30 de junio de 2011

MEDITACIÓN PARA LA FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN




Meditación sobre el Corazón de Jesús en torno a las lecturas del Domingo XIVº del tiempo ordinario (ciclo A)

Primera Lectura: Zacarías 9:9-10


Salmo Responsorial: Salmo 145:1-2, 8-11, 13-14


Segunda Lectura: Romanos 8: 9. 11-13


Evangelio: Mateo 11: 25-30




Dame, hijo, tu corazón
y que tus ojos hallen deleite en mis caminos”




Hemos celebrado hace escasos dos días, este año extraordinariamente tardía, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Luego de haber recorrido, en la fe y en la actualización salvífica de la liturgia, todo el camino del descenso a nosotros del Amor misericordioso de Dios en Jesucristo: la Encarnación, la Cruz, la Resurrección, la donación del Paráclito. Luego de haber ascendido en alas de ese Amor para ver de cara el Misterio de Dios, que es un Misterio de Comunión y Entrega, en la Santísima Trinidad. Luego de agradecer y extasiarnos en adoración ante ese Amor que sigue palpitando en la Eucaristía para trasformarnos en Sí mismo. Hoy contemplamos el Corazón de Jesús, nos volvemos a la Fuente desde donde nos llega continuamente ese Amor, la Fuente de la Gracia y la Misericordia, el espacio vivo de la Nueva Alianza, el Sagrario en donde se unen definitivamente la criatura humana y el Creador.

Hoy el evangelio nos invita a volvernos al Corazón del Hijo amado, a su mansedumbre y humildad. El Corazón de Jesús es como la síntesis de toda la Revelación de la Vida de Dios y es el Sacramento fundante de esa Vida para nosotros.

El Corazón de Jesús es como el horizonte en donde se tocan el Cielo y la tierra. Es, si se me permite la casera expresión, como un embudo en donde se concentra, en el latir del amor humano de Jesucristo, todo el Amor Divino, toda la Pasión de Dios por su criatura, sus entrañas de Misericordia por medio de las cuales nos crea, nos sostiene, nos redime y nos participa de lo más hondo del conocimiento de su amor.

Quién habla de corazón hace referencia al núcleo de la persona, al lugar de su interioridad. Es el lugar en donde se posee a sí mismo, en donde se adentra para experimentar su capacidad de la Verdad, su deseo del Bien, su nostalgia por una Belleza que no se opaca. Es el lugar en donde debe concentrarse, en una sana antropología cristiana, la luz de la inteligencia, el discernimiento, el afecto espiritual de la voluntad, la riqueza de los sentimientos, los afectos, las pasiones. El corazón es el órgano espiritual, nudo del ser, en donde nos volvemos a Dios, le escuchamos, le entregamos nuestro sí, nuestra vida. Es el lugar de la decisión y la respuesta. Es el lugar de la escucha, ya que ha sido creado por la Palabra de Dios y para “guardar[1]” como un sagrario esta Palabra que le vivifica y le ilumina. Es el lugar en donde, ya en esta peregrinación de la vida, podemos entrar en comunión con las Personas Divinas, que desean hacer del corazón humano el lugar de su complacencia, el reposo de sus delicias. Pareciera que toda la creación tiende a ese Corazón humano en donde Dios reposa complacido. El Corazón humano de Jesucristo es el Sábado de Dios. Ese Corazón es el objeto de todas las complacencias del Padre.

Todas las líneas en el círculo, partiendo de un punto del contorno exterior, se encuentran en el centro, se concentran allí, desde ese centro se abren en rayos, encuentran su subsistencia en ese centro. De igual manera, en la revelación cristiana se sigue el mismo esquema geométrico. Toda la revelación parte de ese Centro –el Amor Divino subsistente en el Corazón humano de Jesús- y todo debe ser atraído a ése Centro. Ese Centro es el Corazón de Jesús, en sus afectos humanos, en su compasión, en sus entrañas de misericordia[2], en su predilección por los pecadores, en su celo ardiente, en su anonadamiento, en su humildad, en la mansedumbre que invita y conquista.

