26 de febrero de 2010

Calendario litúrgico del Uso Extraordinario del Rito Romano

MARZO
Normas generales de la Cuaresma:
- Los domingos de cuaresma son de I clase: no se permite conmemoración, ni de fiesta ni de solemnidad. Estas últimas (I clase) se trasnfieren al lunes (o siguiente libre)
-Las ferias tienen cada día su misa propia. Las misas feriales de Lunes, Miércoles y Viernes tienen tracto después de la Epístola, en cuyo rezo ha de hacerse genuflexión. Al final de misa se dice la oración sobre el pueblo.
-Las ferias de Cuaresma tiene preferencia ante las fiestas de los santos de III y IV clase, que se conmemoran. En las fiestas de I y II clase, se conmemora la feria.
-Se prohiben las misas votivas y cotidianas de difuntos.
- Se suspenden las solemnidades nupciales durante la cuaresma.
- No se ponen flores ni reliquias en los altares.
-Los ornamentos son morados si no se celebra la festividad de un santo.
-Se permite el uso del órgano durante la misa solamente para sostener el canto. Nunca sólo
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LUNES 1. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (geneflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
En algunos lugares San Rosendo, obispo y confesor.
MARTES 2. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
En algunos lugares Beato Bartolomé Gutierrez, mártir.
MIERCOLES 3. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
En algunos lugares, San Emeterio y Celedonio, mártires.
JUEVES 4. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum y Conmemoración de San Casimiro, confesor.
Primer jueves de mes: se permite misa votiva de Cristo Sacerdote (III clase). Se conmemora la feria.
VIERNES 5. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
Primer viernes de mes: se permite misa votiva del Sagrado Corazón (III clase). Se conmemora la feria.
Abstinencia.
SÁBADO 6. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum. Conmemoración de Santa Perpetua y Felicidad, mártires.
En algunos lugares, San Olegario, obispo y confesor.
Primer sábado de mes: se permite misa votiva del Inmaculado Corazón de María. (III clase) Se conmemora la feria.
DOMINGO 7. III DOMINGO DE CUARESMA (I clase, morado) Sin Gloria. Tracto, Credo y prefacio de Cuaresma.
LUNES 8. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
MARTES 9. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum. Oración super Populum. Conmemoración de San Francisco Romana, viuda.
MIERCOLES 10. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum. Conmemoración de los Santos Mártires de Sebaste.
JUEVES 11. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
En algunos lugares, San Eulogio, presbítero y mártir.
VIERNES 12. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (geneflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum. Conmemoración de San Gregorio Magno, papa y doctor.
Abstinecia.
SÁBADO13. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
DOMINGO 14. DOMINGO IV DE CUARESMA (Domingo Laetare) (I clase, morado o rosa) Sin Gloria. Tracto, Credo y prefacio de Cuaresma.
LUNES 15. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
MARTES 16. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
MIÉRCOLES 17. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de cuaresma. Oración super Populum. Conmemoración de San Patricio, obispo y confesor.
JUEVES 18. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum. Conmemoración de San Cirilo, obispo de Jerusalén y doctor.
VIERNES 19. San José, esposo de la Virgen -patrón de la Iglesia universal- (I clase, blanco) Conmemoración de la feria. Gloria y Credo. Prefacio de San José.
SÁBADO 20. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de cuaresma. Oración super Populum.
Normas del tiempo de Pasión.
-Se mantienen las normas de la Cuaresma,
-Se suprime el salmo Iudica de las oraciones al pie del altar
-Se suprime el Gloria Patri del Introito
-Se suprime el Gloria Patri del salmo Lavabo.
-Se dice el Prefacio de la Santa Cruz.
-En las misas no se inciensa ni las imágenes de los santos, ni sus reliquias.
- Las imágenes y la cruz del altar han de estar cubiertos con velos morados.
DOMINGO 21. I DOMINGO DE PASIÓN (I clase, morado) Sin Gloria, Tracto, Credo y Prefacio de la Santa Cruz.
Donde la fiesta de san Benito sea de I clase, se ha de trasladar al lunes.
LUNES 22. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de la Santa Cruz. Oración super populum.
MARTES 23. Feria (III clase, morado) Misa propia y prefacio de la santa Cruz. Oración super populum.
En algunos lugares, San José Oriol.
MIERCOLES 24. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de la santa Cruz. Conmemoración de San Gabriel, arcángel.
JUEVES 25. La Anunciación de la Santísima Virgen María (I clase, blanco) Gloria y Credo. Prefacio de la Virgen “et in Annuntiatione”. Conmemoración de la feria.
VIERNES 26. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de la santa Cruz. Conmemoración de los siete dolores de la Santísima Virgen.
Abstinecia
En aquellos lugares donde en este día se haga un acto de devoción a la Virgen Dolorosa, se puede decir su misa propia –como la del 15 de septiembre- con la conmemoración de la feria (Blanco, se dice Gloria pero no Credo, se dice el Tracto, prefacio de la Virgen “in Trasfixione”)
En algunos lugares, san Braulio, obispo y confesor.
SÁBADO 27. Feria. (III clase, morado) Misa propia y prefacio de la Santa Cruz. Conmemoración de San Juan Damasceno, confesor y doctor
DOMINGO 28. DOMINGO DE RAMOS (I clase) Bendición y procesión (pluvial roja, y en su defecto, estola)
Santa Misa (morado). Lectura de la Pasión (sin Dnus. vob., sin señal de la cruz, sin beso ni per evangelica) . Prefacio de la cruz. (Si hubo bendición de los ramos, se omite el Último Evangelio y las Preces; sino, se lee como último Evangelio el propio de la Bendición.
LUNES 29. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de la Santa Cruz.
MARTES 30. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de la Santa Cruz.
MIERCOLES 31. Feria (III clase, morado) Misa propia, tracto (genuflexión) y prefacio de la Santa Cruz.

25 de febrero de 2010

EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE PARA SER SACERDOTE

El sacerdote, mediador y puente
De la Ley, del sacerdocio de Aarón, aprendemos dos cosas, nos dice el autor de la Carta a los Hebreos: un sacerdote, para ser realmente mediador entre Dios y el hombre, tiene que ser hombre. Esto es fundamental, y el Hijo de Dios se hizo hombre precisamente para ser sacerdote, para poder realizar la misión del sacerdote. Debe ser hombre, pero no puede por sí mismo hacerse mediador hacia Dios. El sacerdote necesita una autorización, de una institución divina y sólo perteneciendo a las dos esferas, la de Dios y la del hombre, puede ser mediador, puede ser “puente”. Esta es la misión del sacerdote: combinar, unir estas dos realidades aparentemente tan separadas, es decir, el mundo de Dios – lejano a nosotros, a menudo desconocido para el hombre – y nuestro mundo humano. La misión del sacerdocio es la de ser mediador, puente que une, y así llevar al hombre a Dios, a su redención, a su luz verdadera, a su vida verdadera.
Dios me da lo que yo no podría nunca alcanzar

Como primer punto, por tanto, el sacerdote debe estar de la parte de Dios, y solamente en Cristo esta necesidad, esta condición de la mediación se realiza plenamente. Por eso era necesario este Misterio: el Hijo de Dios se hace hombre para que se dé el verdadero puente, se dé la verdadera mediación. Los demás deben tener al menos una autorización de Dios, o, en el caso de la Iglesia, el Sacramento, es decir, introducir nuestro ser en el ser de Cristo, en el ser divino. Sólo con el Sacramento, este acto divino que nos crea sacerdotes en comunión con Cristo, podemos realizar nuestra misión. Y esto me parece un primer punto de meditación para nosotros: la importancia del Sacramento. Nadie se hace sacerdote por sí mismo; sólo Dios puede atraerme, puede autorizarme, puede introducirme en la participación en el misterio de Cristo; solo Dios puede entrar en mi vida y tomarme de la mano. Este aspecto del don, de la precedencia divina, de la acción divina, que nosotros no podemos realizar, esta pasividad nuestra – ser elegidos y tomados de la mano por Dios – es un punto fundamental en el que entrar. Debemos volver siempre al Sacramento, volver a este don en el que Dios me da lo que yo no podría nunca alcanzar: la participación, la comunión con el ser divino, con el sacerdocio de Cristo.
El sacerdote, hombre de Dios

Hagamos esta realidad también un factor práctico en nuestra vida: si es así, un sacerdote debe ser realmente un hombre de Dios, debe conocer a Dios de cerca, y lo conoce en comunión con Cristo. Debemos por tanto vivir esta comunión y la celebración de la Santa Misa, la oración del Breviario, toda la oración personal,son elementos del estar con Dios, del ser hombres de Dios. Nuestro ser, nuestra vida, nuestro corazón deben estar fijados en Dios, en este punto del que no debemos salir, y esto se realiza, se refuerza día tras día, también con breves oraciones en las que nos volvemos a conectar con Dios y nos convertimos cada vez más en hombres de Dios, que viven en su comunión y que pueden así hablar de Dios y guiar a Dios.
* Lectio Divina sobre el sacerdocio, impartida por Benedicto XVI en el encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Roma que tuvo lugar el pasado 18 de febrero.

