2 de abril de 2011

JESUCRISTO, LA LUZ BIENAVENTURADA QUE DISIPA NUESTRAS CEGUERAS

Domingo IV de Cuaresma –laetare - 3 de Abril de 2011 Cada tarde la liturgia oriental, volviéndose hacia el icono del Salvador, canta el antiquísimo himno PHOS HILARION…Luz Gozosa. Cuando las luces transitorias del mundo se oscurecen nos volvemos a Jesucristo, la Luz del Padre, la Luz Bienaventurada, el Verbo de Vida que viniendo al mundo ilumina a todo hombre[1]…Cada crepúsculo la Iglesia celebra al Verbo que nos concede, haciéndose carne, tener parte en su luz, comulgar en su Luz. Luz que es la Vida de los hombres[2], la Vida que ansía el corazón humano creado para la Bienaventuranza misma de Dios. Luz que acallará todos nuestros anhelos.

En el camino bautismal de la Cuaresma hoy aclamamos a Jesucristo Luz de alegría. En este domingo laetare[3] –como lo llamó desde siempre la liturgia- se nos anticipa el Gozo de la Resurrección, el gozo de los ojos nuevos del alma, que por el agua del bautismo y el agua de las lágrimas –el sacramento de la penitencia- puede contemplar en Cristo la Vida y la Resurrección de toda criatura. Las flores del altar, las melodías casi pascuales, los ornamentos de este domingo más diáfanos que el oscuro morado penitencial, todo nos invita a la Luz. Esa Luz que enciende en nuestros corazones el bautismo. Esa luz de Cristo que resonará en la Vigilia Pascual y que disipará para siempre el pecado y la muerte de la historia de los hombres y de la pequeña historia de nuestro corazón. Luz que es la misma Gracia de Dios en cuanto que abre nuestros ojos al Misterio del Dios Amor y nos hace luminosos, portadores de luz.

El domingo pasado, con el signo del Agua viva que salta hasta la Vida eterna[4], nos encontrábamos con la sed de Dios. Dios tiene sed de que nosotros tengamos sed de Él. Tiene sed de nuestra fe, de nuestro deseo de Él. Con la samaritana nos hemos construido tantas cisternas agrietadas, de aguas corrompidas, malsanas, envenenadas[5]…y he aquí que el Buen Pastor, el Dios misericordioso que nos busca en Jesucristo, se sienta cansado al brocal de nuestro pozo…Nos espera desde siempre, tiene sed de ese encuentro entre nuestra sed ardiente de su vida y su Sed de darse y comunicarse a nosotros como Salvador.

Jesús nos pide de beber[6] para saciarnos con el don de su Amor. La liturgia de los difuntos, en su inmortal secuencia, dramatizada con las melodías de tantos artistas, canta bellamente este episodio que sintetiza toda la historia de la sed de Dios en nuestra búsqueda: “Cansado en mi búsqueda te sentaste al brocal del pozo, me redimiste padeciendo en tu Cruz, oh Salvador, que tantos trabajos tuyos no sean vanos en mi alma”[7]. Este domingo nos encontramos con la Luz que viene al mundo, Jesucristo, para abrir nuestros ojos ciegos y revelarnos al Padre y revelarnos nuestra vocación más profunda “ser hijos de la Luz”[8].

El evangelio de este domingo laetare nos propone el drama –una pieza literaria única- de la curación del ciego de nacimiento. Un drama que no es un mero milagro más sino que es, en primer lugar, un signo de quién es Jesús y cuál es su obra en favor de los hombres. Jesús es la luz del mundo[9] y su obra es la de vivificar los ojos del corazón enceguecido por el pecado gracias a su “hacerse barro”. El Verbo se hace carne, se hace barro. Se hace el mismo barro, la misma debilidad, que Él mismo plasmo con sus manos creadoras.

Sólo el Verbo, la Palabra en la que hemos sido creados, podía reformar desde dentro a “su” barro, a su criatura amada, haciéndose barro por nosotros y, de este modo, unirnos a Su Belleza divina. Se hizo carne, nuestro barro, para morir en la Cruz y así revelarnos la luz, la Gloria de su Amor que vivifica. Encarnación, Redención y Muerte en la Cruz –que en Juan recibe el nombre de elevación- y Sacramentos –comunicación de la Encarnación y la Cruz- se aúnan en este signo de la curación del ciego del nacimiento.