En Jesús, como Sacramento fundante, nos llega todo el Amor salvífico de Dios. Ese Corazón, en su amar humano, tierno y compasivo, nos está mostrando y comunicando el meollo del Amor Divino. Dios es así, ese Corazón palpitante del Hijo. Un Corazón que se abrasa de amor, que está coronado de espinas, que está herido, que está abierto, que se derrama en Sangre y Agua. Dios es Corazón. Dios se ha dejado herir en nuestra búsqueda por las espinas, espinas que ahogaban su Imagen en nosotros. Dios, en nuestra búsqueda, ha querido ser traspasado en lo más hondo de su Amor, en el Corazón de su Hijo. Aquella herida mortal con que le afligimos, el Amor la ha cambiado en fuente de Vida, en donde nace la Iglesia, en donde nacemos por el Agua y la Sangre.

El Signo del Corazón de carne del Redentor, es allí en donde debemos ingresar para celebrar la Alianza nueva, para despojarnos de nuestras durezas, para adorar en espíritu y verdad, para conocer al Padre. El Corazón de Jesús es el centro que resume su existir eterno, de cara al Padre, su Amor eterno en el cual vive en Don al Padre. El Corazón de Cristo es el Sacramento que nos comunica el Don de Jesús a nosotros. La entrega de la vida que nos convierte en sus amigos. Ese Corazón nos habla de su existencia por los otros. Jesús, el único Corazón que no ha vivido para sí mismo, sino en don para el Padre y para los hombres, comunicándoles en ese Don la gracia de ser hijos y hermanos, la gracia de responder desde esa misma existencia entregada de Jesús.

El texto de este domingo es como una llave de oro que nos abre un poco la puerta de ése Corazón. Ese texto es como el Corazón de la Revelación neotestamentaria. Sintetiza los cuatro evangelios.

En los primeros versículos, vemos a Jesús en su continua oración, en su continuo alabar, exultar y hacer eucaristía de su vida al Padre. En este “¡Te bendigo, Padre![3]” nos encontramos con toda la substancia del Evangelio de Juan: desde el Verbo que vive de cara al Padre, en su seno como Unigénito, el Hijo que conoce al Padre, que en ese mismo amor da la vida por sus ovejas, nos unimos a su plegaria sacerdotal, su sacrificium laudis, hasta el Resucitado que, como mendigo de nuestro amor, nos pregunta acerca de nuestro amor a Él: ¿Me amas más que estos[4]? En este: “¿Me amas más que estos?” nos encontramos con la mismísima atracción del amor de su “Venid a Mí…”

En esa exultación de júbilo del Corazón de Jesús nos encontramos con su oración continua, en donde se vive como Hijo. Jesús conoce al Padre. Vive en una compenetración existencial con Él. Es uno con Él. Ese conocimiento del Padre, la compenetración del amor y el vivir extático en quién se ama, se nos revela en esa palabra que es el latir continuo del Corazón de Jesús: ¡Sí, Padre![5]

La vida de Jesús, su reposar como Hijo en el seno del Padre, su postración como Siervo doliente y manso en Getsemaní, su abandono en la Cruz. Su mirada contemplativa a la naturaleza para extraer, como Divino Artista, materia para sus parábolas. Su vida en lo oculto de la trinidad de Nazareth, en el calor de María y de José, como sus noches de camino sin tener dónde reclinar su cabeza, sembrando la Palabra del reino, todo ello se concentra en ése: ¡Sí, Padre!

Este “¡Sí, Padre!” expresa el fondo de su Corazón, su adhesión a la Voluntad del Padre…Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al “misterio de la voluntad” del Padre. En ese ¡Sí, Padre! ya nos encontramos con el Fiat de Getsemaní y con el “Todo está consumado” en la sexta palabra de la Cruz antes de poner su Corazón entregado en las manos del Padre: ¡Padre en tus manos encomiendo…!

Esa compenetración de existencias entre Jesús y el Padre. Este conocimiento continuo en la oración, en el vivir de cara al Padre con su Corazón humano, Jesús quiere comunicarlo a nosotros. Quiere injertarnos en su vivir hacia el Padre, quiere introducirnos en su oración, en su gozo, filial, en la permanencia del Hijo en el Corazón del Padre, in sinu Patris.

