30 de junio de 2010

CALENDARIO LITÚRGICO DEL USO EXTRAORDINARIO DEL RITO ROMANO


JULIO
JUEVES 1. Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo (I clase, rojo) Gloria, Credo y Prefacio de la Cruz.
Primer Jueves de mes. No se permite la misa votiva de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.
VIERNES 2. La Visitación de Nuestra Señora (II clase, blanco) Conmemoración de los Santos Mártires Proceso y Martiniano. Gloria, Credo y prefacio de la Virgen “Et in Visitatione”. 2ª oración de los Santos Mártires.
Primer viernes de mes: no se permite la misa votiva del Sagrado Corazón.
SABADO 3. San Ireneo, obispo y mártir (III clase, rojo) Gloria y prefacio común.
Primer sñabado de mes: se permite la misa votiva del Inmaculado Corazon de María (conmemoración de san Ireneo).
DOMINGO 4. VI domingo después de Pentecostés (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.
En la Fraternidad, Beato Pedro Jorge Frassati, protector de los jóvenes.

LUNES 5. San Antonio María Zacarías, confesor (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
MARTES 6. Feria (IV clase, verde) Misa del domingo sin gloria ni credo, prefacio común. Se permite cualquier misa votiva como también la de Réquiem.
MIERCOLES 7. San Cirilo y San Metodio, obispos y confesores (III clase, blanco) Gloria y prefacio común. En algunos lugares, San Fermín, obispo y mártir.
JUEVES 8. Santa Isabel, reina de Portugal, viuda (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
VIERNES 9. Feria (IV clase, verde) Misa del domingo sin gloria ni credo, prefacio común. Se permite cualquier misa votiva como también la de Réquiem. En Colombia, Ntra. Sra. de Chinquinquirá. En algunos lugares, santa Pauluina del Corazón Agonizante de Jesus.
SÁBADO 10. Los Siete hermanos mártires, Santa Rufina y Segunda, vírgenes y mártires (III clase, rojo) Gloria y prefacio común. En algunos lugares, San Cristóbal.
DOMINGO 11. VII domingo de Pentecostés (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.

LUNES 12. San Juan Gualberto, abad (III clase, blanco) Gloria y prefacio común. Conmemoración de San Nabot y Felix, mártires.
MARTES 13. Feria (IV clase, verde) Misa del domingo sin gloria ni credo, prefacio común. Se permite cualquier misa votiva como también la de Réquiem.
MIERCOLES 14. San Buenaventura, obispo y doctor. (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
JUEVES 15. San Enrique Emperador, confesor (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
VIERNES 16. Feria (IV clase, verde) Misa del domingo sin gloria ni credo, prefacio común. Conmemoración de Nuestra Señora la Virgen del Carmen. Se permite cualquier misa votiva (por lo que se puede celebrar la Misa de la Virgen del Carmen) como también la de Réquiem.
SÁBADO 17. Santa María en sábado. (IV clase, blanco) Gloria y prefacio de la Virgen "Et in conmemoratione" Conmemoración de San Alejo, confesor.
En algunos lugares, el Triunfo de la Santa Cruz.
DOMINGO 18. VIII domingo de Pentecostés (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.
LUNES 19. San VIcente de Paul, confesor (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
MARTES 20. San Jerónimo Emiliano, confesor (III clase, blanco) Gloria y prefacio común. Conmemoración de santa Margarita, virgen y mártir.
MIERCOLES 21. San Lorenzo de Brindis, confesor y doctor (III clase, blanco) Gloria y Prefacio común. Conmemoración de Santa Práxedes.
JUEVES 22. Santa María Magdalena, penitente (III clase, blanco) Gloria y prefacio comín.
VIERNES 23. San Apolinar, obispo y mártir. (III clase, rojo) Gloria y prefacio común. Conmemoración de San Liborio, obispo y confesor.
SABADO 24. Santa María en Sábado (IV clase, blanco) Gloria y prefacio de la Santísima Virgen María "Et in veneratione". Conmemoración de Santa Cristina, virgen y mártir. En algunos lugares, San Francisco Solano.
DOMINGO 25. IX domingo de Pentecostés. (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.
En España, Fiesta de Santiago Apóstol (I clase, rojo) Misa en el "Propio de España". Gloria, Credo y Prefacio de los Apóstoles.
LUNES 26. Santa Ana, madre de la Santísima Virgen (II clase, blanco) Gloria y prefacio común.
MARTES 27. Feria (IV clase, verde) Misa del domingo sin gloria ni credo, prefacio común. Conmemoración de San Pantaleón, mártir. Se permite cualquier misa votiva como también la de Réquiem.
MIERCOLES 28. San Nazario y Celso, mártires; San Víctor I, papa y mártir; San Inocencio I, papa y confesor (III clase, rojo) Gloria y Prefacio común. En algunos lugares Santa Catalina Thomas.
JUEVES 29. Santa Marta, virgen (III clase, blanco) Gloria y prefacio común. Conmemoración de los santos Félix, Simplicio, Faustino y Beatriz, mártires.
VIERNES 30 Feria (IV clase, verde) Misa del domingo sin gloria ni credo, prefacio común. Conmemoración de San Abdón y Senén, mártires. Se permite cualquier misa votiva como también la de Réquiem.
SABADO 31. San Ignacio de Loyola (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.

29 de junio de 2010

ORACIÓN A SAN PABLO

Glorioso apóstol San Pablo, vaso escogido del Señor para llevar su santo nombre por toda la tierra; por tu celo apostólico y por tu abrasada caridad con que sentías los trabajos de tus prójimos como si fueran tuyos propios; por la inalterable paciencia con que sufriste persecuciones, cárceles, azotes, cadenas, tentaciones, naufragios y hasta la misma muerte; por aquel celo que te estimulaba a trabajar día y noche en beneficio de las almas y, sobre todo, por aquella prontitud con que a la primera voz de Cristo en el camino de Damasco te rendiste enteramente a la gracia, te ruego, por todos los apóstoles de hoy, y que me consigas del Señor que imite tus ejemplos oyendo prontamente la voz de sus inspiraciones y peleando contra mis pasiones sin apego ninguno a las cosas temporales y con aprecio de las eternas, para gloria de Dios Padre, que con el Hijo y el Espíritu Santo vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN A SAN PEDRO

Príncipe de los Apóstoles y de la Iglesia Católica: por aquella obediencia con que a la primera voz dejaste cuanto tenías en el mundo para seguir a Cristo; por aquella fe con que creíste y confesaste por Hijo de Dios a tu Maestro; por aquella humildad con que, viéndole a tus pies, rehusaste que te los lavase; por aquellas lágrimas con que amargamente lloraste tus negaciones; por aquella vigilancia con que cuidaste como pastor universal del rebaño que se te había encomendado; finalmente, por aquella imponderable fortaleza con que diste por tu Redentor la vida crucificado, te suplico, Apóstol glorioso, por tu actual sucesor el Vicario de Cristo. Alcánzame que imite del Señor esas virtudes tuyas con la victoria de todas mis pasiones; y concédeme especialmente el don del arrepentimiento para que, purificado de toda culpa, goce de tu amable compañía en la gloria. Amen.

FIESTA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO EN EL VATICANO



Monseñor Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo con el Santo Padre





Durante la celebración de la Santa Misa con motivo de la Fiesta de los Bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo, el Santo Padre Benedicto XVI ha impuesto el Palio Arzobispal a 38 nuevos Arzobispos, entre ellos tres españoles, Monseñor Asenjo, Arzobispo de Sevilla, Monseñor Ricardo Blázquez, Arzobispo de Valladolid y Monseñor Jesús Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo.
* Fotos tomadas de Daylife.com

UN HAMBRE MÁS PROFUNDA QUE SÓLO DIOS PUEDE SACIAR...

