
Dios, en su Vida, tiene espacio para los hombres.
“El Cielo no es otra cosa que esa grandeza de Dios capaz de tener sitio para un ser tan pequeño como nosotros. Y el hombre Jesús, que también es Dios, representa para nosotros la garantía infinita de que ser-hombre y ser-Dios pueden mantenerse y vivir juntos eternamente”[1].
La solemnidad de la ascensión del Señor nos invita a mirar el Cielo, a detenernos en el Cielo. No para una mirada paralizante y evasiva sino para elevarnos a Dios, a Jesucristo, que está en el seno de Dios y desde allí prolongar la Obra del Amor Salvador, de la Divinización del ser humano, que inauguró la Encarnación del Hijo de Dios, el admirable intercambio de Dios y de los hombres en su Hijo amado.
La Ascensión es un misterio salvífico que debe suscitar en nosotros, ante todo, la adoración ante el Nombre de Jesús. El cielo y la tierra, los abismos y lo más alto del cosmos hoy dobla su rodilla ante el Nombre que excede todo nombre[2]. Jesús es elevado en el empíreo para manifestar –incluso físicamente- que El es el Kyrios, el Señor, a quién por su obediencia amorosa hasta la cruz, le fue concedido todo poder en el Cielo y en la tierra:
“¿Quién es ese que asciende? El mismo que descendió. Has descendido para sanarme, has ascendido para elevarme. Si me elevo a mí mismo caigo;… si me levantas tú, permanezco alzado…A ti que te levantas digo: Señor tú eres mi esperanza, tú que asciendes al Cielo; sé mi refugio”[3].
Aquél que se abajo por amor. Aquél que se vació completamente de sí en su vida entregada al Padre y a los hombres, constituidos hermanos suyos por su Cruz, hoy es plenificado en el Cielo y la tierra. San Agustín en una homilía sobre la Ascensión tiene estas expresiones bellísimas:
“Levantado sobre los cielos, ¡Oh, Dios!... tú que permaneciste encerrado en el seno de una madre, que fuiste formado de lo que tú mismo formaste…tú a quién el anciano Simeón conoció pequeño y proclamó grande, a quién la viuda Ana vio lactante y reconoció omnipotente; tú que sufriste el hambre y la sed por nosotros, que te fatigaste en tus peregrinaciones por nosotros…tú arrestado, atado, flagelado, coronado de espinas, atado al leño de la cruz, atravesado por una lanza, tú muerto y sepultado, levantado al cielo, ¡Oh, Dios!”.[4]
Hoy “nuestra carne y nuestra sangre”, la plenitud de nuestra humanidad redimida, es introducida por Cristo en el seno de Dios. Hoy un Corazón humano ya late eternamente en el mismo amor de Dios y se incorpora, con sus latidos, en ese círculo perpetuo de Amor que es la Vida Trinitaria, ofrecimiento y donación de amor. Caridad, Gozo, Luz y Bienaventuranza para siempre.
La Ascensión no sólo debe engendrar la adoración y la alabanza por la plenitud de la encarnación. La plenitud de la Encarnación se da cuando el hombre nace en Dios. La Ascensión de Jesús debe hacer nacer en nuestros corazones un arrojo de esperanza.
Esperanza, la virtud teologal que sostiene nuestra peregrinación de cada día, que impulsa nuestro deseo de Dios. Esperanza: la Roca que nos hace apoyarnos en su Misericordia cuando todo flaquea o las seguridades humanas se diluyen. Esperanza: la estrella que nos hace mirar al Cielo, a Jesús en el Seno del Padre, a Jesús nuestro Cielo, y darnos la serena convicción de que allí está nuestra Vida, la plenitud, el fin para el cual hemos sido creados. Hemos sido creados para vivir en Jesucristo en el seno del Padre, en el Gozo mutuo del Padre y del Hijo que es su Espíritu de Amor.
