10 de octubre de 2010

ASPERGES ME, DOMINE...

* Reproducimos la homilía pronunciada en este Domingo XX después de Pentecostés, por el P. Manuel María de Jesús:


La participación activa y consciente en la Sagrada Liturgia requiere de nuestra parte el conocimiento de los ritos sagrados y penetrar en su significado. El Señor quiere que su pueblo le honre no sólo con los labios, sino sobre todo con su corazón. Porque, según el mismo Jesús nos amonesta, los adoradores que busca el Padre son aquellos que le adoran en espíritu y verdad.

Es viviendo conforme a este espíritu que nos libraremos de caer en un ritualismo vacío y estéril, aquél que reduce la Divina Liturgia a una dimensión simplemente estética, de pura exterioridad. Despejaremos la tentación del utilitarismo que busca en la celebración de los sagrados misterios la sola finalidad egoísta de experimentar un gozo sensible.

El espíritu propio para vivir en la liturgia la actuosa participatio que nos pide la Iglesia y que el Señor espera de nosotros, no es otro que el mismo espíritu con el que la Iglesia- Esposa celebra los sagrados misterios: el espíritu de fe, que es como el manantial del que brotan la adoración, la alabanza, la acción de gracias, la petición, la compunción por haber ofendido a nuestro Dios misericordioso y la expiación de los pecados por medio de nuestra asociación con Cristo Redentor y en unión a nuestra Madre Corredentora.

Hemos comenzado realizando el rito del Asperges, que vivido con este espíritu de fe hace brotar en nosotros las debidas disposiciones para celebrar con fruto el Santo Sacrificio de la Misa.
El Asperges tiene un sentido penitencial que viene expresado con belleza y profundidad en la Antífona que entonamos: “Me rociaréis, Señor con hisopo, y quedaré limpio; me lavaréis, y quedaré más blanco que la nieve. Tened piedad, oh Dios, según vuestra gran misericordia”.

La primera disposición que provoca en nuestra alma es la conciencia de la Suprema e infinita Majestad Dios, a cuya presencia no debemos acercarnos como profanos y de manera inconsciente. Por medio de la Sagrada Liturgia somos transportados a la presencia de Dios Altísimo, el Dios tres veces Santo. La liturgia terrena no está desconectada de la liturgia celestial, lo que exige de nosotros un movimiento interior de unión con los Ángeles y con todos los Bienaventurados que postrados ante el trono del Cordero adoran sin cesar a la Trinidad Beatísima.

Pero, no hemos de olvidar nuestra pobre condición de pecadores, siempre indignos de acercarnos al trono del Altísimo. Al igual que Moisés también nosotros hemos de descalzarnos porque al participar en los sagrados misterios, la Sagrada Liturgia nos introduce a pisar tierra sagrada. Al igual que Abraham, amigo de Dios, también nosotros hemos de tener clara conciencia de que somos tan sólo polvo y ceniza.

Se trata de descalzar el corazón ante la presencia de Dios, porque el Señor ”rechaza a los soberbios, pero a los humildes da su gracia” (Salmo 4,6). Sólo es de su agrado un corazón quebrantado y humillado, y a este no lo desprecia.
De igual modo, el reconocimiento personal de no ser más que polvo y ceniza, hará brotar en nosotros la firme convicción de necesitar la intervención salvadora del único Mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es por sus méritos y en virtud de su Sangre Redentora que tenemos acceso a Dios nuestro Padre. Siempre apoyados en los méritos de Cristo, sostenidos por su gracia, purificados en su Sangre, justificados mediante su entrega sacrificial.

La Virgen Corredentora, como verdadera Madre y auténtica Maestra nuestra, nos enseña con sus ejemplos cómo hemos de acercarnos a la santa presencia de Dios y Ella misma, cumpliendo con su función materna, dispondrá nuestros corazones si no ofrecemos resistencia. Ante la presencia del Arcángel San Gabriel, enviado por Dios a la Virgen nazarena, Ella se posiciona espiritualmente como la Sierva y Esclava del Señor. Y en su canto del Magníficat proclama abiertamente que “el Todopoderoso dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.

No hay, por lo tanto, otras disposiciones más apropiadas que estas para participar en los misterios sagrados que la Iglesia celebra tributando a Dios el culto que le es debido y acercándonos su Salvación mediante el ejercicio sacerdotal de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, y en virtud de sus propios méritos, a los que unió real y misteriosamente los méritos de Aquella que es su colaboradora en la obra redentora, Madre de Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico, y Madre de todos los redimidos que son miembros de su Cuerpo.

El Asperges tiene además un sentido auténticamente pascual. Nos recuerda las aguas bautismales en las que fuimos sumergidos con Cristo. Aguas de muerte y de vida, porque en ellas fuimos sepultados con Cristo y mediante ellas renacimos con Él a la vida nueva, a la vida divina y sobrenatural. Renacimos investidos con nueva categoría y elevados a una nueva condición, la condición de hijos de Dios por la gracia de la adopción al comunicarnos el Hijo su misma vida.
Esta perspectiva no hemos de perderla de vista en ningún momento porque forma parte de nuestro ser, de nuestra condición y expresa la maravillosa verdad sobre nosotros mismos. Si bien nos acercamos a la presencia del Dios a través de la celebración de los sagrados misterios como indignos y pecadores, también lo hacemos en calidad de redimidos y de hijos de adopción, pues lo somos, por lo que en verdad podemos llamar a Dios, Abba, Padre.

Es así, con esta conciencia de hijos muy amados que podemos orar con la firme convicción de ser escuchados, porque la fe no defrauda: Mostradnos, Señor, vuestra misericordia y dadnos vuestra salvación, por los méritos infinitos de Jesucristo nuestro Señor.

El rito del Asperges no está desconectado de nuestra vida diaria, como ningún otro rito de la Sagrada Liturgia. De alguna manera renueva también en nosotros la conciencia de que somos viadores hacia la patria celestial y caminamos entre peligros y dificultades, tentaciones y asaltos del enemigo. Nos recuerda nuestra condición de soldados de Cristo, y la condición de nuestra vida terrena que es en todo momento milicia. No podemos llevar a buen término la obra que Dios comenzó en nosotros en el santo bautismo, sin la ayuda permanente de su gracia, sin contar a cada paso con su auxilio, sin la firme determinación de colaborar por nuestra parte mediante la lucha ascética en el día a día. Teniendo siempre muy presente la amonestación del Apóstol San Pablo: “Confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder; vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Ef. 6, 10-12)

Es en esta misma clave que podemos interpretar y comprender el sentido último de la oración conclusiva del rito del Asperges, súplica que destila toda ella unción y piedad, confortando el ánimo de quienes confían en el Señor: Escuchadnos, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno: y dignaos enviar desde los cielos a vuestro santo Ángel, para que guarde, favorezca, proteja, visite y defienda a todos los que habitan en esta morada. Por Cristo nuestro Señor. Amén.