29 de enero de 2010
COMENZÁIS POR DESPEDAZAR LA CRUZ Y TERMINÁIS POR DESTRUIR EL MUNDO
LA MISA DEL SANTO PADRE PÍO (III)
Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
No seas malvado... (No quiero que me preguntes eso...)
Padre, dígame: ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.
Padre, ¿por qué llora en el altar, y qué significan las palabras que pronuncia en la Elevación? Pregunto por curiosidad, mas también porque quiero repetirlas con usted.
Los secretos del Rey Supremo no pueden revelarse ni profanarse. Me Preguntas por qué lloro, mas yo no querría derramar esas pobres lagrimas, sino torrentes de lágrimas. ¿No meditas en este grandioso misterio?
Padre, ¿usted sufre, durante la Misa, la amargura de la hiel?
Sí, muy frecuentemente...
Padre, ¿cómo puede estar de pié en el Altar?
Como estaba Jesús en la Cruz.
¿En el altar, está usted clavado en la Cruz, como Jesús en el Calvario?
¿Y aún me lo preguntas?
¿Cómo se encuentra usted?
Como Jesús en el Calvario.
Padre, ¿los verdugos acostaron la Cruz en el suelo para clavar los clavos en Jesús?
Evidentemente.
¿A usted también se los clavan?
¡Y de que manera!
¿También lo acuestan sobre la cruz?
Sí, mas no debemos tener miedo.
"ES NECESARIO, COMO HIZO SANTO TOMÁS, RECURRIR SIEMPRE A LAS RIQUEZAS DE LA TRADICIÓN
El pensamiento y el testimonio de santo Tomás de Aquino nos sugieren estudiar con gran atención los problemas emergentes para ofrecer respuestas adecuadas y creativas. Confiados en la posibilidad de la “razón humana”, en la fidelidad plena al inmutable depositum fidei, es necesario – como hizo el "Doctor Communis" – recurrir siempre a las riquezas de la Tradición, en la constante búsqueda de la “verdad de las cosas”. Por esto, es necesario que las Pontificias Academias sean hoy más que nunca Instituciones vitales y vivaces, capaces de percibir agudamente tanto las preguntas de la sociedad y de las culturas, como las necesidades y las expectativas de la Iglesia, para ofrecer una contribución adecuada y válida y promover así, con todas las energías y los medios a disposición, un auténtico humanismo cristiano.
NO UNIFORMIDAD, SINO UNIDAD EN LA MULTIPLICIDAD DE LOS CARISMAS QUE SON DONES DEL ESPÍRITU SANTO
28 de enero de 2010
MONUMENTAL CATEQUESIS DE BENEDICTO XVI SOBRE EL POBRECILLO DE ASÍS
* De la Audiencia General de ayer miércoles 27 de enero:
NACIÓ AL MUNDO UN SOL...
"Nació al mundo un sol". Con estas palabras, en la Divina Commedia el máximo poeta italiano Dante Alighieri alude al nacimiento de Francisco, que tuvo lugar a finales de 1181 o a principios de 1182, en Asís. Perteneciente a una rica familia – el padre era comerciante de telas –, Francisco transcurrió una adolescencia y una juventud despreocupadas, cultivando los ideales caballerescos de la época. A los veinte años tomó parte en una campaña militar, y fue hecho prisionero. Se puso enfermo y fue liberado. Tras su vuelta a Asís, comenzó en él un lento proceso de conversión espiritual, que le llevó a abandonar gradualmente el estilo de vida mundano que había llevado hasta entonces. A este periodo corresponden los célebres episodios del encuentro con el leproso, al que Francisco, bajando del caballo, dio el beso de la paz, y del mensaje del Crucificado en la pequeña iglesia de San Damián.
EJEMPLO Y RECOMENDACIÓN DEL POBRECILLO DE ASÍS A LOS SACERDOTES...En Francisco el amor por Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta: “Tema toda la humanidad, tiemble el universo entero y exulte el cielo, cuando sobre el altar, en la mano del sacerdote, está Cristo, el Hijo de Dios vivo. ¡Oh favor estupendo! Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humille tanto para esconderse para nuestra salvación, bajo una modesta forma de pan”
Que la Virgen, tiernamente amada por Francisco, nos obtenga este don. Nos confiamos a Ella con las palabras mismas del Pobrecillo de Asís: “Santa María Virgen, no hay ninguna como tu nacida en el mundo entre las mujeres, hija y sierva del altísimo Rey y Padre celestial, Madre del santísimo Señor nuestro Jesucristo, esposa del Espíritu Santo, reza por nosotros... ante tu santísimo Hijo querido, Señor y Maestro” (Francisco de Asís, Escritos, 163).
