8 de abril de 2011

"NIGRA SUM SED FORMOSA..." Ct. 1, 5

Culminado el Domingo laetare: Domingo de la Luz de Jesucristo, preludio de la Pascua que se acerca. Domingo en el cual, desde antiguo, el Papa bendecía la Rosa de oro, que luego entregaba en gesto de reconciliación y de paz. Domingo en que la Iglesia deja el oscuro morado para revestirse de colores más diáfanos...

La Iglesia es la Esposa del Cantar de los cantares, oscurecida por el morado de los pecados de nosotros sus hijos, pero hecha constantemente hermosa, diáfana, pura, Santa, por la Purpura de su Esposo, por la Sangre de la Cruz. Por el Amor Crucificado. Misterioso domingo este laetare...para entonar el "Nigra sum sed formosa". Un canto inmortalizado por tantos artistas, pienso en Monteverdi y sus Vísperas de la Virgen María. Pienso en el Nigra sum de Pablo Casals, el de Palestrina. Este Nigra sum se puede leer el clave eclesial, mariana y personal. No son estadios separados sino profundizaciones y perspectivas de una misma realidad de oscuridad –dolor y pecado- y otra realidad de luz –hermosura y amor-. Vayamos desentrañando esos significados:


“Yo soy negra”, es el efecto de la pena que deseca, marca, ensombrece mi rostro. La bienamada es negra, que es el color de la noche, que es el color de la adversidad, que es el color de su exilio. Su alma está en tinieblas, y eso aparece hasta en su tez. Job gemía en su pena de la misma manera: “Mi piel, decía, ha ennegrecido sobre mí”. (Job 30, 30)


“Yo soy negra”. Es la Iglesia que gime en el exilio, por los pecados de sus hijos. Es la Iglesia a quién nuestras acciones han vuelto su rostro oscuro.


Para San Bernardo, cuando la esposa confiesa: “Yo soy negra pero hermosa”, ella quiere significar que es a la vez solidaria del mundo pecador de los hombres, y que toda su santidad pertenece a su Esposo. “ La Iglesia es negra, exclama Bernardo, es el efecto de su estadía bajo las tiendas de Quedar, de ese duro servicio, de su prolongada residencia en la desgracia. Es el efecto de las miserias, un doloroso exilio…pero Cristo vino a tomar sobre sí esta negrura, para devolver a su esposa todo su esplendor…Cristo se envolvió de la noche, tomando la forma de esclavo y la vestimenta de la naturaleza humana. Aquel que sobrepasa en belleza a todos los hijos de los hombres, será en efecto escondido dentro de su Pasión, sometido a las ignominias de la Pasión, a las tristezas de la muerte, para devolver a los hijos de los hombres a la luz. El se despojará de toda su belleza, y ganará así, por Esposa admirable, una Iglesia sin mancha ni arrugas. Yo reconozco bien la tienda de Salomón, mejor aún, yo adoro al mismo Salomón bajo esa tienda ennegrecida…” (In cántica Sermón 33).


San Gregorio de Nisa, ocho siglos antes que San Bernardo, hace decir a la Amada, a la Iglesia, en una de sus homilías sobre el Cantar de los Cantares: “No se extrañen que cuando era negra, a causa de mi pecado, y emparentada con las tinieblas por mis obras, (mi Esposo) me haya amado. Pues él me devolvió la belleza por su amor, cambiando Su Belleza por la deformidad. Transfiriendo en sí mismo la mancha de mis pecados, Él me comunicó su propia pureza haciéndome partícipe de su propia belleza. Me volvió amable de hosca que era, y seguidamente me amó”. (In cántica Homilía 2).


Orígenes dirá en su comentario al Cantar: “Yo soy Negra, dice la Iglesia, por la bajeza de mi nacimiento, vengo de un mundo pagano, de los gentiles, pero acogiendo al Verbo hecho carne me hago bella y brillante. Me he vuelto bella por mi penitencia y por la fe. He recibido en mí al Hijo de Dios, he recibido al Verbo hecho carne, me he acercado a Él, que es el Esplendor de la Gloria y el resplandor de la Santidad. Y me he vuelto bella”.


San Ambrosio nos da una explicación muy cercana. Pero allí donde Orígenes subrayaba sobre todo la transfiguración de nuestra humanidad, por el solo hecho, que la había revestido el Verbo Encarnado, Ambrosio, ve con más precisión el pasaje del estado de pecador que era el nuestro, al estado de hijo de Dios por la gracia del bautismo. “La Iglesia que lleva sus vestiduras blancas por haberlas revestido gracias al baño del nuevo nacimiento, dice, en el Cantar, Soy Negra pero hermosa. Negra por la fragilidad de la naturaleza humana, bella por la gracia; negra por estar compuesta de pecadores, bella por el sacramento de la fe.”