Los Santos, que en su gran mayoría no eran ningunos soñadores, miraban largamente el Cielo. Pienso en San Ignacio de Loyola y sus continuas lágrimas cuando pasaba horas y horas, sin palabras, mirando el cielo romano y exclamando: ¡qué triste me parece todo lo de la tierra cuando miro el Cielo! El cielo “creado”, físico, en su magnitud, en su inmensidad, en la pureza de su azul celeste nos está cantando y proclamando la Gloria de Dios. El Cielo es el mensajero, la huella viviente, de la pureza y la infinitud de la Esencia Divina, de su luminosidad, de su Ser completamente diáfano y transparente. “Caeli enarrant Gloriam Dei”…”El Cielo proclama la Gloria de Dios” (Salmo 18). El Cielo creado nos abre al Cielo increado que no es una cosa, sino que es Dios mismo. El Cielo, nuestra morada prometida por Jesús, es Dios mismo que en su Misterio más hondo tiene espacio para nosotros, para la persona humana, y la quiere hacer partícipe de su intimidad trinitaria.
Pienso, asimismo, en San Felipe Neri, el santo de la alegría cristiana, del buen humor, del corazón dilatado por el Espíritu, el decía continuamente: ¡Paraíso, Paraíso! Cuando le insultaban, cuando eran indiferentes a su promoción humana en la caridad de los niños pobres, de los enfermos abandonados, de las prostitutas, de los miserables: ¡Paraíso, Paraíso!
Repetían como cantinela sus niños del oratorio: ¡Paradiso, preferisco il Paradiso[5]! ¿Nos atreveríamos hoy a volver a cantar, sacándonos tantos falsos escrúpulos inculcados por las ideologías materialistas que mataron en demasía nuestra esperanza, quiero ir al Paraíso, Preferisco il Paradiso!
¿Por qué tenemos miedo de hablar del Cielo, de hablar de nuestra Casa, de nuestra Morada perpetua junto a Jesús? Hablar del Cielo, desear el Cielo, no es acomplejarnos sino incentivarnos a hacer más hermoso este caminar que es la vida. Es cantar y sembrar en justicia y paz mientras caminamos… Cantar da fuerzas, reanima el alma cuando se camina mucho y el agotamiento tiende a frenar nuestra marcha. ¿Hay mejor canto que hablar y desear el Cielo, ese Cielo que es Jesús? Como canta el himno propio de la fiesta: Iesu nostra redemptio, amor et desiderium… Jesús nuestra redención, nuestro amor y deseo ardiente.
¿Qué sería de nuestra vida sin esta alegre certeza de que no caminamos al vacío, al abismo oscuro de la muerte, a la disolución del sepulcro sino que “esta carne y esta sangre, este corazón que ama y quiere amar para siempre” no se perderán en la tristeza de la muerte?
¿Qué sería de nosotros sin la esperanza viva de que luego de dar el postrer beso a un ser querido en su tumba, luego de contemplar por última vez en esta peregrinación terrena el rostro de aquellos que amamos, los volveremos a besar ya glorificados…? Besaremos ese mismo rostro amado, de nuestros padres, de nuestros hijos o esposos, de nuestros amigos. En el Cielo, en Jesucristo, nos saciaremos no sólo con el Rostro de nuestro Redentor sino que en su luz veremos glorificados esos rostros que amamos, y nos enseñaron a amar, en nuestra peregrinación terrena.
La Ascensión nos está diciendo que el cielo no es un lugar distante y cósmico, un mero volar en las nubes como pájaros…sino que el Cielo es entrar en la dinámica del Amor Divino, en sus relaciones de Donación y de Recepción, en su Vida Eterna, que ya poseemos en germen por la gracia divina. Hay corazones que ya gustan algo del Cielo, algo o mucho, en la medida en que tienen su querer elevado a Dios, abierto y ensanchado a los torrentes de su amor. Así como hay corazones que viven ya en un eterno infierno mordiéndose en sus odios, rencores y soberbias.
