11 de junio de 2011

MEDITACIÓN PARA PENTECOSTÉS POR EL P. MARCO ANTONIO, OP



¡Santísimo Pentecostés para todos! Oremos mutuamente... “Veni Creator, Fons vivus, Cáritas”

“Veni Creator Spiritus…” Hace siglos, la voz de la Iglesia, desde los grandes coros de las catedrales, tanto románicas como góticas, desde el monasterio cartujo en la cúspide del monte hasta el convento en medio de la ciudad de los mendicantes, en los coros de canónigos al comenzar un nuevo año, como en las asambleas de los universitarios medievales, en polifonía barroca renacentista o en los humildes coros parroquiales, con voz viva y fresca, resuena el “veni” de la Iglesia.

Desde el sencillo, pero de tonalidad tan misteriosa, una verdadera “loquela” del Cielo, Veni Creator more romana hasta el solemne Veni Creator del antifonale monástico, entonado por el Abad revestido de pluvial púrpura y arrodillándose al sonido del “Veni”, con sus notas de mayor unción mística: ¿quién podría olvidarlas? Pasando por los arreglos para órgano de M. Duruflé, que va abriendo el himno desde un sencillo registro a la plenitud de todos los sonidos y todas las voces…Hoy cantamos: ¡Veni Creator! En todos ellos, en estos organa vocis es la Iglesia viva quién suplica cantando: Santos Pastores, Monjes, Eremitas, Vírgenes, Confesores de Jesús en lo pequeño y en lo grande. Un río de oración… casi prolongando el Maranathá de los tiempos apostólicos. El interminable Maranathá de las sinaxis de las catacumbas. ¡Veni, Veni…! ¡Ven Espíritu Santo Creador!

Pentecostés era una antigua fiesta judía en la que se celebraba, con gratitud, la recolección de las cosechas, el ofrecimiento de las primicias de la cosecha al Señor. El Señor que siempre es generoso dador de los todos los bienes y de todos los dones. El Salmo 103, que es el salmo por excelencia de la solemnidad, canta maravillosamente esa obra del amor providente de Dios que cuida de cada una de sus criaturas, hasta de los más pequeños y simpáticos animalitos: como los conejos y una especie de nutria muy simpática de la Tierra Santa. ¡Dios tiene amor para con cada uno de sus seres: los grandes astros, los monstruos marinos que juegan en su presencia y los rebecos y venados que escalan las cimas! El Señor, con su mirada, les da vida y alimento.

El salmo de la creación da voz a todos los seres. Es ya un anticipo de la Eucaristía de Jesús, en donde todo lo creado sube en oblación de amor al Padre en las alas del Espíritu. Proclamamos agradeciendo –confessio laudis- la acción suave y firme del soplo de Dios, su viento de Vida que llama a todas las cosas al ser, a la luz, a la belleza. Sin ese Soplo de Dios, su aliento de Vida, las cosas, las criaturas, volverían a la nada, al vacío del no-ser. Con el Soplo de Dios, con el Espíritu, el Ruah, todo es renovado, es recreado, vivificado. Toda la creación canta y adora: ¡Bendice al Señor, Dios mío, qué grande eres!

Pentecostés, la Donación del Paráclito, del Espíritu, es ante todo una fiesta de la creación. En las Iglesias orientales, en este día de Pentecostés que en especial es Su día, el altar, el iconostasio y casi toda la Iglesia se adorna y se reviste de ramos verdes. El color litúrgico de la solemnidad es el verde, un color eminentemente Pascual, festivo, el color de la Vida Nueva, de la Gracia, de la creación fecunda en el Rocío del Espíritu. El Espíritu es el Señor y el Vivificante, Dominum et vivificantem, como cantamos en el Credo de Nicea-Constantinopla.

Fiesta de la vivificación de la Creación y fiesta sublime de la manifestación de las Dos Manos por medio de las cuales –el Hijo y el Espíritu- ha llamado todas las cosas a la vida y quiere reconducirlas –en la redención y la divinización- a Su Vida. Pentecostés es la Fiesta de la Comunicación plena de la Santísima Trinidad. Dios nos revela y nos regala lo más hondo de su Misterio de Vida Trinitaria: Su Amor Personal, su Espíritu Santo.