27 de enero de 2010
Calendario litúrgico del uso extraordinario
FEBRERO
COMIENZO DE LA CUARESMA
25 de enero de 2010
SAN ILDEFONSO DE TOLEDO, GLORIA DE LA IGLESIA EN ESPAÑA
San Ildefonso nace en el año 607 en Toledo, reinando Witerico. Procedía de estirpe germánica y era miembro de una de las distintas familias regias visigodas. Fue sobrino del obispo de Toledo San Eugenio III, quien comenzó a impartirle su educación. San Ildefonso alcanzó a tener una brillantísima formación lteraria.Siendo aún muy niño, ingresó en el monasterio Agaliense, en los arrabales de Toledo, contra la voluntad de sus padres diciéndose de él que «se deleitaba con la vida de los monjes», sintiendo desde niño inclinación al estado religioso.
LA DESCENSIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN:"La noche del 18 de diciembre del 665 San Ildefonso junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Ildefonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la Virgen María, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María al ir hizo una seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, ella fijó sus ojos sobre él y dijo: "Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería." Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor.
Esta aparición y la casulla fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el Acta Sanctorum como El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición. La importancia que adquiere este hecho milagroso sucedido en plena Hispania Ghotorum y transmitido ininterrumpidamente a lo largo de los siglos ha sido muy grande para Toledo y su catedral. Los árabes, durante la dominación musulmana, al convertirse la Basílica cristiana en Mezquita respetaron escrupulosamente este lugar y la piedra allí situada por tratarse de un espacio sagrado relacionado con la Virgen Maria a quien se venera en el Corán. Esta circunstancia permite afirmar que el milagro era conocido antes de la invasión musulmana y que no se trata de una de las muchas historias piadosas medievales que brotaron de la fantasía popular. En la catedral los peregrinos pueden aun venerar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso."
48 En Toledo la buena, essa villa real, que yaze sobre Tajo, essa agua cabdal, ovo un arzobispo, coronado leal, que fue de la Gloriosa amigo natural.

DESCRIPCIÓN DE LA CASULLA DE SAN ILDEFONSO HECHA POR EL PADRE SEBASTIÁN SARMIENTO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS AL PADRE FRANCISCO PORTOCARRERO DE LA MISMA COMPAÑÍA Y QUE SE CONSERVA EN EL ARCHIVO DE LA CATEDRAL DE TOLEDO:
Teniéndolos juntos un día Don Pedro de Quiñones dijo a los dichos Prelados que pues se hallaban cuatro, cosa que no sucedería quizás otra vez hasta el día del Juicio, que probasen con toda la reverencia posible, abrir ellos solos y el que tenía las llaves de la Cámara Santa, aquella Arca para saber el magnífico tesoro. Al fin los convenció a que si y, prevenidos con ayunos y oraciones, después de Consagrado el de Salamanca, con todo el secreto posible, se juntaron los obispos y Canónigos que tenía las llaves y después de haber abierto la primer arca que es grande, hallaron otra menor y otra y otras menores hasta que dieron con un cofrecito muy pequeño, como de un palmo muy largo el cual tenía un rótulo que decía: LA CASULLA QUE NUESTRA SEÑORA DIO A SAN ILDEFONSO. Mucho les espantó, por parecerles casi imposible que allí cupiese una casulla. Abrieron el cofrecillo con muy gran dificultad, tanto que casi estuvieron desahuciados de poderlo abrir y dentro hallaron un cendal de color de cielo en forma de un capuz portugués, tan grande que pudiera cubrir al hombre más alto que hay en España, sin textura ni costura como una tela de cebolla, tan delicado y sutil que con solo el aliento que respiraban se hinchaba como una vela cuando le da recio el viento. Y volviéndola a doblar como estaba, la recogieron en su cofrecito, juramentándose todos que no habían de decir nada a nadie, si no era habiendo salido veinte leguas de Oviedo, y así lo cumplieron.