San Pedro y San Pablo
Pude afirmar, al inicio de mi ministerio petrino, que la Iglesia es joven, abierta al futuro. Y lo repito hoy, cerca del sepulcro de san Pablo: la Iglesia es en el mundo una inmensa fuerza renovadora, no ciertamente por sus fuerzas, sino por la fuerza del Evangelio, en el que sopla el Espíritu Santo de Dios, el Dios Creador y redentor del mundo. Los desafíos de la época actual están ciertamente por encima de las capacidades humanas: lo están los retos históricos y sociales, y con mayor razón los espirituales. Nos parece a veces a nosotros los Pastores de la Iglesia revivir la experiencia de los Apóstoles, cuando miles de personas necesitadas seguían a Jesús, y Él preguntaba: ¿qué podemos hacer por toda esta gente? Ellos entonces experimentaban su impotencia. Pero precisamente Jesús les había demostrado que con la fe en Dios nada es imposible, y que pocos panes y peces, bendecidos y compartidos, podían saciar a todos. Pero no había – y no hay – sólo hambre de alimento material: existe un hambre más profunda, que sólo Dios puede saciar. También el hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito. También en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo. Por esto Juan Pablo II escribió: “La misión de Cristo redentor, confiada a la Iglesia, está aún muy lejos de su cumplimiento”, y añadió: “una mirada en conjunto a la humanidad demuestra que esta misión está aún en sus inicios y que debemos empeñarnos con todas las fuerzas en su servicio” (Redemptoris missio, 1). Hay regiones del mundo que aún esperan una primera evangelización; otras, que la recibieron, necesitan un trabajo más profundo; otras aún en las que el Evangelio echó raíces durante muchos siglos, dando lugar una verdadera tradición cristiana, pero en la que en los últimos siglos – con dinámicas complejas – el proceso de secularización ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia.

En esta perspectiva, he decidido crear un nuevo Organismo, en la forma de “Consejo Pontificio”, con la tarea principal de promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de “eclipse del sentido de Dios”, que constituyen un desafío a encontrar los medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo.

* De la Homilía de Benedicto XVI en las Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

AMOR DIVINO Y HUMANO


Amor divino y humano

Pero a fin de que podamos en cuanto es dado a los hombres mortales, «comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad» del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener muy presente que su amor no fue únicamente espiritual, como conviene a Dios, puesto que «Dios es espíritu». Es indudable que de índole puramente espiritual fue el amor de Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo; por eso, las expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de los Cantares, son signos y símbolos del muy verdadero amor, pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al género humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto humano. Para todos los católicos, esta verdad es indiscutible. En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del apóstol san Juan: «Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo. En realidad, El ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo. Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios. El la asumió plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia y de voluntad todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales. Esto enseña la Iglesia católica, y está sancionado y solemnemente confirmado por los Romanos Pontífices y los concilios ecuménicos: «Entero en sus propiedades, entero en las nuestras»; «perfecto en la divinidad y El mismo perfecto en la humanidad»; «todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre [subsistente en] Dios».


Luego si no hay duda alguna de que Jesús poseía un verdadero Cuerpo humano, dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre los que predomina el amor, también es igualmente verdad que El estuvo provisto de un corazón físico, en todo semejante al nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana, y menos en sus afectos. Por consiguiente, no hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban tan conformes y tan en armonía con su voluntad de hombre esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor divino que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo, que entre estos tres amores jamás hubo falta de acuerdo y armonía .


Sin embargo, el hecho de que el Verbo de Dios tomara una verdadera y perfecta naturaleza humana y se plasmara y aun, en cierto modo, se modelara un corazón de carne que, no menos que el nuestro, fuese capaz de sufrir y de ser herido, esto, decimos Nos, si no se piensa y se considera no sólo bajo la luz que emana de la unión hipostática y sustancial, sino también bajo la que procede de la Redención del hombre, que es, por decirlo así, el complemento de aquélla, podría parecer a algunos «escándalo y necedad», como de hecho pareció a los judíos y gentiles «Cristo crucificado». Ahora bien: los Símbolos de la fe, en perfecta concordia con la Sagrada Escritura, nos aseguran que el Hijo Unigénito de Dios tomó una naturaleza humana capaz de padecer y morir, principalmente por razón del Sacrificio de la cruz, donde El deseaba ofrecer un sacrificio cruento a fin de llevar a cabo la obra de la salvación de los hombres. Esta es, además, la doctrina expuesta por el Apóstol de las Gentes: «Pues tanto el que santifica como los que son santificados todos traen de uno su origen. Por cuya causa no se desdeña de llamarlos hermanos, diciendo: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos...". Y también: "Heme aquí a mí y a los hijos que Dios me ha dado". Y por cuanto los hijos tienen comunes la carne y sangre, El también participó de las mismas cosas... Por lo cual debió, en todo, asemejarse a sus hermanos, a fin de ser un pontífice misericordioso y fiel en las cosas que miren a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto El mismo fue probado con lo que padeció, por ello puede socorrer a los que son probados».

*De la Encíclica Haurietis Aquas del Venerable Pío XII

22 de junio de 2010

EL ABISMO DE SU INFINITA MISERICORDIA

De todas Mis llagas, como de arroyos, fluye la misericordia para las almas, pero la herida de Mi Corazón es la Fuente de la Misericordia sin límites, de esta fuente brotan todas las gracias para las almas. Me queman las llamas de compasión, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres. Habla al Mundo entero de Mi misericordia.
*Diario de Santa María Faustina Kowalska. Punto 1190
Para que cada alma exalte Mi bondad. Deseo la confianza de Mis criaturas, invita a las almas a una gran confianza en Mi misericordia insondable. Que no tema acercarse a Mí el alma débil, pecadora, aunque tuviera más pecados que granos de arena hay en la tierra, todo se hundirá en el abismo de Mi misericordia
* Diario de Santa María Faustina Kowalska. Punto 1059

21 de junio de 2010

NUEVA PUBLICACIÓN DE LA FRATERNIDAD


Summorum Pontificum. ¿Un problema o una riqueza? (111 págs.) El 7 de julio de 2007, el Papa Benedicto XVI promulgó el Motu Proprio Summorum Pontificum que entró en vigor para toda la Iglesia el 14 de septiembre del mismo año.
La publicación del Motu Proprio ha desencadenado un verdadero torrente de declaraciones, interpretaciones, dudas y reparos.
La intención de esta obra es tan sólo ofrecer la recolección de algunas de las intervenciones de las auoridades competentes, para que en medio de tan abundantes distorsiones se pueda comprender un poco mejor el alcance de este Motu Proprio que a la larga se revelara de trascendental importancia para la vida de la Iglesia.
El precio es de 2 euros; para su mayor difusión.


PEDIDO:

Si deseas adquirlo, puedes enviar un correo electrónico a santamariarenet@hotmail.com.
O llamar al siguiente número de teléfono: 619 011 226.
También puedes escribirnos a
Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina.
Pasaje de las Hazas, 2 Bajo-N
45002 Toledo ESPAÑA

También puedes acudir a los puntos de venta:
  • Librería Pastoral de Toledo
  • Librería Regina Mundi

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OTRAS PUBLICACIONES

ME DELEITAN LAS ALMAS QUE RECURREN A MI MISERICORDIA

Que los más grandes pecadores pongan su confianza en Mi misericordia. Ellos más que nadie tienen derecho a confiar en el abismo de Mi misericordia. Hija Mía, escribe sobre Mi misericordia para las almas afligidas. Me deleitan las almas que recurren a Mi misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden. No puedo castigar aún al pecador más grande si él suplica Mi compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable misericordia. Escribe: Antes de venir como jues justo abro de para en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia.
* Diario de Santa María Faustina Kowalska (Punto 1146)

CATEQUESIS LITÚRGICA DE BENEDICTO XVI



*En la inauguración del Congreso de la diócesis de Roma sobre el tema " La Eucaristía dominical y el testimonio de la caridad"


Queridos hermanos y hermanas:
Dice el Salmo: "Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos" (Salmo133, 1). Es exactamente así: para mí es un motivo de alegría profunda volver a encontrarme con vosotros y compartir todo el bien que las parroquias y las demás realidades eclesiales de Roma han realizado en este año pastoral. Saludo con fraterno afecto al cardenal vicario y le doy las gracias por las corteses palabras que me ha dirigido y por su cotidiano compromiso en el gobierno de la diócesis, en el apoyo a los sacerdotes y a las comunidades parroquiales. Saludo a los obispos auxiliares, a todo el presbiterio y a cada uno de vosotros. Dirijo un pensamiento cordial a todos los que están enfermos o afrontan particulares dificultades, asegurándoles mi oración.


Como ha recordado el cardenal Vallini, nos estamos comprometiendo, desde el año pasado, en la verificación de la pastoral ordinaria. Esta tarde reflexionamos en dos puntos de principal importancia: "Eucaristía dominical y testimonio de la caridad". Conozco el gran trabajo que las parroquias, asociaciones y movimientos realizan, a través de encuentros de formación y de diálogo para profundizar y vivir mejor estos dos elementos fundamentales de la vida y de la misión de la Iglesia y de cada creyente. Esto también ha favorecido esa corresponsabilidad pastoral que, en la diversidad de los ministerios y carismas, debe difundirse cada vez más, si queremos que el Evangelio llegue realmente al corazón de cada habitante de Roma. Se ha hecho mucho, y damos gracias al Señor, pero todavía falta mucho por hacer, siempre con su ayuda.

