7 de diciembre de 2010

MARÍA INMACULADA, LA MUJER VESTIDA DE SOL


El privilegio de la Inmaculada Concepción -exención de pecado y plenitud de gracia- está en realidad contenido en la Maternidad divina: la Madre de Dios no podía ser pecadora: su desdoro redundaría en deshonra de su divino Hijo.
Pero también nos lo confirman diferentes lugares de la Escritura. La deducción de ellos podrá parecer a unos clara del todo; a otros quizá no tan clara. Advirtamos, pues, que no creemos en la Inmaculada por la Escritura, sino porque la Iglesia la ha definido como dogma revelado.
Es esa definición la que ha de iluminar los textos y hacérnoslos gustar al meditarlos, y no a la inversa. Advertido esto, mencionaremos sólo tres de ellos.
El primero, en Apocalipsis, 12, 1-17, en que aparece la Mujer vestida de sol, que es presentada a los ángeles recién creados.
Se nos dice que "se abre el templo de Dios" (Apoc. 11,19), que es como abrirse la esencia de Dios: la Trinidad Beatísima se manifiesta -abrirse es manifestrase-.
¿Cuál es la manifestación de ese abrirse la Trinidad? Cosa maravillosa: una sencilla Mujer. De ese templo de Dios cuyas puertas se abren, sale una Mujer. Pero una Mujer vestida de sol (Apoc. 12, 1). La luz inaccesible de Dios se está vertiendo en Ella para por Ella comunicarse a las creaturas.
En su frente, una corona de doce estrellas, y a sus pies la luna: condensa en sí toda la luz creada, para indicarnos que también lleva dentro toda la Luz increada. Efectivamente, "estaba en estado- nos dice San Juan-, y dará a luz a Aquél que regirá con vara de hierro a todas las naciones" (Apoc. 12, 2.5), es decir, al Mesías, Verbo encarnado, Luz del mundo.
En el primer momento en que la Virgen María se manifiesta al mundo, saliendo de Dios, en ese primer momento de su existencia real fuera de Dios -real en cuanto se manifiesta al mundo y actúa en el mundo-, ya es la Mujer vestida de sol, la llena de su Hijo Jesús. No hay mancha alguna en Ella. No sale manchada del templo de Dios. Y la plenitud de luz y gracia con que se aparece es tal, que se aparece como prodigio que deslumbra a los ángeles de Dios.
Y Ella sigue sin mancharse, aunque el demonio intente profanarla. Al verla, y envidiarla y odiarla, Satanás se mancha, arrastrando consigo en rebeldía a la tercera parte de los ángeles, por envidia del esplendor de esa Mujer que manifiesta la gloria de la Trinidad de un modo que jamás hubieran podido imaginar o soñar. Pero Ella no se mancha: la misma tierra la protege, y queda y permanece sin mancilla. Antes inunda con su gracia y hermosura al resto de los ángeles, que la admiran, aman y reconocen como su Reina.
Salvación y condenación angélica están así vinculadas a la adhesión a la Virgen vestida de luz, o al rechazo de Ella, en el primer momento de su existencia.
Igualmente está nuestra salvación vinculada a la devoción a la Virgen María. Por eso Ella nos exhorta a velar a sus puertas, a escuharla, admirarla y contemplarla, porque "quien la encuentra a Ella hallará la vida, y beberá del Señor la salvación" (Prov. 8,35), como se nos dice en la primera lectura de la Misa de su fiesta.
La salvación de todos y cada uno de los hombres -no menos que la de los ángeles- está simplemente vinculada a la devoción a la Virgen María. En la medida que nos apartamos de Ella, nos estamos apartando de nuestra salvación.
Si queremos hacer algo por que otros se salven, procuremos enamorarlos de la Virgen, porque es el único camino que tienen de salvarse. Y si vemos que se enfrían en su devoción, procuremos reencendérsela, porque si siguen enfriándose se perderán sin remedio: se apartarán de las fuentes de la vida.
No sólo los ángeles se dieron cuenta de la plenitud de luminosidad y gracia de la Virgen en el primer momento de su ser. También María se dio cuenta, como nos lo dice en el Introito de su fiesta, con palabras que la Iglesia pone en su boca, dando gracias a Dios porque "la vistió con un vestido de victoria".
El vestido es su cuerpo, que reviste su alma; pero ese cuerpo por el cual se nos transmite a nosotros el pecado por la generación de nuestros padres, en Ella no es cuerpo de pecado, no es vestido de pecado, sino vestido de victoria: su cuerpo no la inclina al pecado, sino al amor y a la entrega a Dios. Su cuerpo santo es la tierra que ayuda a la Mujer en su victoria sobre el demonio (Apoc. 12, 15.16).
Por eso Ella dice con toda verdad desde el primer momento de su existencia: "Mi alma tuvo sed de ti; y mi misma carne de cuán varios modos suspira por ti y te anhela a ti" (Sal. 62,2). Todo en María suspira por Dios, anhela a Dios, se dirige a Dios.
En la segunda parte del Introito nos dice: "No permitiste que mis enemigos se burlaran de mi". Si la Virgen, odiada por el Dragón y sus secuaces, hubiera estado en pecado auqnue fuera un segundo, sus enemigos se hubieran reído de Ella, se hubieran burlado de Ella. Y María da gracias a Dios porque no permitió que esto sucediera. El dogma de la Inmaculada está clarísimamente expresado en el Introito, puesto por la Iglesia en boca de la Virgen como canto de agradecimiento a Dios.
* LA AMADA. Antonio Pacios, M.S.C.