El Bien es comunicativo desde sí mismo. El Padre es el Sumo Bien, Kyrie fons bonitatis, Pater ingénite, a quo bona cuncta procedunt[6]… le llama un tropo del medioevo bordado sobre la melodía de la Misa gregoriana II.

Fons Bonitatis, ese Señor, el Pantocrator, el Creador Omnipotente, el Señor del cielo y la tierra, como le confiesa, en adoración, el Corazón humano de Jesús, es la fuente de toda bondad. Y esa Bondad no permanece inerte. Esa Bondad crea el cielo y la tierra, nos crea a nosotros, crea en nosotros, en nuestra alma espiritual, un espacio más vasto que el cielo y la tierra, para contener al Señor de toda bondad.

Pero esa Fuente de Bondad, el Señor, es el Padre…la oración del Hijo nos lo revela. ¿Hay acaso mayor regalo del Corazón orante de Jesús de mostrarnos a ése Señor del cielo y de la tierra como Padre?

Es la realidad más honda de esa Bondad, que en su Paternidad, se da totalmente a Sí mismo en su Verbo, en su Hijo. El Hijo es la expresión más acabada, el sello perfecto de esa Fuente de Bondad que es el Padre. El Padre tiene todo su Gozo en ese Único Bien suyo, en su Hijo. Pero ese Bien se quiere participar, comunicar. Y en la medida en que se comunica y se participa nos quiere atraer a lo más profundo de ese Bien.

La revelación en Jesucristo, Corazón y Mediador del Misterio, es ese movimiento de salida (exitus) por medio del cual Dios se nos da a conocer. El Deus Absconditus se llama ahora Emmanuel, Dios con nosotros. La Vida que existía junto al Padre ahora, en Jesús, se nos hace Rostro, Corazón. La Vida se hace audible, visible, palpable porque el Verbo de Vida se hizo carne. Pero la revelación es también un movimiento de atracción: “Venid a Mi todos…”[7] nos invita el Corazón del Hijo. El Padre nos atrae hacia el Hijo para injertarnos en su filiación: “Nadie puede venir a Mí si el Padre no le atrae”[8].

La Revelación es un ser atraído. La criatura es llevada, por la Gracia, a lo más hondo del Corazón de Dios. Esa revelación por medio de la atracción se nos da en la palabra de Jesús, en la segunda parte del Evangelio de hoy. Jesús nos atrae invitándonos a ir hacia Él. Todo aquel que escuche con un corazón sincero ese “Venid a Mí…” de Jesús se sentirá llevado, arrastrado dulcemente por el peso liberador de su Amor.

El Padre nos ha entregado a su Hijo, todo su Bien. El Hijo, habiendo asumido nuestra humanidad, nuestro corazón, nuestro rostro, quiere revelarnos cómo es Su Padre. Jesús, en su Corazón manso y pobre, en su anonadamiento, en sus entrañas de compasión, es la revelación del amor pasional de Dios por su criatura. Un amor desde las “entrañas”[9]. Como una madre que no puede olvidarse de sus hijos[10], por que los ha llevado y vivificado en su seno, así Dios nos lleva en su Corazón compasivo. Estos son los Misterios del Reino que Jesús quiere comunicarnos y para los cuales necesitamos un corazón pobre y pequeño.

El Padre, en su gracia, nos atrae, nos lleva a su Hijo, en donde Él quiere comunicarse y hacernos sus hijos. El Padre nos desvela el misterio del Reino que es su Hijo viviendo en nosotros, haciéndonos su Cuerpo. Reuniendo a los hombres, dispersos y divididos por el pecado, en la unidad de la Caridad, en la comunión de una misma vida filial, en la Gracia de la Única filiación de Jesús que desciende a nosotros configurándonos con Él y con sus misterios.

Sólo el Padre puede revelarnos los secretos del Corazón del Hijo, porque ése Hijo, como un pequeñuelo, reposa siempre en su seno. Jesús exulta de gozo en el conocimiento que posee del Padre, nosotros atraídos por el Padre debemos tener la alegría perfecta de los hijos en el conocimiento –o sea en la compenetración- con el Amor de Jesucristo que excede todo conocimiento. Ese conocimiento se lo recibe como Don de lo alto[11] pero requiere un corazón muy pobre, un corazón liberado de las falsas seguridades humanas, un corazón que se sepa pecador y necesitado, un corazón que no se contente en su propia justicia o excelencia, en el tranquilo descansar en nuestros méritos y logros.