El Abad de Santander en habiendo salido de las veinte leguas se volvió a dos Canónigos de Santander que le acompañaban y con espanto les dijo: ¿”Es posible que he podido guardar el secreto en el pecho, lo que he visto en Oviedo”? Y se lo contó; también se lo refirió a los de mi Colegio de Santander muy a la larga. Y el Obispo de Salamanca Don Pedro Junco de Posada contó después lo mismo al Padre Ferrer. Esto es acerca de lo que vuestra reverencia me pregunta."
ARZOBISPO PRIMADO: "QUIERA DARNOS JESUCRISTO IMITAR EL AMOR DE NUESTRO PATRONO A MARÍA"
*Reproducimos la homilía de Don Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo y Primado de España, con motivo de la Fiesta de San Ildefonso, Patrón de Toledo:
Permítanme expresarles la emoción que me embarga al celebrar en el amado Rito Hispano-Mozárabe la solemnidad de san Ildefonso, arzobispo de Toledo y modelo de amor a la Virgen Santa María y a sus fieles toledanos. Junto con san Isidoro, nuestro Santo gozó siempre de un prestigio que sólo tiene la santidad, y ambos suscitan en los fieles la adhesión que suscitaban los mártires en el pueblo cristiano de los primeros tiempos, por ejemplo santa Leocadia, la joven que dio testimonio de Jesucristo en Toledo siglos antes a que viviera nuestro Santo.
Miren lo que decía de san Ildefonso Berceo todavía entre los siglos XII y XIII, en el relato de los famosos Milagros de Nuestra Señora: En Toledo la buena, essa villa real,/ que yace sobre Tajo, essa agua cabdal,/ ovo un arzobispo, coronado leal,/ que fue de la Gloriosa amigo natural./ Diziénli Ildefonso, dizlo la escriptura,/ pastor que a su grey daba buena pastura,/ El sancto arzobispo, un leal coronado,/ por entrar a la missa estava aguisado;/ en su preciosa cátedra se sedie asentado,/ adusso la Gloriosa un present muy onrado. (…) Fizoli otra gracia qual nunqua fue oída: dioli una casulla sin aguia cosida; obra era angélica, non de omne texida.
Yo quiero pedir al Señor por intercesión de san Ildefonso que el Altísimo me conceda serviros con todo el corazón a los que sois fieles de esta Iglesia toledana y a cuantos hombres y mujeres de buena voluntad quieran aceptar mi oficio episcopal. Este es el servicio que la Iglesia de Toledo quiere dar y puede ofrecer a esta sociedad toledana y extremeña: el valor de la fe católica, el signo del Evangelio de Cristo que ayude a llevar una vida digna, favorecedora del bien común, de la igual dignidad del ser humano, del servicio a los pobres y a la belleza que nos permite una vida humana digna y atrayente, que respeta el orden del estado de derecho de democracia parlamentaria en la monarquía constitucional; lo cual no significa callarse ante desmesuras o excesos que puedan acontecer entre nosotros, siempre con respeto y consideración.
“La boca del justo produce sabiduría –nos ha recordado el libro de los Proverbios- (…) Los hombres rectos son guiados por su integridad”. Son consecuencias estas palabras de la lógica más elemental: el ser humano aspira, justamente, a la sabiduría y a la integridad, aunque las conductas torcidas parezcan decir lo contrario. “Los santos, por la fe, conquistaron reinos –reza la liturgia de este día-, obraron justamente, taparon la boca a los leones, apagaron el fuego impetuoso (…), se mostraron fuertes en el combate”. Lo que dice Heb 11 resaltan muy bien cuanto san Ildefonso significa en la historia del pueblo toledano.
Alabamos, pues, y bendecimos al Señor por el triunfo de san Ildefonso, al que nuestro Dios otorgó la corona de la inmortalidad por haber defendido su nombre y el de Santa María. ¡Qué hermosa tarea ésta de san Ildefonso de defender el nombre de Dios! Realizar semejante acción lleva consigo un servicio a la humanidad impagable, pues significa que el ser humano no se explica desde sí mismo, sino desde la acción defensora de la misericordia de Dios, que nos permite comenzar siempre de nuevo, a pesar de nuestras posibles malas acciones y pecados. En el santo nombre de Dios y en su presencia recitaremos los nombres de los santos apóstoles y mártires, confesores como san Ildefonso, y vírgenes.