Sin embargo nos quedaríamos a mitad de camino si no referimos este texto del Cantar a la “Tota Pulchra”…a la única Paloma del amado, en quién no hay ni sombra de mancha. La lectura mariana del Cantar de los Cantares, especialmente en la liturgia, pensemos en las vísperas de la Buenaventura Virgen inmortalizadas por Claudio Monteverdi, siempre ha aplicado a la Virgen, a la Inmaculada, este versículo. María es la realización de la Iglesia. El icono escatológico de la Iglesia Santa, introducida en el tálamo del Esposo, ese tálamo (cubiculum) adornado con estrellas. Sin embargo esta “negrura” se puede aplicar perfectamente a la Virgen, a la toda Hermosa…Es la negrura de su dolor fecundo, de su compasión…es su Corazón traspasado por las siete espadas. Esta negrura es su desvelo por sus hijos pecadores, es su oración y su dolor por ellos. María le dice a Jesús: “Soy Negra pero hermosa…” Soy Negra por la pena que me causa tu dolor…las angustias de mi Amado me han decolorado totalmente. Soy Bella, al mismo tiempo, porque esos dolores me hablan de tu Amor…y es ese Amor el que me hizo toda Bella. “Tus dolores, Hijo mío, engendran la Belleza Inmaculada de tu Madre”. Mi Inmaculada Concepción es también fruto de tus Llagas…en mí tu Redención copiosa ha dado todo su fruto.


San Francisco de Sales, en su Tratado del Amor de Dios, tiene estas expresiones que podríamos leer en clave mariana: “Estoy llena de desamparo y calada de dolor. Pero, porque los dolores de Aquel que amo provienen de amor, a medida de que me afligen por compasión me deleitan por complacencia. ¿Cómo podría un amante fiel no tener la satisfacción extrema de verse tan amado por el celestial Esposo?”


Por último este versículo lo podemos aplicar a la pequeña Iglesia que es nuestra alma…ella está muchas veces negra por el pecado. Ahora bien, tiene la osadía de decirle a Jesús, su Esposo: ¡No obstante (sed) soy hermosa (Formosa)! Estoy resplandeciente en la forma de tu Imagen y Semejanza, que por tu gracia, reluce en mí. Es que el alma ,que así exclama se ha expuesto, no ya al sol de sus pasiones que le resecan la vida, sino que se ha expuesto -humilde y confiada- al Sol de la mirada de Jesucristo Crucificado, de Él recibe toda su Hermosura. El Doctor místico exclamará comentado ese pasaje: “No me desprecies más. Si has encontrado mi tez oscura, puedes ahora bien mirarme, ya que tú me has mirado, dejando en mí gracia y belleza. Pues si antes de que me miraras, has encontrado en mi la fealdad del pecado y de las imperfecciones, y la bajeza de mi natural condición, desde el instante en que tú me miraste, sacándome esa tez fea y sombría, con la que no merecía ser vista, ya con tu mirada amorosa, dejaste en mí gracia y belleza”.


Jesús ama en el alma Su propia hermosura. El alma perdonada es sólo reflejo, espejo viviente, de la Hermosura de Jesucristo. Dejémonos mirar por los ojos bajos de Jesucristo Crucificado. Dejémonos iluminar por esos ojos bajos de la Faz velada de Jesús, como hermosamente dice la pequeña Teresa, la Doctora del Amor.


Dejémonos contemplar, en silencio y sinceridad, por los ojos bajos de Jesús escupido, humillado, coronado de espinas, velado y abofeteado…esos ojos límpidos nos permiten decirle agradecidos: “Nigra sum sed formosa” . Recibiendo su mirada nos dejamos tocar de su Hermosura, esa hermosura teñida de la Sangre de la Cruz. Esa Hermosura que es Su amor que nos salva. San Agustín lo comprende bien cuando exclama:


“¿Cuál es, pues, este amor que da belleza al alma amante? Dios, que siempre es bello, jamás pierde su belleza, nunca cambia. El nos amó primero, él que es siempre bello. ¿Qué éramos cuando nos amó, sino feos y desfigurados? Pero nos amó para no dejarnos en nuestra fealdad, sino para darnos la Belleza. ¿Cómo pues volvernos bellos? Amando al que es eternamente bello. Mas crece el amor en ti, mas crece la belleza.” (In I Jn).


*Enviado por el P. Marco Antonio Foschiatti O.P.