LA PIEDAD Y MISERICORDIA SÓLO PUEDEN EXISTIR ALLÍ DONDE HAY MISERIAS



Conocéis aquella hermosa oración que la Iglesia, regida por el Espíritu Santo, pone en nuestros labios el décimo Domingo después de Pentecostés: "Oh Dios, que haces resaltar tu omnipotencia sobre todo perdonándonos y teniendo piedad de nosotros: derrama con abundancia esta misericordia sobre nuestras almas".

He aquí una revelación que Dios nos hace por boca de la Iglesia; perdonándonos, parcendo, apiadándose, miserando, Dios manifiesta principalmente, maxime, su poder. En otra oración, dice la Iglesia que "uno de los atributos más exclusivos de Dios es el tener siempre conmiseración y perdonar"( Oraciones de las Rogativas y Letanías).

El perdón supone ofensas, deudas que perdonar. La piedad y misericordia sólo pueden existir allí donde hay miserias. ¿Qué es, en efecto, ser misericordioso? Tomar en cierto modo, sobre su propio corazón, la miseria de los demás (Sto. Tomás, I, q.21, a.3). Ahora bien, Dios es la bondad misma, el amor infinito, "Dios es caridad" (1Jn 4,8); y ante la miseria, la bondad y el amor se covierten en misericordia; por eso decimos a Dios: "¡Tú eres, Dios mío, mi misericordia!"(Sal 58,18). La Iglesia pide a Dios en esta oración que abunde su misericordia. ¿Por qué así? Porque nuestras miserias son inmensas, y de ellas habría que decir: "el abismo de nuestras miserias, de nuestras faltas, de nuestros pecados, llama al abismo de la misericordia divina". Todos, efectivamente, somos miserables, todos somos pecadores, unos más que otros, en mayor o menor grado, dcie el Apóstol Santiago (Sant 3,2); y San Juan: "Si nos creemos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no somos veraces" (1 Jn 1,8).

Y es más terminante aún cuando afirma que, hablando de esta suerte, "hacemos a Dios mentiroso"(1 Jn 1,10). ¿Por qué esto? porque Dios nos obliga a todos a decir: "Perdónanos nuestras deudas". Dios no nos obligaría a esta petición si no tuviésemos deudas (débita). Todos somos pecadores, y esto es tan cierto, que el Concilio de Trento ha condenado a aquellos que dicen que se pueden evitar todos los pecados, aun los veniales, sin especial privilegio de Dios, como el que fue concedido a la Santísima Virgen María ( Sess.VI, can.22). Esa es precisamente nuestra desgracia. Mas no debe desalentarnos, puesto que Dios la conoce, y, por lo mismo, tiene piedad de nosotros, "cual padre que se compadece de sus hijos" (Sal 102,13). Pues sabe no sólo que fuimos sacados de la nada, sino hechos de barro(ib.14). "Porque Él conoce de qué materia estamos hechos". Conoce este amasijo de carne y sangre, músculos y nervios, miserias y debilidades que constituyen el ser humano y hacen posible el pecado y el retorno a Dios, no una vez, sino setenta veces siete, como dice Nuestro Señor, es decir, un número indefinido de veces (Mt 18,22)

* Beato Columba Marmión

21 de febrero de 2010

BENEDICTO XVI DURANTE EL REZO DEL ÁNGELUS: UTILIZAR LAS ARMAS DE LA FE

"La Cuaresma es como un largo "retiro" durante el que debemos volver a entrar en nosotros mismos y escuchar la voz de Dios para vencer las tentaciones del Maligno y encontrar la verdad de nuestro ser. Podríamos decir que es un tiempo de "competición" espiritual que hay que vivir con Jesús, sin orgullo ni autosuficencia, más bien utilizando las armas de la fe, es decir, la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la penitencia. De este modo podremos celebrar verdaderamente la Pascua, dispuestos a renovar las promesas de nuestro Bautismo. Que nos ayude la Virgen María para que, guiados por el Espíritu Santo, vivamos con alegría y con fecundidad este tiempo de gracia. Que interceda en particular por mí y por mis colaboradores de la Curia Romana, que en esta noche comenzaremos los ejercicios espirituales".

FIESTA DE LOS BEATOS FRANCISCO Y JACINTA MARTO, PROTECTORES DE LOS AMIGOS DE JESÚS

Los Beatos Francisco y Jacinta con su prima, la Hermana Lucía de Jesús
Ayer, sábado día 20, celebramos en el Priorato de las Misioneras de la Fraternidad de Barro (Pontevedra) la fiesta litúrgica de los pastorcitos de Fátima: los Beatos Francisco y Jacinta Marto, Protectores de los grupos infantiles Amigos de Jesús, de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina. A continuación ofrecemos el reportaje fotográfico de la jornada.

Paneles elaborados por los Amigos de Jesús sobre la vida de los Beatos Francisco y Jacinta


Los Amigos de Jesús disputando la Copa "Pastorinhos"


Entrega de premios en el patio del Priorato con piñata final incluida







Los niños observan los paneles sobre la vida de los Beatos Francisco y Jacinta


Santi, interpretando el Ave de Fátima durante el Santo Rosario. Al violín, Nuria; ambos pertenecen a los Amigos de Jesús



Bendición con el Santísimo Sacramento al finalizar la Adoración Eucarística


Santa Misa celebrada por el Reverendo Don Óscar Torres


"Señor mío y Dios mío"


La "Schola San José" contribuyó a solemnizar la celebración de la Santa Misa


18 de febrero de 2010

MONSEÑOR DEMETRIO FERNÁNDEZ, NUEVO OBISPO DE CÓRDOBA

El Santo Padre Benedicto XVI ha nombrado a Monseñor Demetrio Fernández, hasta ahora Obispo de Tarazona, nuevo Obispo de Córdoba.

Nació en Puente del Arzobispo (Toledo) el 15 de febrero de 1950, en el seno de una familia profundamente católica. Sus padres, Demetrio (+1991) y Trinidad (+2008). Es el más pequeño de cuatro hermanos, uno de ellos difunto en la infancia. Viven su hermana Maria Teresa, religiosa Misionera Cruzada de la Iglesia y su hermano Teodoro, casado, con dos hijos y cuatro nietos.

Sintió la llamada de Dios al sacerdocio a los 7 años, y vivió como monaguillo en su parroquia. El cura de su pueblo le preparó esmeradamente para el ingreso en el Seminario de Talavera de la Reina (1961-1965) hasta su clausura, pasando al Seminario Menor de Toledo en 5° de Latín y Humanidades. Cursó los Estudios Filosóficos (1966-1969) en el Seminario Mayor de Toledo y los Estudios Teológicos (1970-1974) en el Seminario Mayor de Palencia. Es Maestro de Enseñanza Primaria (1969).

Fue ordenado diácono (5-V-1974) y presbítero (22-XII-1974) en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo, quedando incardinado en la archidiócesis primada de Toledo.

Su primer oficio pastoral fue el de coadjutor de la Parroquia “El Buen Pastor”; de la ciudad de Toledo (1974-1977) y capellán del Colegio Vedruna (1976). Cursó estudios en Roma (1977-1980), como alumno del Colegio Español, obteniendo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana , en la que también comenzó estudios de Derecho Canónico, que más tarde continuó en la Pontifica Universidad de Salamanca.

A su vuelta a Toledo (1980) es nombrado profesor de Teología en la asignatura de Cristología y Soteriología, que ha impartido durante 26 años en el Seminario de Toledo.

Fue coadjutor en las parroquias de los Santos Justo y Pastor y en la de San Ildefonso. En 1983 fue nombrado Consiliario diocesano del Movimiento de Adultos de Acción Católica. Y ese mismo año, al ponerse en marcha el Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos, fue nombrado miembro del equipo de formadores, en calidad de vicerretor (1983-1986), y posteriormente rector del mismo Seminario (1986-1992).

En 1992 fue nombrado Provicario general, colaborando en el gobierno de la diócesis con el cardenal don Marcelo. En 1996 fue nombrado párroco de Santo Tomé de Toledo hasta su nombramiento como obispo en 2004.