Ante el Señor, dueño de todo, con súplicas ardientes acudimos a su omnipotencia, para que por los méritos de san Ildefonso nos limpie de todo pecado y podamos alegrarnos, como él se alegra, porque somos dignos de estar en la presencia de Jesucristo Salvador. Pedimos también que a todos los que aterroriza el miedo, aflige la carencia de alimentos, veja la tribulación, abruman las enfermedades, a todos los cargados de deuda y sometidos a cualquier tristeza nos libere la indulgente piedad de Dios y nos reconforte su misericordia cada día.
En la gran acción de gracias de esta solemnidad, llamada Ilatio en nuestro venerable rito, agradecemos al Señor la vida y la persona de su confesor, por la fe y el amor, san Ildefonso. Y pedimos no envanecernos en la prosperidad ni desanimarnos cuando lleguen las adversidades, ni nos hieran las saetas de los espíritus inmundos o las flechas de nuestros adversarios; bien, al contrario, que “sean aliviadas las angustias de tus siervos, oh Jesucristo, y las de todos los fieles”.
Son muchas las cosas a pedir para nuestra ciudad y para esta Archidiócesis de Toledo: el bien común, la paz y la concordia, la valentía para solucionar cuantos problemas tengamos, la audacia para atender a cuantos sufren. Queremos pedir al Señor, por medio de tan gran valedor como es san Ildefonso, que se nos conceda vivir una sana laicidad, una mutua cooperación, que no resuciten los viejos problemas; que tengamos amplitud de miras, ninguna aceptación de la violencia y el terrorismo, poca resignación ante situaciones injustas que traen tribulación y dolor a los más pobres, cuidado y defensa de la vida y de la tierra, y, como católicos, participar de los sentimientos de Cristo Jesús, en cuya compañía se construyan nuestras vidas de hijos de la Iglesia, madre nuestra que nos da a Jesucristo.
Podemos hacer estas peticiones al Señor con san Ildefonso poniendo como abogada a la Madre del Señor. Quiera darnos Jesucristo imitar el amor de nuestro Patrono a María, que muestra esta oración del Arzobispo toledano a Nuestra Señora, en el inicio de su mundialmente conocido liber de uirginitate perpetua sanctae Mariae: Domina mea, dominatrix mea… Recitamos esta oración en la traducción que hizo en el siglo XVI el célebre Arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez de Toledo:
Señora mía, de poderos e dulce señorío, madre de mi Señor e sierva de tu fijo, engendradora del fazedor del mundo, a ti ruego, a ti adoro, a ti demando de todo corazón el espíritu de tu Señor, el espíritu del tu fijo, el espíritu del tu Señor, el espíritu del tu fijo, el espíritu del mi redentor, porque yo pueda amar a ti e entender e fablar de todas las cosas verdaderas e dignas de la tu exçelençia”.
+ Braulio Rodríguez Plaza
ARZOBISPO DE TOLEDO
* Capilla de la Descensión en la Catedral de Toledo: la Santísima Virgen impone la casulla a San Ildefonso.
SOLEMNIDAD DE SAN ILDEFONSO PATRÓN DE TOLEDO
El sábado día 23 de enero, Solemnidad de San Ildefonso patrón de Toledo, el Arzobispo Primado presidió la Santa Misa que fue celebrada en Rito Hispano-Mozárabe. En la fotografía vemos a Monseñor Braulio Rodríguez oficiando ad orientem ante el majestuoso y bellísimo retablo del Altar Mayor de la Santa Iglesia Catedral Primada.24 de enero de 2010
TERCER DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA
*Ofrecemos la homilía pronunciada por el P. Manuel María en la Santa Misa del Tercer Domigo después de Epifanía celebrada hoy en la Iglesia del Salvador de Toledo (Uso Extraodinario):Lo primero que descubrimos en el relato es que estas dos personas estaban viviendo una particular situación de dolor y de sufrimiento.