La Ascensión de Jesús nos dice que la muerte comienza en nosotros el misterioso parto de nuestro nacer en Dios. ¡Qué bello es contemplar la muerte no con la calavera y la guadaña sino como la Hermana muerte –como la llamaba San Francisco de Asís- o mejor la Madre muerte en cuyo doloroso parto nacemos a esa Pascua sin fin de la Vida.
El Bautismo nos hacía nacer para Dios, como hijos amados suyos, la muerte –como sacramento misterioso- deposita el germen de ese nacer en Dios para la Gloria, dentro de su Gloria. Nos transformaremos a semejanza del Cuerpo resucitado de Jesucristo porque veremos a Dios tal cual es.
La visión de Dios nos vivifica y hemos sido creados para ser la Gloria de Dios. Su Gloria es esta vivificación de todo el hombre por la visión cara a cara de su Rostro. Como decía, el Padre de la teología católica, San Ireneo de Lyon: “Gloria Dei vivens homo et vita hominis est visio Dei”[6].
Hoy en la Ascensión celebramos en Jesucristo, el Hombre verdadero, esta Gloria plenísima de Dios y esta vivificación plenísima del Hombre. Hoy se cumplen en verdad las palabras del salmo: “Coronaste al Hombre de gloria y divinidad, todo lo sometiste bajo sus pies”[7].
Desde muy antiguo la liturgia cristiana unió el misterio de la Ascensión con el misterio de Belén. La peregrina Egeria nos habla de la procesión que se realizaba un día antes de la Ascensión hasta la gruta de Belén para luego culminar en el monte de los Olivos en el lugar de la Ascensión del Señor. Una procesión que deseaba unir los dos extremos de la Encarnación[8].
En Belén nace Dios como hombre para revelarnos al Padre y comunicarnos todo su Amor. En Belén Dios se hace pequeño, niño, Palabra abreviada, comienza el camino del anonadamiento del Corderito inocente. En el monte de la Ascensión, el monte de los olivos, el hombre nace en Dios, nace como Dios, en cuanto que la humanidad de Jesucristo es asumida en el espacio del Amor Trinitario.
El Monte de los Olivos es el Monte de nuestra Redención. Allí en Getsemaní, Jesús, reconcilió la voluntad humana con la voluntad Divina en su “Sí” hasta la muerte. Pero el Monte de los Olivos es también el Monte que señala nuestra glorificación, nuestro ascenso no hacia las estrellas sino infinitamente más allá: hasta el mismo Corazón Trinitario. Recuerdo el altísimo campanario que domina el Monte de los Olivos, un campanario de un monasterio ruso, que recuerda precisamente esto: ¡estamos llamados a nacer en Dios, en el espacio de la Vida misma de Dios!
El Hijo amado descendió solo del Padre. El Hijo amado en profunda soledad descendió a la tierra en el frío de una gruta en Belén…un descenso hasta la postración de su agonía en Getsemaní, un descenso hasta el ascenso por amor en la Cruz.
En la plenitud de la Encarnación, en el misterio de la Ascensión, en el nacimiento del Hombre en Dios, en la Gloria del Hombre, Jesús no asciende sólo. Asciende como Cabeza de un Cuerpo, como Cabeza de la Iglesia, lleva a sus miembros con Él. Nos arrastra con Él, en su ascenso al Amor Trinitario. De esta manera se realiza el deseo del Hijo en su oración sacerdotal: “Padre quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy, para que contemplen mi gloria, la Gloria que me diste, porque me amabas antes de la constitución del mundo”[9]
La fiesta de la Ascensión desde muy antiguo se inscribe entre dos momentos fuertes de oración en la Iglesia. Es precedida por los tres días de las Rogativas. En las Rogativas, la Iglesia, invocando a los Santos, realiza una procesión, canta y súplica. Esa procesión, las rogativas, es una imagen de nuestra vida, de nuestro caminar. Las rogativas se celebraban frecuentemente saliendo de la Iglesia hacia los campos, los sembrados, para bendecirlos con el rocío de la oración.