Ése conocimiento se regala a las almas sencillas que saben que por sí mismas nada pueden, a los grandes pecadores que se reconocen como tales y que por sí mismos –sin la mano redentora del Amor- no pueden salir de su iniquidad y del atolladero de sus vidas. Ese conocimiento se regala a los que para el mundo, y a veces para cierto mundo “religioso”, son los rudos, los incultos, los de la masa o el montón que nunca llegarán a ser “iniciados” en la ciencia de los puros y perfectos. Esos pobres, a los cuales el Misterio de Jesús les es regalado, son los pastores de Belén, los magos que vienen de afuera, con un corazón sediento de la Verdad; esos pobres son María y José, Simeón y Ana; los pescadores de Galilea, los publicanos que se dejan tocar por la luz de la Misericordia; la Samaritana en su sed, la pecadora pública a quién se le perdona mucho porque demuestra mucho amor, es la cananea que pide las migajas de los perritos. Esos pobres son el leproso purificado, el ciego Bartimeo, el centurión que se sabe tan indigno que de que Jesús entre bajo su techo y sólo le pide una palabra para la curación de su siervo. Ese conocimiento de Jesús resplandecerá, como un rayo sublime de esperanza, y como las primicias del Redentor, en el corazón del ladrón crucificado, que le pide a Jesús tan sólo un recuerdo confesándole como a su Rey, como al Cordero Inocente que sólo pasó haciendo el bien. “Quid Mariam absolvisti et latronem exaudisti mihi quoque spem me dedisti” cantará la liturgia de los difuntos en la Secuencia, una súplica desgarrada de esperanza. Perdonando a la Magdalena, escuchando al ladrón, Jesús, nos ha abierto la puerta a la esperanza. Su perdón es la esperanza.

Su invitación para ir hacia Él es una invitación a acogernos en el regazo de Aquel que es Perdón[12]. Por ello el más pequeño, el más pecador, el más oprimido por los yugos del sufrimiento o de la culpa, es el que más derecho tiene a esta revelación de la Misericordia, el que más derecho tiene a ser atraído hacia Jesús[13].

¿Nosotros nos contamos entre esos pobres, en aquellos que tienen el corazón roto, en los que están hambrientos y sedientos de Dios y de su Reino? ¿En verdad consideramos que el conocimiento del Amor de Jesucristo, que nos viene de la atracción del Padre, es el gran sentido de nuestra vida, de nuestro peregrinar, de nuestra misión, de nuestro padecer? Con facilidad ¿no caemos en la hinchazón de los fariseos que conocen perfectamente las Escrituras pero que, anclados en su autosuficiencia y en sus egoísmos, no quieren ponerse en camino para ir a Jesús, para conocerle desde el corazón y seguirle? También ellos tuvieron la “gracia” de ser atraídos a Jesús, no obstante prefirieron seguir encerrados en una religión del cumplimiento, de meras exterioridades, sin el cambio del núcleo, del corazón. Este es el gravísimo problema del fariseísmo en todas sus formas: es una religión de la mera exterioridad, en donde el corazón sigue siendo siempre de piedra. Un corazón que pretendiera justificarse a sí mismo, redimirse a sí mismo se quedaría siempre en la letra antigua, una letra muerta. Se haría óbice a la gracia, a la Vida. Sólo el Amor redime el corazón de piedra en corazón de carne, y el fariseísmo, bajo capa de piedad devota, se cierra al Amor que perdona y redime. El conocimiento sólo no redime. Es necesario entregar el corazón a Jesucristo como Él nos ha entregado el suyo totalmente.

Jesús revelándose como el Hijo amado, como el Siervo manso y humilde que no viene a romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente[14] no sólo nos atrae hacia Sí sino que nos invita a hacernos sus discípulos, a ingresar en su escuela. Atrayéndonos hacia Sí nos instruye y nos cambia el corazón.

