
“Paloma mía que habitas en los agujeros de la peña”
Meditación en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz[1]
“Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido curados” (Isaías 53, 5).
“Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia; sus heridas nos han curado”(1P 2, 24).
“Levántate, Amada mía, hermosa mía y ven…Porque mira ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido. Aparecen las flores sobre la tierra, el tiempo de las canciones ha llegado, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra…Paloma mía que anidas en los agujeros de la peña, en escarpados escondrijos, muéstrate tu semblante, déjame oír tu voz; porque tu voz es dulce y gracioso tu semblante” (Ct 2, 10-14).
Queremos en este día desentrañar ese súplica tan bella, atribuida a San Ignacio de Loyola, en su Anima Christi, oración preciosa que abre el libro de los ejercicios: “Intra tua vulnera abscondeme…” “Dentro de tus Llagas escóndeme…”
La Cruz, en donde está nuestra Vida y Resurrección, nos está revelando el Cuerpo llagado del Hijo de Dios, ése Cuerpo tan terriblemente herido y ultrajado que no parecía un hombre sino un gusano[2], un leproso. Esas Llagas nos están proclamando nuestra obra, la obra de nuestros pecados que han llegado a matar al Amor…Debemos contemplar con toda seriedad esas Llagas que son nuestra obra…¡cuánto hemos herido y herimos al Hijo de Dios! Esas Llagas Benditas nos regalarán la santa compunción, el dolor sincero de nuestros pecados. Esas Llagas nos están diciendo silenciosamente: ¡Yo no te he amado en broma, Yo te he amado seriamente![3] Por ello al contemplar la Cruz contemplamos la seriedad, la fidelidad absoluta, el peso del Amor de Jesús que se entrega a esos abismos de dolor, de soledad, de humillación para “curarnos” con sus heridas.
Sus Llagas me están revelando mis pecados pero sus Llagas me están cantando Su loco Amor por mí.
Sus Llagas son también el nido en donde debemos cobijarnos ante las tempestades. Se levantan los vientos de las tentaciones, sopla el hielo del desamor, las tempestades azotan el alma, el granizo intenta perder la cosecha paciente y laboriosa de las virtudes y de la vida de oración. Tenemos un refugio cálido y seguro: Cristo es la Roca inamovible, la Roca de nuestra Salvación. Dentro de esa Roca hay hendiduras…sus manos y piés taladrados por los clavos, su pecho y su Corazón sagrado están abiertos por el duro hierro de la lanza. La Roca, Jesucristo, está brindándose como refugio de salvación en sus Llagas: ¿cómo no me voy a esconder y refugiar en ellas? ¿Seré tan presuntuoso y vanidoso para confiar en mi propia fortaleza ante las tempestades y no refugiarme en las hendiduras de la Roca?
Si miro a Jesús Crucificado, si miro sus Llagas benditas, si miro aquellos rubíes sangrantes de Vida y de Luz, nacerá en mi alma la súplica del salmista… ¡si quiero ser un humilde pajarillo que coloque su nido en esas cárdenas Llagas! “Hasta el gorrión ha encontrado una casa, la golondrina un nido donde colocar sus polluelos, tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío”. (Sal 83) Esas Llagas afianzarán mi fe, como la roca, morando en ellas, tocándolas en la fe, como el apóstol Tomás puedo curar mi incredulidad y exclamar: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28).
En las Llagas del Salvador puedo encontrar un refugio seguro, en la Roca que es Cristo me puedo afianzar, me siento seguro…allí en los agujeros de la Roca encuentra nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo…A través de esos agujeros de la Roca, de sus Benditas Llagas, puedo gustar la miel silvestre, la miel de la Roca, puedo proclamar: ¡cuán bueno es el Señor! “¡Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichosos los que se refugian en Él!” (Sal 33). Escuchemos al Melifluo Bernardo, el gran cantor de las Llagas del Salvador:
“En las Llagas del Salvador habito con plena seguridad, porqué sé que Él puede salvarme. Grita el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me tiende asechanzas; pero yo no caigo, porque estoy cimentado sobre Roca firme. Si cometo un gran pecado, me remorderá la conciencia pero no perderé la paz y la confianza, porque herido me acordaré de las Heridas de mi Salvador. Si me acuerdo de este remedio tan poderoso y eficaz que destilan sus Llagas, ya no me atemoriza ninguna dolencia por mortífera que sea. Sus Llagas rebosan de misericordia” (In Cantica Canticorum n 27).