Ese caminar orante nos quiere decir que estamos aquí en la tierra como peregrinos y forasteros, esa bendición de nuestras semillas y cultivos, de nuestros trabajos, de los surcos regados por lágrimas y sudores, nos están hablando que caminamos hacia el Cielo, hacia Jesús, trabajando y sirviendo, inclinándonos como Él para sembrar en el amor humilde y confiado. Pero esa siembra, ese servicio, ese caminar que es nuestra vida, no tendría sentido si no está regado y bendecido por el rocío y la llovizna de su bendición que hace crecer y da la verdadera fecundidad. Ya que separados de Él no podemos hacer nada.[10]
Las Rogativas quieren depositar en el Corazón humano de Jesús- que sabe de sembrados, de sudores y trabajos- nuestras pequeñas esperanzas, para que en su vuelo glorioso Él las lleve al Padre y con ellas pueda llevar también nuestras vidas. La procesión de las Rogativas nos habla de que estamos caminando hacia el Cielo pero que, en cierta manera, en Jesús ya hemos llegado al Puerto.
Es verdad que en las grandes ciudades ya no se celebran las rogativas pero: ¿no podríamos rezarlas siquiera caminando simbólicamente en nuestros Templos? ¿Acaso hoy más que nunca no estamos necesitados de que Él bendiga nuestros esfuerzos a veces tan vacíos e inútiles, nuestros corazones tan infecundos?
El otro momento fuerte de oración entre la que se inscribe la fiesta de la Ascensión es la novena de Pentecostés. Con María y los Apóstoles queremos sumergirnos en el Cenáculo para implorar al Paráclito, al Espíritu Creador, al Dulce Huésped de nuestras almas. Al Fuego, al Viento que vivifica, a las Lenguas que nos queman y abrasan en sus Dones y Carismas. La Iglesia, recuerda constantemente nuestro amado Papa Benedicto, nace de la Oración. Un nuevo Pentecostés de la Iglesia sólo puede nacer si ensanchamos el corazón en la súplica humilde, confiada e insistente: ¡Ven, Espíritu de Amor, ven por María!
La solemnidad de la Ascensión se asemeja al momento de la liturgia en donde, antes de cantar con los Ángeles y Santos, al Dios tres veces Santo, el sacerdote proclama: ¡Arriba los corazones! ¡Sursum corda! Es la anáfora, el llevar hacia arriba en Jesús, todas nuestras vidas, es hacernos ofrenda en Él.
Mientras que la solemnidad de Pentecostés es la epíclesis de las epíclesis. Epíclesis quiere decir: “Llamar sobre…” Llamamos al Santo Espíritu Creador para que haga suyos y transforme los dones que en nuestra pobreza le ofrecemos. El Espíritu quiere transformarnos en Jesús, quiere darnos nuevamente su Presencia, quiere que Jesús viva no ya junto a nosotros, como en su vida terrena, sino que Jesucristo viva “en nosotros”.[11]
Elevando el corazón en las rogativas y en la novena de Pentecostés no dejemos de pedir que nuestra pequeñez humana pueda encontrar más y más espacio en la Vida de Dios Amor. No dejemos de pedir, ofreciendo toda la Vida del Señor Jesús desde Belén hasta la Ascensión, un nuevo Pentecostés para la Iglesia y nuestros corazones.
La solemnidad de la ascensión del Señor nos invita a mirar el Cielo, a detenernos en el Cielo. No para una mirada paralizante y evasiva sino para elevarnos a Dios, a Jesucristo, que está en el seno de Dios y desde allí prolongar la Obra del Amor Salvador, de la Divinización del ser humano, que inauguró la Encarnación del Hijo de Dios, el admirable intercambio de Dios y de los hombres en su Hijo amado.
