*Ayer sábado día 23 se celebró en la Iglesia del Salvador la misa mensual, uso extraordinario del Rito Romano, en honor del santo Padre Pío. Reproducimos la homilia pronunciada en la misma:Escribiendo en diversas ocasiones a una de sus almas dirigidas el Santo Padre Pío va exponiendo una serie de máximas que él considera necesarias para llevar una vida cristiana devota. En una anterior ocasión ya reflexionamos sobre la primera máxima que el Padre le exponía: “Todo redunda en bien de los que aman a Dios”.
En una carta posterior el Padre Pío le presenta a su dirigida la segunda máxima que él desea lleve siempre gravada en su espíritu: ¡Que Dios es nuestro padre! Reparemos en las palabras y en la reflexión que hace el Santo:
Dios es nuestro padre; ¿y qué tienes que temer cuando se es hija de tal padre, sin cuya providencia no caerá nunca un cabello de tu cabeza?
Dios es nuestro padre; ¿y qué tienes que temer cuando se es hija de tal padre, sin cuya providencia no caerá nunca un cabello de tu cabeza?
Claramente podemos advertir como el Padre Pío en su labor de dirección y acompañamiento de las almas quiere echar sólidos cimientos para luego levantar y edificar todo el edificio espiritual. La vida cristiana ha de apoyarse sobre los cimientos inamovibles de la fe; es por eso que el Padre comienza por la afirmación básica de que Dios es nuestro padre y nosotros sus hijos. ¡Este es el mensaje gozoso de la fe cristiana, la Buena Nueva del Evangelio! Para eso se encarnó, padeció y murió nuestro Señor Jesucristo: para redimirnos del pecado, salvarnos de la muerte eterna y alcanzarnos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios. Todas estas gracias y dones de infinito valor nos fueron conferidos a cada uno mediante el sacramento del bautismo. Antes éramos enemigos de Dios, pues nacimos privados de la gracia divina, sometidos al poder del Maligno. Pero, gracias a Cristo fuimos liberados, rescatados y elevados a la categoría de hijos muy amados de Dios. Por lo tanto, hemos de vivir con esta conciencia clara de nuestra dignidad, pensando en todo momento y circunstancia Quién es nuestro padre, de Quién somos hijos y cuál es la herencia eterna que estamos llamados a poseer un día. Nuestra vida entera ha de estar imbuida y como empapada de esta firme y gozosa convicción de que Dios es nuestro padre y como tal hemos de relacionarnos con él: como verdaderos hijos suyos, procurando ser lo más dignos posible de esa nuestra condición.
Dios en su infinita bondad y misericordia llama a todos los hombres y mujeres a esa vocación y dignidad altísimas, la de ser sus hijos de adopción por los méritos de Jesucristo, su Hijo Unigénito y predilecto. De ahí la misión de la Iglesia de predicar el Evangelio y bautizar a todas las gentes. Y de ahí la obligación de todos los bautizados de ser apóstoles de la fe cristiana mediante el ejemplo de nuestra vida y el testimonio de nuestras palabras, anunciando a Cristo y sus enseñanzas, estando siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza en la vida eterna a todo aquél que nos lo pidiere.
En la carta a su dirigida espiritual, que podemos muy bien recibirla como dirigida a cada uno de nosotros en particular, el santo Padre Pío hace una llamada a la confianza que libera del temor, del miedo y de la opresión que se ceban en nosotros por medio de las dificultades y penalidades de la vida. ¡Padre Pío conocía como nadie toda esa cadena de sufrimientos físicos, morales y espirituales! A sus tremendos sufrimientos físicos se sumaban permanentemente otros todavía más crudos y amargos: la incomprensión de los suyos, la persecución por parte de quienes eran para él los representantes oficiales de Dios, las calumnias y difamaciones, las burlas y desconfianzas de todo tipo. Pero, aún con todo esto, el Padre Pío confiaba, porque se sabía hijo de Dios amoroso y providente. Estaba firmemente convencido que la última palabra la tiene Dios; que siempre, tarde o temprano, Dios acaba actuando a favor de sus hijos amados, desbaratando los planes de los malvados, derribando de sus pedestales a los soberbios y a todos aquellos que se hacen poderosos con sus maldades, sus maquinaciones y planes malévolos. Esta confianza es la que el Santo Padre Pío desea infundir en nosotros.