El 9 de Enero de 2005 fue consagrado Obispo y tomó posesión de la sede turiasonense en el Monasterio de Veruela. Fueron ministros principales de su ordenación episcopal el Nuncio de Su Santidad en España, Monseñor Manuel Monteiro, el arzobispo de Madrid y presidente de la CEE, cardenal Rouco Varela y el arzobispo metropolitano de Zaragoza, Mons. Elías Yanes.

Alumno del Centro de Estudios Eclesiásticos, anejo a la Iglesia Nacional Española de Monstserrat en Roma desde 1993. En 2002 presentó su tesis doctoral en la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: Cristocentrismo de Juan Pablo II, bajo la dirección de Angelo Amato, sdb.

En Toledo ha sido miembro del Consejo Presbiteral, del Colegio de Consultores, del Consejo Diocesano de Pastoral, Delegado de Evangelización y Doctrina de la Fe, director del Secretariado de Doctrina de la Fe y del Secretariado de Relaciones Interconfesionales.

Actualmente, como obispo pertenece en el seno de la Conferencia Episcopal Española a la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y a la Comisión episcopal para la Vida Consagrada. Es obispo asesor del Orden de las Vírgenes en España.

Además de conocer las lenguas clásicas (latín y griego), habla francés e italiano y conoce el inglés.

*Fuente: página web de la diócesis de Tarazona

ESTACIÓN CUARESMAL EN LA BASÍLICA ROMANA DE SANTA SABINA EN EL AVENTINO





* El Santo Padre Benedicto XVI presidió ayer, Miércoles de Ceniza, la Procesión penitencial desde la iglesia de San Anselmo hasta la Basílica de Santa Sabina en el Aventino y a continuación la Santa Misa Estacional con la Bendición e imposición de la ceniza.
El Vicario de Cristo pronunció la siguiente homilía:


“Te compadeces de todos, amas a todos los seres, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Y los perdonas, porque tu eres nuestro Dios y Señor vida”.

¡Venerados hermanos en el episcopado!,

¡Queridos hermanos y hermanas!

Con esta conmovedora invocación, tomada del Libro de la Sabiduría (cfr 11,23-26), la liturgia introduce la celebración eucarística del Miércoles de Cenizas. Son palabras que, de algún modo, abren todo el itinerario cuaresmal, poniendo en su fundamento la omnipotencia de amor de Dios, su absoluto señorío sobre cada criatura, que se traduce en indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida. En efecto, perdonar a alguien equivale a decirle: no quiero que tú mueras, sino que vivas; quiero siempre y sólo tu bien.

Esta absoluta certeza ha sostenido a Jesús durante los cuarenta días transcurridos en el desierto de Judea, después del bautismo recibido de Juan en el Jordán. Aquel largo tiempo de silencio y de ayuno fue para Él un abandonarse completamente al Padre y a su designio de amor; fue ese mismo un “bautismo”, es decir, una “inmersión” en su voluntad, y en este sentido, una anticipación de la Pasión y de la Cruz. Avanzar en el desierto y quedarse por mucho tiempo solo, significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, del tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia la muerte entró en el mundo (cfr Sab 2,24); significaba afrontar la batalla con él abiertamente, desafiarlo sin más armas que la confianza sin límites en el amor omnipotente del Padre. Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad (cfr Jn 4,34): esta convicción habitaba la mente y el corazón de Jesús durante su “cuaresma”. No fue un acto de orgullo, ni una empresa titánica, sino una elección de humildad, coherente con la Encarnación y el bautismo en el Jordán, en la misma línea de obediencia al amor misericordioso del Padre, que “amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).

Todo esto lo hizo el Señor Jesús por nosotros. Lo hizo para salvarnos, y al mismo tiempo para mostrarnos el camino para seguirlo. La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para que tenga un efecto en mi existencia necesita mi consenso, una acogida demostrada en los hechos, es decir, en la voluntad de vivir como Jesús, de caminar detrás de Él. Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es, por lo tanto, una condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión de Dios; ahora, para regresar a esta comunión, y así, a la vida eterna, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él –como siempre- nos ha precedido y ya ha vencido el combate contra el espíritu del mal. He aquí el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo en el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

En esta perspectiva se comprende también el signo penitencial de las cenizas, que son impuestas sobre la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad que significa: me reconozco por lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero también hecha a imagen de Dios y destinada a Él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su aliento vital, capaz de reconocer su voz y responderle; libre y, por ello, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. He aquí el pecado, enfermedad mortal que entró bien pronto para contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre ha perdido la propia inocencia y ahora puede regresar a ser justo solo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que –como escribe san Pablo –se manifestó por la fe en Jesucristo” (Rm 3,22). De estas palabras del Apóstol he tomado la idea para mi mensaje, dirigido a todos los fieles en ocasión de esta Cuaresma: una reflexión sobre el tema de la justicia a la luz de las Sagradas Escrituras y de su cumplimiento en Cristo.

También en las lecturas bíblicas del Miércoles de Cenizas está bien presente el tema de la justicia. Ante todo, la página del profeta Joel y el Salmo responsorial –el Miserere- forman un díptico penitencial, que pone de relieve cómo en el origen de toda injusticia material y social está aquella que la Biblia llama “iniquidad”, o sea, el pecado, que consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, o lo que es lo mismo, una falta de amor. “Sí- confiesa el Salmista- reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, lo que es malo a tus ojos cometí” (Sal 50/51,5-6). El primer acto de justicia es, entonces, reconocer la propia iniquidad, y reconocer que esta está radicada en el “corazón”, en el centro mismo de la persona humana. Los “ayunos”, los “llantos”, los “lamentos” (cfr Jl 2,12) y cada expresión penitencial tiene un valor a los ojos de Dios solamente si son signo de corazones sinceramente arrepentidos. También el Evangelio, tomado del “discurso de la montaña”, insiste sobre la exigencia de practicar la propia “justicia” – limosna, oración, ayuno- no frente a los hombres, sino a los ojos de Dios que “ve en el secreto” (cfr Mt 6,1-6.16-18). La verdadera “recompensa” no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que de ella deriva, una gracia que dona paz y fuerza para hacer el bien, para amar incluso a quien no lo merece, para perdonar a quien nos ha ofendido.

La segunda lectura, el llamado de Pablo a dejarse reconciliar con Dios (cfr 2 Cor 5,20), contiene una de las célebres paradojas paulinas, que conduce a toda la reflexión sobre la justicia al misterio de Cristo: “Aquel que no había conocido el pecado- o sea, su Hijo hecho hombre- Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por Él” (2 Cor 5,21). En el corazón de Cristo, es decir, en el centro de su Persona divino-humana, se ha jugado en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios ha llevado a las máximas consecuencias el propio designio de salvación permaneciendo fiel a su amor incluso al precio de entregar al Hijo único a la muerte, y a la muerte en la Cruz. Como he escrito en el Mensaje cuaresmal, “aquí se abre la justicia divina, profundamente distinta a la humana … Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es aquella del amor” Rm 13,8-10)”.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma amplía nuestro horizonte, nos orienta hacia la vida eterna. En esta tierra peregrinamos, aquí no poseemos una tierra estable, sino que vamos en busca de aquella tierra futura, dice la Carta a los Hebreos. La Cuaresma nos hace comprender la relatividad de los bienes de esta tierra y nos hace capaces de afrontar las renuncias necesarias, libres para hacer el bien. Abramos la tierra a la luz del cielo, por la presencia de Dios entre nosotros. Amén.