La Ascensión es un misterio salvífico que debe suscitar en nosotros, ante todo, la adoración ante el Nombre de Jesús. El cielo y la tierra, los abismos y lo más alto del cosmos hoy dobla su rodilla ante el Nombre que excede todo nombre[2]. Jesús es elevado en el empíreo para manifestar –incluso físicamente- que El es el Kyrios, el Señor, a quién por su obediencia amorosa hasta la cruz, le fue concedido todo poder en el Cielo y en la tierra:
“¿Quién es ese que asciende? El mismo que descendió. Has descendido para sanarme, has ascendido para elevarme. Si me elevo a mí mismo caigo;… si me levantas tú, permanezco alzado…A ti que te levantas digo: Señor tú eres mi esperanza, tú que asciendes al Cielo; sé mi refugio”[3].
Aquél que se abajo por amor. Aquél que se vació completamente de sí en su vida entregada al Padre y a los hombres, constituidos hermanos suyos por su Cruz, hoy es plenificado en el Cielo y la tierra. San Agustín en una homilía sobre la Ascensión tiene estas expresiones bellísimas:
“Levantado sobre los cielos, ¡Oh, Dios!... tú que permaneciste encerrado en el seno de una madre, que fuiste formado de lo que tú mismo formaste…tú a quién el anciano Simeón conoció pequeño y proclamó grande, a quién la viuda Ana vio lactante y reconoció omnipotente; tú que sufriste el hambre y la sed por nosotros, que te fatigaste en tus peregrinaciones por nosotros…tú arrestado, atado, flagelado, coronado de espinas, atado al leño de la cruz, atravesado por una lanza, tú muerto y sepultado, levantado al cielo, ¡Oh, Dios!”.[4]
Hoy “nuestra carne y nuestra sangre”, la plenitud de nuestra humanidad redimida, es introducida por Cristo en el seno de Dios. Hoy un Corazón humano ya late eternamente en el mismo amor de Dios y se incorpora, con sus latidos, en ese círculo perpetuo de Amor que es la Vida Trinitaria, ofrecimiento y donación de amor. Caridad, Gozo, Luz y Bienaventuranza para siempre.
La Ascensión no sólo debe engendrar la adoración y la alabanza por la plenitud de la encarnación. La plenitud de la Encarnación se da cuando el hombre nace en Dios. La Ascensión de Jesús debe hacer nacer en nuestros corazones un arrojo de esperanza.
Esperanza, la virtud teologal que sostiene nuestra peregrinación de cada día, que impulsa nuestro deseo de Dios. Esperanza: la Roca que nos hace apoyarnos en su Misericordia cuando todo flaquea o las seguridades humanas se diluyen. Esperanza: la estrella que nos hace mirar al Cielo, a Jesús en el Seno del Padre, a Jesús nuestro Cielo, y darnos la serena convicción de que allí está nuestra Vida, la plenitud, el fin para el cual hemos sido creados. Hemos sido creados para vivir en Jesucristo en el seno del Padre, en el Gozo mutuo del Padre y del Hijo que es su Espíritu de Amor.
Los Santos, que en su gran mayoría no eran ningunos soñadores, miraban largamente el Cielo. Pienso en San Ignacio de Loyola y sus continuas lágrimas cuando pasaba horas y horas, sin palabras, mirando el cielo romano y exclamando: ¡qué triste me parece todo lo de la tierra cuando miro el Cielo! El cielo “creado”, físico, en su magnitud, en su inmensidad, en la pureza de su azul celeste nos está cantando y proclamando la Gloria de Dios. El Cielo es el mensajero, la huella viviente, de la pureza y la infinitud de la Esencia Divina, de su luminosidad, de su Ser completamente diáfano y transparente. “Caeli enarrant Gloriam Dei”…”El Cielo proclama la Gloria de Dios” (Salmo 18). El Cielo creado nos abre al Cielo increado que no es una cosa, sino que es Dios mismo. El Cielo, nuestra morada prometida por Jesús, es Dios mismo que en su Misterio más hondo tiene espacio para nosotros, para la persona humana, y la quiere hacer partícipe de su intimidad trinitaria.