¿No es en verdad muy extraño que, siendo nosotros hijos de tal padre, tengamos y podamos tener otro pensamiento que no sea el de amarlo y servirlo?
Esta es la doctrina dulcísima que el Padre Pío nos ofrece como manjar sabroso para nuestras almas: la que nos invita primero a la confianza y suscita después en nosotros el amor filial hacia Dios nuestro padre. Un amor que no se paraliza en un sentimiento ineficaz, sino que se traduce en la firme decisión de servirle aceptando su voluntad y esforzándose por cumplir sus mandamientos.
Son, pues, estas las dos columnas sobre las que edificar nuestra vida cristiana, los dos faros de luz que han de iluminar nuestra travesía por este mundo: CONFIANZA Y AMOR para con Aquél que es nuestro Creador, Padre y Señor.
Termina este capítulo el Santo Padre Pío con unas indicaciones muy prácticas y sencillas que a todos nos pueden hacer mucho bien:
Esta es la doctrina dulcísima que el Padre Pío nos ofrece como manjar sabroso para nuestras almas: la que nos invita primero a la confianza y suscita después en nosotros el amor filial hacia Dios nuestro padre. Un amor que no se paraliza en un sentimiento ineficaz, sino que se traduce en la firme decisión de servirle aceptando su voluntad y esforzándose por cumplir sus mandamientos.
Son, pues, estas las dos columnas sobre las que edificar nuestra vida cristiana, los dos faros de luz que han de iluminar nuestra travesía por este mundo: CONFIANZA Y AMOR para con Aquél que es nuestro Creador, Padre y Señor.
Termina este capítulo el Santo Padre Pío con unas indicaciones muy prácticas y sencillas que a todos nos pueden hacer mucho bien:
Cuida y gobierna tu alma y tu familia como él quiere, y no te preocupes; porque, si haces esto, verás cómo Jesús cuida de ti. “Piensa en mí, que yo pensaré en ti”, dijo Jesús en una ocasión a Santa Catalina de Siena; y el Sabio dice: “Padre eterno, vuestra providencia lo gobierna todo”
Así, de esta forma tan sencilla, nos invita el Padre Pío a vivir confiados en Dios como el niño que camina fuertemente asido a la mano de su padre, confiando en Él, en su poder y en su providencia; no dejándonos ahogar por las dificultades que a veces parecen vencernos y sepultarnos bajo su peso. Luchemos, haciendo lo que esté a nuestro alcance, apoyados en la gracia y en el auxilio de Dios, y confiémosle a Él todo aquello que veamos que es superior a nuestras fuerzas. Procuremos vivir confiando y amando, orando y ofreciendo. A su tiempo el Señor actuará en nuestro favor. Pidamos a nuestra Madre Santísima, Medianera de todas las gracias, que aumente nuestra confianza e inflame nuestro amor hacia el Señor.
P. Manuel María de Jesús
Así, de esta forma tan sencilla, nos invita el Padre Pío a vivir confiados en Dios como el niño que camina fuertemente asido a la mano de su padre, confiando en Él, en su poder y en su providencia; no dejándonos ahogar por las dificultades que a veces parecen vencernos y sepultarnos bajo su peso. Luchemos, haciendo lo que esté a nuestro alcance, apoyados en la gracia y en el auxilio de Dios, y confiémosle a Él todo aquello que veamos que es superior a nuestras fuerzas. Procuremos vivir confiando y amando, orando y ofreciendo. A su tiempo el Señor actuará en nuestro favor. Pidamos a nuestra Madre Santísima, Medianera de todas las gracias, que aumente nuestra confianza e inflame nuestro amor hacia el Señor.
P. Manuel María de Jesús