AL PUEBLO QUE SE LLAMA CRISTIANO
HERMANOS MÍOS:
HIJOS MÍOS:
No puedo seguir callando. Demasiado aguardé. El dolor infinito del mundo se acumula y fermenta en mi alma de padre y quiere que mi voz sea su voz. Si no habla el que representa a Cristo en la Tierra, ¿quién hablará?
Muchos hay que murmuran, susurran, gritan, discuten, razonan y deliran, pero en parte alguna oigo elevarse una voz, pronunciarse una palabra que resplandezca con una luz pura del espíritu, que mane esa sangre caliente que brota directamente del corazón.
Demasiado aguardé. El pensamiento de haberme demorado hasta hoy me hace enrojecer. El peso de la vejez, la angustia misma, los tropiezos de la prudencia demasiado humana, las rémoras de esa razón que en tiempos de apocalipsis es siempre estupidez a los ojos de Dios, el miedo a ser mal comprendido, no bastan para excusar mi demora.
He sufrido, y sufro, grandemente; la pasión atroz de los hombres me ha hecho y me hace padecer. Mis noches casi no saben qué es sueño; mis días han olvidado el hambre, mis labios ignoran la sonrisa. En el silencio de mi palacio he escuchado, estremeciéndome, los suspiros, los gemidos, los sollozos, las quejas, los estertores y hasta las blasfemias de todos los infelices martirizados, golpeados y moribundos por todas las tierras y todos los mares. Pero, ¿de qué sirven a los lacerados, a los amputados, a los despojados, a los envenenados, a los desesperados supervivientes, las cotidianas lágrimas de mi llanto solitario?
Toda la humanidad está trastornada, revuelta, disuelta, casi sepultada ya. ¿Y había de callar el virrey, aunque indigno, de Aquél que dio su sangre por liberarla? No soy ya más que un montón de articulados huesos, recubiertos de escasa carne y ajada piel; no tengo más patrimonio que un corazón sangrante, ni más armas que mi frágil báculo pastoral y mi voz, quebrantada por los años y los trabajos. Pero tengo la obligación de hablar, tengo el derecho a hablar y hablaré. Hablaré, sobre todo, a vosotros, los que os llamáis y creéis cristianos, pero hablaré también a todos los hombres, incluso a aquellos que no reconocen mi dignidad de Vicario de Cristo, incluso a aquellos que ignoran y niegan a nuestro Dios. Hablaré alto y fuerte, como el Padre me inspira, como el Hijo me enseña, como el Espíritu me ordena, como me fuerzan a hacerlo la caridad, la piedad, la ansiedad. Quisiera que mis palabras tuviesen la suavidad de la brisa mañanera en mayo, pero que tuviesen también, cuando fuera necesario, la potencia de los truenos nocturnos que revientan entre las murallas de los montes; quisiera que penetrasen en las almas como dulces gotas de resurrección, pero que quedasen grabadas en la memoria con caracteres de fuego.
Como hombre, no soy, lo sé, más que un hombre débil, entre otros hombres; unido a Dios seré un gigante capaz de hacer oír el toque de llamada se su pasión hasta en los últimos confines del planeta.
Bien sabéis, cristianos, cuál es hoy la amargura y el martirio de la familia humana.
Desde hace muchos años, nuestra especie está poseída por rabiosos accesos de furor suicida, con arrebatos alternados de loca destrucción y enfermiza desesperación. El hombre parece un titán fúlgido y mugiente envuelto en la túnica llameante del Centauro. Ha sufrido un inmenso y horrendo bautismo de sangre, pero ni siquiera este aluvión rojo ha podido apagar el fuego que le devora.
Guerras, revoluciones, derrotas, pestilencias, hambre de dominio, de matanza y de pan han diezmado a la Humanidad, sin conseguir curarla. Más de una vez, en el camino sangriento y cenagoso de la Historia, hubo hombres que creyeron oír el galopar de los caballos del Apocalipsis. Pero en momento alguno, creo yo, la boca del caballo de la Muerte estuvo tan cerca de pacer la hierba pálida crecida entre las ruinas. De los tres diluvios necesarios, sólo falta el último. El primero, del Padre, fue el castigo del agua; el segundo, del Hijo, fue de sangre purificadora; el tercero, del Espíritu Santo, será de fuego. Hemos visto ya descender del cielo el fuego, que todo lo derriba y consume; aguardamos ahora el fuego del espíritu, que todo lo salva y sublima. Pero, mientras dura la espera, la Humanidad no es más que una enferma aterrorizada y caprichosa, cubierta con las pústulas de la vergüenza, las úlceras de los horrores, la polvareda de las catástrofes, los cardenales de los suplicios y el abrigo, mal remendado de la discordia.
Millones de cadáveres se deshacen en la tierra grasa de los campos de batalla y en los visibles osarios de los valles submarinos; millones de muertos se pudren bajo los escombros o en fosas improvisadas; millones de víctimas del hambre, de las torturas, de los contagios, han descendido antes de tiempo a servir de alimento a los gusanos; millones de prisioneros están encerrados, como rebaños anónimos, en recintos de piedra y de hierro; millones de esclavos, lejanos de todo aquello que amaron, pagan con sus agotadas fuerzas el avaro pan extranjero; millones de fugitivos vagan todavía, humillados y acosados, en busca de un techo destruido y de la mesa que abandonaron; millones de huérfanos, de viudas, de padres y madres, esperan en vano a los que nunca volverán; millones de hambrientos libran cada día contra la muerte una batalla –no siempre victoriosa- que los envilece: millones de hombres de presa aprovechan el universal desorden para aumentar la miseria de los míseros y el terror de los aterrorizados; millones de mujeres se prostituyen o se envilecen en el suplicio de la indigencia o de la ausencia; millones de corazones pierden su temple o se petrifican bajo los golpes de la angustia y de la nostalgia; millones de almas están envenenadas por el rumiar del odio, por el lento desfilar de los rencores, por los impulsos de la venganza; millones de almas están sumidas en las tinieblas, en el extravío de la paz imposible; millones de almas han perdido o están perdiendo toda fe en la justicia de Dios y en la humanidad de los hombres.