Uno de ellos estaba enfermo, pues era un leproso. Esta terrible enfermedad iba acompañada, aparte del profundo dolor físico, de un sufrimiento espiritual y moral inmenso. En tiempos de Jesús los leprosos eran expulsados del seno de la comunidad, eran catalogados como “impuros”, vivían totalmente marginados y su desgraciada enfermedad era considerada como fruto y consecuencia del pecado. No sólo eran víctimas de una enfermedad inmunda, sino que además sufrían la gran humillación del desprecio y hasta cierto punto de la condena moral.
El otro hombre era un centurión romano; no profesaba la fe de los judíos, por lo tanto era un pagano. Su posición social no era mala, pues tenía criados a su servicio y ejercía el mando sobre una centuria de la legión romana teniendo 80 soldados a sus órdenes.
El sufrimiento de este centurión era un sufrimiento moral causado por la enfermedad que padecía uno de sus criados, que por el contexto podemos deducir que gozaba de un especial y particular aprecio de su señor.
Entre estas dos personas, cuya vida y situación era aparentemente tan distinta, existía sin embargo un misterioso nexo, un lazo existencial. Ambos eran víctimas del dolor y del sufrimiento. Pero, además, a ambos les movía la esperanza de llegar a superar ese trance. No se sentían totalmente derrotados, por lo que no aguardaban pasivamente como “tirados en la cuneta de la vida” el desenlace fatal.
Los dos manifiestan espíritu de lucha, de superación, de búsqueda. Es verdad que la oscuridad envolvía sus vidas en aquel momento. Sin embargo, por alguna rendija de su alma se colaba un misterioso hilo de claridad y decidieron salir en dirección a la luz.
¡Grande e insondable misterio es este! Mientras que Aquél que es la vida y la luz de los hombres lució en las tinieblas, estas no lo acogieron (Cf. Jn 1, 4-5). “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11). “Vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Jn 3, 19) El leproso y el centurión apostaron por la luz, buscaron la luz y poniéndose en camino salieron a su encuentro. Y se encontraron no sólo con la luz, sino con el mismo sol de justicia que no conoce el ocaso y que alumbra a todo hombre.
¿Podría haber algún punto de relación entre estos dos personajes del evangelio y cada uno de nosotros? ¿En qué sentido cabría la posibilidad de una mínima cercanía entre ellos y nosotros, a pesar de la enorme distancia del tiempo?
Querido amigo que me estás escuchando, te dices cristiano y lo eres en virtud del santo bautismo. Pero, sólo estarás siendo fiel a tu condición de cristiano si en todo momento estás dispuesto a acoger en tu corazón y en tu alma la luz. Si verdaderamente amas más la luz que las tinieblas. Si en definitiva, estás dispuesto a ser visitado y a recibir a Aquel que es el “Sol que nace de lo alto y que viene a iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte” (Cf. Lc. 1, 78-79), “Aquél que viene a enderezar nuestros pies y a guiar nuestros pasos por el camino del bien que conduce a la paz” (Cf. Lc. 1, 79)
Si queremos ser auténticamente coherentes con nuestra condición de cristianos, entonces a semejanza del leproso y del centurión hemos de ser buscadores, hemos de vivir en permanente actitud de búsqueda, sin ceder a la tentación del conformismo patológico en el que tantos cristianos se ven sumidos en la hora presente. Un conformismo que anestesia tantas almas, adormece tantos espíritus y deriva en una actitud de un absoluto y despreciable entreguismo a los enemigos de Dios, del hombre y de la civilización cristiana.
"Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre" (Mt 7, 7)
¿Acaso no vemos espléndidamente cumplidas estas palabras de Jesús, como premio y respuesta de Dios misericordioso a la fe del leproso y del centurión?
¿Quién de nosotros no experimenta el cansancio en la dura batalla de la superación personal, o no es asaltado en ocasiones por la tentación de la tristeza y acaso de la desesperación? ¿Quién no sufre en su propio cuerpo los rigores de la enfermedad o no experimenta en su corazón el dolor por la desgracia del amigo y de aquellos a quienes ama, o la espada que atraviesa el alma por la muerte de los seres queridos? ¿Quién está totalmente libre de cualquier forma de abatimiento o de cualquier sombra de amargura?