Las Llagas de Jesús no sólo son refugio, roca segura, remedio infalible ante las heridas del pecado sino que también son un Sagrario, un Santuario en dónde él nos comunica las delicias de su amistad, en donde revela los secretos de su Corazón. Por las heridas de su Cuerpo aparecen los secretos de su Corazón. Esas Llagas nos permiten conocer las “entrañas de misericordia de nuestro Dios”. San Bernardo sigue diciendo:
“¿Dónde resplandece con más claridad que en tus Llagas que Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con aquellos que te invocan? Porque no hay mayor amor que dar la vida por los amigos”.
Contemplando ese Bendita Llaga del costado abierto de Jesús el discípulo amado pudo llegar al secreto del Corazón de Jesús. Mirando el Corazón traspasado y herido de su Maestro, el Corazón roto del Redentor, Juan –con su mirada de águila- pudo penetrar en el arcano de Dios. Mirando la herida del Corazón puede exclamar la Verdad más grande de la revelación cristiana:
“Nosotros hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él. Dios es Amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él” (1 Jn 4, 16).
Santuario son esas benditas Llagas en donde se nos revela que Dios es Amor Misericordioso. Altares son esas Llagas en donde debemos hacer oblación de nuestras vidas unidas a la Oblación de esas Llagas. Esas Llagas son ahora las del Cuerpo Vivificante de Cristo Resucitado; Él las ha querido conservar en su Cuerpo resucitado como memorial perpetuo de su amor por nosotros y como altar del Sacrificio celestial que no deja de ofrecerse al Padre. Jesús le dice al Padre: ¡Mira Padre mis Llagas…! No mires sus pecados…mira mis Llagas!
Por último las Llagas de Jesús son un nido de amor. Allí encontramos la intimidad y la ternura de los verdaderos amantes de Dios. Ese nido nos habla de sacrificio y del dolor de nuestro Divino Redentor por nosotros. Nos recuerdan esos nidos de los pájaros tejidos de duras espinas para protegerlos de los invasores. Ese nido de las Llagas de Jesús está tejido por sus dolores… ¡su dolor nos habla de la hondura de su amor entregado! Un nido tejido por los dolores de la Pasión de Jesús que es también un Cielo…en ése Cielo de las Llagas de Jesús se saborean las delicias de la Divina Unión, el alma se conforma totalmente a la Voluntad Divina, al Amor Divino; el alma se transforma en Cristo “el Crucificado por amor” (Sor Isabel de la Trinidad). Todos estamos llamados a vivir en ese nido, allí encontraremos refugio, descanso, fortaleza, luz y calor de vida:
“Levántate, pues, alma, amiga de Cristo, y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ellas tus labios resecos para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque esta es la fuente que mana de en medio del Paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman sobre los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra” (San Buenaventura, De lignum vitae).
La Puerta por excelencia para entrar a ese nido es la hendidura del Corazón de Jesús. Por allí hemos de entrar, como entraron los Santos…entrar y permanecer allí. Entrar y quedarse para siempre allí. ¡No permitas que me separe de Ti!
“Si entramos por esa puerta lo encontraremos todo. Cuando nuestra alma esté combatida; encontrará allí la paz; cuando esté fría, se inflamará de amor; cuando se encuentre en tinieblas hallará aquí su luz; cuando se sienta perpleja, encontrará aquí la Verdad; cuando le asalte la desconfianza aprenderá a confiar sin límites; cuando resuenen en sus oídos las seducciones engañadoras de las cosas criadas, encontrará el santo desengaño, y cuando se vea amenazada encontrará allí su escudo” (P. Alfonso Torres S. J.)
