El Cardenal Arzobispo de San Salvador de Bahía, Dom Geraldo Majella, presidió la celebración de la Santa Misa en la explanada de Fátima el día 13 de octubre, aniversario de la sexta aparición de Nuestra Señora a los Pastorcitos.


Hoy, conmemoramos a la gloriosa Madre de Dios, en su última aparición a las niñas Jacinta y Lucía y al niño Francisco que se convirtieron en mensajeros de conversión y paz para el mundo. Por María vino al mundo el Salvador del Mundo. La veneración a la Madre del Señor atraviesa la tradición bimilenaria de la Iglesia. En el curso de los tiempos las Iglesias de Oriente y de Occidente reservaron, con acentos peculiares, expresiones de alabanza y de súplica. El culto mariano comprende antes de todo la oración litúrgica y también formas de piedad y devoción. Así, con los videntes aprendemos de Nuestra Señora de Fátima el rosario y oraciones que nos ayudan a rezar y conocer lo que el Señor desea de nosotros en este tiempo que vivimos llenos de interrogantes y tentaciones en el seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo.
La presencia de la Virgen Madre de Cristo figura en los escritos de los primeros cristianos, como en las veneradas fórmulas de fe. Ella es recordada en antiguos textos concernientes al bautismo y a la Eucaristía. Otros indicios son el grafito de la salutación del Ángel Gabriel a María encontrado en las excavaciones de Nazaret (siglo II-III), las figuras encontradas en las catacumbas romanas, la oración del Sub tuum praesidium (Siglo III).
Para los Padres de la Iglesia de los primeros siglos es indispensable referirse a María para comprender la persona de Cristo: Aquél que se hizo carne creó para sí el prodigio de una Virgen Madre. No faltó nunca en la Iglesia la predicación de la encarnación de Cristo en el seno de la Virgen, y al mismo tiempo también su memoria litúrgica, hecha explícita desde el siglo IV, en la festividad de Navidad, primera fiesta también de la Madre de Dios. Al reconocimiento de tal dignidad de Madre de Dios en el Concilio de Éfeso en el 431, siguió en Oriente y Occidente un florecimiento cultual para con María. Su memoria se extendió a los días anteriores y posteriores a la Navidad, madurando en muchas iglesias una fiesta en honra de la Virgen Madre. Desde el siglo IV se puede seguir el surgimiento de importantes festividades marianas. El primer centro de irradiación fue Jerusalén, donde a la luz de los apócrifos, se hace memoria de la vida de María: la Dormición, la Natividad, el ingreso en el Templo y la Concepción de Santa Ana. El segundo centro de irradiación fue Constantinopla con sus santuarios marianos de gran influencia en todo el imperio Bizantino: además de la fiesta de la Madre de Dios el día 26 de diciembre se organizaron e irradiaron las fiestas del Encuentro (2 de febrero), de la Anunciación (25 de marzo) la Dormición (15 de agosto) y de la Natividad de María (8 de septiembre). Así surgieron también las fiestas de reliquias insignes: el vestido y cinto de María.
Así podemos entender las fiestas de María en cada país, algunas veces bajo varios títulos. Aquí la visita de María a la Cova da Iria se tornó memoria llena de confianza en su intercesión para aquellos que acuden a su protección. Y lo hacemos con profunda fe y esperanza. María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos, ha estado muy cerca de nosotros, nos ha acogido, tiene cuidado de nosotros, bajo su maternal protección. Le hemos pedido a Ella, como Madre, perfecta discípula y catequista de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer los que Él nos diga (Cf Jn 2, 5).
La Virgen María es la imagen espléndida de la conformidad del proyecto de la Santísima Trinidad que se cumple en Cristo. Desde su Concepción Inmaculada hasta su Asunción, nos recuerda que la belleza del ser humano está toda en el vínculo de amor con la Trinidad, y que la plenitud de nuestra libertad está en la respuesta positiva que le damos. En los diferentes momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a alguna pequeña señal del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende por un hijo en su enfermedad, en Padrenuestro recitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo en medio de una alegría sencilla. También encuentran la ternura y el amor de Dios en el rostro de María. Conociendo siempre mejor a María, nos hacemos más semejantes al Hijo de Dios que se hizo hombre en su seno.
La Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la historia de la Salvación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde lo alto de la cruz, Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de su muerte. “Y desde ese momento en adelante, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 27) Perseverando junto a los apóstoles en la espera del Espíritu Santo (Hech. 1, 13-14), Ella cooperó al nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica profundamente. María es la misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Nos habla el Papa Benedicto XVI: “María Santísima, la Virgen pura y sin mancha, es para nosotros escuela de fe destinada a conducirnos y a fortalecernos en el camino que conduce al encuentro con el creador del cielo y de la tierra. Permaneced en la escuela de María, Inspiraros en sus enseñanzas. Procurad acoger y guardar dentro del corazón las luces que Ella, por mandato divino, nos envía desde lo alto”.
Ella que “conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc. 2, 19); cf. 2, 51), nos enseña la primacía de la escucha de la Palabra de Dios en la vida del discípulo y misionero. Esa familiaridad con el misterio de Jesús es facilitada por el rezo del Rosario, donde “ el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el cristiano obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las propias manos de la Madre del Redentor”.
La dimensión formativa que funda el ser cristiano en la experiencia de Dios manifestado en Jesús es que lo conduce por el Espíritu a través de los caminos de profunda madurez. Por medio de los diversos carismas, la persona se fundamenta en el camino de la vida y del servicio propuesto por Cristo, con estilo personal. Así como la Virgen María, esa dimensión permite al cristiano adherirse de corazón y por la fe en los caminos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su Maestro y Señor.
Ayúdenos la compañía siempre próxima, llena de comprensión y ternura, de María Santísima. Que nos muestre el Fruto bendito de su vientre y nos enseñe a responder como hizo Ella en el Misterio de la Anunciación y Encarnación. Que nos enseñe a salir de nosotros mismos en el camino del sacrificio, de amor y servicio, como hizo en la visita a su prima Isabel, para que, peregrinos en camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros, conforme a su promesa.
Guiados por María, fijamos los ojos en Jesucristo, autor y consumador de la fe, y le decimos a Él con el Sucesor de Pedro:
“Quédate con nosotros, Señor, pues cae la tarde y el día ya declina” (Lc 24, 29)
“Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos, aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque a nuestro alrededor las sombras de van haciendo más densas, y Tú eres la luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y Tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero Tú nos confortas en la fracción del pan, para anunciar a nuestros hermanos que verdaderamente Tú resucitaste y nos diste la misión de ser testigos de tu resurrección.
Quédate con nosotros, Señor, cuando a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: Tú eres la propia Verdad como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en Ti.
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, susténtalas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en el cansancio de cada día, cuando alrededor de ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres al Vida, quédate en nuestros hogares, para que continúen siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.
Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son los más vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre encuentran espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad.
Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que sin la esperanza y la riqueza de nuestros continentes, protégelos de tantas trampas que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas.
¡Oh Buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos!”
¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!
¡Haced, Oh María, Madre de la Iglesia, que vuestro clamor de Fátima por la conversión de los pecadores, sea realidad y transforme la vida de nuestra sociedad!
“Quédate con nosotros, Señor, pues cae la tarde y el día ya declina” (Lc 24, 29)
“Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos, aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque a nuestro alrededor las sombras de van haciendo más densas, y Tú eres la luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y Tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero Tú nos confortas en la fracción del pan, para anunciar a nuestros hermanos que verdaderamente Tú resucitaste y nos diste la misión de ser testigos de tu resurrección.
Quédate con nosotros, Señor, cuando a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: Tú eres la propia Verdad como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en Ti.
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, susténtalas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en el cansancio de cada día, cuando alrededor de ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres al Vida, quédate en nuestros hogares, para que continúen siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.
Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son los más vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre encuentran espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad.
Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que sin la esperanza y la riqueza de nuestros continentes, protégelos de tantas trampas que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas.
¡Oh Buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos!”
¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!
¡Haced, Oh María, Madre de la Iglesia, que vuestro clamor de Fátima por la conversión de los pecadores, sea realidad y transforme la vida de nuestra sociedad!
Dom Geraldo Majella Agnelo
Cardenal Arzobispo de San Salvador da Bahía
