
El Adviento (del latín: adventus, "advenimiento", "llegada"), es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los antiguos aguardando y suspirando por la venida del Mesías.
La institución del Adviento como tiempo preparatorio para Navidad, data, en España, de fines del siglo IV, según consta por un canon del concilio de Zaragoza celebrado el año 380, y en el resto de Occidente, de principios o mediados del siglo V.
Vino entonces como a rafirmar la doctrina de los concilios de éfeso y Calcedonia, proclamando el dogma de las dos naturalezas, divina y humana, en la persona de Jesucristo, contra la herejía cristológica de Nestorio y Eutiques, y a dar mayor relieve en la Liturgia al misterio de la Encarnación y al de la Maternidad de la Virgen.
Por asociación de ideas, a la primera venida de Jesucristo a la tierra en carne mortal, une la Iglesia el pensamiento de la segunda, al fin del mundo; y, en consecuencia, el Adviento viene a resaltar una preparación a ese doble advenimiento del Redentor.
"En este concepto tiene este período litúrgico una puerta que mira al pasado y otra al porvenir: de un lado, tiene por perspectiva los millares de años durante los cuales la humanidad esperaba a su Redentor; de otro, los siglos que han de transcurrir hasta la hora del cataclismo postrero, en el que ha de zozobrar nuestro planeta". Cada uno de estos dos advenimientos sugiere a la Liturgia ideas y sentimientos peculiares, que ella expresa con soberana elocuencia e inflamados acentos. Para preparar el primero, traduce las ansias y suspiros cada vez más crecientes de las generaciones del Antiguo Testamento, y para prevenir el segundo, alude de vez en cuando al juicio final o alguna de sus circunstancias.
Pero, además de prepararnos el Adviento para el nacimiento histórico de Jesucristo para el Juicio final, nos revela cada año al Cristo de la promesa, es decir al Cristo de los Patriarcas y de los Profetas, al Deseado de los collados eternos, y estrecha nuestras relaciones íntimas con el Cristo místico, cuya venida y completo reinado en las almas prepara también.
El Cristo de la promesa es el que llena toda la historia y todos los libros del Antiguo Testamento, Aquél en quien creían, a quien esperaban y a quien, sin conocer, amaban todos los justos de Israel. Aludiendo tan a menudo a Él, la liturgia de Adviento nos pone en comunicación de fe, de esperanza y de amor con todas las generaciones de creyentes que nos han precedido, y nos persuade de que somos de la descendencia espiritual de Abrahán y herederos legítimos de la Sinagoga.
Si Cristo místico es el Cristo viviendo en las almas y reproduciendo en ellas los fenómenos de su vida divina, haciendo de los cristianos otros cristos. Cada Adviento tiende a producir en nosotros un acercamiento nuevo de este Cristo místico.
Considerado a través de la Liturgia, el Adviento, por lo mismo que recoge las ansias e inquietudes de las pasadas generaciones y los entusiasmos y regocijos de las nuevas ante la venida del Salvador, es una mezcla de luz y de sombra, de alegría y de tristeza, de angustiosa incertidumbre y de seguro bienestar. Y este doble aspecto se descubre a cada paso en los textos de la Misa y del Oficio, y también en algunos detalles exteriores de la Liturgia.
A excepción de muy contadas frases que traducen la inquietante expectación de la humanidad ante la demora excesiva de su Libertador y Consolador, y que se resumen en apóstrofes como estos: "¡Ven a librarnos!... Ven y no tardes... Ven pronto a visitarnos... etc; todos los demás textos son acentos de gozo y expresiones de vehementes deseos de saludar de cerca al Hijo de Dios.
La tristeza está más bien dibujada en algunos rasgos exteriores del culto, como son: el empleo, en los domingos y ferias de Adviento, de los ornamentos morados, y de las casullas plegadas, o planetas, en lugar de las majestuosas dalmáticas; la supresión de los floreros, del órgano, del "Gloria in excelsis", del "Te Deum", del "Ite missa est", y de las bodas solemnes.
Todos estos son indicios, indudablemente, de cierta preocupación y tristeza, comunes al Adviento y a la Cuaresma; pero el objeto de uno y otro período litúrgico los diferencia radicalmente, como bien lo manifiesta el uso diario, en Adviento, del festivo aleluya, nunca permitido en Cuaresma. El carácter de penitencia, que algunos recalcan por demás, le vino al Adviento, en el siglo VII, de la influencia del ayuno monástico, no de su propia esencia y espíritu. Pues de suyo es una temporada de recogimiento y de santa y confiada expectación.
*Fuente: La flor de la Liturgia. R.P. Andrés Azcárate