* Fuente: Radio Vaticano

14 de febrero de 2010

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA

*Ofrecemos la homilía pronunciada por el P. Manuel María en la Santa Misa- Uso Extraordinario-, celebrada en la Iglesia del Salvador en Toledo, en este domingo de quincuagésima:
Estamos a las puertas del inicio del tiempo de Cuaresma que culminará con la celebración de los misterios centrales de la vida cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
A lo largo de ese tiempo que comenzará, Dios mediante, el próximo miércoles con el rito de la imposición de la ceniza, se nos ofrecerá una nueva oportunidad para profundizar en esos misterios de la vida del Señor, identificarnos más íntimamente con Él y adelantar en la perfección de nuestra vida cristiana.
Estamos, por lo tanto, como a las puertas de una nueva oportunidad que se nos concede, y en la que nos volveremos a enfrentar con la sucesión de los hechos tan tremendos protagonizados y sufridos por Nuestro Señor durante los últimos días de su vida, y de los que misteriosamente ninguno de nosotros estamos al margen. Así lo afirmamos y repetimos cada vez que recitamos el Credo de nuestra fe: “por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras”.
Qué importante es esta aseveración tan sencilla del Credo y que tan fácilmente puede pasar desapercibida: “por nuestra causa”. O más textualmente, conforme a la redacción latina: “Crucifixus étiam pro nobis” – “Fue crucificado por nosotros”.
Este “por nosotros” nos está indicando que ninguno de los seres humanos, ninguno de nosotros, está al margen de los acontecimientos de la vida de Jesús, al margen de su Persona y de su destino.
Esta misma afirmación del Credo, queramos o no, sitúa a todos los seres humanos de todos los tiempos como implicados en el misterio de la Cruz del Nazareno.
¿Cómo afrontar este tiempo nuevo que se abre para nosotros? Deberíamos hacerlo con fe, con visión sobrenatural, siendo conscientes de que también a nosotros, como un día a sus Doce Apóstoles, el Señor nos dice hoy. “Ya veis que subimos a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo escrito por los Profetas del Hijo del hombre; porque será entregado a los gentiles, y escarnecido, y azotado y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán y al tercer día resucitará”.
Los Apóstoles, según nos dice san Lucas en el evangelio, “no entendían lo que Jesús les decía”.
Tampoco nosotros entenderemos nada de los misterios de la vida de Cristo, si pensamos que nada tienen que ver con nosotros. Si no llegamos a comprender su significado y su alcance. Si ignoramos por qué y para qué se encarnó el Hijo de Dios, el por qué y para qué de sus terribles sufrimientos, de su Pasión y de su Muerte en la Cruz.
¿Seremos de aquellos para quienes las cosas de la fe son tan sólo una costumbre heredada de los mayores y que nosotros seguimos por mera inercia y tradición? ¿Pensamos que esos hechos históricos quizás tienen mucho de leyenda, algo de veracidad, pero muy poco que ver con nosotros y con los graves problemas que hemos de enfrentar cada día?
Para no pocos, la Semana Santa se ha convertido a penas en unos días de vacaciones de primavera, en un desfile de piezas de museo más o menos artísticas por las calles de nuestras ciudades. Quizás tan sólo en un recuerdo más o menos sentimental de aquello en lo que creían nuestros abuelos.
Todos estos condicionamientos no sitúan a cada uno de nosotros en un contexto similar al del ciego de Jericó cuya figura nos acerca el evangelio de este día.
Es curioso constatar como el ciego de Jericó no veía con sus ojos, sin embargo su alma estaba iluminada con una luz misteriosa que le impulsó desde lo profundo de su ser a estallar en gritos cuando Jesús pasó cerca de él. Una luz misteriosa que le hizo ver algo que quizás aquellos que sí tenían vista e iban al lado de Jesús, sin embargo no lograban ver ni descubrir.
El ciego gritó con todas sus fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”. La fuerza de su grito procedía de la luz y de la claridad que no tenían sus ojos corporales, pero que sin embargo brillaba en su corazón e iluminaba su alma.
Si el ciego de Jericó no tuviese esa luz interior no podría haber gritado como gritó. Si el ciego no hubiese visto con la luz de su corazón, jamás podría haber reconocido a Jesús como Hijo de David y decirle con todas las fuerzas de su alma: “ten piedad de mí”.
Esa luz maravillosa que iluminaba interiormente al pobre ciego no era otra que la luz de la fe. Esa misma luz acabó por hacer el milagro de iluminar también sus ojos corporales. Así se lo dijo Jesús: “Hágase, tu fe te ha salvado”.
Queridos amigos: Podemos creer ver y sin embargo estar ciegos. Podemos, por el contrario, no ver las realidades de la fe con los ojos del cuerpo, y sin embargo gozar de la claridad de la luz de la fe que nos hace descubrir la presencia de Dios a nuestro lado, muy cerca de nosotros, incluso dentro de nosotros.
¡Cuántos creen ver y sin embargo son ciegos! ¡Cuántos ridiculizan a los hombres y mujeres de fe porque hablan de realidades que no se ven, pero ignoran que hay otra luz para ver a Dios y las cosas de Dios! Esa luz no es otra que la luz de la fe.
Durante el tiempo de Cuaresma que se acerca se nos brindará la oportunidad de acercarnos una vez más a Jesús, a su Persona y a la virtud de sus misterios que la Iglesia celebra y ofrece a los creyentes. Sólo desde la fe podremos descubrirle y reconocerle. Tan sólo con la fuerza que esa luz misteriosa nos proporciona podemos gritarle que tenga piedad de nosotros y que venga a nuestro lado par aumentarnos la luz de la fe.
¡Qué ejemplo de valentía, decisión y clarividencia nos da el ciego de Jericó! “Los que iban delante le reprendían para que callase. Pero él gritaba mucho más alto: Hijo de David, ten piedad de mí”.
Y es que cuanto más el ambiente quiera sofocar nuestra fe más debemos gritar nosotros. Cuanto más se levanten en nuestro corazón las dudas, indecisiones o cobardías, más alto debemos gritar. “Jesús, ten piedad de mí”.
Si el ciego se hubiese dejado intimidar y vencer por quienes le mandaban que se callase, se hubiese quedado ciego para siempre, el milagro no se hubiese producido.
Por eso, también nosotros debemos dejar que la luz de la fe que brilla en nuestro corazón salga al exterior de nuestra vida. Por eso mismo, hemos de gritar cada vez con más fuerza, aún cuando todas las voces exteriores e interiores nos manden callar. El grito del creyente es la oración abierta y confiada. Pero, el grito del creyente es también el testimonio público dado ante los demás, sin miedos, sin cobardías, sin falsos respetos humanos.
Magníficas disposiciones serán estas para afrontar con ilusión y con decisión la Cuaresma que ya se inicia. Iluminados con la luz de la fe contemplaremos los misterios de la Pasión del Señor, no como algo ajeno a nosotros, sino como una nueva y permanente interpelación y provocación que se nos hace a cada uno en particular para que tomemos postura ante Él.
Sólo con la luz de la fe podremos comprender un poco más y mejor que todo cuanto vamos a intentar profundizar y contemplar tiene su explicación última en el misterio del amor con el que Dios nos ama a cada uno, y pretende que nos dejemos amar por Él y nos transformemos en instrumentos de su amor para lo demás, amándolos como Él nos ama:
“La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”
Esto es lo que vemos y descubrimos cumplido en Jesús nuestro Redentor y en María nuestra Madre. A esto mismo estamos invitados todos nosotros, para que así como Él nos amó y nos ama, también nos amemos los unos a lo otros y permanezcamos en su amor.

13 de febrero de 2010

¡SANTO PADRE, DEFIENDA LA FE DE LOS SENCILLOS DEL ESCÁNDALO TERRIBLE QUE SE ABATE SOBRE ELLOS!

Es tan fuerte y de tanta gravedad lo que podemos ver a través de las imágenes que nos ofrece este vídeo, que tan sólo cabe la mayor de las repulsas por parte de los creyentes, seguida de un acto de desagravio y reparación a Jesús Sacramentado. Una vez realizado esto, no cabría otra cosa más que la elevación de un clamor y de una exigencia nacida de la fe: ¡BASTA YA! ¡NO OFENDAN MÁS A DIOS QUE YA ESTÁ MUY OFENDIDO!

No se pueden seguir consintiendo este tipo de atropellos sacrílegos contra Nuestro Señor Jesucristo. Aquí algo tendría que cambiar y debería cambiar de inmediato. ¿Cómo podrán pastorear y defender el rebaño de Cristo quienes ni siquiera son capaces de defender al mismo Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¿Cómo se puede compaginar con el espíritu católico y con las exigencias de nuestra fe este estado de apatía y de falta de reacción ante la realidad dramática que viene sucediendo durante tantos años con el trato que se le dispensa al Señor Sacramentado? ¿Quién ha anestesiado de semejante manera al pueblo católico?

Tristemente lo que podemos ver en estas imágenes no es un hecho aislado, sino una muestra más del "humo de Satanás que ha entrado en el templo de Dios", tal y como fue denunciado por el Papa Pablo VI, y que está envenenando las almas.

Como católicos nos asiste el derecho y la obligación a exigir de la autoridad competente de la Iglesia que de inmediato se ponga freno a esta carrera de atentados sacrílegos contra lo más sagrado que tenemos, la Divina Eucaristía. Nos asiste el derecho y la obligación de manifestar el escándalo que sufrimos en nuestro corazón ante la dejación tan lamentable de los Pastores de la Iglesia en materia tan grave. El escándalo de ver como no se actúa con las medidas oportunas y eficaces para cortar de raíz lo que es un crimen abominable contra la santidad de la Eucaristía y contra la fe de los verdaderos creyentes.