Nuestro afán debe ser penetrar en el Corazón de Jesús hasta llegar a tener envidia de la lanza de Longinos –como hermosamente dice San Buenaventura- aquella lanza que penetró ese Corazón y lo hirió. San Buenaventura dice que nuestro amor debe ser esa lanza que hiera el Corazón de Jesús pero un amor que quiera morar eternamente allí, en ese Arca Santa, en ese Jardín del Paraíso que es el Corazón del Hijo amado.
¡Dulce Lignum, Dulces clavos! Canta la liturgia del Viernes Santo…¡Oh Dulces Clavos de la Cruz! Vosotros nos abristeis esos huecos de la peña en donde nos podemos refugiar, nos permitisteis la entrada a ese Santuario del Cuerpo de Cristo en donde podemos adorar en espíritu y verdad y en donde gustamos la Sabiduría escondida y celestial, la Sabiduría de Cristo Crucificado. ¡Oh Dulces Clavos…vosotros nos abristeis la puertecita del Nido en donde podemos morar y gustar las delicias del casto amor divino! Nuestra alma como paloma sencilla y pura, como la esposa del Cantar de los cantares, sólo encuentra inmundicias en esta tierra…sólo quiere morar en esa roca, en ése santuario, en ese nido…Oh Crucificado, Esposo de la Iglesia, llámala a ti y será atraída por la dulzura de tu Voz…llámala a la peña, llámala a tus Llagas:
“Paloma mía, que anidas en las grietas de la peña…levántate y ven a Mí”
P. Marco Antonio Foschiatti op.
Meditación en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz[1]
“Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido curados” (Isaías 53, 5).
“Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia; sus heridas nos han curado”(1P 2, 24).
“Levántate, Amada mía, hermosa mía y ven…Porque mira ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido. Aparecen las flores sobre la tierra, el tiempo de las canciones ha llegado, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra…Paloma mía que anidas en los agujeros de la peña, en escarpados escondrijos, muéstrate tu semblante, déjame oír tu voz; porque tu voz es dulce y gracioso tu semblante” (Ct 2, 10-14).
Queremos en este día desentrañar ese súplica tan bella, atribuida a San Ignacio de Loyola, en su Anima Christi, oración preciosa que abre el libro de los ejercicios: “Intra tua vulnera abscondeme…” “Dentro de tus Llagas escóndeme…”
La Cruz, en donde está nuestra Vida y Resurrección, nos está revelando el Cuerpo llagado del Hijo de Dios, ése Cuerpo tan terriblemente herido y ultrajado que no parecía un hombre sino un gusano[2], un leproso. Esas Llagas nos están proclamando nuestra obra, la obra de nuestros pecados que han llegado a matar al Amor…Debemos contemplar con toda seriedad esas Llagas que son nuestra obra…¡cuánto hemos herido y herimos al Hijo de Dios! Esas Llagas Benditas nos regalarán la santa compunción, el dolor sincero de nuestros pecados. Esas Llagas nos están diciendo silenciosamente: ¡Yo no te he amado en broma, Yo te he amado seriamente![3] Por ello al contemplar la Cruz contemplamos la seriedad, la fidelidad absoluta, el peso del Amor de Jesús que se entrega a esos abismos de dolor, de soledad, de humillación para “curarnos” con sus heridas.
Sus Llagas me están revelando mis pecados pero sus Llagas me están cantando Su loco Amor por mí.