Esa atracción misericordiosa que nos lleva a Él, y por Él al Padre, es una gracia iluminante y transformadora. Nuestro corazón, ese corazón que sólo Él conoce en su profundidad porque sus manos le formaron en las entrañas, en el seno materno, es remodelado en esa suave atracción.

La Vida humilde de Jesús, entregada, en la fuerza de la mansedumbre debe ser nuestro vivir. Debemos entrar en su Corazón como en una escuela, para aprender la Ciencia de los Santos, la Ciencia del puro amor. Este aprendizaje, este cargar el yugo liberador de la ley nueva de la Gracia, la Ley escrita en el corazón por el Espíritu Santo, no es un mero reproducir o imitar un modelo que está al exterior. Jesús, atrayéndonos, se constituye en nuestra forma interior, en la Vida de nuestro vivir. Ese nacimiento del corazón nuevo, del Corazón de Jesucristo viviendo y amando en nosotros, se da desde dentro, desde la atracción de su Gracia. Jesús, atrayéndonos, nos va configurando con Él, haciendo nuestro corazón según su Corazón, como oramos con esa jaculatoria que nos enseñaron desde pequeños.

Jesús atrae pero nunca se impone. La imagen de su Sagrado Corazón siempre nos está ofreciendo Su Amor. Nosotros frecuentemente ofrecemos el corazón a tantas cosas. Andamos con el corazón en la mano dándolo al mejor postor y en todos los casos nos quedamos con el corazón vacío, herido y roto. El Corazón ha sido creado para Jesucristo, por ello, dejándonos atraer por Él, para conocer al Padre, entrar en la hondura de su Amor, debemos devolverle nuestro corazón a Jesucristo.

Ir hacia Él, con el corazón en la mano, como una ofrenda pobre sí, pero infinitamente amada y deseada por Él. Sólo en la oblación de nuestro corazón al Corazón de Jesucristo experimentaremos el gozo jubiloso de sentir su atracción fuerte y dulce, atracción que nos liberará de nuestros yugos y cadenas, para cantar junto con Jesús: ¡Te bendigo, Padre!

Que la imagen del Corazón manso y humilde nos hable siempre al alma. ¡Dejémonos atraer más y más hacia Él! Como canta la antífona de las laudes de la Solemnidad del Corazón de Jesús resumiendo este movimiento de devolvernos a Dios:

“Fili, praebe mihi cor tuum, et óculi tui custodiant vias meas…”

“Dame, hijo, tu corazón y que tus ojos hallen deleite en mis caminos”[15]




P. Marco Antonio Foschiatti, OP
Casa San Pablo primer ermitaño,
Santa Fe de la Vera Cruz, República Argentina..




[1] Lucas 2, 19; 51.
[2] Lucas 1, 78 (Benedictus); Marcos 6, 34; 8, 2; Lucas 15, 20.
[3] Mateo 11, 25.
[4] Juan 21, 15.
[5] Mateo 11, 26.
[6] Señor, fuente de bondades, Padre inengendrado, del cual todo Bien procede.
[7] Mateo 11, 28.
[8] Juan 6, 44.
[9] Oseas 11. En ese capítulo está en “nuce” toda la teología del Corazón de Dios.
[10] Isaías 49, 14-16.
[11] Mateo 16, 17.
[12] In Caritate perpétua dilexit nos Deus, ídeo attráxit nos ad Cor suum, míserans. (antífona del oficio del Sagrado Corazón de Jesús). “Con Amor eterno nos amó Dios, por eso compadeciéndose de nosotros, nos atrajo a su Corazón” Esta antífona se inspira en el hondo texto de Jeremías 31, 3 (Vulg).
[13] “No importa la intensidad de tu fatiga, ni tu cansancio del trabajo o del camino tan largo y sin embargo tan inútil que has recorrido hasta ahora en busca de una ayuda, de una salvación. Si tienes la sensación de no poder dar un paso más, de no poder siquiera resistir un momento más sin sucumbir, da todavía un paso más, y allí encontrarás el reposo. ¡Venid! Y si alguien se encontrara tan afligido que no atinara siquiera a moverse, y bien, bastaría un suspiro: desear a Jesús, es haber llegado a Él. (Soren Kierkegaard: La escuela del cristianismo).
[14] Isaías 42, 2-3.
[15] Proverbios 23, 26.