Es necesario que se difunda la fe eucarística

La fe no puede darse nunca por descontada, pues cada generación tiene necesidad de recibir este don a través del anuncio del Evangelio y de conocer la verdad que Cristo nos ha revelado. La Iglesia, por tanto, siempre está comprometida en proponer a todos el depósito de la fe; en él queda contenida también la doctrina sobre la Eucaristía, misterio central que "contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua"; doctrina que hoy, por desgracia, no es suficientemente comprendida en su valor profundo y en su importancia para la existencia de los creyentes. Por este motivo, es importante que las comunidades de nuestra diócesis de Roma experimenten la exigencia de un conocimiento más profundo del misterio y del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Al mismo tiempo, con el espíritu misionero que queremos fomentar, es necesario que se difunda el compromiso de anunciar esta fe eucarística para que cada hombre pueda encontrarse con Jesucristo, que nos ha revelado al Dios "cercano", amigo de la humanidad, y testimoniarla con una elocuente vida de caridad.

El "memorial" no es un simple recuerdo de algo que sucedió en el pasado

En toda su vida pública, Jesús, a través de la predicación del Evangelio y de los signos milagrosos, anunció la bondad y la misericordia del Padre por el hombre. Esta misión alcanzó su cumbre en el Gólgota, donde Cristo crucificado reveló el rostro de Dios para que el hombre, contemplando la Cruz, pueda reconocer la plenitud del amor. El Sacrificio del Calvario es mistéricamente anticipado en la Última Cena, cuando Jesús, al compartir con los Doce el pan y el vino, los transforma en su Cuerpo y en su Sangre, que poco después ofrecería como Cordero inmolado. La Eucaristía es el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo, de su amor hasta el final por cada uno de nosotros, memorial que Él quiso encomendar a la Iglesia para que fuera celebrado a través de los siglos. Según el significado del verbo hebreo zakar, el "memorial" no es un simple recuerdo de algo que sucedió en el pasado, sino la celebración que actualiza ese acontecimiento, reproduciendo la fuerza y la eficacia salvífica. De este modo, "hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad". Queridos hermanos y hermanas, en nuestro tiempo la palabra sacrificio no gusta, es más, parece que pertenece a otras épocas y a otra visión de la vida. Ahora bien, si se entiende bien, sigue siendo fundamental, pues nos revela con qué amor Dios nos ama en Cristo.

La transubstanciación...

En el ofrecimiento que Jesús hace de sí mismo, encontramos toda la novedad del culto cristiano. En la antigüedad, los hombres ofrecían como sacrificio a las divinidades los animales o las primicias de la tierra. Jesús, por el contrario, se ofrece a sí mismo, su cuerpo y toda su existencia: Él mismo en persona se convierte en ese sacrificio que la liturgia ofrece en la santa Misa. De hecho, con la consagración, el pan y el vino se convierten en su verdadero cuerpo y sangre. San Agustín invitaba a sus fieles a no quedarse en lo que se les presentaba a la vista, sino a ir más allá: "Reconoced en el pan --decía-- ese mismo cuerpo que fue colgado sobre la cruz, y en el cáliz esa misma sangre que manó de su costado". Para explicar esta transformación, la teología ha acuñado la palabra "transubstanciación", palabra que resonó por primera vez en esta basílica, durante el IV Concilio Lateranense, del que se celebrará el octavo centenario dentro de cinco años. En esa ocasión, se introdujeron en la profesión de fe las siguientes palabras: "su cuerpo y sangre están contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan está transubstanciado en el cuerpo, y la sangre en el vino por poder de Dios". Por tanto, es fundamental que en los itinerarios de educación en la fe de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, así como en los "centros de escucha" de la Palabra de Dios, se subraye que en el sacramento de la Eucaristía Cristo está verdadera, real y substancialmente presente.

Es necesario que en la liturgia aparezca con claridad la dimensión trascendente

La santa Misa, celebrada con respeto de las normas liturgias y con una valoración adecuada de la riqueza de los signos y de los gestos, favorece y promueve el crecimiento de la fe eucarística. En la celebración eucarística no nos inventamos algo, sino que entramos en una realidad que nos precede, es más, abarca al cielo y la tierra y, por tanto, también el pasado, el futuro y el presente. Esta apertura universal, este encuentro con todos los hijos e hijas de Dios es la grandeza de la Eucaristía: salimos al encuentro de la realidad de Dios presente en el cuerpo y la sangre del Resucitado entre nosotros. Por tanto, las prescripciones litúrgicas dictadas por la Iglesia no son algo exterior, sino que expresan concretamente esta realidad de la revelación del cuerpo y sangre de Cristo y, de este modo, la oración revela la fe según el antiguo principio de lex orandi - lex credendi. Por esto, podemos decir que "la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la misma Eucaristía bien celebrada". Es necesario que, en la liturgia, aparezca con claridad la dimensión trascendente, la dimensión del Misterio del encuentro con el Divino, que ilumina y eleva también la dimensión "horizontal", es decir, el lazo de comunión y de solidaridad que se da entre quienes pertenecen a la Iglesia. De hecho, cuando prevalece esta última, no se comprende plenamente la belleza, la profundidad y la importancia del misterio celebrado. Queridos hermanos en el sacerdocio: a vosotros el obispo ha encomendado, en el día de la ordenación sacerdotal, la tarea de presidir la Eucaristía. Llevad siempre en vuestro corazón el ejercicio de esta misión: celebrad los divinos misterios con una participación interior intensa para que los hombres y las mujeres de nuestra ciudad puedan santificarse, entrar en contacto con Dios, verdad absoluta y amor eterno.

Redescubrir la fecundidad de la adoración eucarística

Y tengamos también presente que la Eucaristía, unida a la cruz, a la resurrección del Señor, ha abierto una nueva estructura a nuestro tiempo. El Resucitado se había manifestado el día siguiente al sábado, el primer día de la semana, día del sol y de la creación. Desde el inicio los cristianos han celebrado su encuentro con el Resucitado, la Eucaristía, en este primer día, en este nuevo día del verdadero sol de la historia, el Cristo Resucitado. Y de este modo, el tiempo vuelve a comenzar cada vez con el encuentro con el Resucitado y este encuentro da sentido y fuerza a la vida de cada día. Por este motivo, es muy importante para nosotros los cristianos seguir este nuevo ritmo del tiempo, encontrarnos con el Resucitado en el domingo y "albergar" su presencia, que nos transforme y transforme nuestro tiempo. Además, invito a todos a redescubrir la fecundidad de la adoración eucarística: ante el Santísimo Scramento experimentamos de manera totalmente particular ese "permanecer" de Jesús, que Él mismo, en el Evangelio de Juan, pone como condición necesaria para dar mucho fruto y evitar que nuestra acción apostólica quede reducida a un estéril activismo, convirtiéndose más bien en testimonio del amor de Dios.
El mundo y los hombres tienen necesidad de la Iglesia

La comunión con Cristo es siempre también comunión con su cuerpo, que es la Iglesia, como recuerda el apóstol Pablo diciendo: "El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". La Eucaristía transforma un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace Iglesia. Por tanto, es fundamental que la celebración de la santa Misa sea efectivamente la cumbre, la "columna vertebral" de la vida de cada comunidad parroquial. Exhorto a todos a prestar más atención, entre otras cosas con grupos litúrgicos, a la preparación y celebración de la Eucaristía para que cuantos participen puedan encontrar al Señor. Cristo resucitado se hace presente en nuestro hoy y nos reúne a su alrededor. Al alimentarnos con él, nos liberamos de los vínculos del individualismo y, a través de la comunión con Él, nos convertimos nosotros mismos, juntos, en una sola cosa, en su Cuerpo místico. De este modo se superan las diferencias debidas a la profesión, a la clase social, a la nacionalidad, pues nos descubrimos como miembros de una gran familia, la familia de los hijos de Dios, en la que a cada uno se le da una gracia particular para el bien común. El mundo y los hombres no necesitan una nueva corporación social, sino que tienen necesidad de la Iglesia, que es en Cristo como un sacramento, "es decir, señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano", llamada a hacer resplandecer sobre todas las gentes la luz del Señor resucitado.