A su vez, este drama, que más que ser leído merece ser escenificado, es un Juicio[10]. La Cruz es un Juicio. Ya lo cantará así, siguiendo la óptica de Juan, el prefacio de Pasión del próximo domingo. Este drama de la curación es un Juicio, en donde los que se dejan “curar” por la Palabra hecha carne, hecha barro, el Enviado del Padre, pueden “ver” en la fe, ir a Jesús y postrarse ante Él. Confesarle y testimoniarle, aún a costa de quedar excluidos y de ser ridiculizados. Un juicio en donde son “absueltos” de los lazos de las tinieblas aquellos necesitados de la luz, los que se han dejado lavar por el agua de la Misericordia, aquellos que reciben al Verbo de Vida en los ojos de su corazón. El Verbo de Vida que para ser nuestra luz se nos hizo barro, carne. Un juicio en donde “permanecen[11]” en las tinieblas del pecado aquellos autosuficientes y orgullosos que pretenden “ver”, que no tienen necesidad del Médico, del Enviado del Padre, de la Luz de Vida. Un juicio en donde se encierran algunos en sus tinieblas…porque sus obras eran malas y no quieren reconocer a Jesús. Siempre tenemos de trasfondo de este drama el prólogo: “La luz vino a los suyos…pero los suyos no la recibieron.”[12] Sin embargo, a todos aquellos que se dejan plasmar por las manos creadoras y redentoras de Jesús, el Verbo hecho carne. A todos aquellos que, con humildad, reconocen estar necesitados del barro –los frutos de la Encarnación- en sus ojos ciegos, a aquellos que –aún en medio de su ceguera y a tientas- peregrinando hacia la Fuente de la Vida, el Santo Bautismo y el Bautismo de las lágrimas, en obediencia a la Palabra de Jesús, quieren lavarse de sus oscuridades, a ellos y sólo a ellos se les concede el “nuevo nacimiento”[13].

Para un ciego de nacimiento el poder “ver” es un volver a nacer[14], un ser reengendrado, un nacer de lo alto, en obediencia a la Palabra de Jesús, poder nacer del agua y del Espíritu. Nacer de las lágrimas de la penitencia. Nacer de nuevo, en las santas aguas del Enviado, en las aguas que brotan del seno de Jesús[15], es recibir al Verbo hecho carne en la propia vida…y de esta manera ser engendrados como hijos de Dios: “Pero a todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.[16]

Detengámonos ahora en los pasos de este signo de Jesús Luz. En primer lugar la intención de dar luz a este ciego, de hacerlo nacer de nuevo, parte del querer misericordioso de Jesús. Él vio a un hombre ciego de nacimiento[17]. La mirada de Dios que no puede soportar la postración de su criatura en la oscuridad de la muerte, por ello se abaja, se anonada en su Hijo. La iluminación de los ojos del corazón parte de la voluntad de Dios que quiere arrancarnos de la muerte, es el grito pascual de la segunda lectura: “Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos y Cristo con su luz te alumbrará”[18]. Esta iluminación, que parte del Corazón de Dios que nos amó primero, es la gran Obra de Jesucristo. Es la Obra del Padre, que en sus dos manos, el Hijo y el Espíritu, quieren renovar al hombre caído en la noche, en la oscuridad del no poder conocerse a sí mismo y de no poder conocer ya el Misterio del Dios Amor. La iluminación de Jesús realiza la gran súplica agustiniana: “Noverim Te ut noverim me” “¡Qué te conozca a Ti, mi Dios, para que pueda conocerme de verdad!”

Luego de este mirar compasivo de Jesús viene el gesto sacramental del barro en los ojos ciegos. Ya dijimos, siguiendo la tradición de los Padres de la Iglesia, que esta acción es un reflejo de la Encarnación y evoca también el relato del génesis cuando la persona humana es formada del barro y recibe el aliento de vida del Señor. La Encarnación del Señor, su venida en nuestro barro mortal tiende a recrearnos. El Creador es el mismo que viene a redimirnos y a plasmarnos nuevamente en el barro y a darnos el soplo vivificante de su Boca. La saliva es imagen de una Palabra “materializada” que desciende al barro, es el Aliento de Vida, la Vida inmortal de Dios que desciende a la tierra para curarnos. La Palabra que brota de la Boca infalible del Padre, Jesucristo, se ha hecho carne, barro. La Palabra estará en el barro del pesebre, en el barro del Getsemaní, de sus caídas bajo el peso de la cruz, estará bajo la tierra del sepulcro. La Encarnación es el misterio de la Luz por excelencia como lo va a cantar el prefacio de Navidad: “conociendo a Dios visiblemente somos llevados al amor de lo Invisible”. La Encarnación sana nuestros ojos, nos revela la luz del Dios Amor, ilumina nuestro caminar hacia Dios, ya que el Verbo hecho carne es, en su humanidad santísima, “lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero”[19].