Pienso, asimismo, en San Felipe Neri, el santo de la alegría cristiana, del buen humor, del corazón dilatado por el Espíritu, el decía continuamente: ¡Paraíso, Paraíso! Cuando le insultaban, cuando eran indiferentes a su promoción humana en la caridad de los niños pobres, de los enfermos abandonados, de las prostitutas, de los miserables: ¡Paraíso, Paraíso!
Repetían como cantinela sus niños del oratorio: ¡Paradiso, preferisco il Paradiso[5]! ¿Nos atreveríamos hoy a volver a cantar, sacándonos tantos falsos escrúpulos inculcados por las ideologías materialistas que mataron en demasía nuestra esperanza, quiero ir al Paraíso, Preferisco il Paradiso!
¿Por qué tenemos miedo de hablar del Cielo, de hablar de nuestra Casa, de nuestra Morada perpetua junto a Jesús? Hablar del Cielo, desear el Cielo, no es acomplejarnos sino incentivarnos a hacer más hermoso este caminar que es la vida. Es cantar y sembrar en justicia y paz mientras caminamos… Cantar da fuerzas, reanima el alma cuando se camina mucho y el agotamiento tiende a frenar nuestra marcha. ¿Hay mejor canto que hablar y desear el Cielo, ese Cielo que es Jesús? Como canta el himno propio de la fiesta: Iesu nostra redemptio, amor et desiderium… Jesús nuestra redención, nuestro amor y deseo ardiente.
¿Qué sería de nuestra vida sin esta alegre certeza de que no caminamos al vacío, al abismo oscuro de la muerte, a la disolución del sepulcro sino que “esta carne y esta sangre, este corazón que ama y quiere amar para siempre” no se perderán en la tristeza de la muerte?
¿Qué sería de nosotros sin la esperanza viva de que luego de dar el postrer beso a un ser querido en su tumba, luego de contemplar por última vez en esta peregrinación terrena el rostro de aquellos que amamos, los volveremos a besar ya glorificados…? Besaremos ese mismo rostro amado, de nuestros padres, de nuestros hijos o esposos, de nuestros amigos. En el Cielo, en Jesucristo, nos saciaremos no sólo con el Rostro de nuestro Redentor sino que en su luz veremos glorificados esos rostros que amamos, y nos enseñaron a amar, en nuestra peregrinación terrena.
La Ascensión nos está diciendo que el cielo no es un lugar distante y cósmico, un mero volar en las nubes como pájaros…sino que el Cielo es entrar en la dinámica del Amor Divino, en sus relaciones de Donación y de Recepción, en su Vida Eterna, que ya poseemos en germen por la gracia divina. Hay corazones que ya gustan algo del Cielo, algo o mucho, en la medida en que tienen su querer elevado a Dios, abierto y ensanchado a los torrentes de su amor. Así como hay corazones que viven ya en un eterno infierno mordiéndose en sus odios, rencores y soberbias.
La Ascensión de Jesús nos dice que la muerte comienza en nosotros el misterioso parto de nuestro nacer en Dios. ¡Qué bello es contemplar la muerte no con la calavera y la guadaña sino como la Hermana muerte –como la llamaba San Francisco de Asís- o mejor la Madre muerte en cuyo doloroso parto nacemos a esa Pascua sin fin de la Vida.
El Bautismo nos hacía nacer para Dios, como hijos amados suyos, la muerte –como sacramento misterioso- deposita el germen de ese nacer en Dios para la Gloria, dentro de su Gloria. Nos transformaremos a semejanza del Cuerpo resucitado de Jesucristo porque veremos a Dios tal cual es.
La visión de Dios nos vivifica y hemos sido creados para ser la Gloria de Dios. Su Gloria es esta vivificación de todo el hombre por la visión cara a cara de su Rostro. Como decía, el Padre de la teología católica, San Ireneo de Lyon: “Gloria Dei vivens homo et vita hominis est visio Dei”[6].