¡Veni Creator Spiritus…! En los primeros versículos del Génesis, en el principio, se nos dice que un Ruah de Dios, el Espíritu de Dios, aleteaba sobre las aguas primordiales llamando todas las cosas a la vida. Algunos matices de antiguos códices traducen que este Espíritu Creador no sólo “planeaba”, “aleteaba” sobre lo informe de las cosas para llamarlas a la luz, a la hermosura, al orden…sino que –con gran penetración- traducen: “un Espíritu de Dios incubaba sobre las aguas…”

Las alas de la Paloma, como se va a manifestar en el Bautismo de Jesús en el Jordán, ya están ejerciendo esa función casi maternal de incubar, proteger la vida naciente, llamar a la vida, desarrollar la vida, sostener la creación. El Espíritu Santo es la Persona “Don”, es un nombre propio de Él. Don: Amor del Padre y del Hijo. Toda vida es un destello de ese Don Increado, de ese Amor Increado.

¡Cómo no detenernos, en admiración y alabanza, ante la vida naciente de un niño, ante una madre como sagrario de la vida, ante el misterio hermoso del amor humano que une dos seres- y hoy debemos recalcar aquello que es natural- el amor hermoso que une al papá y la mamá en el corazón de un hijo! Toda vida implica una recepción de Otro y a la vez mueve, impulsa a comunicarla. La Vida se recibe para hacerla Don de sí. El Espíritu Santo es el Don de Sí del Padre y del Hijo.

Dios Padre y Dios Hijo se aman en el Don de Sí, en su Beso paternal y filial, que es el Espíritu Santo. La creación es una comunicación libérrima de ese Amor. Y por ello somos creados “por el Hijo”, somos “pronunciados por el Verbo” y somos creados “en el Espíritu Santo”, o sea dentro de ese ámbito personal de Amor que es el Espíritu Santo.

La creación es un hacer surgir de la nada a la criatura, de manera singular a la criatura racional –angélica y humana-, para hacerla participar de ese ámbito de amor, de luz y Bienaventuranza que es la Trinidad Viviente y Vivificante. Ser creado es ser amado.

Ser sostenido en el ser es ser amado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ser creado es ser llamado a entrar, es comenzar un camino para entrar en esa Alianza, en ese Nudo, en esa Unión, ese Beso, ese Gozo, ese Amor del Padre y del Hijo, que se personaliza eternamente en la procedencia del Espíritu Santo.

Esa entrada en ese Nudo Trinitario, en donde se donan eternamente y se aman el Padre y el Hijo, en ese Beso paternal y filial del Espíritu Santo, se nos regala en el Santo Bautismo. El Espíritu, que incubaba la primera creación, está ahora llamando a la Vida, a una Vida con mayúscula, a la Vida misma de Dios. A la Vida del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo a su criatura. El Espíritu nos hace hijos en Jesús, nos hace hermanos en su Cuerpo que es la Iglesia, nos hace Templos suyos, Templos del Vivificante.

Pentecostés es Dios que se nos dona de una manera única en Aquél que es el Don dentro del Corazón trinitario:

“El Espíritu Santo, que es la unidad del Padre y del Hijo, como dice San Agustín, es también nuestra comunión con Dios, nuestra sociedad con el Padre y con el Hijo. En la espiración del amor, donde Él procede, se unen el Padre y el Hijo; el Espíritu Santo es aquel mutuo amor en el cual el Padre y el Hijo se encuentran en uno, una sola vida, un solo ser, es aquel Don eterno por el cual el Padre vive en el Hijo y el Hijo retorna y vive en el Padre.” (Don Divo Barsotti)


Dios se nos manifiesta plenamente en sus Dos Manos, el Hijo y el Espíritu, para recrearnos y llamarnos nuevamente a su Vida.

No sólo el Espíritu aleteaba, incubando todas las cosas en las aguas primordiales, sino que será por Él, el soplo de Dios, que la persona humana, creada a su imagen y semejanza, llegará a ser un ser viviente.

Dios insufla su aliento, su Pneuma, su Espíritu, para hacer de la criatura humana su Imagen…el reflejo viviente de su Misterio de Amor. Jesús, el Resucitado, el verdadero Adán, el Espíritu que da vida, recreando al hombre, soplará sobre sus discípulos dándoles la Vida del Espíritu. El Soplo de Jesús Resucitado que es fuente de perdón, de reconciliación, que de los huesos muertos y calcinados por el pecado y la infidelidad a la alianza, que del corazón muerto y sin esperanza, el corazón de piedra, el corazón idólatra e incircunciso, hace resurgir la vida, Su Vida, la Gracia, el perdón, la filiación divina, la Divinización. En la tarde de Pascua se realiza el pedido del salmo 50: la criatura le pide a su Creador que la recree…que restaure su Imagen Divina, el Sello de su Amor, en ella: ¡Oh Dios crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con tu Espíritu…!