También nosotros, como el leproso y como el centurión, hemos de ponernos en camino, hemos de salir de nosotros mismos. No podemos resignarnos a “lamer nuestra propias heridas” sin más. Hemos de pedir, de buscar y de llamar, con la confianza absoluta de que la fe será siempre finalmente premiada y correspondida, en esta vida o en la vida futura.
“Atesorad tesoros en el cielo” (Mt. 6, 19). Los tesoros de la fe, los tesoros de nuestra confianza en Dios, de nuestra esperanza “contra toda esperanza” en las palabras y en las promesas de Aquél que es el único veraz, y que nos dice “Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida (Jn 14, 6). Aquél único de quien puede decir verdaderamente cada uno de nosotros, “me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gal. 2, 20).
Amados hermanos, no nos conformemos con quedarnos escuchando a quien nos habla de la hermosura de la luz. Pongámonos de inmediato en camino y salgamos cada día al encuentro de Cristo Luz del mundo (Cf. Jn 8, 12), dejemos que Él ilumine nuestra alma con su luz y la acaricie con su calor.
Espantemos la tentación de quedarnos como necios tan sólo escuchando a quien nos habla del único médico que puede curar las heridas de nuestra alma, el único que puede sanar las heridas de nuestra psicología o de nuestra afectividad. Salgamos decididos al encuentro del médico divino y como el humilde leproso adorémosle y digámosle con fe y con humildad: “Señor, si quieres puedes limpiarme”. Sin duda, que Él extenderá su mano y premiará nuestra fe con dulces y firmes palabras: “Quiero, queda limpio”.
No deberíamos ceder a la tentación de quedarnos abandonados en la oscuridad cuando a nuestro lado está pasando el mismo Sol. ¡Acerquémonos a la luz! ¡Acerquémonos a Jesús y pidámosle que Él nos ilumine!
No nos quedemos sumidos en nuestras propias dudas o vacilaciones cuando a nuestro lado está pasando la misma Verdad. ¡Acerquémonos a la Verdad! ¡Acerquémonos a Jesús y pidámosle que Él nos hable, nos enseñe y nos oriente!
Respondiendo a la pregunta que nos hacíamos anteriormente, bien podemos decir que el leproso somos cada uno de nosotros, siempre necesitados del perdón y de la gracia de Dios. Siempre necesitados de sentirnos amados, acogidos y reintegrados con amor.
Y también somos el centurión que a pesar de no tener quizás necesidades materiales, y tener un cierto prestigio, amistades y una posición, sin embargo no nos son ajenos el dolor, ni el sufrimiento.
Tú y yo somos el leproso y el centurión, porque como ellos siempre estaremos necesitados y seremos indigentes de alguna manera. Pero, sobre todo lo más importante es que también cada día de nuestra vida a nuestro lado estará pasando Jesús el Señor. Y Él es siempre el mismo, hace dos mil años como hoy. Él es nuestro Salvador, nuestro Redentor, nuestro Buen Samaritano.
Corramos, también nosotros a su encuentro, aunque nos parezca que nuestra fe no alumbra más que un pequeñísimo hijo de luz. Postrémonos ante Él y digámosle desde lo profundo del corazón: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma quedará sana”. Jesús hará lo demás.
Nosotros somos más agraciados que nuestros dos protagonistas, porque contamos siempre con una mano dulce y materna que nos conduce infaliblemente hasta Jesús. Es la mano maternal de la Virgen Inmaculada en cuyo Corazón vive Jesús como en el más hermoso y rico Sagrario.
¡OH María, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! ¡Oh clemens, oh pía, oh dulcis Virgo María!
Amén.
22 de enero de 2010
SU SANTIDAD CONFIRMA EN SU CARGO AL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO

Según aparece en la portada de L'Osservatore Romano, el Santo Padre ha confirmado en su cargo al Secretario de Estado, Cardenal Tarcisio Bertone, pese a que el purpurado ha cumplido ya los 75 años de edad que el Código de Derecho Canónico marca como límite para que los Obispos presenten su renuncia al Papa.21 de enero de 2010
SE ESTUDIA UN POSIBLE MILAGRO DEL VENERABLE PÍO XII
19 de enero de 2010
LLAMAMIENTO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

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SABADELL–ATLANTICO 0081-0216-74-0001306932
Y EN LAS CUENTAS DE LAS CÁRITAS DIOCESANAS








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