Hoy en la Ascensión celebramos en Jesucristo, el Hombre verdadero, esta Gloria plenísima de Dios y esta vivificación plenísima del Hombre. Hoy se cumplen en verdad las palabras del salmo: “Coronaste al Hombre de gloria y divinidad, todo lo sometiste bajo sus pies”[7].
Desde muy antiguo la liturgia cristiana unió el misterio de la Ascensión con el misterio de Belén. La peregrina Egeria nos habla de la procesión que se realizaba un día antes de la Ascensión hasta la gruta de Belén para luego culminar en el monte de los Olivos en el lugar de la Ascensión del Señor. Una procesión que deseaba unir los dos extremos de la Encarnación[8].
En Belén nace Dios como hombre para revelarnos al Padre y comunicarnos todo su Amor. En Belén Dios se hace pequeño, niño, Palabra abreviada, comienza el camino del anonadamiento del Corderito inocente. En el monte de la Ascensión, el monte de los olivos, el hombre nace en Dios, nace como Dios, en cuanto que la humanidad de Jesucristo es asumida en el espacio del Amor Trinitario.
El Monte de los Olivos es el Monte de nuestra Redención. Allí en Getsemaní, Jesús, reconcilió la voluntad humana con la voluntad Divina en su “Sí” hasta la muerte. Pero el Monte de los Olivos es también el Monte que señala nuestra glorificación, nuestro ascenso no hacia las estrellas sino infinitamente más allá: hasta el mismo Corazón Trinitario. Recuerdo el altísimo campanario que domina el Monte de los Olivos, un campanario de un monasterio ruso, que recuerda precisamente esto: ¡estamos llamados a nacer en Dios, en el espacio de la Vida misma de Dios!
El Hijo amado descendió solo del Padre. El Hijo amado en profunda soledad descendió a la tierra en el frío de una gruta en Belén…un descenso hasta la postración de su agonía en Getsemaní, un descenso hasta el ascenso por amor en la Cruz.
En la plenitud de la Encarnación, en el misterio de la Ascensión, en el nacimiento del Hombre en Dios, en la Gloria del Hombre, Jesús no asciende sólo. Asciende como Cabeza de un Cuerpo, como Cabeza de la Iglesia, lleva a sus miembros con Él. Nos arrastra con Él, en su ascenso al Amor Trinitario. De esta manera se realiza el deseo del Hijo en su oración sacerdotal: “Padre quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy, para que contemplen mi gloria, la Gloria que me diste, porque me amabas antes de la constitución del mundo”[9]
La fiesta de la Ascensión desde muy antiguo se inscribe entre dos momentos fuertes de oración en la Iglesia. Es precedida por los tres días de las Rogativas. En las Rogativas, la Iglesia, invocando a los Santos, realiza una procesión, canta y súplica. Esa procesión, las rogativas, es una imagen de nuestra vida, de nuestro caminar. Las rogativas se celebraban frecuentemente saliendo de la Iglesia hacia los campos, los sembrados, para bendecirlos con el rocío de la oración.
Ese caminar orante nos quiere decir que estamos aquí en la tierra como peregrinos y forasteros, esa bendición de nuestras semillas y cultivos, de nuestros trabajos, de los surcos regados por lágrimas y sudores, nos están hablando que caminamos hacia el Cielo, hacia Jesús, trabajando y sirviendo, inclinándonos como Él para sembrar en el amor humilde y confiado. Pero esa siembra, ese servicio, ese caminar que es nuestra vida, no tendría sentido si no está regado y bendecido por el rocío y la llovizna de su bendición que hace crecer y da la verdadera fecundidad. Ya que separados de Él no podemos hacer nada.[10]
Las Rogativas quieren depositar en el Corazón humano de Jesús- que sabe de sembrados, de sudores y trabajos- nuestras pequeñas esperanzas, para que en su vuelo glorioso Él las lleve al Padre y con ellas pueda llevar también nuestras vidas. La procesión de las Rogativas nos habla de que estamos caminando hacia el Cielo pero que, en cierta manera, en Jesús ya hemos llegado al Puerto.