Sus Llagas son también el nido en donde debemos cobijarnos ante las tempestades. Se levantan los vientos de las tentaciones, sopla el hielo del desamor, las tempestades azotan el alma, el granizo intenta perder la cosecha paciente y laboriosa de las virtudes y de la vida de oración. Tenemos un refugio cálido y seguro: Cristo es la Roca inamovible, la Roca de nuestra Salvación. Dentro de esa Roca hay hendiduras…sus manos y piés taladrados por los clavos, su pecho y su Corazón sagrado están abiertos por el duro hierro de la lanza. La Roca, Jesucristo, está brindándose como refugio de salvación en sus Llagas: ¿cómo no me voy a esconder y refugiar en ellas? ¿Seré tan presuntuoso y vanidoso para confiar en mi propia fortaleza ante las tempestades y no refugiarme en las hendiduras de la Roca?
Si miro a Jesús Crucificado, si miro sus Llagas benditas, si miro aquellos rubíes sangrantes de Vida y de Luz, nacerá en mi alma la súplica del salmista… ¡si quiero ser un humilde pajarillo que coloque su nido en esas cárdenas Llagas! “Hasta el gorrión ha encontrado una casa, la golondrina un nido donde colocar sus polluelos, tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío”. (Sal 83) Esas Llagas afianzarán mi fe, como la roca, morando en ellas, tocándolas en la fe, como el apóstol Tomás puedo curar mi incredulidad y exclamar: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28).
En las Llagas del Salvador puedo encontrar un refugio seguro, en la Roca que es Cristo me puedo afianzar, me siento seguro…allí en los agujeros de la Roca encuentra nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo…A través de esos agujeros de la Roca, de sus Benditas Llagas, puedo gustar la miel silvestre, la miel de la Roca, puedo proclamar: ¡cuán bueno es el Señor! “¡Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichosos los que se refugian en Él!” (Sal 33). Escuchemos al Melifluo Bernardo, el gran cantor de las Llagas del Salvador:
“En las Llagas del Salvador habito con plena seguridad, porqué sé que Él puede salvarme. Grita el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me tiende asechanzas; pero yo no caigo, porque estoy cimentado sobre Roca firme. Si cometo un gran pecado, me remorderá la conciencia pero no perderé la paz y la confianza, porque herido me acordaré de las Heridas de mi Salvador. Si me acuerdo de este remedio tan poderoso y eficaz que destilan sus Llagas, ya no me atemoriza ninguna dolencia por mortífera que sea. Sus Llagas rebosan de misericordia” (In Cantica Canticorum n 27).
Las Llagas de Jesús no sólo son refugio, roca segura, remedio infalible ante las heridas del pecado sino que también son un Sagrario, un Santuario en dónde él nos comunica las delicias de su amistad, en donde revela los secretos de su Corazón. Por las heridas de su Cuerpo aparecen los secretos de su Corazón. Esas Llagas nos permiten conocer las “entrañas de misericordia de nuestro Dios”. San Bernardo sigue diciendo:
“¿Dónde resplandece con más claridad que en tus Llagas que Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con aquellos que te invocan? Porque no hay mayor amor que dar la vida por los amigos”.
Contemplando ese Bendita Llaga del costado abierto de Jesús el discípulo amado pudo llegar al secreto del Corazón de Jesús. Mirando el Corazón traspasado y herido de su Maestro, el Corazón roto del Redentor, Juan –con su mirada de águila- pudo penetrar en el arcano de Dios. Mirando la herida del Corazón puede exclamar la Verdad más grande de la revelación cristiana:
“Nosotros hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él. Dios es Amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él” (1 Jn 4, 16).
Santuario son esas benditas Llagas en donde se nos revela que Dios es Amor Misericordioso. Altares son esas Llagas en donde debemos hacer oblación de nuestras vidas unidas a la Oblación de esas Llagas. Esas Llagas son ahora las del Cuerpo Vivificante de Cristo Resucitado; Él las ha querido conservar en su Cuerpo resucitado como memorial perpetuo de su amor por nosotros y como altar del Sacrificio celestial que no deja de ofrecerse al Padre. Jesús le dice al Padre: ¡Mira Padre mis Llagas…! No mires sus pecados…mira mis Llagas!
