles y ancianos

Vela junto al lecho de los que perdieron el conocimiento.

Guía a los moribundos al gozo eterno.

Conduce a los que más lo necesitan al encuentro con Dios.

Bendice abundantemente a quienes los asisten en su dolor, los consuelan en su angustia y los protegen con caridad. Amén.

A MÍ ME LO HICÍSTEIS...


Es difícil enumerar aquí todos los tipos y ámbitos de la actividad «como samaritano» que existen en la Iglesia y en la sociedad. Hay que reconocer que son muy numerosos, y expresar también alegría porque, gracias a ellos, los valores morales fundamentales, como el valor de la solidaridad humana, el valor del amor cristiano al prójimo, forman el marco de la vida social y de las relaciones interpersonales, combatiendo en este frente las diversas formas de odio, violencia, crueldad, desprecio por el hombre, o las de la mera «insensibilidad», o sea la indiferencia hacia el prójimo y sus sufrimientos.


Es enorme el significado de las actitudes oportunas que deben emplearse en la educación. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas, aunque sólo sea por motivos humanitarios, deben trabajar con perseverancia para despertar y afinar esa sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, del que es un símbolo la figura del Samaritano evangélico. La Iglesia obviamente debe hacer lo mismo, profundizando aún más intensamente -dentro de lo posible- en los motivos que Cristo ha recogido en su parábola y en todo el Evangelio.La elocuencia de la parábola del buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente ésta: el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo, ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es ante todo el alma.


La parábola del buen Samaritano, que -como hemos dicho- pertenece al Evangelio del sufrimiento, camina con él a lo largo de la historia de la Iglesia y del cristianismo, a lo largo de la historia del hombre y de la humanidad. Testimonia que la revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad. Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. El mismo Cristo, en este aspecto, es sobre todo activo. De este modo realiza el programa mesiánico de su misión, según las palabras del profeta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor». Cristo realiza con sobreabundancia este programa mesiánico de su misión: El pasa «haciendo el bien», y el bien de sus obras destaca sobre todo ante el sufrimiento humano. La parábola del buen Samaritano está en profunda armonía con el comportamiento de Cristo mismo.


Esta parábola entrará, finalmente, por su contenido esencial, en aquellas desconcertantes palabras sobre el juicio final, que Mateo ha recogido en su Evangelio: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; preso, y vinisteis a verme». A los justos que pregunten cuándo han hecho precisamente esto, el Hijo del Hombre responderá: «En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis». La sentencia contraria tocará a los que se comportaron diversamente: «En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo».


Se podría ciertamente alargar la lista de los sufrimientos que han encontrado la sensibilidad humana, la compasión, la ayuda, o que no las han encontrado. La primera y la segunda parte de la declaración de Cristo sobre el juicio final indican sin ambigüedad cuán esencial es, en la perspectiva de la vida eterna de cada hombre, el «pararse», como hizo el buen Samaritano, junto al sufrimiento de su prójimo, el tener «compasión», y finalmente el dar ayuda. En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor». En este amor el significado salvífico del sufrimiento se realiza totalmente y alcanza su dimensión definitiva. Las palabras de Cristo sobre el juicio final permiten comprender esto con toda la sencillez y claridad evangélica.


Estas palabras sobre el amor, sobre los actos de amor relacionados con el sufrimiento humano, nos permiten una vez más descubrir, en la raíz de todos los sufrimientos humanos, el mismo sufrimiento redentor de Cristo. Cristo dice: «A mí me lo hicisteis». El mismo es el que en cada uno experimenta el amor; El mismo es el que recibe ayuda, cuando esto se hace a cada uno que sufre sin excepción. El mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser partícipes «de los sufrimientos de Cristo». Así como todos son llamados a «completar» con el propio sufrimiento «lo que falta a los padecimientos de Cristo». Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento.