Pero el ofrecimiento de la salvación en la Palabra hecha carne requiere de nuestro “sí”. Así como el Verbo requirió del “Fiat” de la Virgen, de la apertura del Corazón virginal de María para venir a nosotros. La salvación siempre se ofrece, jamás se impone. Requiere la apertura del corazón humano, la obediencia a la Palabra. El cieguito obedece a la palabra de Jesús. Confía en esa palabra. Realiza el camino de la fe, la peregrinación hasta Siloé, la piscina del enviado. Ese camino de la fe del cieguito hasta Siloé es un catecumenado, arrojando su ceguera en las aguas puras, el ciego “nace” a la luz de Dios. El ciego obedece a la palabra de Jesús, se arroja al poder de esa palabra. Es purificado por las aguas…puede ver. Todo ello nos habla del bautismo. Y sabemos que el sacramento del bautismo es una constante en nuestra vida. Día a día, en obediencia a la Palabra de Jesús, debemos ir al agua pura, a la Fuente de su Corazón traspasado en la Cruz, para poder ser iluminados, para nacer de nuevo, para ser vivificados. El nuevo Siloé, en donde podemos ser iluminados hoy, es el Corazón de Jesús, Fuente de Vida, en donde debemos sacar con gozo las fuentes de la Salvación[20].

El bautismo, el sacramento de la iluminación, nos hace finalmente “testigos” de Jesús ante las tinieblas del mundo. El cieguito de estar postrado como un mendigo, de estar encadenado en las tinieblas, se transforma ahora en “experimentado” en las cosas de Dios. En ese juicio admirable será el “abogado defensor” de Jesús ante la dureza de corazón de los fariseos que se cierran, en su soberbia y envidia, a la luz salvadora. El ciego defiende a Jesús como “Aquel que Dios envía”, como al Hijo amado a “quién Dios siempre escucha”. El cieguito debe sufrir, por este testimonio de Jesús, la burla, el desprecio, la exclusión. El bautizado está llamado a entrar en el Misterio pascual de Jesús, misterio de muerte y vida. También el bautizado debe estar dispuesto al rechazo, a la burla, al desprecio. Rechazos y marginaciones de los cristianos de hoy que quieren ser coherentes, en sinceridad, justicia, pureza, integridad de fe, a la iluminación recibida en el bautismo[21]. El cieguito es ya todo un discípulo que abraza la cruz y sigue al Maestro burlado, despreciado y excluido. Ya no camina en tinieblas porque es discípulo del Maestro, camina a la luz de su Rostro.

Es admirable, en el drama de este capítulo nueve de Juan, todo el camino de este cieguito catecúmeno y neófito, defensor y testigo de Jesús ante los hombres. Primero comienza llamando a Jesús: “Ese hombre que se llama Jesús…”[22] luego le da el título de profeta[23], luego lo confiesa como “El que viene de Dios”[24] en clara referencia a la Divinidad de Jesús, el Verbo que procede del Padre, el Enviado, ya que “tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo para que el mundo se salve por él”[25]. Finalmente viene el encuentro más entrañable, el cieguito que ahora ve en la luz de Dios, despreciado, burlado y excluido, echado fuera, se encuentra cara a cara con Jesús. El bautizado aunque sea excluido por este mundo jamás estará solo. El bautismo nos inserta en una comunión de vida perpetua con Jesús. Somos sus miembros, ya nunca estaremos solos. Nos hace miembros de la Cabeza y de todo el Cuerpo. Jamás estamos solos en la comunión de gracia que crea el bautismo.