Por último las Llagas de Jesús son un nido de amor. Allí encontramos la intimidad y la ternura de los verdaderos amantes de Dios. Ese nido nos habla de sacrificio y del dolor de nuestro Divino Redentor por nosotros. Nos recuerdan esos nidos de los pájaros tejidos de duras espinas para protegerlos de los invasores. Ese nido de las Llagas de Jesús está tejido por sus dolores… ¡su dolor nos habla de la hondura de su amor entregado! Un nido tejido por los dolores de la Pasión de Jesús que es también un Cielo…en ése Cielo de las Llagas de Jesús se saborean las delicias de la Divina Unión, el alma se conforma totalmente a la Voluntad Divina, al Amor Divino; el alma se transforma en Cristo “el Crucificado por amor” (Sor Isabel de la Trinidad). Todos estamos llamados a vivir en ese nido, allí encontraremos refugio, descanso, fortaleza, luz y calor de vida:
“Levántate, pues, alma, amiga de Cristo, y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ellas tus labios resecos para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque esta es la fuente que mana de en medio del Paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman sobre los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra” (San Buenaventura, De lignum vitae).
La Puerta por excelencia para entrar a ese nido es la hendidura del Corazón de Jesús. Por allí hemos de entrar, como entraron los Santos…entrar y permanecer allí. Entrar y quedarse para siempre allí. ¡No permitas que me separe de Ti!
“Si entramos por esa puerta lo encontraremos todo. Cuando nuestra alma esté combatida; encontrará allí la paz; cuando esté fría, se inflamará de amor; cuando se encuentre en tinieblas hallará aquí su luz; cuando se sienta perpleja, encontrará aquí la Verdad; cuando le asalte la desconfianza aprenderá a confiar sin límites; cuando resuenen en sus oídos las seducciones engañadoras de las cosas criadas, encontrará el santo desengaño, y cuando se vea amenazada encontrará allí su escudo” (P. Alfonso Torres S. J.)
Nuestro afán debe ser penetrar en el Corazón de Jesús hasta llegar a tener envidia de la lanza de Longinos –como hermosamente dice San Buenaventura- aquella lanza que penetró ese Corazón y lo hirió. San Buenaventura dice que nuestro amor debe ser esa lanza que hiera el Corazón de Jesús pero un amor que quiera morar eternamente allí, en ese Arca Santa, en ese Jardín del Paraíso que es el Corazón del Hijo amado.
¡Dulce Lignum, Dulces clavos! Canta la liturgia del Viernes Santo…¡Oh Dulces Clavos de la Cruz! Vosotros nos abristeis esos huecos de la peña en donde nos podemos refugiar, nos permitisteis la entrada a ese Santuario del Cuerpo de Cristo en donde podemos adorar en espíritu y verdad y en donde gustamos la Sabiduría escondida y celestial, la Sabiduría de Cristo Crucificado. ¡Oh Dulces Clavos…vosotros nos abristeis la puertecita del Nido en donde podemos morar y gustar las delicias del casto amor divino! Nuestra alma como paloma sencilla y pura, como la esposa del Cantar de los cantares, sólo encuentra inmundicias en esta tierra…sólo quiere morar en esa roca, en ése santuario, en ese nido…Oh Crucificado, Esposo de la Iglesia, llámala a ti y será atraída por la dulzura de tu Voz…llámala a la peña, llámala a tus Llagas:
“Paloma mía, que anidas en las grietas de la peña…levántate y ven a Mí”
P. Marco Antonio Foschiatti op.
[1] Este crucifijo tan bello, tan sereno fue testigo de los amorosos coloquios de Jesús con Gemma Galgani, la enamorada de la Pasión de Jesús. Se conserva en la casa de la familia Marcussi que por tantos años acogió a Gemmita en su orfandad. Este crucifijo le habló repetidas veces a la Santa.
[2] Sal 21.
[3] Palabras de Jesús a Santa Ángela de Foligno.