22 de diciembre de 2010

MATRIMONIO DE MARÍA Y JOSÉ

Cuando, después de la Anunciación. María dejó Nazaret para ir a visitar a su prima -según nos lo ha dicho San Lucas y lo advierte también aquí el autor del primer evangelio-, no era más que prometida de José. Los esponsales habían sido contraídos conforme a los ritos acostumbrados. Reunidos en casa de los padres de María y rodeados de invitados escogidos entre los amigos y vecinos de ambas familias, que debían servir de testigos, habían cambiado sus promesas los futuros esposos. "He aquí que tú eres mi prometida", había dicho José a María deslizando en su mano una pieza de moneda a guisa de arras. Y a su vez había dicho la doncella: "He aquí que tú eres mi prometido." Con frecuencia se hacía también el compromiso por escrito. Solía estipularse como señal o prenda una suma de dinero, que quedaría como propiedad de la novia en caso de que el novio rehusase después cumplir su promesa. Otra suma, designada en hebreo con el nombre de mohar (precio de compra), era estipulada de antemano entre el joven y su futuro suegro, conforme al uso oriental, que aun se conserva entre los árabes, para la adquisición de la novia y compensación de servicios que ella prestaba en su familia. Pero el mohar no constituía deuda hasta el momento del matrimonio, y este no solía celebrarse sino unos meses más tarde, a veces un año entero, después de los esponsales.


Importa añadir para mejor entender la narración que, según la legislación judía, los esponsales unían a los prometidos con un lazo mucho más estrecho que entre nosotros. El compromiso que de este acto dimanaba era casi tan estricto y obligatorio, como el matrimonio mismo; de tal manera que para romperlo se necesitaba, de ordinario, un juicio oficial análogo al que se exigía para pronunciar el divorcio. A los novios se les daba ya por anticipado el nombre de marido y mujer, como lo hace San Mateo en el relato que estamos estudiando ( Mt. 1, 19-24). Tan poco difería su situación jurídica de la de los casados, que si una joven en tal situación se dejaba seducir era condenada por la ley mosaica con tanta severidad como la esposa infiel.


Tres meses habían transcurrido desde la Encarnación del Verbo, y la próxima maternidad de María no tardó en manifestarse por señales exteriores. El evangelista, al anunciar a sus lectores este hecho como si no pudiese tolerar que, ni por un momento, se formase en su espíritu sospecha desfavorable para la castísima Virgen, recuerda solícito que esta había "concebido del Espíritu Santo", conforme al mensaje del arcángel Gabriel.
*Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Fillion.