No parecen suficientes, por parte de las autoridades de la Santa Sede, las declaraciones que afirman que la práctica de la comunión en la mano se ha introducido como un abuso contra la ley general de la Iglesia. LLegados al estado tan lamentable en el que nos encontramos, sólo cabría esperar de la Sede Apostólica una actuación contundente en materia tan grave. ¿Por qué dejar en manos de las conferencias episcopales un tema de semejante transcendencia cuando la Sede Apostólica se reserva otros de menor calado e importancia? ¿Cuántas intervenciones episcopales se han dado en los últimos veinte años respecto a este tema, al tiempo que venimos asistiendo a un deterioro cada vez más grave del trato que se da a Jesús Sacramentado? ¿Existe un tema de mayor urgencia e importancia pastoral que este de la adoración debida al Señor Sacramentado, fruto de la fe auténtica en la presencia verdadera , real y sustancial del Señor en el Sacramento?

¿Hasta qué punto todos estos atropellos escandalosos no son el fruto del reduccionismo progresivo y alarmante de la Santa Misa a un mero banquete de hermandad? ¿A qué responde todo esto sino a una verdadera protestantización de la fe y del culto católico?

Como creyentes tenemos derecho y razón a sentirnos dolidos, apenados, escandalizados y decepcionados. Más que nunca podemos comprender las palabras proféticas del Cardenal Ratzinger, hoy felizmente reinante como Papa Benedicto XVI: "la crisis eclesial en la que nos encontramos hoy depende en gran parte del hundimiento de la liturgia".

Lo que ya nos resulta aterrador es que a este hundimiento puedan estar contribuyendo no pocos exponentes de la jerarquía de la Iglesia, aunque no más sea con su silencio y su pecado de omisión.

Somos conscientes de la terrible crisis de autoridad que se vive en el seno de la Iglesia. Somos conscientes de las tremendas dificultades y resistencias que encuentra el Vicario de Cristo. Sin embargo, no nos cabe otro recurso más que apelar a la autoridad Apostólica de Su Santidad. ¡Santo Padre, continúe defendiendo con vigor la santidad de la Divina Eucaristía! ¡Beatísimo Padre, defienda la fe de los sencillos del escándalo terrible que se abate sobre ellos al ver al Señor tan ultrajado y profanado! ¡Tú eres Pedro!

P. Manuel María de Jesús

CRISTO REVELÓ EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

Procesión de antorchas en la Plaza de San Pedro del Vaticano con motivo de la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes

El Santo Padre sigue la procesión desde la ventana del Palacio Apostólico
Fuegos artificiales en la clausura de la Jornada Mundial del Enfermo

"Queridos amigos, como he escrito en la Encíclica Spe salvi, "la medida de la humanidad se determina esencialmente en la relación con el sufrimiento y con el sufriente. Esto vale tanto para el individuo como para la sociedad” (n. 30). Instituyendo un Dicasterio dedicado a la pastoral sanitaria, la Santa Sede ha querido ofrecer su propia contribución también para promover un mundo capaz de acoger y de cuidar a los enfermos como personas. Ha querido, de hecho, ayudarles a vivir la experiencia de la enfermedad de modo humano, sin renegar de ella, sino ofreciéndole un sentido. Quisiera concluir estas reflexiones con un pensamiento del Venerable Papa Juan Pablo II, que él testimonió con su propia vida. En la carta apostólica Salvifici doloris escribió: "Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer el bien con el sufrimiento y a hacer el bien a quien sufre. En este doble aspecto él reveló profundamente el sentido del sufrimiento”. Que la Virgen María nos ayude a vivir plenamente esta misión. ¡Amen!"
* Benedicto XVI

EL MAGNIFICAT NO ES EL CÁNTICO DE AQUELLOS A QUIENES SONRÍE LA FORTUNA

*El Santo Padre presidió la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, con motivo de la festividad de Nuestra Señora de Lourdes. En ese día celebra la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo, y en esta ocasión también el XXV Aniversario de la fundación del Pontificio Consejo para la Pastoral con los Agentes Sanitarios.
Con motivo de dicha efemérides se llevó hasta Roma la urna que contiene algunas reliquias de Santa Bernardita, a quien la Virgen se apareció en Lourdes. No se trata de la urna con los restos mortales de la Santa, puesto que su cuerpo se conserva incorrupto en el convento de Nevers.
Dijo el Santo Padre en la homilía:
"En la memoria de las apariciones de Lourdes, lugar elegido por María para manifestar su solicitud maternal por los enfermos, la liturgia hace resonar oportunamente el Magnificat, el cántico de la Virgen que exalta las maravillas de Dios en la historia de la salvación: los humildes y los indigentes, como todos aquellos que temen a Dios, experimentan su misericordia, que invierte las suertes terrenas y demuestra así la santidad del Creador y Redentor. El Magnificat no es el cántico de aquellos a quienes sonríe la fortuna, que tienen siempre “el viento en popa”; es más bien la acción de gracias de quien conoce los dramas de la vida, pero confía en la obra redentora de Dios. Es un canto que expresa la fe probada de generaciones de hombres y mujeres que han puesto en Dios su esperanza y se han comprometido en primera persona, como María, en ser de ayuda a los hermanos en necesidad. En el Magnificat oímos la voz de tantos santos y santas de la caridad, pienso en particular en los que consumieron su vida entre los enfermos y los que sufren, como Camilo de Lellis y Juan de Dios, Damián de Veuster y Benito Menni. Quien permanece mucho tiempo cerca de las personas que sufren, conoce la angustia y las lágrimas, pero también el milagro de la alegría, fruto del amor".


"La maternidad de la Iglesia es reflejo del amor solícito de Dios, de la que habla el profeta Isaías: "Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré, y por Jerusalén seréis consolados" (Is 66,13). Una maternidad que habla sin palabras, que suscita en los corazones el consuelo, una alegría íntima, una alegría que paradójicamente convive con el dolor, con el sufrimiento. La Iglesia, como María, guarda dentro de sí los dramas del hombre y el consuelo de Dios, los tiene juntos, a lo largo de su peregrinación en la historia. A través de los siglos, la Iglesia muestra los signos del amor de Dios, que sigue realizando cosas grandes en las personas humildes y sencillas. El sufrimiento aceptado y ofrecido, el compartir sincero y gratuito, ¿no son quizás milagros del amor? El valor de afrontar los males desarmados - como Judit – con la sola fuerza de la fe y de la esperanza en el Señor, ¿no es un milagro que la gracia de Dios suscita continuamente en tantas personas que gastan tiempo y energías en ayudar a quien sufre? Por todo esto vivimos una alegría que no olvida el sufrimiento, al contrario, lo incluye. De esta forma los enfermos y todos los sufrientes son en la Iglesia no sólo destinatarios de atención y cuidados, sino aún antes y sobre todo, protagonistas de la peregrinación de la fe y de la esperanza, testigos de los prodigios del amor, de la alegría pascual que florece de la Cruz y de la Resurrección de Cristo".

11 de febrero de 2010

LA INMACULADA CONCEPCIÓN, REMEDIO PARA LOS MALES DE ESTE MUNDO


La aparición de la bienaventurada Virgen María en Lourdes se produjo en plena mitad del siglo XIX, y cuatro años después de la promulgación por Pío IX del dogma de la Inmaculada Concepción. No es un hecho casual: Lourdes es la respuesta del cielo a los males que padecía esa época, y que por cierto nosotros sufrimos todavía, por no haber querido escuchar ese mensaje.
El 25 de marzo de 1858, la "Señora " que se aparecía a la pequeña Bernardita en la gruta próxima al río Gave, en Lourdes, le reveló finalmente a la joven su verdadero nombre: "Yo soy la Inmaculada Concepción ". Cuatro años antes, el 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX había promulgado la Constitución "Ineffabilis Deus", que declaró a la Inmaculada Concepción como un dogma de la fe católica. En 1858, en Lourdes, la Santísima Virgen María no venía a asegurar nuestra fe. La humilde Servidora del Señor no confirmó el acto solemne del magisterio. Por el contrario, Ella le prestó sumisión, del mismo modo que ante Lucía en Fátima, el 13 de octubre de 1917, Ella había dicho: "Yo soy Nuestra Señora del Rosario ", invocación que León XIII había incluido en las Letanías de Loreto el 24 de diciembre de 1884. En Lourdes María más bien vino a confirmar que el remedio a los males de nuestro tiempo es verdaderamente su Inmaculada Concepción. El 150° aniversario de la promulgación de esta verdad es una ocasión oportuna para intentar comprender en qué nos concierne. Don Félix Sardá y Salvany no dudó en escribir en 1892: "Todo el dogma revolucionario se reduce a tres negaciones fundamentales: negación del pecado original, negación de la divinidad de Cristo, negación de la autoridad de la Iglesia. De estas negaciones resulta la divinización de la razón humana, su independencia y su pretendida soberanía. Y bien, a estas tres negaciones responde plenamente el dogma de la Inmaculada Concepción".