El hombre no puede vivir sin amor

Jesús vino a revelarnos el amor del Padre, pues "el hombre no puede vivir sin amor . El amor es, de hecho, la experiencia fundamental de todo ser humano, lo que da significado a la existencia humana. Alimentados por la Eucaristía, nosotros también, siguiendo el ejemplo de Cristo, vivimos por Él para ser testigos del amor. Al recibir el Sacramento, entramos en comunión de sangre con Jesucristo. En la concepción judía, la sangre indica la vida; de este modo, podemos decir que al alimentarnos con el Cuerpo de Cristo acogemos la vida de Dios y aprendemos a ver la realidad con sus ojos, abandonando la lógica del mundo para seguir la lógica divina del don y de la gratuidad. San Agustín recuerda que durante una visión tuvo la impresión de escuchar la voz del Señor, que le decía: "Yo soy el alimento de los adultos. Crece, y me comerás, sin que por ello me transforme en ti, como alimento de tu carne; pero tú te transformarás en mí". Cuando recibimos a Cristo, el amor de Dios se expande en nuestra intimidad, modifica radicalmente nuestro corazón y nos hace capaces de gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de aquellos que están a nuestro lado. La caridad es capaz de generar un cambio auténtico y permanente en la sociedad, actuando en los corazones y en las mentes de los hombres, y cuando se vive en la verdad "es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad". El testimonio de la caridad para el discípulo de Jesús no es un sentimiento pasajero, sino por el contrario es lo que plasma la vida en cada circunstancia. Aliento a todos, en particular a la Cáritas y a los diáconos a comprometerse en el delicado y fundamental campo de la educación en la caridad, como dimensión permanente de la vida personal y comunitaria.

Ofrecernos como sacrificio espiritual agradable a Dios

Nuestra ciudad pide a los discípulos de Cristo, con un renovado anuncio del Evangelio, un testimonio más claro y límpido de la caridad. Con en lenguaje del amor, que busca el bien integral del hombre, la Iglesia habla a los habitantes de Roma. En estos años de mi ministerio como vuestro obispo he podido visitar varios lugares en los que la caridad se vive de manera intensa. Doy las gracias a quienes se comprometen en las diferentes instituciones caritativas por la decisión y la generosidad con las que sirven a los pobres y marginados. Las necesidades y la pobreza de tantos hombres y mujeres nos interpelan profundamente: es Cristo mismo quien día a día, en los pobres, nos pide que le quitemos el hambre y la sed, que le visitemos en los hospitales y en las cárceles, que le acojamos y vistamos. La Eucaristía celebrada nos impone y al mismo tiempo nos hace capaces de convertirnos en pan partido para los hermanos, saliendo al paso de sus exigencias y entregándonos a nosotros mismos. Por este motivo, una celebración eucarística que no lleve a encontrar a los hombres allí donde viven, trabajan y sufren para llevarles el amor de Dios, no manifiesta la verdad que encierra. Para ser fieles al misterio que se celebra en los altares, debemos, como nos exhorta el apóstol Pablo, ofrecer nuestros cuerpos, nosotros mismos, como sacrificio espiritual agradable a Dios, en esas circunstancias que exigen acabar con nuestro yo y que constituyen nuestro "altar" cotidiano. Los gestos de compartir crean comunión, renuevan el tejido de las relaciones interpersonales, caracterizándolas por la gratuidad y el don, y permiten la edificación de la civilización del amor. En un momento como el actual de crisis económica y social, seamos solidarios con quienes viven en la indigencia para ofrecer a todos la esperanza de un mañana mejor y digno del hombre. Si realmente vivimos como discípulos del Dios-Caridad, ayudaremos a los habitantes de Roma a descubrirse como hermanos e hijos del único Padre.

Testimoniar el amor

La misma naturaleza del amor exige opciones de vida definitivas e irrevocables. Me dirijo en particular a vosotros, queridos jóvenes: no tengáis miedo de escoger el amor como regla suprema de vida. No tengáis miedo de amar a Cristo en el sacerdocio y, si en el corazón experimentáis la llamada del Señor, seguidle en esta extraordinaria aventura de amor, poniéndoos en sus manos con confianza. ¡No tengáis miedo de formar familias cristianas que viven el amor fiel, indisoluble y abierto a la vida! Testimoniad que el amor, tal y como lo vivió Cristo y lo enseña el Magisterio de la Iglesia, no quita nada a nuestra felicidad, sino que por el contrario da esa alegría profunda que Cristo prometió a sus discípulos.


Que la Virgen María acompañe con su intercesión maternal el camino de nuestra Iglesia de Roma. María que, de manera totalmente singular vivió la comunión con Dios y el sacrificio del propio Hijo en el Calvario, nos alcance la gracia de vivir cada vez más intensa, plena y conscientemente el misterio de la Eucaristía para anunciar con la palabra y la vida el amor que Dios experimenta por cada hombre. Queridos amigos, os aseguro mi oración y os imparto de corazón a todos la bendición apostólica. Gracias.

18 de junio de 2010

ABANDÓNATE AL AMOR


¡Soy tan poco amado de los hombres! ¡Siempre buscando amor, no encuentro más que ingratitud! ¡Qué pocas son las almas que me aman de verdad!

Quiero que estés dispuesta a consolar mi Corazón siempre que te lo pida, pues el consuelo que me da un alma fiel compensa la amargura de que me colman las almas frías e indiferentes. A veces sentirás la angustia de mi Corazón en el tuyo, pero de este modo me aliviarás. No temas. Yo estoy contigo.

Cuando te dejo tan fría, tomo tu ardor para calentar otras almas.

Cuando te hago sentir angustia es para no descargar mi cólera sobre las almas...

Cuando estás insensible y me dices que me amas es cuando más consuelas mi Corazón.

Un solo acto de amor, cuando te sientas desamparada, repara muchas ingratitudes de otras almas. Mi Corazón los cuenta y los recibe como bálsamo precioso.

Quiero que me des almas.

Y para ello no te pido más que amor en todos tus actos.

Hazlo todo por amor: sufre por amor, trabaja por amor, sobre todo abandónate al amor.
* De las revelaciones del Sagrado Corazón a Sor Josefa Menéndez

EL MUNDO NECESITA LA CRUZ


Homilía del Santo Padre durante el Viaje Apostólico a Chipre, en la iglesia de la Santa Cruz de Nicosia, el 5 de Junio de 2010:

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:


El Hijo del Hombre debe ser elevado, para que todo aquel que crea en él tenga vida eterna. En esta Misa votiva adoramos y alabamos a nuestro Señor Jesucristo, porque con su Santa Cruz redimió al mundo. A través de su muerte y resurrección ha abierto las puertas del cielo y ha preparado un lugar para nosotros, para que nosotros, sus seguidores, podamos obtener una participación en su gloria.


En la alegría de la victoria salvadora de Cristo, os saludo a todos los que estáis aquí en la Iglesia de la Santa Cruz y os agradezco por vuestra presencia. Estoy muy agradecido por la calidez de la acogida que me habéis dado. Estoy especialmente agradecido a Su Beatitud el Patriarca Latino de Jerusalén por sus palabras de bienvenida en el comienzo de la misa, y por la presencia del Padre Custodio de Tierra Santa. Aquí, en Chipre, una tierra que fue el primer puerto de escala en los viajes misioneros de san Pablo a través del Mediterráneo, vengo entre vosotros hoy, siguiendo los pasos del gran Apóstol, para fortaleceros en vuestra fe cristiana y para predicar el Evangelio que ofrece la vida y la esperanza al mundo.


La atención de nuestra celebración hoy es la Cruz de Cristo. Muchos podrían estar tentados de preguntar por qué nosotros los cristianos celebramos un instrumento de tortura, un signo de sufrimiento, de derrota y de fracaso. Es cierto que la Cruz expresa todas estas cosas. Y, sin embargo, a causa del que fue levantado en la Cruz por nuestra salvación, también representa el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todo el mal en el mundo.


Existe una antigua tradición de que la madera de la Cruz fue tomada de un árbol plantado por el hijo de Adán, Set, sobre el lugar donde fue enterrado Adán. En ese mismo lugar, conocido como el Gólgota, el lugar de la calavera, Set plantó una semilla del árbol del conocimiento del bien y del mal, el árbol que estaba en medio del Jardín del Edén. A través de la providencia de Dios, la obra del Maligno, se deshace volviendo sus propias armas contra él.


Seducido por la serpiente, Adán había abandonado su confianza filial en Dios y pecó comiendo del fruto del árbol del jardín que estaba prohibido para él. Como consecuencia de ese pecado, el sufrimiento y la muerte vinieron al mundo. Los trágicos efectos del pecado, el sufrimiento y la muerte eran demasiado evidentes en la historia de los descendientes de Adán. Vemos esto en nuestra primera lectura de hoy, con sus ecos de la Caída y su prefiguración de la redención de Cristo.


