8 de marzo de 2011

CUARESMA, TIEMPO DE AMOR Y CONFIANZA


Os apiadáis, Señor, de todos y nada aborrecéis, de cuanto hicisteis, cubriendo y perdonando los pecados de los hombres por su penitencia, porque sois Vos nuestro Dios y Señor.
Tened piedad de mí, Dios mío, tened piedad de mí, porque en Vos confía mi alma
-Introito-

Rechacemos de plano la tentación de encarar el tiempo santo de Cuaresma como un tiempo oscuro y tenebroso. No cedamos a la sugestión de la tristeza y mantengamos nuestra mirada fija en el Señor y nuestro corazón confiado en la inmensidad de su amor y de su misericordia.
La Cuaresma ha de ser para nosotros tiempo de amor y de confianza. Amor a Dios, que deseamos vivamente que sea purificado, acrisolado y acrecentado. Amor a los hermanos, sacramento de Dios, pues según el querer y la enseñanza de Jesús, “lo que hiciereis a uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis”.


Esta purificación y acrisolamiento comporta por nuestra parte el reconocimiento de nuestras infidelidades, el dolor de nuestra falta de correspondencia, el deseo de purificación de la mente y del corazón. Todo ello, comporta, sin duda alguna, una cierta dosis de sufrimiento y de dolor. Pero no olvidemos en ningún momento que nosotros, seguidores de Jesús, no hemos de sufrir como aquellos que no tienen esperanza. Esto es posible gracias a aquella confianza que no defrauda: confianza en el amor misericordioso de Dios, que se traduce en perdón, en reconciliación, en acogida amorosa del pecador arrepentido, porque Él ha venido a “reunir a las ovejas descarriadas de Israel”, “a llamar no a los justos sino a los pecadores”, “a ser médico de los enfermos y no de los sanos”. Porque “en el cielo habrá más alegría por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan de conversión”.


Encaremos y afrontemos este tiempo santo de Cuaresma desde esta perspectiva y lógica del amor redentor de Cristo que ha venido a sanar nuestros corazones y a vendar las heridas que nos han causado nuestros pecados, miserias e infidelidades. Al Señor no le asusta nuestra pequeñez, ni nuestra miseria, ni nuestra debilidad. Al Señor no le asusta nuestra condición de pecadores. Todo eso escandaliza a los hipócritas, a los soberbios, a los que están henchidos de sí mismos y se creen justos ante Dios y ante los hombres. Pero, precisamente para esos Cristo Jesús es piedra de tropiezo que los precipita a su propia perdición. Sin embargo, que distinta es la suerte de aquellos a quienes se pueden aplicar las palabras del Divino Salvador: “mucho se le ha perdonado porque mucho ha amado” y “más ama aquél a quien más se le perdona”. En este sentido, es más necesario que nunca recordar que la vida cristiana no es una ideología de la estética –apariencia externa de bien, de justicia y honorabilidad-, sino un mensaje de gracia, de salvación, de un amor que redime y justifica verdaderamente al hombre pecador y lo hace una criatura nueva: “os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo”. Y esto, por pura gracia, por efecto del amor misericordioso de Dios que “levanta de la basura al pobre”, “enaltece a los humildes” y “carga sobre sus hombros a la oveja perdida”.
Tan sólo una cosa es necesaria: clamar desde lo profundo del corazón, “¡Apiádate de mí, Señor, que soy un pobre pecador!” Estemos seguros de que quien así clama al Señor, ese baja justificado a su casa.


La Cuaresma no sitúa de frente ante la realidad “escandalosa” y desconcertante de Dios Altísimo y Tres veces Santo, que se abaja hacia el hombre pecador para levantarlo de su postración y “vestirlo con traje de fiesta”. Es la epifanía de Dios-Piadoso, Dios-Compasivo, Dios-rico en misericordia para con aquellos que le suplican y solicitan su perdón, conscientes de su indignidad e incapacidad.
Quizás ningún tiempo litúrgico en que tan a fondo y de manera tan profunda podamos detenernos, extasiarnos y experimentar en profundidad la misericordia infinita de Dios que se nos manifiesta a través de su piedad para con nosotros.

El reconocimiento de nuestra pobre condición de pecadores es el paso que nos introduce en la tierra de la misericordia que es el Corazón herido y abierto del Salvador. Es la llave que nos abre la fuentes del amor y de la piedad que brotan a raudales del Corazón de Dios, Padre y Redentor nuestro.
¡Qué misterio tan insondable! Cuanto más reconoce el hombre su pecado y su maldad, más se aborrece y desprecia a sí mismo. Sin embargo, el Señor nada aborrece de cuanto ha hecho y por eso más ternura siente Él ante el pecador que se arrepiente y llora sus pecados. Más lo rodea con su amor y su misericordia. Más lo eleva y ensalza Dios, cuanto más el pecador se humilla y se desprecia a sí mismo.

La ceniza nos recuerda nuestra débil condición. Es un símbolo elocuente de nuestra pobreza e indigencia, de nuestra pequeñez y de la profunda miseria a la que somos arrastrados por nuestros pecados y ofensas contra Dios y el prójimo. ¡No hemos de pasar por alto ante dicha realidad! ¡Hemos de meditar en ello con detenimiento y profundidad! Pero, tampoco esa es la última palabra. Por eso hemos de escuchar y acoger la invitación paterna y amorosa de Dios: Conviértete y cree en el Evangelio.
El Señor puede hacernos renacer de nuestras cenizas, levantarnos de nuestra postración, revestirnos de dignidad y coronarnos de gloria. Esta es la Buena Noticia que resuena con fuerza en el silencio de la Cuaresma. En nuestros corazones, en los que abundó el pecado, puede ahora sobreabundar la gracia por la misericordia infinita de nuestro Señor y Redentor. Y, aquello mismo que hasta hoy nos parecía imposible e inalcanzable, está a nuestro alcance, porque todo lo podemos en Aquél que nos conforta.
Pidamos a la Virgen Santísima que nos acompañe a lo largo de la peregrinación cuaresmal y que disponga nuestra mente y nuestro corazón para que aceptemos y secundemos la gracia de la conversión. Que envíe en nuestra ayuda a San Miguel Arcángel y a su Santos Ángeles para que podamos salir victoriosos de las luchas y batallas contra los enemigos de nuestra salvación. Amén.

P. Manuel María de Jesús