Magdalena, la santa amante de Jesús, lo amó en sus tres estados. Lo amó vivo, lo amó muerto, lo amó resucitado. Dio a conocer la ternura de su amor por Jesucristo presente y vivo; la constancia de su amor por Jesucristo muerto y sepultado; las impaciencias y los transportes; los arrebatos, los desmayos y los excesos de su amor desamparado por Jesucristo resucitado y ascendido a los cielos.Cuando miro a Magdalena a los pies de Jesús me parece ver al amor extraviado que deplora sus extravíos y busca el recto camino a los pies de Aquél que es el camino mismo. ¿Es el amor el que la acucia? Sus ardientes besos lo atestiguan; la palabra de Jesucristo lo confirma. Per, ¿cuál es este amor de Magdalena? El amor lo puede todo; el amor lo osa todo; el amor no sólo es libre y familiar, sino además audaz y emprendedor; y veo a Magdalena que permanece detrás, que no osa alzar la vista ni mirar este rostro, que considera que es ya una gran dicha acercarse a sus pies; veo que suspira y no habla, que llora y no osa esperar consuelo alguno, que da todo lo que tiene y todo lo que es y ni siquiera osa pedir su gracia.
Magdalena, si es el amor el que te impele, ¿qué temes? Ósalo todo, empréndelo todo. El amor no sabe de límites: sus deseos son su norma, sus transportes su ley, sus excesos su medida. Sólo teme temer; y su licencia para poseer es la osadía de pretenderlo todo, la libertad de emprenderlo todo.
Pero es cierto: éstos son los derechos del amor siempre y cuando no se aparte del recto camino. Pues, habiéndose extraviado, ha de volver dando largos rodeos, y ha de temblar, y ha de alejarse, y ha de llorar sus extravíos y reparar sus faltas con su confusión. ¿Para qué estás hecho, amor? Para lo bello y lo bueno, para la unidad y el todo, para la verdad y el ser y para la fuente del ser: y todo esto es Dios mismo. Sí, de haber caminado siempre derecho a Dios lo osarías todo con Jesucristo; lo emprenderías todo por Jesucristo. El Dios hecho hombre para ser del hombre se hubiera abandonado todo él a tus abrazos, tan castos como libres, tan suaves y dulces como férvidos e insaciables. Lo pedirías todo sin temor y lo poseerías todo sin reserva. Pero, amor, te extraviaste entre objetos extraños para los cuales no fuiste creado. Vuelve pobre vagabundo, vuelve; pero vuelve con temor y justamente castigado por haber permitido a tu libertad errar; vuelve con el corazón oprimido por el dolor a fin de llevar la pena de tus desahogos disolutos; vuelve humillado y abatido a fin de enseñar que has sacudido el yugo con demasiado atrevimiento y que has olvidado a tu Soberano.
El amor une, el pecado distancia, pero el amor penitente participa de ambos. Magdalena corre a Jesús: eso es amor; Magdalena no osa acercarse a Jesús: eso es pecado. Entra intrépida: eso es amor; se acerca temerosa y confusa: eso es pecado. Perfuma los pies de Jesús: eso es amor; los riega con sus lágrimas: eso es pecado. Esparce y prodiga su cabello: eso es amor; para enjugar los pies de Jesús: eso es pecado. Es ávida e insaciable: eso es amor; no osa pedir nada: eso es pecado. Pero llora, pero suspira; pero mira; pero calla: eso es a un tiempo amor y pecado.

¡Qué amable es el amor penitente en sus osadías sumisas, en sus libertades reprimidas y en sus licencias temblorosas! Y de nuevo, ¡qué amable porque ama, porque honra, porque practica la justicia y renuncia a los derechos que le confieren el nombre y la calidad de amor para que, con sentimientos de penitencia, reine la justicia!
Pues, oigamos qué dice el amor en el Cantar de los Cantares. No aspira más que a la unión, los castos besos, los íntimos abrazos del Esposo. Audaz e impetuoso como es él, comienza así: "Reciba yo un ósculo de su boca" Al amor penitente le gustaría sin duda abandonarse desde el mero principio a este amable exceso; pero, aturdido por sus desórdenes, no osa hablar con este noble arrebato y, en lugar de cantar con la Esposa: "Reciba yo un ósculo de su boca", lo colma ¡ay! la dicha de poder decir: "Que sufra tan sólo mis besos en sus pies". Este es el cantar del amor penitente; es el que canta María Magdalena con su lágrimas, con sus sollozos y con su melódico silencio.
No creamos empero que renuncia por completo a los abrazos del Esposo. A todas estas amables delicias, de las que parece alejarse convencida de no ser digna de ellas, en su fuero más interno sí aspira. Postrada como está a los pies del Esposo, y entregada toda ella a sus sagrados pies, no osando tan sólo mirar su rostro, ya lo abraza en su espíritu con el corazón. Pero suprime este deseo por ser demasiado libre tras sus pecados y al suprimirlo le infunde otra vida más íntima y más delicada. Este deseo que la humildad contiene va a su objeto por otra senda. Se acerca retirándose y la cautividad que se impone le da la libertad.
Estos son los admirables y los misteriosos rodeos del amor penitente que se aproxima huyendo y que pasa a poseer rechazando, en cierto modo, el bien que persigue. No osa decirle al Esposo con esa libertad de la Esposa: "Ven, amor de mi alma; ven, ven pronto"; pero halla la forma de llamarlo de otro modo diciendo: Apártate; apártate. "Apártate de mí, Señor", decía san Pedro, "que soy un hombre pecador" ¡Nuevo e insólito método de invitar rechazando! Pero el Esposo entiende este lenguaje. Sabe reconocer que es desearlo ardientemente rechazarlo de tal forma; y este deseo de poseerlo, que mediante su contrario se expresa, le llega al alma y lo apiada; pues ve a un tiempo tanto las impaciencias de un alma verdaderamente amante, como su secreto suspiro -más violento aún porque no osa escapar-, como las sujeciones de su amor que no se descubre por respeto.
* Fragmento de L'Amour de Madeleine
Sermón anónimo francés del siglo XVII, descubierto por Rilke en 1911