Como castigo por su pecado, los israelitas, languideciendo en el desierto, fueron mordidos por serpientes y sólo podrían ser salvados de la muerte dirigiendo la mirada al emblema que Moisés levantó, prefigurando la Cruz que pondría fin al pecado y la muerte de una vez por todas. Vemos claramente que el hombre no puede salvarse de las consecuencias de su pecado. Él no puede salvarse de la muerte. Sólo Dios puede liberarlo de su esclavitud moral y física. Y porque amaba tanto al mundo, envió a su Hijo unigénito, no para condenar al mundo - como la justicia parecía exigir - sino para que a través de él el mundo se salve. El Hijo unigénito de Dios tenía que ser levantado como Moisés levantó la serpiente en el desierto, para que todos los que le miraran con fe tuviesen vida.


La madera de la Cruz se convirtió en el vehículo para nuestra redención, así como el árbol del que estaba formado había ocasionado la caída de nuestros primeros padres. El sufrimiento y la muerte, que habían sido una consecuencia del pecado, se convirtieron en el mismo medio por el cual el pecado fue vencido. El inocente Cordero fue inmolado en el altar de la cruz, y sin embargo, de la inmolación de la víctima surgió adelante una nueva vida: el poder del mal fue destruido por el poder del amor que se sacrifica a sí mismo.


La Cruz, por tanto, es algo mucho más grande y más misterioso de lo que parece a primera vista. De hecho, es un instrumento de tortura, de sufrimiento y de derrota, pero al mismo tiempo expresa la transformación completa, la reversión definitiva de estos males: esto es lo que la convierte en el símbolo más elocuente de la esperanza que el mundo haya visto jamás. Ésta habla a todos los que sufren - los oprimidos, los enfermos, los pobres, los marginados, las víctimas de la violencia - y les ofrece la esperanza de que Dios puede transformar su sufrimiento en alegría, su aislamiento en comunión, su muerte en vida. Ofrece esperanza ilimitada a nuestro mundo caído.
Por eso, el mundo necesita la Cruz. La cruz no es sólo un símbolo privado de devoción, no es sólo un símbolo de pertenencia a un determinado grupo dentro de la sociedad, y, en su sentido más profundo, no tiene nada que ver con la imposición de un credo o una filosofía por la fuerza. Ella habla de la esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresión, habla de que Dios eleva a los humildes, da fuerza a los débiles, vence la división, y supera el odio con el amor. Un mundo sin la Cruz sería un mundo sin esperanza, un mundo en el que la tortura y la brutalidad estarían fuera de control, donde el débil sería explotado y la codicia tendria la última palabra. La inhumanidad del hombre hacia el hombre se manifiestaría en formas cada vez más espantosas, y no habría fin al círculo vicioso de la violencia. Sólo la Cruz pone fin a la misma. Si bien ningún poder terrenal puede salvarnos de las consecuencias de nuestros pecados, y ningún poder terrenal puede derrotar a la injusticia en su origen, sin embargo, la intervención salvadora del Dios del amor ha transformado la realidad del pecado y la muerte en su contrario. Eso es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz de nuestro Redentor. Con razón san Andrés de Creta describía la Cruz como "lo más noble, más precioso que cualquier cosa en la tierra [...] pues en ella, a través de ella y por ella, todas las riquezas de nuestra salvación fueron guardadas y restauradas para nosotros".


Queridos hermanos sacerdotes, queridos religiosos, queridos catequistas, se nos ha confiado el mensaje de la cruz para que podamos ofrecer esperanza al mundo. Cuando proclamamos a Cristo crucificado, no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él. No ofrecemos nuestra propia sabiduría al mundo, no proclamamos ninguno de nuestros méritos, sino que actuamos como instrumentos de su sabiduría, de su amor y de méritos redentores. Sabemos que somos simplemente vasijas de barro y, sin embargo, hemos sido sorprendentemente elegidos para ser mensajeros de la verdad redentora que el mundo necesita escuchar. Jamás nos cansemos de admirarnos ante la gracia extraordinaria que se nos ha dado, nunca dejemos de reconocer nuestra indignidad, pero, al mismo tiempo, esforcémonos siempre para ser menos indignos de nuestra noble llamada, de manera que no pongamos en entredicho la credibilidad de nuestro testimonio con nuestros errores y caídas.En este Año Sacerdotal, permitidme que me dirija de modo especial a los presbíteros aquí presentes, y a quienes se preparan para la ordenación. Meditad las palabras que el Obispo dirige al ordenando cuando le hace entrega del cáliz y la patena: "Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor". A la vez que proclamamos la cruz de Cristo, esforcémonos siempre por imitar el amor gratuito de quien se ofreció a sí mismo por nosotros en el altar de la cruz, de quien es al mismo tiempo sacerdote y víctima, de aquel en cuyo nombre hablamos y actuamos cuando ejercemos el ministerio que hemos recibido. Mientras pensamos en nuestras faltas, tanto individual como comunitariamente, reconozcamos humildemente que hemos merecido el castigo que Él, Cordero inocente, ha sufrido por nosotros. Y si, en consonancia con cuanto nos merecemos, participamos en el sufrimiento de Cristo, alegrémonos porque tendremos una felicidad mucho más grande cuando se revele su gloria.


En mi pensamiento y oración, me acuerdo particularmente de muchos sacerdotes y religiosos de Oriente Medio que están sintiendo en estos momentos una llamada especial a configurar su vida con el misterio de la cruz del Señor. Donde los cristianos son minoría, donde sufren dificultades por tensiones religiosas y étnicas, muchas familias toman la decisión de huir, y también los pastores tienen la tentación de hacer lo mismo. En situaciones de este tipo, sin embargo, un sacerdote, una comunidad religiosa, una parroquia que se mantiene firme y continúa dando testimonio de Cristo es un signo extraordinario de esperanza, no sólo para los cristianos sino también para todos los que viven en la región. Su presencia es ya de por sí una manifestación elocuente del Evangelio de la paz, de la voluntad del Buen Pastor de cuidar de todas las ovejas, del inquebrantable compromiso de la Iglesia en favor del diálogo, la reconciliación y la aceptación amorosa del prójimo. Abrazando la cruz que se les presenta, los sacerdotes y religiosos de Oriente Medio pueden irradiar realmente la esperanza que está en el centro del misterio que celebramos en la liturgia de hoy.Que nos consuelen las palabras de la segunda lectura de hoy, que expresan magníficamente el triunfo reservado a Cristo después de su muerte en cruz, triunfo que estamos invitados a compartir: "Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el Nombre-sobre-todo- nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo".
Sí, queridos hermanos y hermanas en Cristo, lejos de nosotros gloriarnos si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Él es nuestra vida, nuestra salvación y nuestra resurrección; a través de él somos salvados y liberados.

9 de junio de 2010

OH SANTA HOSTIA, EN LA QUE ESTÁ LA MISERICORDIA DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO

Oh Santa Hostia, en la que está encerrado el testamento de la Divina Misericordia para nosotros y, especialmente, para los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que está oculto el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús como testimonio de la infinita misericordia hacia nosotros y, especialmente, hacia los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, que contiene la vida eterna que de la infinita misericordia es donada en abundancia a nosotros y, especialmente, a los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que está la misericordia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo hacia nosotros y, especialmente, a los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que está encerrado el precio infinito de la misericordia, que compensará todas nuestras deudas y, especialmente, las de los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que encierra la fuente de agua viva que brota de la infinita misericordia hacia nosotros y, especialmente, para los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que está encerrado el fuego del amor purísimo que arde del seno del Padre Eterno, como del abismo de la infinita misericordia para nosotros y, especialmente, para los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que está guardado el remedio para todas nuestras debilidades, remedio que mana de la infinita misericordia, como de una fuente para nosotros y, especialmente, para los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que está encerrado el vínculo de unión entre Dios y nosotros, gracias a la infinita misericordia para nosotros y, especialmente, para los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, en la que están encerrados todos los sentimientos del dulcísimo Corazón de Jesús hacia nosotros y, especialmente, hacia los pobres pecadores.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza en todos los sufrimientos y contrariedades de la vida.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza entre las tinieblas y las tormentas interiores y exteriores.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza en la vida y en la hora de la muerte.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza entre los fracasos y el abismo de la desesperación.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza entre las mentiras y las traiciones.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza entre las tinieblas y la impiedad que sumergen la tierra.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza entre la nostalgia y el dolor, en el que nadie nos comprende.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza entre las fatigas y la vida gris de todos los días.