* De la Carta Apostólica Salvifici Doloris del Venerable Juan Pablo II

10 de febrero de 2011

NUESTRA SEÑORA DE LOURDES (III)


INVOCACIONES

Virgen Madre de Lourdes,
que siempre fuiste fiel,
danos tu confianza,danos tu fe.
(Ave María)

Virgen Madre de Lourdes,
bendice nuestra mesa familiar
con el pan de la salud,con el pan del trabajo,
con el pan del alimento,con el pan del amor.
(Ave María)

Virgen Madre de Lourdes,
bendice nuestro descanso
con la paz del almay la alegría del espíritu.
(Ave María)
***
PARA MEDITAR:

  • Como afirma san Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf. Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción). Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35) por el suplicio infligido al Inocente, nacido de su carne. Igual que Jesús lloró (cf. Jn 11,35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a Ella a la perfección (cf. Hb 2,10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19,30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: "Ahí tienes a tu hijo" (Jn 19,26-27).María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección.

  • Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en el curso de la historia y no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en Ella; la oración Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! expresa bien este sentimiento. María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz.El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que "los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa" (Sal 44,13).

  • De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre. Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada.

  • La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc 1,46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa. Aquí, en Lourdes, durante la aparición del miércoles, 3 de marzo de 1858, Bernadette contempla de un modo totalmente particular esa sonrisa de María. Ésa fue la primera respuesta que la Hermosa Señora dio a la joven vidente que quería saber su identidad. Antes de presentarse a ella algunos días más tarde como "la Inmaculada Concepción", María le dio a conocer primero su sonrisa, como si fuera la puerta de entrada más adecuada para la revelación de su misterio. En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable. Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido y el valor de la vida. Es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo, sin la ayuda de la gracia divina. Cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados, es necesaria una presencia amorosa; buscamos entonces no sólo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe. Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? Ellos son, más que nadie, capaces de entendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento. La Carta a los Hebreos dice de Cristo, que Él no sólo "no es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros" (cf. Hb 4,15).

  • Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a Ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo, a la hora que Dios quiera.Qué acertada fue la intuición de esa hermosa figura espiritual francesa, Dom Jean-Baptiste Chautard, quien en El alma de todo apostolado, proponía al cristiano fervoroso encontrarse frecuentemente con la Virgen María "con la mirada". Sí, buscar la sonrisa de la Virgen María no es un infantilismo piadoso, es la aspiración, dice el salmo 44, de los que son "los más ricos del pueblo" (44,13). "Los más ricos" se entiende en el orden de la fe, los que tienen mayor madurez espiritual y saben reconocer precisamente su debilidad y su pobreza ante Dios. En una manifestación tan simple de ternura como la sonrisa, nos damos cuenta de que nuestra única riqueza es el amor que Dios nos regala y que pasa por el corazón de la que ha llegado a ser nuestra Madre. Buscar esa sonrisa es ante todo acoger la gratuidad del amor; es también saber provocar esa sonrisa con nuestros esfuerzos por vivir según la Palabra de su Hijo amado, del mismo modo que un niño trata de hacer brotar la sonrisa de su madre haciendo lo que le gusta. Y sabemos lo que agrada a María por las palabras que dirigió a los sirvientes de Caná: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2,5).

  • La sonrisa de María es una fuente de agua viva. "El que cree en mí -dice Jesús- de sus entrañas manarán torrentes de agua viva" (Jn 7,38). María es la que ha creído, y, de su seno, han brotado ríos de agua viva para irrigar la historia de la humanidad. La fuente que María indicó a Bernadette aquí, en Lourdes, es un humilde signo de esta realidad espiritual. De su corazón de creyente y de Madre brota un agua viva que purifica y cura. Al sumergirse en las piscinas de Lourdes cuántos no han descubierto y experimentado la dulce maternidad de la Virgen María, juntándose a Ella par unirse más al Señor. En la secuencia litúrgica de esta memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, se honra a María con el título de Fons amoris, "Fuente de amor". En efecto, del corazón de María brota un amor gratuito que suscita como respuesta un amor filial, llamado a acrisolarse constantemente. Como toda madre, y más que toda madre, María es la educadora del amor. Por eso tantos enfermos vienen aquí, a Lourdes, a beber en la "Fuente de amor" y para dejarse guiar hacia la única fuente de salvación, su Hijo, Jesús, el Salvador.Cristo dispensa su salvación mediante los sacramentos y de manera muy especial, a los que sufren enfermedades o tienen una discapacidad, a través de la gracia de la Unción de los Enfermos. Para cada uno, el sufrimiento es siempre un extraño. Su presencia nunca se puede domesticar. Por eso es difícil de soportar y, más difícil aún -como lo han hecho algunos grandes testigos de la santidad de Cristo- acogerlo como ingrediente de nuestra vocación o, como lo ha formulado Bernadette, aceptar "sufrir todo en silencio para agradar a Jesús". Para poder decir esto hay que haber recorrido un largo camino en unión con Jesús.

