29 de octubre de 2011

BEATIFICADA EN MADRID SOR MARÍA CATALINA IRIGOYEN, RELIGIOSA SIERVA DE MARÍA

Mª Catalina nace en Pamplona, el 25 de noviembre de 1848. Es la sexta de siete hermanos. Sus padres, de hondas raíces cristianas, la educan en la fe, y en el amor a las virtudes, así como en la adquisición de sólidos valores humanos.En su juventud entra a formar parte en la Asociación deHijas de María,llegando a desempeñar el cargo de Presidenta,poniendo de manifiesto sus dotes de responsabilidad, y su gran amor a María, a quien siempre invocaba como Madre de piedad y misericordia.
Cuantos la tratan quedan prendados de su bondad y caridad; su carácter firme y suave al mismo tiempo, su constancia y su tenacidad. Aparece siempre como “sin penas, alegre y con ánimo fuerte, dispuesta a acoger a todos con jovialidad y a ayudarlos en cuanto esté de su mano”.
Tiene tiempo para todos. Es incansable. A pesar de lo que supone la atención a los suyos, aún saca tiempo para visitar el Hospital y con delicadeza y decisión lleva a su casa la ropa de los enfermos y allí la lava y repara en cuanto necesita. Y, lo más admirable en ella es esa sencillez con la que realiza las cosas “hacía todo con tal naturalidad que apenas te apercibías de su humildad” dice una de las testigos.
Desde muy niña, su tesoro, su pasión fue amar y servir al Señor, y sólo en Él encontraría la razón de su existir. A Él buscaba y a Él escuchaba desde esa sencillez y humildad que siempre le caracterizó. A ejemplo de María, supo abrir su vida a los designios de ese Dios que poco a poco fue poseyendo su corazón. Desde esta disponibilidad pudo descubrir el proyecto de amor que Dios tenía sobre ella: Ser Sierva de María, con una misión específica a realizar:
“El cuidado a los enfermos, preferentemente en sus domicilios”.
Al llegar las Siervas de María a Pamplona en 1878, solicita ser admitida a la Fundadora, Santa María Soledad Torres Acosta, en este Instituto ingresando el 31 de diciembre de 1881 en Pamplona. Como quien, centrada plenamente en Dios, ha conseguido su armonía en la vida. Sor María Catalina se vuelve solícita a los hermanos para brindarles su apoyo y su entrega en todos los campos en los que los encuentra. Como Sierva de María, sabe intuir las necesidades y se adelanta para solucionarlas.
Su caridad era realmente excepcional, distinguiéndose por sudulzura,solicitud y cariño. Por donde iba, llevaba siempre a Dios en sus labios y en su corazón. Sin temor al contagio hace derroches de caridad atendiendo incansable a los enfermos en las repetidas epidemias de cólera, tifus y viruela que por aquellos años asolan España. Su dedicación ofrece el máximo testimonio cristiano para los hombres y su dolor:
“Solo sirvo para servir”
Es la consigna de su vida y se entrega sin condiciones a quien la pueda necesitar, dentro y fuera del convento.
Saca tiempo para todo, y cuando ya no puede atender a las asistencias, ni a la postulación, estaba siempre empleada en el ropero de la comunidad. Fiel a su lema de servir: repetirá gozosa:
“Aquí hay que trabajar; para descansar tengo toda la eternidad”.
Supo ser en su vida Sor María Catalina, con su oración, su fe y su cercanía, un apoyo siempre eficaz para cuantos sufrían en su entorno; sostiene su vida un amor sin medida a la Eucaristía ante la que pasa largas horas en adoración.
Y la oración de Sor María Catalina, se hace servicio. Poco a poco se va a ver privada de toda posibilidad de moverse y con la misma sencillez y humildad sabe transcender y sublimar su nueva situación, haciendo de ella una ofrenda:
“El Señor me ha privado de los servicios: los pies y de las manos. Así, totalmente impedida para las ocupaciones de la tierra, podré dedicarme del todo a la oración”
Podemos afirmar que fue Sor María Catalina esa mujer fuerte que nunca se arredró ante las dificultades y que supo vencer el mal a fuerza de bien y por amor. Su gozo en el Señor, fue la clave de esa su fortaleza. Una fortaleza que se manifestó en las grandes pruebas de su vida pero que se forjó día a día superando con gozo las pequeñas dificultades que salían a su paso.
Su vida transcurrió así de sencilla, viviendo instante a instante donde Dios la quería y dando en cada momento lo mejor de sí misma.
En 1913 se le diagnostica una tuberculosis ósea y padece prolongados sufrimientos que acepta con pleno abandono en las manos de Dios. Hasta el último instante de su vida fue fiel a su entrega, fidelidad y amor que expresa bellamente en esta su frase favorita:
“Mi único anhelo es amar a Dios, sin interrupción, hasta el fin de mi vida”.
Con una difundida fama de santidad, muere en Madrid el 10 de octubre de 1918.

*Fuente: Siervas de María, Provincia de Andalucía.