Es verdad que en las grandes ciudades ya no se celebran las rogativas pero: ¿no podríamos rezarlas siquiera caminando simbólicamente en nuestros Templos? ¿Acaso hoy más que nunca no estamos necesitados de que Él bendiga nuestros esfuerzos a veces tan vacíos e inútiles, nuestros corazones tan infecundos?
El otro momento fuerte de oración entre la que se inscribe la fiesta de la Ascensión es la novena de Pentecostés. Con María y los Apóstoles queremos sumergirnos en el Cenáculo para implorar al Paráclito, al Espíritu Creador, al Dulce Huésped de nuestras almas. Al Fuego, al Viento que vivifica, a las Lenguas que nos queman y abrasan en sus Dones y Carismas. La Iglesia, recuerda constantemente nuestro amado Papa Benedicto, nace de la Oración. Un nuevo Pentecostés de la Iglesia sólo puede nacer si ensanchamos el corazón en la súplica humilde, confiada e insistente: ¡Ven, Espíritu de Amor, ven por María!
La solemnidad de la Ascensión se asemeja al momento de la liturgia en donde, antes de cantar con los Ángeles y Santos, al Dios tres veces Santo, el sacerdote proclama: ¡Arriba los corazones! ¡Sursum corda! Es la anáfora, el llevar hacia arriba en Jesús, todas nuestras vidas, es hacernos ofrenda en Él.
Mientras que la solemnidad de Pentecostés es la epíclesis de las epíclesis. Epíclesis quiere decir: “Llamar sobre…” Llamamos al Santo Espíritu Creador para que haga suyos y transforme los dones que en nuestra pobreza le ofrecemos. El Espíritu quiere transformarnos en Jesús, quiere darnos nuevamente su Presencia, quiere que Jesús viva no ya junto a nosotros, como en su vida terrena, sino que Jesucristo viva “en nosotros”.[11]
Elevando el corazón en las rogativas y en la novena de Pentecostés no dejemos de pedir que nuestra pequeñez humana pueda encontrar más y más espacio en la Vida de Dios Amor. No dejemos de pedir, ofreciendo toda la Vida del Señor Jesús desde Belén hasta la Ascensión, un nuevo Pentecostés para la Iglesia y nuestros corazones.
P. Marco Antonio Foschiatti op.
Casa San Pablo, primer ermitaño.
Santa Fe de la Vera Cruz.
Casa San Pablo, primer ermitaño.
Santa Fe de la Vera Cruz.
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[1] Joseph Ratzinger, Palabra en la Iglesia.
[2] Flp 2, 5.
[3] San Agustín, Sermón 261
[4] Sermón 262.
[5] Paraíso, yo prefiero el Paraíso.
[6] “La Gloria de Dios es el hombre y la vida del hombre es la visión de Dios”.
[7] Salmo 8.
[8] Diario de Egeria, 42; 43, 1-2. 4-6.
[9] Jn 17, 24.
[10] Jn 15, 5
[11] “Tras la Ascensión, la presencia de Cristo cambia de forma, se interioriza. Ya no está ante sus discípulos, frente a ellos, sino dentro: está presente en toda manifestación del Espíritu como lo está en la Eucaristía”. Eudokimov Pavel, Teología de la Belleza.
[1] Joseph Ratzinger, Palabra en la Iglesia.
[2] Flp 2, 5.
[3] San Agustín, Sermón 261
[4] Sermón 262.
[5] Paraíso, yo prefiero el Paraíso.
[6] “La Gloria de Dios es el hombre y la vida del hombre es la visión de Dios”.
[7] Salmo 8.
[8] Diario de Egeria, 42; 43, 1-2. 4-6.
[9] Jn 17, 24.
[10] Jn 15, 5
[11] “Tras la Ascensión, la presencia de Cristo cambia de forma, se interioriza. Ya no está ante sus discípulos, frente a ellos, sino dentro: está presente en toda manifestación del Espíritu como lo está en la Eucaristía”. Eudokimov Pavel, Teología de la Belleza.