Benedicto XVI en Lourdes (2008)

***

"¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén".

9 de febrero de 2011

NUESTRA SEÑORA DE LOURDES (II)




INVOCACIONES

Virgen Madre de Lourdes,
que siempre fuiste fiel,
danos tu confianza,danos tu fe.
(Ave María)
Virgen Madre de Lourdes,
bendice nuestra mesa familiar
con el pan de la salud,con el pan del trabajo,
con el pan del alimento,con el pan del amor.
(Ave María)
Virgen Madre de Lourdes,
bendice nuestro descansocon la paz del alma
y la alegría del espíritu.
(Ave María)
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PARA MEDITAR:
  • Queridos amigos, habéis subido hasta la Gruta de Lourdes rezando el santo rosario, como respondiendo a la invitación de la Virgen a elevar el corazón al cielo. La Virgen nos acompaña cada día en nuestra oración. En el Año especial de la Eucaristía, que estamos viviendo, María nos ayuda sobre todo a descubrir cada vez más el gran sacramento de la Eucaristía. El amado Papa Juan Pablo II, en su última encíclica, Ecclesia de Eucharistia, nos la presentó como "mujer eucarística" en toda su vida (cf. n. 53). "Mujer eucarística" en profundidad, desde su actitud interior: desde la Anunciación, cuando se ofreció a sí misma para la encarnación del Verbo de Dios, hasta la cruz y la resurrección; "mujer eucarística" en el tiempo después de Pentecostés, cuando recibió en el Sacramento el Cuerpo que había concebido y llevado en su seno.
  • En particular hoy, con la liturgia, nos detenemos a meditar en el misterio de la Visitación de la Virgen a santa Isabel. María, llevando en su seno a Jesús recién concebido, va a casa de su anciana prima Isabel, a la que todos consideraban estéril y que, en cambio, había llegado al sexto mes de una gestación donada por Dios (cf. Lc 1, 36). Es una muchacha joven, pero no tiene miedo, porque Dios está con ella, dentro de ella. En cierto modo, podemos decir que su viaje fue -queremos recalcarlo en este Año de la Eucaristía- la primera "procesión eucarística" de la historia. María, sagrario vivo del Dios encarnado, es el Arca de la alianza, en la que el Señor visitó y redimió a su pueblo. La presencia de Jesús la colma del Espíritu Santo. Cuando entra en la casa de Isabel, su saludo rebosa de gracia: Juan salta de alegría en el seno de su madre, como percibiendo la llegada de Aquel a quien un día deberá anunciar a Israel. Exultan los hijos, exultan las madres. Este encuentro, impregnado de la alegría del Espíritu, encuentra su expresión en el cántico del Magníficat. ¿No es esta también la alegría de la Iglesia, que acoge sin cesar a Cristo en la santa Eucaristía y lo lleva al mundo con el testimonio de la caridad activa, llena de fe y de esperanza? Sí, acoger a Jesús y llevarlo a los demás es la verdadera alegría del cristiano. Queridos hermanos y hermanas, sigamos e imitemos a María, un alma profundamente eucarística, y toda nuestra vida podrá transformarse en un Magníficat (cf. Ecclesia de Eucharistia, 58), en una alabanza de Dios. En esta noche, al final del mes de mayo, pidamos juntos esta gracia a la Virgen santísima.