¡Veni Creator Spiritus! Invocar a Aquél que hace resplandecer la creación en la Belleza y en la tendencia al fin, a un sentido. Invocar al Espíritu Creador que signa en el amor, en el peso del amor, a todas las cosas, es también invocar a la Fons Vitae… a la fuente de Vida. ¡Tesoro de todo Bien y Fuente de la Vida! le llama la bella antífona de Pentecostés de la liturgia oriental.

¿Quién no recuerda la profecía del agua vivificante, del agua que todo lo sanea a su paso, hasta el mismo mar de la muerte, en el profeta Ezequiel? Esa agua de vida, fons vivus, que brota del costado abierto derecho del Templo es el Espíritu Santo. Esa Agua viva en la cual somos purificados y nacemos, esa agua que todo lo sanea y fecunda brota del costado herido de Jesús Crucificado. Jesús es el definitivo y el verdadero Templo. En Jesús, definitivamente, Dios ha puesto su tienda en nosotros y nos ha incorporado a ese Templo. Esa Herida del Templo, esa apertura del Corazón de Jesús es el Manantial del Espíritu. La Cruz es el Bautismo de Jesús que enciende el Fuego de la Caridad del Espíritu en nuestros corazones. La Cruz es la espiración del Espíritu sobre la primera comunidad eclesial: María, la Madre, Juan el Discípulo amado, Magdalena, las mujeres fuertes y fieles.

Esa agua, de la cual estamos sedientos, y que se nos da a beber gratuitamente desde la Herida del Corazón de Jesús, es el Espíritu. Vida del Padre y del Hijo, vida de la Iglesia, vida de nuestra vida. Alma de la Iglesia, alma de nuestra alma.

Ante ese torrente no hay muerte ni sequedad, no hay dique o valla, que puedan reprimir. Es un torrente de libertad. Es la libertad de los hijos de Dios que nos libera de todas las opresiones y yugos. El yugo más terrible es el egoísmo, la cerrazón del pecado y todos los males que conlleva en el hombre, todas esas gracias pedimos en la Secuencia:


Lava aquello que está manchado.
Riega fecundando aquello que es árido.
Sana todo aquello que está enfermo.
Enciende en tu amor los corazones helados.
Endereza hacia Dios, lo que está torcido.


“Fons Vivus, Spiritus Creator” Ante esa Vida que nos libera nos encontramos con otro significado de la antigua fiesta judía de Pentecostés: es la fiesta de la donación de la ley, la fiesta de la comunicación de la Thorá en el Sinaí. Dios comunicando su Ley al Pueblo le hacía suyo, lo unía a sí en Alianza, le mostraba el camino de la vida, le señalaba el rumbo justo, adecuado, para llegar a la Bienaventuranza, a Él mismo.

La Thorá mostraba el camino. Era necesaria esa Thorá escrita en las tablas de piedra ya que el hombre, por el pecado, se había olvidado de la Ley de Dios, la Ley natural grabada por el Espíritu en los corazones.

Dios, en la tinta del Espíritu, había grabado su Ley de Vida en los corazones, les comunicaba el pondus, el peso del Amor, que los inclinaba al Bien, a la Verdad, a la Belleza, a la donación de sí. “Amor meus pondus meus est” dice acertadamente San Agustín. El pecado torció ese “pondus”, de allí que San Bernardo hablará del pecado como un vivir “curvados”, centrados en nuestro pobre yo cerrado. Mientras que el pecado nos disgrega y nos encierra en nuestros pesos insoportables y agobiantes, el Espíritu, y la Ley nueva de la Gracia, nos hace vivir en el “pondus” del Don… Esas tablas de piedra en Pentecostés se transforman en corazones de carne, corazones nuevos a imagen y semejanza del Corazón del Hijo amado. Ahora se nos dona una Ley Nueva. Esa Ley Nueva no sólo nos muestra el camino sino que se transforma en Gracia, en Motor interno, en Alma operante de nuestro “pondus” hacia Dios.

El Espíritu quiere ser el motor de mi amar, el impulso más interior de mi lanzarme hacia Dios. Sabemos que toda la teología de los dones del Espíritu Santo, en donde se concentra la santidad, es dejar que sea el Espíritu el motor de mi pensar, de mi amar, de mis afectos, de mi sensibilidad. Amor de mi amor. De allí toda la teología paulina de dejarnos guiar, gobernar, conducir, orar, por el Espíritu, para ser verdaderos hijos de Dios o sea Santos en la caridad. La conversión es, ante todo, esto: dejar que el motor de mi vida no sea mi yo cerrado sino su Espíritu. Dejarle al Amor todas las riendas de mi existencia.