El sacramento de la iluminación es este encuentro personalísimo con el Salvador, con el Hijo del Hombre sufriente, que nos invita a creer en Él, o sea a entregarle por completo nuestra vida. Creer es ofrecerle a Jesús nuestra adoración, una adoración que es querer conformar nuestra vida con la suya. Una adoración que es también el acto más perfecto de nuestro amor. Es poner nuestra vida en sus manos y sabernos suyos: “Creo, Señor”[26] Y se postró ante él. Podemos darnos cuenta cómo este cieguito se transforma en un “iluminado”[27]. El bautismo abre nuestros ojos para que podamos reconocer no sólo en Jesús a un hombre extraordinario, a un profeta, a un taumaturgo sino al Kyrios, al Señor del cielo y de la tierra, al Enviado del Padre.

Nos acercamos a los días más santos de todo el año litúrgico, dejemos que Jesús pueda mirarnos detenidamente como al cieguito. Dejemos que las manos creadoras y redentoras del Salvador puedan curarnos, seamos obedientes a su Palabra, vayamos a la piscina de Siloé. ¡Qué las lágrimas de la contrición puedan iluminar nuestros ojos, puedan disipar la ceguera del corazón, derretir el hielo del desamor! ¡Qué el agua de las lágrimas, fuente bautismal que también son Gracia de Dios, pueda purificar nuestros juicios duros e inmisericordes! No nos cansemos de pedir ese “agua de la contrición que nos purifica” y nos permite ver claro. Como dice bellamente el gran Dostoiesky: “Nosotros lloraremos y lo comprenderemos todo[28]”.

El agua bautismal y el agua de la contrición nos regalen esa iluminación que necesitamos para “vivir cada día como hijos de la luz” y para contemplar y postrarnos ante Jesucristo, Luz Bienaventurada del Padre, la Luz gozosa en la cual encontrará descanso nuestro ciego corazón.

P. Marco Antonio Foschiatti op. Casa San Pablo, primer ermitaño. Santa Fe de la Vera Cruz. [1] Jn 1, 9. [2] Jn 1, 4. [3] Por las primeras palabras de Introito, tomado de Isaías 66, 10. “Alegraos, Jerusalén, y regocijaos por ella, todos los que la amáis, llenaos de alegría por ella todos los que por ella hacías luto”. [4] Jn 4, 14. [5] Jer 2, 13. [6] Jn 4, 7; 19, 28. [7] “Quaerens me sedisti lassus, redemisti crucem passus, tantus labor non sit casus”. [8] Ef 5, 8. [9] Jn 9, 5. “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en las tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” Jn 8, 12. [10] “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos”. Jn 9, 39. [11] Jn 9, 41. [12] Cf Jn 1, 11. [13] “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” Jn 3, 5. [14] “ En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios” Jn 3, 3. [15] “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: Si alguno tiene sed, venga a mi, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” Jn 7, 37-38. [16] Jn 1, 12. [17] Jn 9, 1. [18] Ef 5, 14. [19] Salmo 118. [20] Isaías 12, 3. [21] “El fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas” Ef 5, 9-11. [22] Jn 9, 11. [23] Jn 11, 17. [24] Jn 9, 33. [25] Jn 3, 15-17. [26] Jn 9, 38. [27] Cf carta a los Hebreos 6, 4-5; 10, 32. [28] “¡Ven a Mí! Ya te perdoné una vez... Te perdoné una vez... Y ahora se te perdonan tus muchos pecados porque has amado mucho...”. Y perdonará a mi Sonia, la perdonará. Estoy seguro de que la perdonará. Me lo ha dicho el corazón cuando fui a verla hoy... El juzgará y perdonará a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a los humildes... Y cuando haya concluido con los demás, nos llamará también a nosotros: “¡Venid ahora vosotros! –dirá–. ¡Venid los borrachos, venid los débiles, venid los vergonzantes!”. Y nosotros saldremos todos, sin sentir sonrojo, y compareceremos ante Él. Y Él dirá: “¡Sois unos cerdos! Sois imagen de la Bestia y lleváis su estigma. Pero venid también vosotros”. Entonces dirán los sabios, entonces dirán los sensatos: “¡Señor! ¿Por qué acoges a éstos?”. Y Él dirá: “Los acojo, ¡oh, sabios!, los acojo, ¡oh, sensatos!, porque ninguno se ha considerado digno de ello”. Nos abrirá sus brazos y nosotros nos hincaremos de rodillas ante Él... y lloraremos... y lo comprenderemos todo. ¡Entonces lo comprenderemos todo! Entonces lo comprenderemos todo y todos lo comprenderán...” F.M. Dostoievski, Crimen y castigo.