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"¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén".

8 de febrero de 2011

NUESTRA SEÑORA DE LOURDES (I)


INVOCACIONES

Virgen Madre de Lourdes,
que siempre fuiste fiel,
danos tu confianza,danos tu fe.
(Ave María)

Virgen Madre de Lourdes,
bendice nuestra mesa familiar
con el pan de la salud,con el pan del trabajo,
con el pan del alimento,con el pan del amor.
(Ave María)
3
Virgen Madre de Lourdes,
bendice nuestro descansocon la paz del alma
y la alegría del espíritu.
(Ave María)
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PARA MEDITAR:

  • La Santísima Virgen María, la Mujer gloriosa del Apocalipsis, lleva sobre su cabeza una corona de doce estrellas que representan las doce tribus de Israel, todo el pueblo de Dios, toda la comunión de los santos, y a sus pies la Luna, imagen de la muerte y la mortalidad. María ha dejado atrás la muerte, está completamente revestida de vida, la vida de su Hijo, Cristo resucitado. Así es signo de la victoria del amor, de la bondad y de Dios, dando a nuestro mundo la esperanza que necesita. Volvamos esta noche la mirada hacia María, tan gloriosa y tan humana, dejándola que nos lleve a Dios que es el vencedor.
  • Hay que destacar que, durante las apariciones, Bernadette reza el Rosario bajo la mirada de María, que se une a ella en el momento de la doxología. Este hecho confirma en realidad el carácter profundamente teocéntrico de la oración del Rosario. Cuando rezamos el Rosario, María nos ofrece su corazón y su mirada para contemplar la vida de su Hijo, Jesucristo.
  • Por boca de Bernadette, oímos a la Virgen María que nos pide venir aquí en procesión para orar con fervor y sencillez. La procesión de las antorchas hace presente ante nuestros ojos de carne el misterio de la oración: en la comunión de la Iglesia, que une a los elegidos del cielo y a los peregrinos de la tierra, la luz brota del diálogo entre el hombre y su Señor, y se abre un camino luminoso en la historia humana, incluidos sus momentos más oscuros. Esta procesión es un momento de gran alegría eclesial, pero también de gravedad: las intenciones que presentamos subrayan nuestra profunda comunión con todos los que sufren. Pensamos en las víctimas inocentes que padecen la violencia, la guerra, el terrorismo, la penuria, o que sufren las consecuencias de la injusticia, de las plagas, de las calamidades, del odio y de la opresión, de la violación de su dignidad humana y de sus derechos fundamentales, de su libertad de actuar y de pensar. Pensamos también en quienes tienen arduos problemas familiares o en quienes sufren por el desempleo, la enfermedad, la discapacidad, la soledad o por su situación de inmigrantes. No quiero olvidar a los que sufren a causa del nombre de Cristo y que mueren por Él.
  • María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad fraterna. Al orar con María, nuestro corazón acoge a los que sufren. ¿Cómo es posible que nuestra vida no se transforme de inmediato? ¿Cómo nuestro ser y nuestra vida entera pueden dejar de convertirse en lugar de hospitalidad para nuestro prójimo? Lourdes es un lugar de luz, porque es un lugar de comunión, esperanza y conversión.
  • El encuentro discreto con Bernadette y la Virgen María puede cambiar una vida, pues están presentes en este lugar de Massabielle para llevarnos a Cristo que es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra luz. Que la Virgen María y Santa Bernadette os ayuden a vivir como hijos de la luz para ser testigos cada día en vuestra vida de que Cristo es nuestra luz, nuestra esperanza y nuestra vida.
Benedicto XVI en Lourdes, 2008
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"¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén".