Una respuesta a la Revolución
"En efecto, prosigue el mismo autor, el privilegio confirma la ley. Confesar que María ha sido preservada del pecado original por un privilegio singular de Dios, es reconocer el pecado original de cada uno de los demás descendientes del primer hombre. El misterio de la concepción de María es, por lo tanto, un desmentido dado a la primera negación revolucionaria. Aún más, María obtiene ese privilegio en virtud de los méritos futuros del Redentor y para ser la digna Madre del Hijo de Dios. (...) "Admitir el dogma de la Inmaculada Concepción, es, entonces, confesar la divinidad de Jesucristo. En fin, de la divinidad de Cristo nace la divinidad de la Iglesia y la autoridad de su jefe visible, autoridad que éste ha ejercido en su plenitud al definir la Inmaculada Concepción. Admitir este dogma significa, por consiguiente, admitir la autoridad de la Iglesia que nos manda confesarlo". "El Papa Pío IX había inaugurado su obra de reacción contrarrevolucionaria definiendo la concepción in- maculada de la Virgen María —destaca igualmente Don Besse—. No hay nada más teológico ni más sabio. Los contemporáneos vieron en ello una manifestación solemne de la piedad católica. "Había algo más todavía. La Revolución se había hecho en nombre de la bondad natural del hombre, con el propósito de afirmar los pretendidos derechos que de ésta se derivan. Se puede decir que la Revolución tuvo por dogma fundamental la concepción inmaculada del género humano. "A este error era necesario oponerle la verdad contraria. El Papa lo hizo, declarando que todos los hombres estaban heridos por una caída original, de la que la Virgen María estaba exenta en virtud de un privilegio incomunicable. Esto significaba poner a la razón humana en presencia de un hecho que los teóricos de la Revolución negaban o callaban”.

La aparición de una bella Señora
El 11 de febrero de 1858, Bernardita recoge leña seca a la orilla del Gave. Ha llegado delante de una gruta llamada Massabielle, cuando, en medio del silencio de la naturaleza, oye un ruido, semejante a un golpe de viento. Mira desde el lado de la ribera derecha del río, orlada de álamos, y alcanza a ver sobre el extremo del peñasco, en una especie de nicho, a una Señora que le hace señales para que se acerque. Su visión es de una belleza encantadora; la Señora está vestida de blanco, con una cinta azul, un velo blanco sobre la cabeza y una rosa amarilla sobre cada uno de sus pies. Ante esta visión, Bernardita se turba, cae instintivamente de rodillas, toma su Rosario, que comienza a rezar; y cuando la niña ha terminado su plegaria, la aparición se desvanece. Bernardita regresa a la gruta el domingo y el jueves siguientes, y cada vez se renueva el mismo fenómeno. El domingo, para asegurarse que ese Ser misterioso viene de parte del Señor, la joven le arroja tres veces agua bendita, y recibe una mirada llena de ternura. El jueves, la aparición le habla a Bernardita, solicitándole que regresase durante quince días. La joven responde fielmente al pedido, y todos los días, a excepción del 22 de febrero, contemplará el mismo espectáculo, en presencia de una multitud innumerable. El 25 de marzo, día de la Anunciación, Bernardita pregunta tres veces su nombre a ese Ser misterioso. Entonces la Aparición levanta sus manos, las junta a la altura del pecho, eleva sus ojos al cielo y exclama con aire sonriente: "Yo soy la Inmaculada Concepción".

Yo soy la Inmaculada Concepción
La simplicidad y modestia de esa niña, y después los frutos sobrenaturales que se multiplican alrededor de la gruta, son las pruebas de la autenticidad del prodigio. La aparición es apenas conocida, y ya la muchedumbre se precipita a la gruta; y mientras la muchacha es arrebata fuera de sí, los enmudecidos testigos se confunden en una misma aptitud de adoración y de oración. Las almas cristianas se fortalecen en la virtud; los hombres, enfriados por la indiferencia, son atraídos de nuevo a la fe; los pecadores obstinados se reconcilian con Dios, después de haber invocado la protección de Nuestra Señora de Lourdes. Los enfermos de todos los países piden el agua de Massabielle cuando no pueden trasladarse hasta la gruta. En consecuencia, Monseñor Laurence, Obispo de Tarbes, afirma el 18 de enero de 1862: "¡La Aparición que se ha llamado a sí misma la Inmaculada Concepción, la que Bernardita ha visto y oído, es la Santísima Virgen!". La simplicidad y la sobriedad de este acontecimiento no deben en modo alguno engañarnos sobre su importancia. Este acontecimiento recuerda aquel tercer capítulo del Éxodo, donde se relata que un pastor que hacía pastar su rebaño al pie de una montaña, vio una zarza ardiente que no se consumía; acercándose para contemplar ese fenómeno, recibió la orden de quitarse sus sandalias, pues ese lugar era tierra santa. Luego, Dios le encarga liberar a su pueblo de la tiranía de los egipcios. Moisés dijo a Dios: "¿Quién soy yo, para presentarme ante el Faraón y hacer salir de Egipto a los hijos de Israel?”.

Dios elige a los humildes
La elección de la Virgen es conforme a la de Dios, que elige siempre "lo que es vil y despreciado del mundo " (I Corintios, 1,28). El Papa Pío XI escribió el 8 de diciembre de 1933: "Así como Dios ha puesto sus ojos en la pequeñez de su esclava, así la Reina de los ángeles y de los hombres ha puesto sus ojos en la pequeñez de su sierva María Bernarda Soubirous, llamada en el mundo entero con el agraciado nombre de Bernardita". Bernardita no conocía ni una palabra del catecismo, apenas sabía recitar su Rosario. No había hecho aún su primera comunión y, no obstante, sería ella, débil e ignorante, la mensajera de María y la que defendería su causa contra adversarios astutos y a veces brutales. Confesad que es extraño que la Virgen eligiera a "semejante bribona ", como la llamó el jefe de policía Sin embargo, la simplicidad y el buen sentido de sus respuestas manifiestan una inspiración celestial que recuerda a Santa Juana de Arco. Un religioso busca persuadirla de que es el diablo quien se le aparecía: "¡El diablo no es tan bonito!" El Padre Peyramale le pregunta si la Señora es muda, pues no revela su nombre. "¡No, puesto que ella me ha dicho que vaya a verla!" Un viajante de comercio que presenta sus mercancías para conocer el modo de vestir de la Señora, recibe esta respuesta: "¡Oh! La Santa Virgen no irá a vestirse a su tienda". En fin, a aquellos que impugnan su relato y exigen pruebas: "Yo no he sido encargada de hacéroslo creer, yo solamente he sido encargada de decíroslo". Como lo dijeron Don Sarda y Don Besse, Lourdes es una respuesta a la Revolución, en tanto expresión del dogma de la Inmaculada Concepción. Pero Lourdes es además un lugar privilegiado de lo sobrenatural y los milagros. Y a este respecto, igualmente, Lourdes es una respuesta a los males de este tiempo, pues en 1858, nos veíamos ante a una nueva y formidable herejía: el naturalismo. Nuestra Señora de Lourdes vino a derribarla.

Remedio para el naturalismo
"¡Ahí Generación incrédula, tú no quieres creer más que a la razón y a la naturaleza: para ti, has dicho, el orden de la fe y de la Revelación no es necesario ", exclamaba el Cardenal Pie en su homilía del 3 de julio de 1876, pronunciada con motivo de la coronación de Nuestra Señora de Lourdes. A su entender, el Evangelio no está bastante acreditado, el ministerio ordinario de la Iglesia no se halla suficientemente autorizado. Prescindamos de lo sobrenatural, han dicho los hombres del siglo XIX. ¡Y bien!, he aquí que lo sobrenatural fluye, he aquí que desborda, he aquí que rezuma de la arena y de la roca, he aquí que surge de la fuente, he aquí que despliega en largos pliegues las olas vivientes de un río de oraciones, de cantos y de luces; he aquí que baja, que se precipita sobre multitudes que nadie puede contar... "Oh, hombres del libre pensamiento, vosotros no habéis querido creer ni a Moisés y los profetas, ni a Cristo y sus Apóstoles, ni a la Iglesia y sus juicios solemnes. ¡Y bien!, he aquí que, en esta garganta de la montaña, María aparecerá y hablará a una humilde niña campesina; la niña campesina contará lo que ha visto y oído. ¡Ah!, es así que el Médico celestial opone a cada uno de los vicios los remedios contrarios. Aquel que tiene en sus manos las fuentes de la gracia, y al que obedecen las leyes de la naturaleza, Dios, hará que vosotros creáis a Bernardita, y que por ella volváis a creer en Él". A la ciencia orgullosa que quiere medirlo todo según las dimensiones de la razón y que rechaza lo que no puede explicar, Nuestra Señora de Lourdes hace palpable lo sobrenatural, recuerda que para Dios nada es imposible: la fuente de la aparición pone en el camino a los extraviados, abre los oídos a los sordos, reanima a los paralíticos, cicatriza las más profundas heridas.
*Tomado de la Revista "Fideliter" nº 159

