Me abandono confiadamente en tus manos maternales para que Tú dirijas cada uno de mis pasos y me lleves hasta Jesús mi Salvador, fruto bendito de tu vientre.
Toma mi vida entera y haz que viva perfectamente unido a Tí, y por Tí a Jesús.
Que sea tu Corazón Inmaculado el que haga latir mi pobre corazón.
Que sea tu mente la que inspire y dirija todos mis pensamientos.
Que sea tu voluntad la que gobierne e impulse todas mis acciones.
Toma mi libertad, cuanto soy y cuanto tengo.
¡Soy todo tuyo, pues eres mi Madre!
¡Te pertenezco enteramente, pues eres mi Reina!
Como Madre Dulcísima y solícita, defiéndeme de los ataques del maligno enemigo, socórreme en los peligros, consuélame en las penas, levántame en mis caídas, fortaléceme en mis debilidades, sáname en mis enfermedades, anímame en mis cansancios y dame perseverancia en medio de las pruebas.
Como Reina benignísima, acéptame a tu servicio y adiéstrame para el combate.
Sea mi más preciado gozo el vivir consagrado a la extensión de tu reinado, para que así venga a nosotros el reinado de Jesús.
Sea mi verdadera recompensa y consuelo el morir luchando por el Triunfo de tu Inmaculado Corazón. Amén.
P. M.M.