5 de febrero de 2011

PRIMER SÁBADO DE MES EN HONOR AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Los Hermanos de la Fraternidad organizaron el primer sábado de mes en reparación al Inmaculado Corazón de María, cumpliendo el deseo de la Santísima Virgen pedido a sor Lucía, vidente de Fátima, cuando era postulante en el Convento de las Doroteas en Pontevedra -España-.

La aparición fue de la siguiente manera: la Virgen aparece sobre una nube de luz, con el Niño Jesús a su lado. La Santísima Virgen puso su mano sobre el hombro de Lucía, mientras en la otra sostenía su corazón rodeado de espinas. El Niño le dijo: "Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para sacárselas."
Inmediatamente dijo Nuestra Señora a Lucía:"Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación"

Después de haber estado Lucía en oración, Nuestro Señor le reveló la razón de los 5 sábados de reparación: "Hija mía, la razón es sencilla: se trata de 5 clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

  1. Blasfemias contra su Inmaculada Concepción.
  2. Contra su virginidad.
  3. Contra su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres.
  4. Contra los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada.
  5. Contra los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes.”

"He aquí hija mía, por que ante este Inmaculado Corazón ultrajado, se movió mi misericordia a pedir esta pequeña reparación, y, en atención a Ella, a conceder el perdón a las almas que tuvieran la desgracia de ofender a mi Madre. En cuanto a ti procura incesantemente con tus oraciones y sacrificios moverme a misericordia para con esas almas".

La celebración comenzó con la exposición del Santísimo Sacramento con el rezo del rosario meditado y despues de la bendición, se tuvo una procesión por el interior del templo. Se concluyó renovando la consagración al Inmaculado Corazón de Maria:
Señora mía y Madre mía,
me consagro enteramente a tu Corazón,
tomadlo, recibidlo; todo es vuestro:
mi vida, mis trabajos, cuanto soy.
TOTUS TUUS, MARIA
TOTUS TUUS, MARIA.
MATER CHRISTI, MATER ECCLESIAE
TOTUS TUUS, MARIA.



4 de febrero de 2011

LA PRIMERA MISA DEL NIÑO JESÚS


Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor

“Lumen ad revelationem Gentium” Comenzábamos la Santa Misa con la bendición de los cirios. Hoy es la fiesta de la luz, de salir al encuentro del Niño Jesús que es aclamado como la Luz de las naciones… Nuevamente nos encontramos con la gran verdad salvadora de la Navidad, del Misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios viene a iluminar nuestras tinieblas, viene a mostrarnos, en su Rostro, el Rostro misericordioso del Padre. Viene en su luz a señalarnos el sendero de la vida, quiere saciarnos del gozo de su Presencia, quiere encontrarse con nosotros.

Hoy vivimos la Encarnación como este salir al encuentro del Niño Dios, que como Luz que salva y vivifica viene a nosotros, por las manos de María. Recuerdo el año pasado cuando pude estar en la explanada del antiguo Templo de Jerusalén, contemplando el Monte de los olivos que se encuentra enfrente del mismo. Recuerdo que meditaba con especial emoción en esta primera Misa de la historia…la primera Misa del Hijo de Dios –claro los teólogos no me aceptaran mucho esta afirmación-. Es verdad que la vida de Jesús, desde su encarnación en el seno purísimo de María, fue una Misa continua. Pero la Misa comienza…esa Misa se consumará también en Jerusalén, en una roca en las afueras de la muralla, no ya en el Templo.

Esa Misa será cruenta…ya la anuncia hoy Simeón, pero será nuestra redención. La redención y la luz de toda la familia humana gracias al Sacerdote y a la Hostia que es ofrecido en esa Cruz, gracias a su amor obediente y voluntario que nos salva.

El corazón de toda Misa, de todo sacrificio, es el Amor. Ese Niñito pequeño, que en silencio calla en brazos de sus padres. Ese Niñito que se confunde con los pobres de su pueblo, con los otros niños…ese Niño comienza su Misa. La Misa de Jesús es su Hágase, su Sí amoroso al Padre que repara la infinidad de nuestros “no”, de la dureza de nuestro desamor.