JUAN PABLO II: ORACIÓN DEL ENFERMO

Señor,
Tu conoces mi vida y sabes mi dolor,
Haz visto mis ojos llorar,
Mi rostro entristecerse,
Mi cuerpo lleno de dolencias
Y mi alma traspasada por la angustia.
Lo mismo que te pasó a ti
Cuando, camino de la cruz,
Todos te abandonaron
Hazme comprender tus sufrimientos
Y con ellos el Amor que Tu nos tienes.
Y que yo también aprenda
Que uniendo mis dolores a Tus Dolores
Tienen un valor redentor por mis hermanos.
Ayúdame a sufrir con Amor,
Hasta con alegría.
Si no es ¨posible que pase de mi este cáliz¨.
Te pido por todos los que sufren:
Por los enfermos como yo
Por los pobres, los abandonados,
los desvalidos,
los que no tienen cariño ni comprensión
y se sienten solos.
Señor:
Sé que también el dolor lo permites Tu
Para mayor bien de los que te amamos.
Haz que estas dolencias que me aquejan,
Me purifiquen, me hagan más humano,
Me transformen y me acerque mas a Ti.
Amén.
(Venerable Juan Pablo II)

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA XVIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Queridos hermanos y hermanas:
El próximo 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, se celebrará en la basílica vaticana la XVIII Jornada mundial del enfermo. La feliz coincidencia con el 25° aniversario de la institución del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios constituye un motivo más para agradecer a Dios el camino recorrido hasta ahora en el sector de la pastoral de la salud. Deseo de corazón que ese aniversario sea ocasión para un celo apostólico más generoso al servicio de los enfermos y de quienes cuidan de ellos.

Cada año, con la Jornada mundial del enfermo, la Iglesia quiere sensibilizar a toda la comunidad eclesial sobre la importancia del servicio pastoral en el vasto mundo de la salud, un servicio que es parte integrante de su misión, ya que se inscribe en el surco de la misma misión salvífica de Cristo. Él, Médico divino, "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo" (Hch 10, 38). En el misterio de su pasión, muerte y resurrección, el sufrimiento humano encuentra sentido y la plenitud de la luz. En la carta apostólica Salvifici doloris, el siervo de Dios Juan Pablo II tiene palabras iluminadoras al respecto: "El sufrimiento humano —escribió— ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unido al amor (...), a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su origen. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva" (n. 18).

El Señor Jesús en la última Cena, antes de volver al Padre, se inclinó para lavar los pies a los Apóstoles, anticipando el acto supremo de amor de la cruz. Con ese gesto invitó a sus discípulos a entrar en su misma lógica, la del amor que se da especialmente a los más pequeños y a los necesitados (cf. Jn 13, 12-17). Siguiendo su ejemplo, todo cristiano está llamado a revivir, en contextos distintos y siempre nuevos, la parábola del buen Samaritano, el cual, pasando al lado de un hombre al que los ladrones dejaron medio muerto al borde del camino, "al verlo tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva"" (Lc 10, 33-35).

Al final de la parábola, Jesús dice: "Ve y haz tú lo mismo" (Lc 10, 37). Con estas palabras se dirige también a nosotros. Nos exhorta a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de tantos hermanos y hermanas nuestros que encontramos por los caminos del mundo; nos ayuda a comprender que, con la gracia de Dios acogida y vivida en la vida de cada día, la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento puede llegar a ser escuela de esperanza. En verdad, como afirmé en la encíclica Spe salvi, "lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito" (n. 37).
Ya el concilio ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la constitución dogmática Lumen gentium leemos que como "Cristo fue enviado por el Padre "para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza con amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se preocupa de aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo" (n. 8).

Esta acción humanitaria y espiritual de la comunidad eclesial en favor de los enfermos y los que sufren a lo largo de los siglos se ha expresado en múltiples formas y estructuras sanitarias también de carácter institucional. Quisiera recordar aquí las gestionadas directamente por las diócesis y las que han nacido de la generosidad de varios institutos religiosos. Se trata de un valioso "patrimonio" que responde al hecho de que "el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado" (Deus caritas est, 20). La creación del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, hace veinticinco años, forma parte de esa solicitud eclesial por el mundo de la salud. Y debo añadir que, en el actual momento histórico-cultural, se siente todavía más la exigencia de una presencia eclesial atenta y generalizada al lado de los enfermos, así como de una presencia en la sociedad capaz de transmitir de manera eficaz los valores evangélicos para la defensa de la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta su fin natural.

Quisiera retomar aquí el Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren, que los padres conciliares dirigieron al mundo al final del concilio ecuménico Vaticano II: "Vosotros que sentís más el peso de la cruz —dijeron— (...), vosotros que lloráis (...), vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo: vosotros sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; vosotros sois los hermanos de Cristo sufriente y con él, si queréis, salváis al mundo" (Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. BAC, Madrid 1966, p. 845). Agradezco de corazón a las personas que cada día "realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren", haciendo que "el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias" (Juan Pablo II, constitución apostólica Pastor bonus, art. 152).

En este Año sacerdotal mi pensamiento se dirige en particular a vosotros, queridos sacerdotes, "ministros de los enfermos", signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral. Me dirijo por último a vosotros, queridos enfermos, y os pido que recéis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que puedan mantenerse fieles a su vocación y su ministerio sea rico en frutos espirituales, para el bien de toda la Iglesia.
Con estos sentimientos, imploro para los enfermos, así como para los que los asisten, la protección maternal de María, Salus infirmorum, y a todos imparto de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 22 de noviembre de 2009, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.

BENEDICTUS PP. XVI

DEL CIELO HA BAJADO LA MADRE DE DIOS...

Del cielo ha bajado la Madre de Dios;
cantemos el Ave a su Concepción.
AVE, AVE, AVE MARÍA.
AVE, AVE, AVE MARÍA.
De luz rodeada, de claro esplendor,
la Reina del cielo así apareció.
AVE...
Un traje vestía de blanco color,
y el talle ajustaba azul ceñidor.
AVE...
Sus pies virginales desnudos dejó,
y en ellos dos rosas de eterno fulgor.
AVE...
Yo soy la hermosura que a Dios cautivó,
yo soy toda pura en mi Concepción.
AVE...
Son siempre los niños imán de su amor;
a humilde pastora su gloria mostró.
AVE...
La Virgen María sonríe de amor
cuando oye a sus hijos tan grata canción.
AVE...

LA MISA DEL SANTO PADRE PÍO (IV)


Padre, ¿durante la Misa pronuncia las Siete Palabras que Jesús dijo en la Cruz?
Sí, indignamente, mas también las pronuncio.
¿Y a quién dice: “Mujer, he ahí a tu hijo”?
Le digo a Ella: “He aquí a los hijos de tu Hijo”.
¿Sufre la sed y el abandono de Jesús?
Sí.
¿En qué momento?
Después de la Consagración.
¿Hasta qué momento?
Suele ser hasta la Comunión.
Usted dice que tiene vergüenza de decir: “Busqué quien me consolase y no lo encontré. ¿Por qué?
Porque nuestros sufrimientos de verdaderos culpables no son nada en comparación con los de Jesús.
¿Delante de quién siente vergüenza?
Delante de Dios y de mi conciencia.
¿Los Ángeles del Señor lo reconfortan en el Altar donde usted se inmola?
Pues... no lo siento.
Si no le viene el consuelo hasta el alma durante el Santo Sacrificio, y usted sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve para nada.
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pis de Jesús agonizante?
¿Qué es la Sagrada Comunión?
Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pide a Jesús que se deje sentir sensiblemente.
¿Cuando Jesús viene, visita solamente el alma?
El ser entero.
¿Qué hace Jesús en la Comunión?
Se deleita en su criatura.

8 de febrero de 2010

¿SERÁ EL OBISPO DE BASILEA EL SUCESOR DEL CARDENAL KASPER?