Oh Santa Hostia, nuestra única esperanza cuando nuestras ilusiones y nuestros esfuerzos se esfuman.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando las dificultades excedan mis fuerzas y cuando mis esfuerzos resulten inútiles.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando las tormentas agiten mi corazón y el espíritu aterrorizado comience a inclinarse hacia la desesperación.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando mi corazón comience a temblar y el sudor mortal nos bañe la frente.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando todo se conjure contra mí y la negra desesperación comience a introducirse en mi alma.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando mi vista se apague para todo lo que es terrenal y mi espíritu vea por primera vez los mundos desconocidos.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando mis obligaciones estén por encima de mis fuerzas y el fracaso sea mi destino habitual.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando el cumplimiento de las virtudes me parezca difícil y mi naturaleza se rebele.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando los golpes de los enemigos sean dirigidos contra mí.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando las fatigas y los esfuerzos sean condenados por la gente.

Oh Santa Hostia, confiaré en Ti cuando Tu juicio resuene sobre mí, en aquel momento confiaré en el mar de Tu misericordia.

* Santa María Faustina Kowalska

EL CORAZÓN DE JESÚS ES EL SÍMBOLO Y SIGNO MÁS NOBLE DEL AMOR DIVINO



Fundamentación del culto
Conmovidos, pues, al ver cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Corazón de nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu Santo, no podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo paternal a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y rendida acción de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando con el Apóstol: «Al que es poderoso para hacer sobre toda medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o pensamos, según la potencia que despliega en nosotros su energía, a El la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, en los siglos de los siglos. Amén». Pero, después de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de esta encíclica exhortaros a vosotros y a todos los amadísimos hijos de la Iglesia a una más atenta consideración de los principios doctrinales —contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos—, sobre los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente persuadido de que sólo cuando a la luz de la divina revelación hayamos penetrado más a fondo en la naturaleza y esencia íntima de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer centenario de la extensión de la fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia universal.


Con el fin, pues, de ofrecer a la mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con las que más fácilmente puedan comprender la naturaleza de este culto, sacando de él los frutos más abundantes, nos detendremos, ante todo, en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento que revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia el género humano, pues jamás podremos escudriñar suficientemente su sublime grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los Padres y Doctores de la Iglesia; finalmente, procuraremos poner en claro la íntima conexión existente entre la forma de devoción que se debe tributar al Corazón del Divino Redentor y el culto que los hombres están obligados a dar al amor que El y las otras Personas de la Santísima Trinidad tienen a todo el género humano. Porque juzgamos que, una vez considerados a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición los elementos constitutivos de esta devoción tan noble, será más fácil a los cristianos de ver «con gozo las aguas en las fuentes del Salvador»; es decir, podrán apreciar mejor la singular importancia que el culto al Corazón Sacratísimo de Jesús ha adquirido en la liturgia de la Iglesia, en su vida interna y externa, y también en sus obras: así podrá cada uno obtener aquellos frutos espirituales que señalarán una saludable renovación en sus costumbres, según lo desean los Pastores de la grey de Cristo.

Culto de latría

Para comprender mejor, en orden a esta devoción, la fuerza de algunos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, precisa atender bien al motivo por el cual la Iglesia tributa al Corazón del Divino Redentor el culto de latría. Tal motivo, como bien sabéis, venerables hermanos, es doble: el primero, común también a los demás miembros adorables del Cuerpo de Jesucristo, se funda en el hecho de que su Corazón, por ser la parte más noble de su naturaleza humana, está unido hipostáticamente a la Persona del Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo de Dios encarnado. Es una verdad de la fe católica, solemnemente definida en el Concilio Ecuménico de Éfeso y en el II de Constantinopla. El otro motivo se refiere ya de manera especial al Corazón del Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un título esencialmente propio para recibir el culto de latría: su Corazón, más que ningún otro miembro de su Cuerpo, es un signo o símbolo natural de su inmensa caridad hacia el género humano. «Es innata al Sagrado Corazón», observaba nuestro predecesor León XIII, de f. m., «la cualidad de ser símbolo e imagen expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor por amor».

Es indudable que los Libros Sagrados nunca hacen una mención clara de un culto de especial veneración y amor, tributado al Corazón físico del Verbo Encarnado como a símbolo de su encendidísima caridad. Este hecho, que se debe reconocer abiertamente, no nos ha de admirar ni puede en modo alguno hacernos dudar de que el amor de Dios a nosotros —razón principal de este culto— es proclamado e inculcado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento con imágenes con que vivamente se conmueven los corazones. Y estas imágenes, por encontrarse ya en los Libros Santos cuando predecían la venida del Hijo de Dios hecho hombre, han de considerarse como un presagio de lo que había de ser el símbolo y signo más noble del amor divino, es a saber, el sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino.

*De la Encíclica Haurietis Aquas del Venerable Pío XII

MI LEY ES DE AMOR...

¿Vives feliz aquí abajo?... Bien sabes que necesitas algo que no encontrarás en la tierra...
Si encuentras el placer que buscas, no te satisface.
Si alcanzas las riquezas que deseas, no bastan.
El cariño que anhelas, al fin te causa hastío.
¡No! Lo que necesitas no lo encontrarás acá...
Necesitas paz; no la paz del mundo, sino la de los hijos de Dios. Y ¿cómo la hallarás en la rebelión?
Yo te diré donde serás feliz, donde hallarás la paz, donde apagarás esa sed que hace tanto tiempo te devora... No te asuste oírme decir que la encontrarás en el cumplimiento de mi ley.
Ni te rebeles al oír hablar de ley, pues no es ley de tiranía, sino de amor. Sí, mi ley es de amor, porque soy tu Padre.
*De las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez

7 de junio de 2010

LA EUCARISTÍA Y EL SACRIFICIO DE LA CRUZ




En la Eucaristía, " Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz. Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. Es el amor divino que transforma: el amor con que Jesús acepta por anticipado darse completamente a sí mismo por nosotros. Este amor no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo Sacrificio que se realiza después de forma cruenta en la Cruz. Podemos por tanto concluir que Cristo fue sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba lleno de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente “en la noche en que fue traicionado”, precisamente en la “hora de las tinieblas”. Es esta fuerza divina, la misma que realizó la Encarnación del Verbo, la que transforma la extrema violencia y la extrema injusticia en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos! Amén".

*De la homilía pronunciada por Benedicto XVI en la Solemnidad del Corpus Christi

SÚPLICA AL CORAZÓN DE JESÚS


Oh Corazón Santísimo de Jesús;
derrama copiosamente tus bendiciones sobre la Santa Iglesia,
sobre el Soberano Pontífice y sobre todo el Clero;
da la perseverancia a los justos,
convierte a los pecadores,
ilumina a los infieles y bendice a nuestros parientes, amigos y bienhechores,
asiste a las almas del Purgatorio
y extiende sobre todos los corazones el imperio de tu amor.
Amén.

QUE LOS PECADORES VENGAN A REFUGIARSE EN MI CORAZÓN

Mi amor llega a tal punto, que de la nada pueden mis almas sacar grandes tesoros. Si desde por la mañana se unen a Mí y ofrecen el día con ardiente deseo de qu emi Corazón se sirva de sus acciones para provecho de sus almas, y van, hora por hora y momento por momento cumpliendo por amor con su deber. ¡Qué tesoros adquieren en un día!... Yo les iré descubriendo más y más mi amor... ¡Es inagotable!... Y ¡es tan fácil al alma que ama dejarse guiar por el amor...!
Quiero que todas las almas sepan cómo mi amor las busca, las desea y las espera, para colmarlas de felicidad. Que las almas fieles no tengan miedo de Mí... Que los pecadores no huyan de Mí... Que vengan a refugiarse en mi Corazón: Yo los recibiré con paternal amor.
*De las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez

6 de junio de 2010

OFRECIMIENTO DE OBRAS


Al Sagrado Corazón de Jesús
«¡Oh Jesús mío! Por medio del Corazón Inmaculado de María Santísima, os ofrezco las oraciones, obras y trabajos del presente día, para reparar las ofensas que se os hacen, y por las demás intenciones de vuestro Sagrado Corazón. Os las ofrezco en particular......».

A la Santísima Virgen María.
“¡Oh, Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco del todo a Vos” y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser.Ya que soy todo vuestro, ¡oh Madre de bondad!, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén.

VIDA DE UNIÓN CON EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS



El alma que sabe hacer de su vida una continua unión con la mía, me glorifica mucho y trabaja útilmente en bien de las almas. Está, por ejemplo, ejecutando una acción que en sí misma no vale mucho, pero la empapa en mi Sangre o la une a aquella acción hecha por Mí durante mi vida mortal; el fruto que logra para las almas es tan grande, o mayor quizá, que si hubiera predicado al universo entero; y esto, sea que estudie o que hable, que escriba, ore, barra, cosa o descanse; con tal que la acción reúna dos condiciones: primero, que esté ordenada por la obediencia o por el deber, no por el capricho; segundo, que se haga en íntima unión conmigo, cubriéndola con mi Sangre y con pureza de intención.