La Misa de Jesús Niño comienza: ¡Aquí estoy Padre, quiero hacer tu Voluntad! Y la patena en donde se ofrece esa Hostia preciosa e inmaculada son las manos virginales de María.

María ofrece a Jesús…hoy recibe la profecía amarga, tan amarga, de la espada que traspasará su alma de Madre. La espada del dolor y del amor…la espada de ver sufrir y morir a su Hijito. La espada de ser llamada a cooperar como Nueva Eva en la vivificación de los hombres. La Madre dolorosa es la Madre de los vivientes, la Madre de la Divina Gracia.

Si queremos ser más exactos la patena en donde se ofrece la primera Misa de Jesús…o el Introito de su Primera Misa, un Introito en donde ya se encuentra todo el Sacrificio, es el Corazón Inmaculado de María. Ese Corazón que será traspasado por las siete espadas es el lugar y es el oferente de Jesús. María ofrece a Jesús por nosotros al Padre, lo ofrece en el ofrecimiento de sí misma, en su entrega de fidelidad de esclava, en su pequeñez de servidora, en su Corazón consagrado morada del Santo de Dios.

Esos cirios que hemos bendecido y que con amor guardaremos en este año, para alejar las tormentas, para encender junto a los enfermos graves, junto a los moribundos, para disipar las tentaciones del maligno y sus engaños, para iluminar nuestros temores y desesperanzas, para ofrecerlos por nuestros queridos difuntos… ¡Esos Cirios son signos de la Primera Misa de Jesús Niño! ¡Cuánto nos habla esa pequeña candela, ese cirio bendito! Nos debe recordar en primer lugar la entrega y la ofrenda de Jesús, del Niño Jesús en el Templo…ofrenda y entrega que se consumirá poco a poco, hasta el Calvario, hasta derramar por nuestro amor sus últimas gotas de Sangre y Agua de su humanísimo Corazón…

La luz de ese cirio bendito nos habla de la vida consumida de Jesús por nuestro amor…una vida de pobre, una vida virginal, una vida de obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz. Esa vida que elegimos en nuestra profesión religiosa, esa vida en donde queremos concentrar nuestra alegría. Jesús a través de su sacrificio llega a ser la Luz de las naciones, nuestra Luz, la Luz que disipa nuestras sombras de muerte, nuestras angustias, nuestras dudas, nuestras incertidumbres. Jesús Luz, Jesús alegría…como canta San Bernardo, ese Jesús que cuando visita el corazón aleja de él toda oscuridad. “Quando cor nostrum visitas, tunc lucet ei veritas, mundi vilescit vanitas, et intus fervet caritas.”

La candela, el cirio, no sólo ilumina sino que arde, quema. Pensemos en la fuerza de esa llamita. Un incendio devastador puede iniciarse tan sólo con esta pobre llamita de nuestras candelas, esas candelas que teníamos encendidas durante la proclamación del Evangelio. Ese Niño Jesús es también un bebito de cuarenta días…¿qué paradoja, verdad? El Dios fuerte, para salvarnos, para hacernos fuertes, elige hacerse un bebito. Pero en ese bebito, que sólo puede nutrirse del pecho de su Madre bendita, está el Fuego que arde eternamente en el Amor Trinitario. Ese Niño es el Fuego que todo lo que toca lo transforma en sí mismo. En ese Niñito está escondido todo el Amor de Dios. Ese Amor en donde está nuestro gozo y plenitud. Nuestro corazón ha sido creado para encontrarse con ese Amor, ser poseídos por ese Amor y ser comunicadores de ese Fuego que todo lo renueva. Así es Dios, así obra Dios…de una pequeña llamita pueda hacer surgir un incendio de caridad, un incendio de corazones, una generación de Santos, un nuevo Pentecostés. Un alma que se entrega de veras a la acción de esa Llama puede incendiar el mundo…¿no fue así la vida de los Santos?