A las guerras libradas por los ejércitos han sucedido las guerras de los rebeldes y los desesperados contra todo y contra todos, contra sí mismos y contra el Destino; las guerras civiles entre hijos de una misma patria; la guerra de facciones, de palabras, de acusaciones y amenazas.
Se ha disipado el humo de las batallas, pero es para descubrir mejor el lúgubre espectáculo de las ruinas; ha cedido la furia del fuego, pero aún se yerguen en el cielo los troncones que fueron mordidos por el incendio; calló ya el tañido del feroz exterminio, pero se oyen más fuertes las voces de la desolación, de la revuelta, de la locura.
Infinitas casas de los hombres se han convertido en pedregales y nidos de serpientes; riquezas infinitas han sido diseminadas, despilfarradas, robadas, destruidas; ciudades famosas y aldeas son ahora ruinas, cenizas y basura; las iglesias han quedado reducidas a montones de escombros o han sido convertidas en letrinas; las escuelas, en cárceles o en cuarteles; monumentos antes gloriosos son sólo mutiladas reliquias de una demolición bárbara. Un tercio, por lo menos, del género humano se encuentra hoy sin cobijo seguro y sin alimento suficiente, sin amor y sin honor, sin fuerza y sin esperanza.
En el orden material, las plagas, aunque innumerables y tremendas, casi no significan nada en comparación con las que se presentan en el orden del espíritu.
La fe en la Redención vacila incluso en los más intrépidos; las multitudes, olvidando los errores y los pecados de todos, se rebelan contra Dios, que permite tantas desgracias y golpea con tantos castigos; son muchos los que pierden toda caridad ya porque los asuste la suma inmensa de los males, porque los desconcierte la obstinada frigidez de los corazones o porque hiele el suyo la creciente ferocidad de los anónimos. La misma razón –orgullo supremo del hombre—arece vencida por delirios febriles, oscurecida por alucinaciones frenéticas. No ya las mentes, sino las vísceras inferiores, dictan las humanas palabras. Hablan, en casi todos, los borborigmos del vientre, los cólicos del hígado, los furores del útero, los hervores de la sangre.
Hablan solamente las pasiones y las ansias violentas de la carne, los intereses de clase y de casta, el espíritu de partido y de raza. El lenguaje pensado y ponderado se ha convertido en eructo de manías, escupitajo de resentimientos. Los hombres se unen solamente en las empresas de odio y en las gestas de la muerte. En todo lo demás están divididos, separados, y se sienten adversarios, enemigos: continente contra continente, fe contra fe, nación contra nación, tribu contra tribu, hombre contra hombre.
El freno de la conciencia y el dique de la ley han desparecido. Quien tiene fuerza para ello, roba; quien tiene armas, mata; quien está seguro de la impunidad, asalta y asesina. No hay más norma que el interés, ni más ídolo que el dinero, más moral que la de los lobos, más código que el de los buitres.
Incluso en nuestros países, los que se llaman cristianos, hace tiempo que no reina la doctrina del Evangelio, sino una doctrina diabólica que nadie ha osado exponer abiertamente en reglas y mandamientos, aun cuando todos la practiquen con arrogante docilidad. Esa religión oculta no se atreve a decir su nombre; sabed que se llama ahrimanismo. Tiene también, como la nuestra, una veneradísima trinidad: Moloc, Mammón y Príapo. Algunos añaden una cuarta persona, Belfagor, el demonio de la confusión intelectual.
No obstante su triunfo indiscutible, el ahrimanismo no da a sus fieles la felicidad. Por su mismo origen satánico, se resuelve en una paradoja que, a través del sarcasmo, culmina en tragedia.
Los hombres desean gozar y, para gozar más, se hacen la guerra, y las guerras, exteriores o intestinas, aumentan indeciblemente el sufrimiento.
Los hombres quieren enriquecerse y, con la esperanza de enriquecerse, se hacen la guerra y en la guerra destruyen las riquezas poseídas y se condenan a una miseria más dura.
Los hombres quieren dominar, y por el afán de un mayor dominio, se hacen la guerra, pero las necesidades de la guerra aumentan la esclavitud, ya grave, de todos los ciudadanos, la de los vencedores tanto como la de los vencidos.
Entonces dicen que quieren la paz, la paz para todos, la paz para siempre, pero los poderosos, para imponer esta paz, sólo saben armarse cada vez más, amenazar con nuevas y más horribles guerras.
Tal es la espantosa sinrazón del ahrimanismo, que encuentra mil confirmaciones en la historia de nuestros días. Los pueblos que querían comer mejor, se ven reducidos a padecer hambre; los pueblos que querían destacarse, quedan relegados en los últimos puestos; los pueblos que creen haber vencido, descubren que son menos libres, menos ricos, menos potentes que antes.
GIOVANNI PAPINI