31 de julio de 2010

LA COMPUNCIÓN

Uno de los rasgos fundamentales de la espiritualidad del cristiano es esa conciencia habitual de ser pecador; que los latinos llamaban "compunctio" y los griegos "penthos". Es la compunción una tristeza por el pecado, no una tristeza amarga, sino en la paz de la humildad, y en lágrimas, que a veces son de gozo, cuando en la propia miseria se alcanza a contemplar la misericordia abismal del Señor. "La tristeza conforme a Dios origina una conversión salvadora, de la que nunca tendremos que lamentarnos; en cambio, la tristeza producida por el mundo ocasiona la muerte" (2Cor 7,10)
En la tradición cristiana la compunción del corazón ha sido un rasgo muy profundo. En los Apotegmas de los padres del desierto, leemos que uno de ellos confesaba: "Si pudiera ver todos mis pecados, tres o cuatro hombres no serían bastantes para lamentarlos con sus lágrimas" (MG 65, 161). Y otro explica la causa de esa actitud: "Cuanto más el hombre se acerca a Dios, tanto más se ve pecador" (65,289). Pero ese acercamiento a Dios, a su bondad, a su hermosura, explica a su vez por qué la compunción no es sólo tristeza, sino también gozo inmenso y pacífico, un júbilo que a veces conmueve el corazón hasta las lágrimas. Así lo describe Casiano: en el monje "a menudo se revela el fruto de la compunción salvadora por un gozo inefable y por la alegría de espíritu. Prorrumpe, entonces, en gritos por la inmensidad de una alegría incontenible, y llega así hasta la celda del vecino la noticia de tanta felicidad y embriaguez espiritual...A veces está el alma tan llena de compunción y dolor, que sólo las lágrimas pueden aliviarla (Colaciones 9,27) (...)
Dios siempre dona o perdona a los hombres que quieren vivir en su amistad. Si obramos el bien, es porque recibimos el don de la gracia divina. Y si obramos mal, es porque rechazamos el don de Dios; pero entonces, si nos arrepentimos, Dios nos concede su perdón, es decir, nos da de nuevo el don intensivo, reiterado, sobreabundante. Por eso siempre vivimos del don o del perdón de Dios, y "donde abundó el pecado (un abismo), sobreabundó la gracia (otro abismo) (Rm 5, 20). San Agustín, como San Pablo, contempla con frecuencia estos dos abismos: "En la tierra abunda la miseria del hombre y sobreabunda la misericordia de Dios. Llena está la tierra de la miseria humana, y llena está la tierra de la misericordia de Dios" (ML 36, 287).
*Síntesis de espiritualidad católica. José Rivera y José María Iraburu.