¡Veni Creator, Fons vivus, Caritas! En estas tres palabras entresacadas del Veni Creator nos encontramos con el Espíritu que nos habla en la creación, que fecunda la creación, con el Espíritu que nos impulsa a la Vida de Dios, que nos hace nacer a la Vida sobrenatural, que nos injerta en Jesús, que nos diviniza. Soplo que nos recrea a Imagen del Hijo Amado. Nos encontramos, además, con el Peso de la Caridad. El Dulce Peso con el cual somos atraídos a Dios Amor. Y en la medida en que nos dejamos atraer por este dulce peso hacia Dios, ese mismo peso nos va abriendo al prójimo. Vamos hacia Dios en la medida en que nos damos al prójimo en su mismo Amor. Este dinamismo es la ley nueva de la Gracia, la Caridad operante y transformante del Espíritu en nuestros corazones: ¡O quam suavis est Spiritus tuus in nobis! (¡Oh cuán suave y bueno es tu Espíritu en nosotros…dentro de nosotros!) va a cantar una antífona de laudes citando al libro de la Sabiduría.

La Caridad misma de Dios, el regalo de los regalos, que nos hace participar de la unión del Padre y del Hijo y nos hace ser instrumentos vivos de esa unión para un mundo desgarrado y enfermo:

“¡Qué Don tan inmenso! ¡Dios vive en nosotros, vive para nosotros su misma vida! El Espíritu nos ha sido dado; como el hombre vive por el alma, del mismo modo el cristiano vive por el Espíritu; es el Espíritu de Cristo en nosotros el que nos hace miembros de Cristo y prolonga en nosotros la encarnación. Por Él la presencia exterior de Cristo se nos hace presencia interior; y hechos uno con el Hijo, nos volvemos al Padre y entramos en su seno infinito.” ( Don Divo Barsotti).

Un último punto, este año celebramos Pentecostés en el marco del Año de la Vida. ¡cuánto debemos pedir al Espíritu Creador que nos haga venerar, agradecer y cuidar, incubar y proteger la vida! La vida más inocente, el milagro del niño engendrado, debe ser cuidada y agradecida. En la concepción del niño, en su gestación, vemos el milagro del Espíritu Creador que hace al ser humano donador de vida y sagrario de la vida. Al Espíritu, que incubaba la creación, le pedimos que abra los ojos de los jóvenes para que respeten la sexualidad como una fuente de vida y de amor hermoso según el Corazón de Dios y no como algo egoísta, una fuente de mera satisfacción o un pasatiempo más. Atentar contra las fuentes de la vida del ser humano es sumergirlo en la degradación y en la peor de las esclavitudes. San Pablo nos hablará constantemente de la dignidad de nuestro cuerpo, que no es algo descartable o un objeto para usar, sino que es el mismísimo Templo del Espíritu Santo, miembro viviente de Jesucristo vivo, que no debe destruirse ni maltratarse.

La cultura reinante, o democráticamente imperada, es una cultura de muerte, no es la del Espíritu Creador, la del peso del Amor verdadero que nos lleva al verdadero éxtasis. El éxtasis de la salida y el don de sí en la Caridad, a imagen de las Personas Divinas. Un éxtasis difícil, laborioso, que conlleva seguir las huellas de Jesús. Su existencia derramada en Amor, entregada en la Cruz, es el mayor éxtasis de bienaventuranza. Todo amor verdadero conlleva el “gastarse” por el otro y de esa manera vamos a las fuentes más puras de la existencia y de la vida, una vida que no se acaba en los estrechos límites espacio-temporales.

La cultura dominante ha separado perversamente, violando la ley natural, violando la escritura sagrada del Espíritu en el corazón humano, el Amor unitivo del hombre y la mujer de la donación de la vida. Siempre el verdadero Amor debe estar abierto a la Vida. Si se cierra a la vida se mata el Amor…y termina siendo la degradación del amor en el egoísmo y en el utilizar al otro. Todo Amor hermoso siempre vivifica.

En este Domingo de Pentecostés pidamos al “Dulce huésped de nuestras almas”, a la Vida de nuestra vida, que sople con fuerza, con mucha fuerza, sobre los nubarrones de tormenta que quieren implantar, bajo falacias y nombres falsos, una cultura de la muerte, del egoísmo, de la perversión y bajeza humana.

Pidamos a ese Viento de Dios que fecunde el trabajo paciente, sufrido, oculto, de tantos miembros de la Iglesia que oran y trabajan por el Evangelio de la Vida.

Pidamos, finalmente, la veneración, el don de piedad y sabiduría, para contemplar y venerar toda criatura salida de sus Manos, sellada con el amor trinitario. No nos cansemos de pedir con la Madre de la Iglesia, la Madre de la Vida, la Virgen del Cenáculo:

¡Ven Espíritu Creador y renueva la faz de la tierra!
P. Marco Antonio F