¡Cuánto deseo que las almas comprendan esto: Que no es la acción la que tiene en sí valor, sino la intención y el grado de unión con que se hace! Barriendo y trabajando en el taller de Nazaret, di tanta gloria a mi eterno Padre, como cuando prediqué durante mi vida pública.

* Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez

5 de junio de 2010

NOVENA DE CONFIANZA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


NOVENA DE CONFIANZA AL SAGRADO CORAZÓN

Oh Señor Jesús, a tu Sagrado Corazón yo confío esta intención... Solo mírame, entonces haz conmigo lo que tu Corazón indique. Deja que tu Sagrado Corazón decida... Yo confío en ti... Me abandono en tu Misericordia, Señor Jesús! Ella no me fallará.
Sagrado Corazón de Jesús, en tí confío.
Sagrado Corazón de Jesús, creo en tu amor por mí.
Sagrado Corazón de Jesús, que venga tu Reino.

Oh Sagrado Corazón de Jesús, te he pedido por tantos favores, pero con ansias te imploro por esta petición. Tómala, ponla en tu abierto y roto corazón, y cuando el Padre Eterno la mire, cubierta por tu Preciosa Sangre, no podrá rehusarla. Ya no será más mi oración, sino la tuya, Oh Jesús.

Oh Sagrado Corazón de Jesús, pongo toda mi confianza en Ti. Nunca permitas que me confunda... Amén

¿QUIÉN SE ATREVERÁ A LLAMAR INÚTIL O MENOS ACOMODADA A NUESTROS TIEMPOS ESTA DEVOCIÓN?



I. FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA


Dificultades y objeciones

La Iglesia siempre ha tenido y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo, en lo pasado y aun en nuestros días, este nobilísimo culto no es tenido en el debido honor y estimación por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen animados de un sincero celo por la religión católica y por su propia santificación.

«Si tú conocieses el don de Dios». Con estas palabras, venerables hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituidos guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el Divino Redentor ha confiado a la Iglesia, conscientes del deber de nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en su Cuerpo Místico, todavía abrigan prejuicios hacia él y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las más apremiantes. Pues no faltan quienes, confundiendo o equiparando la índole de este culto con las diversas formas particulares de devoción, que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas, lo juzgan como algo superfluo que cada uno pueda practicar o no, según le agradare; otros consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna utilidad, singularmente para los que militan en el Reino de Dios, consagrando todas sus energías espirituales, su actividad y su tiempo a la defensa y propaganda de la verdad católica, a la difusión de la doctrina social católica, y a la multiplicación de aquellas prácticas religiosas y obras que ellos juzgan mucho más necesarias en nuestros días. Y no faltan quienes estiman que este culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y reforzar las costumbres cristianas, tanto en la vida individual como en la familiar, no es sino una devoción, más saturada de sentimientos que constituida por pensamientos y afectos nobles; así la juzgan más propia de la sensibilidad de las mujeres piadosas que de la seriedad de los espíritus cultivados.

Otros, finalmente, al considerar que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y otras virtudes, que más bien juzgan pasivas porque aparentemente no producen frutos externos, no la creen a propósito para reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el deber de emprender una acción franca y de gran alcance en pro del triunfo de la fe católica y en valiente defensa de las costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad plenamente dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma para distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se halla penetrada, en el pensar y en el obrar, por los principios del materialismo ateo y del laicismo.


La doctrina de los papas

¿Quién no ve, venerables hermanos, la plena oposición entre estas opiniones y el sentir de nuestros predecesores, que desde esta cátedra de verdad aprobaron públicamente el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús? ¿Quién se atreverá a llamar inútil o menos acomodada a nuestros tiempos esta devoción que nuestro predecesor, de i. m., León XIII, llamó «práctica religiosa dignísima de todo encomio», y en la que vio un poderoso remedio para los mismos males que en nuestros días, en forma más aguda y más amplia, inquietan y hacen sufrir a los individuos y a la sociedad? «Esta devoción —decía—, que a todos recomendamos, a todos será de provecho». Y añadía este aviso y exhortación que se refiere a la devoción al Sagrado Corazón: «Ante la amenaza de las graves desgracias que hace ya mucho tiempo se ciernen sobre nosotros, urge recurrir a Aquel único, que puede alejarlas. Mas ¿quién podrá ser Este sino Jesucristo, el Unigénito de Dios? "Porque debajo del cielo no existe otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos". Por lo tanto, a El debemos recurrir, que es "camino, verdad y vida"».

No menos recomendable ni menos apto para fomentar la piedad cristiana lo juzgó nuestro inmediato predecesor, de f. m., Pío XI, en su encíclica Miserentissimus Redemptor: «¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?».

Nos, por nuestra parte, en no menor grado que nuestros predecesores, hemos aprobado y aceptado esta sublime verdad; y cuando fuimos elevado al sumo pontificado, al contemplar el feliz y triunfal progreso del culto al Sagrado Corazón de Jesús entre el pueblo cristiano, sentimos nuestro ánimo lleno de gozo y nos regocijamos por los innumerables frutos de salvación que producía en toda la Iglesia; sentimientos que nos complacimos en expresar ya en nuestra primera Encíclica. Estos frutos, a través de los años de nuestro pontificado —llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables consuelos—, no se mermaron en número, eficacia y hermosura, antes bien se aumentaron. Pues, en efecto, muchas iniciativas, y muy acomodadas a las necesidades de nuestros tiempos, han surgido para favorecer el crecimiento cada día mayor de este mismo culto: asociaciones, destinadas a la cultura intelectual y a promover la religión y la beneficencia; publicaciones de carácter histórico, ascético y místico para explicar su doctrina; piadosas prácticas de reparación y, de manera especial, las manifestaciones de ardentísima piedad promovidas por el Apostolado de la Oración, a cuyo celo y actividad se debe que familias, colegios, instituciones y aun, a veces, algunas naciones se hayan consagrado al Sacratísimo Corazón de Jesús. Por todo ello, ya en Cartas, ya en Discursos y aun Radiomensajes, no pocas veces hemos expresado nuestra paternal complacencia .
* De la Encíclica Haurietis Aquas del Venerable Pío XII

4 de junio de 2010

UNA LLAMADA DEL CORAZÓN DE JESÚS A LAS ALMAS

Yo soy el amor. Mi Corazón no puede contener la llama que constantemente le devora.
Yo amo a las almas hasta tal punto, que he dado la vida por ellas.

Por su amor he querido quedarme prisionero en el Sagrario, y hace veinte siglos que permanezco allí noche y día, oculto bajo las especies de pan, escondido en la hostia, soportando, por amor, el olvido, la soledad, los desprecios, blasfemias, ultrajes y sacrilegios.
El amor a las almas me impulsó a dejarles el sacramento de la Penitencia, para perdonarles, no una vez ni dos, sino cuantas veces necesiten recobrar la gracia: Allí las estoy esperando; allí deseo que vengan a lavarse de sus culpas, no con agua, sino con mi propia Sangre.
Ahora quiero algo más; sí, en retorno del amor que tengo a las almas, les pido que ellas me devuelvan amor; pero no es éste mi único deseo; QUIERO QUE CREAN EN MI MISERICORDIA, QUE LO ESPEREN TODO DE MI BONDAD, QUE NO DUDEN NUNCA DE MI PERDÓN.
Sí, amo a las almas después que han cometido el primer pecado, si vienen a pedirme humildemente perdón... Las amo después de llorar el segundo pecado. ¡Y si esto se repite, no un millar de veces, sino un millón de millares, las amo, las perdono y lavo con mi misma Sangre el último pecado como el primero!
No me canso de las almas y mi Corazón está siempre esperando que vengan a refugiarse en Mí. Tanto más cuanto más miserables sean.
¡Es tan fácil esperarlo todo de mi Corazón!
* De las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez

2 de junio de 2010

LA RAZÓN ÚLTIMA ES EL AMOR INFINITO DE JESÚS

La razón última de la presencia de Jesús en la Divina Eucaristía hemos de buscarla en el amor.
La presencia del Señor no es fría ni estática. Por el contrario, tras los velos del Sacramento está su Corazón vivo, palpitante, abrasado en amor.
La Eucaristía es la presencia del Amor, porque Dios es amor, porque la Eucaristía es el mismo Dios que por amor se nos ofrece y se nos entrega.
"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". ¿Hasta qué extremo?, hemos de preguntarnos.
Hasta el extremo de entregarse a la muerte voluntariamente por nosotros. "Y es que no hay amor más grande que este de dar uno la vida por sus amigos".
Hasta el extremo de querer perpetuar su entrega y su oblación por medio del Santo Sacrificio de la Misa.
Hasta el extremo de permanecer victimado en el Sacramento de la Eucaristía sin cesar de ofrecerse y de interceder por nosotros.
Hasta el extremo de darse a nosotros como Pan de Vida y semilla de eternidad.
El amor de Jesús Eucaristía es un amor cruciforme. Un acto supremo de amor al Padre y de amor a los hombres.
En el acto de amor de Jesús se aúnan el amor a Dios sobre todas las cosas, con toda la mente, con todas las fuerzas y con todo el ser, y el amor al prójimo hasta entregar la propia vida.
Si la Divina Eucaristía no fuese el Sacramento del Amor, no podría ser el corazón de la Iglesia, no podría ser el centro de la vida cristiana. Si es todo eso, lo es porque contiene verdadera, real y substancialmente al mismísimo Jesucristo.
"El que tenga sed que venga a Mí y beba gratis". Esta llamada, este ofrecimiento de Cristo es manifestación de su amor. Jesús no espera a que los sedientos llamemos a las puertas de su Corazón pidiendo socorro. Él se ofrece primero: "Quien tenga sed que venga". Y es que en esto se nos manifiesta la verdad y la profundidad de su amor, en que Él nos ha amado primero, antes de que nosotros le hayamos amado a Él.
Antes de que nosotros nos acerquemos, es Él mismo quien primero se acerca a nosotros y nos hace el ofrecimiento de Sí mismo, el ofrecimiento de su amor: "El que tenga sed que venga a Mí y beba gratis el agua de la Vida".
P. Manuel María de Jesús

EL MISMO JESÚS NACIDO HACE DOS MIL AÑOS...

"Cuando miras al crucifijo, comprendes cuánto te amó Jesús. Cuando miras a la Eucaristía, comprendes cuánto te ama hoy"

(Beata Madre Teresa de Calcuta)

"La Palabra se hace carne otra vez y habita entre nosotros, bajo las espe­cies de la Eucaristía; el mismo Jesús, naci­do hace dos mil años como un pequeño niño en Belén, está verdaderamente, real­mente, físicamente y personalmente pre­sente para nosotros en el Santísimo Sacramento."

(Beata Madre Teresa de Calcuta)

VENERABLE PÍO XII: EL CULTO AL CORAZÓN DE JESÚS ES EL ACTO DE RELIGIÓN POR EXCELENCIA


«Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador». Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.
Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: «Toda dádiva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces», razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: «En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: "El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí". Pues, como dice la Escritura, "de su seno manarán ríos de agua viva". Y esto lo dijo El del Espíritu que habían de recibir lo que creyeran en El». Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de que habían de manar de su seno «ríos de agua viva», fácilmente las relacionaban con los vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías, en los que se profetizaba el reino del Mesías, y también con la simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés, milagrosamente hubo de brotar agua.


La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado».
Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo. En efecto; manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: «Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El».

* De la Encíclica Haurietis aquas, del Venerable Pío XII

JESÚS, CONFÍO EN TI

"No es el pecado lo que más hiere mi Corazón. Lo que más lo desgarra es, que las almas no vengan a refugiarse en él, después que lo han cometido... ¡Ah, si conocieran mi Corazón! ESTA ES MI MAYOR AMARGURA: Que las almas no conozcan la bondad y la misericordia de mi Corazón.
Deseo ardientemente que me amen... Si las almas supieran qué exceso de amor siento hacia ellas, no podrían resistir. Por eso corro tras ellas y no perdono medio para atraerlas a Mí"

*Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez

1 de junio de 2010

Calendario litúrgico del uso extraordinario


JUNIO
Martes 1. Santa Ángela Merici (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
Miércoles 2. Feria (IV clase, verde) Conmemoración de San Marcelino, Pedro y Erasmo, martires. Misa del I domingo despues de Pentecostés. Sin gloria y 2ª oración de los santos.
Se permite cualquier misa votiva y cotidiana de difuntos.
I vísperas del Corpus.
Jueves 3. CORPUS CHRISTI. (I clase, blanco) Gloria, Secuencia, Credo y Prefacio común. Procesión. En la misa en la que se siga la procesión en vez de 'Ite misa est' se dice 'Benedicamus Domino'. Se reza el Placeat tibi, y se omite la bendición y el último evangelio.
Viernes 4. San Francisco Caracciolo, confesor (III clase, blanco) Gloria y prefacio común. Primer viernes de mes: se permite la misa del Sagrado Corazón de Jesús
Sábado 5. San Bonifacio, obispo y mártir (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
Primer sábado de mes: se permite la misa del Inmaculado Corazón de María
DOMINGO 6. II domingo de Pentecostés. (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.
Hoy se puede celebrar también la Fiesta del Corpus. Se permiten dos misas votivas de II clase. DÍA DE CARITAS (colecta)
Lunes 7. Feria (IV calse) Misa del domingo anterior, sin gloria ni credo.
Se permite cualquier misa votiva y cotidiana de difuntos.
Martes 8. Feria (IV clase, verde) Misa del domingo anterior, sin gloria ni credo.
Se permite cualquier misa votiva y cotidiana de difuntos.
Miércoles 9. Feria (IV clase, verde) Conmemoración de santo Primo y Feliciano, mártires. Misa del domingo anterior sin gloria ni credo, con la 2ª oración de San Primo y Feliciano.
Se permite cualquier misa votiva y cotidiana de difuntos.
Jueves 10. Santa Margarita, Reina de Escocia y viuda (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
I vísperas del Sagrado Corazón.
Viernes 11. Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. (I clase, blanco) Gloria, Credo y prefacio del Sagrado Corazón. Delante del Santísimo Sacramento expuesto se han de rezar las letanías del Sagrado Corazón y el acto de reparación, prescritas por Pío XI en 1928. JORNADA DE ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES.
Sábado 12. San Juan de Sahagún, confesor. (III clase, blanco) Conmemoración de San Basílides y sus compañeros, mártires. Gloria y prefacio común. 2ª oración de San Basílides y compañeros.
DOMINGO 13. III domingo de Pentecostés (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.
Lunes 14. San Basilio Magno, obispo y doctor (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
Martes 15. Feria. (IV clase, verde) Conmemoración de San Vito, Modesto y Crescencia, mártires. Misa del domingo, sin gloria ni credo. 2ª oración de San Vito y compañeros.
Se permite cualquier misa votiva y cotidiana de difuntos.
Miércoles 16. Feria (IV clase, verde) Misa del domingo, sin gloria ni credo.
Se permite cualquier misa votiva y cotidiana de difuntos.
Jueves 17. San Gregorio Barbarigo, obispo y confesor. (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
En algunos lugares, fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús
Viernes 18. San Efrén, diácono y doctor. (III clase, blanco) Conmemoración de san Marco y Marcelino, mártires. Gloria y prefacio común. 2ª Oración de san Marco y Marcelino.
Sábado 19. Santa Juliana de Falconeri, virgen (III clase, blanco) Conmemoración de san Gervasio y Protasio, mártires. Gloria y prefacio común. 2ª oración de los santos.
DOMINGO 20. IV domingo de Pentecostés (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.
Lunes 21. San Luis Gonzaga, confesor (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
Martes 22. San Paulino de la Nola, obispo y confesor. (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
Miercoles 23. Vigilia de San Juan Bautista (II clase, morado) Sin Gloria. Prefacio común.
I Visperas de la Natividad.
Jueves 24. Natividad de San Juan Bautista, precursor de Nuestro Señor (I clase, blanco) Gloria, Credo y prefacio común.
Viernes 25. San Guillermo, abad (III clase, blanco) Gloria y prefacio común.
Sábado 26. San Juan y San Pablo, mártires (III clase, blanco) Gloria y prefacio común. En algunos lugares San Pelayo, mártir.
DOMINGO 27. V domingo de Pentecostés (II clase, verde) Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad.
Lunes 28. Vigilia de San Pedro y San Pablo (II clase, morado)Sin gloria, prefacio común.
Martes 29. San Pedro y San Pablo, apóstoles (I clase, rojo) Gloria, Credo y prefacio de los apóstoles. Las 2 oraciones se hacen bajo una misma conclusión. DÍA DEL PAPA. Colecta del óbolo de san Pedro.
Miércoles 30. Conmemoración de San Pablo, apóstol. (III clase, blanco) Gloria y prefacio de los apóstoles. Las 2 oraciones se hacen bajo una misma conclusión.