Con sus sufrimientos y su muerte, Jesús tomó sobre sí todo el sufrimiento humano, confiriéndole un valor nuevo. De hecho, Él llama a todo enfermo, a toda persona que sufre, para colaborar con Él en la salvación del mundo. Por esto, el dolor y el sufrimiento no se soportan a solas ni en vano. Aunque resulte difícil comprender el sufrimiento, Jesús ha aclarado que este valor está vinculado a su mismo sufrimiento y muerte, a su mismo sacrificio. En otras palabras, con vuestros sufrimientos, vosotros ayudáis a Jesús en su obra de salvación. Es difícil expresar con precisión esta gran verdad, pero San Pablo, la explica así: "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).*Venerable Juan Pablo II