Pero claro ¡exponerse al fuego, por más que sea una pequeña llamita, duele! El Amor de Dios, de Jesucristo, nos purifica, nos quema, nos hace doler para sacarnos todas las asperezas, todas las resistencias a su Gracia, al Soplo de su Espíritu. ¡La Santidad de Jesucristo quema hasta que se va transformando, si le dejamos, en Llama que consume y no da pena!

Jesús Luz y fuego que no tengamos miedo de darnos a ti…a tu acción salvadora y transfigurante… ¡queremos ser esos cirios humildes…que seas sólo Tú la llama que nos consuma y nos abra en luz que glorifica al Padre y que señala tu camino, tu vivir, a los hermanos! ¡Ayúdanos a que viendo cada día estos cirios en nuestras celdas podamos recordar que nos hemos ofrecido contigo, en tu Primera Misa, en la Misa continuada que fue tu vida! ¡Ayúdanos a vivir en la patena de las manos y el Corazón virginal e inmaculado de María! En ese Corazón aprendemos a ser consagrados, a vivir en oblación constante y continua de amor.

Por último el cirio o candela debe recordarnos la esperanza. Debe afirmar la esperanza. Por esto la Iglesia nos invita a encenderlos en los momentos tristes y oscuros de la vida, nos invita a encenderlos junto a los retratos de nuestros seres queridos difuntos o como súplica silenciosa por aquellos que amamos.

Nos dice tanto un cirio que se consume en suplica y en oración junto a una imagen de nuestra Madre bendita o junto al Crucifijo o al Sagrado Corazón de Jesús. Es expresión de nuestra oración que tiene que ser “quemante” como esa llamita o sea brotar de la caridad. ¡La oración más poderosa es la que brota de una caridad humilde, perseverante y confiada!

El cirio, la candelaria nos habla de la esperanza. Personalmente experimento día a día tanta compasión al escuchar los problemas, las tribulaciones, las penas casi infinitas de tantos hermanos. ¡Cuánto dolor hay en medio de nosotros! ¡Cuántas sombras de dolor!

Hoy recordamos a dos ancianitos fieles que nunca se agotaron en su esperar doloroso y paciente. Esas lágrimas de Simeón, años y años de súplicas por el Salvador de su pueblo desgarrado e indolente, se vieron recompensadas por el abrazo del Niño Jesús. La Promesa se ha cumplido, la Fidelidad de Dios nunca falla.

Este Niño es el Sí de Dios. El Sí de la Promesa ha llegado. ¡Es el Emmanuel! ¡Dios está con nosotros! ¿Quién contra nosotros? ¿Quién podrá separarnos del Amor de Dios manifestado en ese silencioso Niño por el cual se ofrecen las palomitas de los pobres? La viuda Ana, la mujer de los ayunos y las oraciones, las viejitas de nuestros templos con su rosario, con su vida entregada y dolorosa, ellas mantienen abierto nuestro pobre mundo al Consuelo de Dios. ¡Benditas Anas de nuestros Templos, guardianas de la esperanza, no dejen de ayunar y orar para que el Consuelo de Dios, el Espíritu Santo, pueda seguir descendiendo y renovando la faz de la Tierra.

Los viejitos Simeón y Ana nos hablan de la fidelidad de Dios que nos escucha. Ninguna oración sincera y humilde cae en saco roto, sino que es acogida en el Corazón de Dios. Dios recoge en su Corazón todas nuestras lágrimas…y llegará el Día en que el Espíritu nos moverá para salir al encuentro del Señor que viene a nosotros para ya nunca apartarnos de su compañía.

Presentación del Señor, fiesta del Encuentro con el Salvador, Primera Misa de Jesús por la manos de María. Pidamos a la Madre de la Luz que nuestra vida también se consuma en holocausto, en la ofrenda de los pobres, para suplicar y hacer efectivo el encuentro de todo corazón con Jesús. ¡Qué la Virgen presente nuestro pobre Sí en su grandioso Sí y lo una al Sí de su amado Niño Jesús! Amén.

P. Marco Antonio Foschiatti