Hace unos días el obispo de Basilea, Monseñor Kurt Koch, fue recibido en audiencia por Su Santidad el Papa Benedicto XVI. Algunos vaticanistas lo están considerando como posible sucesor del cardenal Walter Kasper, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los cristianos y Presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con los hebreos.
Ofrecemos algunos puntos de reflexión que Monseñor Kurt Koch ha presentado a sus sacerdotes en una reciente carta, y en la que pide a los que se autoerigen en "defensores del Concilio" -y verdaderos intérpretes del mismo- un poco más de honestidad.
Así dice el obispo de Basilea:

- El Concilio no ha abolido el latín en la liturgia. Al contrario, enfatiza que en el rito romano, salvo casos excepcionales, el uso de la lengua latina debe ser mantenido. ¿Quiénes entre los vociferantes defensores del concilio, “aceptan esto sin restricciones?

- El Concilio ha declarado que la Iglesia considera el canto gregoriano como “la música propia del rito romano” y que por ello debe tener “el puesto principal”. ¿En cuántas parroquias se aplica esto “sin restricciones”?

- El Concilio describe la naturaleza fundamental de la liturgia como celebración del misterio pascual y el Sacrificio eucarístico como “la culminación de la obra de nuestra salvación” ¿ cómo puede compaginarse todo esto con mi propia experiencia, tenida en muy diferentes parroquias, de que la comprensión sacrificial de la Misa ha sido completamente eliminada del lenguaje litúrgico y la Misa es ahora comprendida tan solo como una cena o “la fracción del pan”? ¿De qué modo se puede justificar este cambio profundo invocando el Concilio?
* Tomado de Messainlatino

SEÑOR, TÚ ERES EL DUEÑO DE LA VIÑA Y DE LOS SEMBRADOS

Oración por las vocaciones

Señor, Tú que eres el dueño de la mies, envía operarios a tu mies
Tú que eres el dueño de la viña y de los sembrados, envía jornaleros a tus campos
Tú que eres el sembrador de la semilla de la vocación, siémbrala en muchos corazones
Tú que eres quien da el crecimiento, haz germinar las semillas, que florezcan y den frutos abundantes
Señor, Tú que eres el dueño, el que siembra, el que da crecimiento y el que hace florecer y dar frutos,
¡Haznos dignos de recibir las vocaciones que necesitamos!
¡Líbranos de creernos los dueños de las mieses!
¡Líbranos de entorpecer tu siembra!
¡Líbranos de la arrogancia que pueda ahogar las semillas que Tú plantas!
¡Líbranos de pisotear tus sembrados!
¡Líbranos de que por nuestra causa se malogren los frutos que Tú esperas cosechar!
¡Líbranos de arrancar las plantas que son tuyas y no nos pertenecen!
¡Líbranos de ser malos jornaleros!
¡Líbranos de los malos capataces y de los administradores infieles!
¡Cuida la viña que tu diestra plantó y hazla vigorosa!
Señor de la viña y de los sembrados, envía a tu Iglesia los sacerdotes, religiosos, religiosas y almas consagradas que ella necesita para gloria de tu nombre y extensión de tu reino.
¡Danos vocaciones santas y haznos dignos de recibirlas!
P. Manuel María de Jesús

ACTUOSA PARTECIPATIO... LA PARTICIPACIÓN ACTIVA EN LA SAGRADA LITURGIA

* Tomado de Messainlatino:

Hoy, ante el Señor en el Sagrario, me pregunté y me pregunto:

- Si realmente “actuosa partecipatio” es la verbosidad de fórmulas cansinas.
- Si realmente “actuosa partecipatio” es aquella de quien, cuando en algunos prefacios se dice "por Cristo nuestro Señor," responde mecánicamente: "Amén".
- Si realmente “actuosa partecipatio” es recitar todos juntos – igual que en el jardín de infancia - la colecta o la epíclesis, confundiendo el sacerdocio ministerial con el común.
- Si realmente “actuosa partecipatio” es pasar del altar al teclado del armonio con el fin de animar la celebración -¿como en los centros turísticos de vacaciones?-
- Si realmente “actuosa partecipatio” es la de aquellos que durante la Liturgia de la Palabra, se ríen con el compañero… de banco.
- Si realmente “actuosa partecipatio” es aquella de quienes dan codazos al otro para recordarle que ha llegado la hora de llevar las ofrendas al altar.
- Si realmente “actuosa partecipatio” es la de quien imposta la voz con un golpe de tos antes de recitar las lecturas.
- Si realmente “actuosa partecipatio” es olvidar que el Señor está realmente presente sobre el altar y coleccionar cuantos más apretones de manos sean posibles -teniendo cuidado de no sentarse al lado de alguien que cae antipático-.
- Si realmente “actuosa partecipatio” es escuchar muchas palabras, siempre las mismas palabras, con el lenguaje habitual, con el ritmo habitual, con las guitarras de costumbre, la música de siempre... Se busca a Dios, y se encuentra al hombre. El hombre de siempre...
O si, tal vez - pero es mi modesta opinión - participa más "activamente" en la Santa Misa:
- La viejecita que reflexiona sobre los misterios dolorosos mientras se renueva el sacrificio de la Cruz.
- El niño cuya atención es reclamada por la campanilla durante la elevación y se siente intrigado por todas aquellas genuflexiones. -¿Por fuerza será algo importante? ¿Será algo más que un simple cuento?-
- Quien todavía recita interiormente su plegaria adorando, reparando, propiciando e impetrando.
- Quien no entiende aquello que se dice, pero sabe lo que sucede -¿y hoy en día se sabe aquello qué sucede sobre el altar?- Este es el verdadero conocimiento; la sintaxis y la gramática no salvan...
- Quien sabe que detrás de la barandilla del presbiterio no hay el” caos " del mundo, sino el "Cosmos" de Dios.
- Quién está allí atento, sin hacerse demasiadas preguntas, pero sin hacer tampoco aspavientos cuando se trata de arrodillarse...
- Así pues, me preguntaba si «actuosa partecipatio" significa algo más que un papel que desempeñar en el escenario... ¿Tal vez una unión, no necesariamente a través de los sentidos, con el Sacrificio de la Cruz?
-¿No es tal vez la participación del corazón aquella que realmente cuenta?
- ¿Y no es tal vez un ritual que llena al pueblo de gestualidad y verbosidad lo que haga perder gran parte de la intimidad que en la Misa se necesita?
- Entre otras cosas me pregunto, ¿cómo es que nuestros fieles están felicísimos de hacer cualquier tipo de gestos que los haga sentirse protagonistas - los brazos extendidos, manos temblorosas, el baile, etc. - y luego... se les olvida arrodillarse durante la consagración?
- Me preguntaba, en suma, si “actuosa partecipatio” será aquella de los soldados que gritaban y jugaban a los dados bajo la cruz, o la de María y Juan que estaban en silencio...
Yo prefiero a María y Juan, ¿O porque no hablaban, no participaban activamente en cuanto estaba sucediendo?

A LA VIRGEN SANTA CONFIAMOS TODAS LAS VOCACIONES

*Durante la oración del Ángelus de ayer domingo:
"El encuentro auténtico con Dios lleva a la persona a reconocer la propia pobreza e insuficiencia, el propio límite y el propio pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida de la persona y la llama a seguirle. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propios límites, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y continuar, con alegría, para “dejarlo todo” por Él. Él, de hecho, no mira lo que es importante para los hombres: “El hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón” (1 Sam 16,7), y hace a las personas pobres y débiles, pero con fe en Él, intrépidas apóstoles y predicadoras de la salvación.
En este Año Sacerdotal, roguemos al Señor de la mies, para que envíe operarios a su mies y para que los que sientan la invitación del Señor a seguirlo, después del necesario discernimiento, sepan responderle con generosidad, no confiando en sus propias fuerzas, sino abriéndose a la acción de su gracia. En particular, invito a todos los sacerdotes a reavivar su generosa disponibilidad para responder cada día a la llamada del Señor con la misma humildad y fe de Isaías, Pedro y Pablo.
A la Virgen Santa confiamos todas las vocaciones, particularmente las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. María suscite en cada uno el deseo de pronunciar el propio “sí” al Señor con alegría y dedicación plena."

6 de febrero de 2010

MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA DE 2010


Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: "dare cuique suum"

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra "justicia", que en el lenguaje común implica "dar a cada uno lo suyo" - "dare cuique suum", según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste "lo suyo" que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia "distributiva" no proporciona al ser humano todo "lo suyo" que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si "la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios" (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: "Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene "de fuera", para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ­advierte Jesús­ es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en "escuchar el clamor" de su pueblo y "ha bajado para librarle de la mano de los egipcios" (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un "éxodo" más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: "Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la "propiciación" tenga lugar en la "sangre" de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la "maldición" que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la "bendición" que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "mío", para darme gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de 2009