Amadísimos: Ha llegado el tiempo favorable, ha llegado el día de la salvación. Aunque no haya época del año que no esté colmada de dones divinos, y se nos conceda en todo tiempo la gracia de acercarnos a la misericordia de Dios, conviene, sin embargo, que se dispongan ahora las almas de todos con mayor diligencia a un mejor aprovechamiento espiritual y se animen con mayor confianza, ya que la proximidad del día en que fuimos redimidos nos invita a los ejercicios de piedad para celebrar de este modo con pureza de alma y de cuerpo el misterio, sobre todos excelente, de la pasión del Señor. A la verdad, tan grandes misterios merecerían una incesante devoción y una continua reverencia, de manera que permaneciésemos siempre en la presencia de Dios tales cuales deberíamos encontrarnos el día de Pascua. Pero como esta fortaleza es de pocos y, por una parte, afloja la observancia más austera a causa de la flaqueza de la carne y por otra, solicitan nuestra atención las muchas ocupaciones de la vida presente, es inevitable que los corazones religiosos se empañen con el polvo del mundo. Por eso, esta institución de la Cuaresma eminentemente salvadora ha previsto, para reparar la pureza de nuestra alma, el remedio del entrenamiento de cuarenta días, en los cuales se pueden reparar las negligencias de los otros tiempos, por las buenas obras y consumir nuestras culpas por los santos ayunos.
Confiamos plenamente, hermanos, que estáis bien dispuestos a todas estas obras; por eso os advertimos que no dudéis de que el diablo, adversario de toda virtud, lleno de envidia pondrá en juego todos los recursos de su malicia para tender a la piedad lazos sacados de la misma piedad e intentar vencer por la gloria a los que no ha podido vencer por la pusilanimidad. Pues el mal de la soberbia está próximo a las buenas acciones y el orgullo acecha siempre a las virtudes. Difícil es, en efecto, que el que vive laudablemente no sea seducido por las alabanzas humanas, a menos que, como está escrito, el que se gloria, gloríese en el Señor. ¿Qué propósito no osará atacar este enemigo malísimo? ¿Qué ayuno no querrá hacer romper el que se atrevió a tender sus acechanzas al Salvador, según acabamos de oír en la lectura del Evangelio? Estupefacto ante un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, quiso descubrir hábilmente si tal abstinencia le era dada de afuera o si la tenía como cosa propia.
Pero la sabiduría de Dios volvió insensata la prudencia del diablo, para que el soberbio enemigo fuese encadenado por causa de aquél a quien en otro tiempo había encadenado, y que por otra parte no temiese perseguir al que habría de morir por la salvación del mundo. Pongámonos en guardia contra las astucias de este adversario, y recibamos los santos días de cuaresma con piadosa devoción preparándonos con las obras de misericordia a recibir la misericordia de Dios. Amadísimos, extinguid en vosotros la ira, apagad los odios, amad la unidad y adelantaos unos a otros sirviéndoos con sincera humildad. Cambiad la severidad en dulzura, la indignación en mansedumbre, la discordia en paz. Que todos encuentren en nosotros a hombres modestos, serenos, benignos: así nuestros ayunos serán agradables a Dios.
San León Magno