
Parece que no se dan cuenta de la elemental importncia de lo sagrado en la religión. Y así, embotan el sentido de lo sagrado y con ello minan y socavan la verdadera religión. Su enfoque "democrático" les hace menospreciar el hecho de que en todos los hombres que tienen anhelo de Dios hay también anhelo de lo sagrado y un sentido de diferencia entre lo sagrado y lo profano. El obrero o el campesino tienen este sentido, exctamente igual que el intelectual. Si el individuo es católico, deseará hallar en la Iglesia una atmósfera sagrada. Y esto seguirá siendo verdad, trátese o no de un mundo urbano o industrial. El individuo será capaz de distinguir entre el "arriba" esotérico y el "arriba" divino. No se sentirá oprimido, ni mucho menos, por el hecho de que Dios esté infinitamente sobre él, de que Cristo sea el Dios-hombre. Mira gozosamente a la Iglesia con su autoridad divina. Espera que todo sacerdote, como representante de la Iglesia, irradie una atmósfera distinta que la del laico de la calle.
Muchos sacerdotes creen que el reemplazar la atmósfera sagrada que reina, por ejemplo, en los maravillosos templos de la Edad Media o del barroco, en lo que se celebraba la misa en latín, por una atmósfera profana, funcionalista, neutra y monótona, ha de capacitar a la Iglesia para encontrarse en amor con el hombre sencillo. Pero esto es un error fundamental. Será algo que no llene los más profundos anhelos de ese hombre. Le ofrecerá piedras, en vez de pan. Esos sacerdotes, en lugar de combatir la irreverencia (que se halla hoy tan difundida), contribuyen de hecho a difundirla más. No entienden que el pontificalismo esotérico es realmente una forma de secularización. y de que su verdadera antítesis es la unción santa que todos los santos poseían: el espíritu de respeto, la fusión de la humildad con un comportamiento apropiado al sagrado oficio.
La experiencia dirá a todo el que tenga ojos para ver y oídos para oír que un solo sacerdote santo atrae más almas para Cristo, especialmente entre las "personas sencillas", que los que tratan de acercarse más al pueblo, adoptando una actitud que carezca del sello de su oficio sagrado. Michel de Saint Pierre ha presentado admirablemente esta realidad en su novela Los nuevos curas. Esos sacerdotes no hablan a lo más hondo del hombre. Al reaccionar simplemente contra el anterior pontificalismo, hablan tan sólo a un estrato superficial y secular del hombre. Podrán tener éxitos momentáneos, atrayendo más gente a la iglesia, incrementando la actividad parroquial. Pero no lograrán que la gente se acerque más a Cristo. Ni saciarán su profunda sed de Dios y de paz: de esa paz que el mundo no puede dar, de esa paz que sólo Cristo puede dar. Y el Kairós nos llama a atraer personas hacia Cristo, no simplemente hacia la parroquia. Hans Urs von Balthasar lo expresó de la siguiente manera:
"La fantasía del clero está absorbida por la preocupación de llenar el tiempo de la manera más útil y variada... El párroco está satisfecho de la comunidad parroquial, porque esta se da muy buena maña para participar en el acto de culto. Los feligreses están satisfechos de sí mismos... Es un caso clarísimo de la Iglesia que está satisfecha de sí misma"
Los que confunden la reserva santa con el pontificalismo, y la sacralidad con el esoterismo, dan muestras de incurrir en una singular contradicción. Acentúan la apertura que hay que tener hacia las corrientes de nuestra época. Tratan de evitar el alejamiento de la vida cotidiana: ese alejamiento que -según ellos- caracterizaría a la anterior concepción del Cristianismo. Y pretenden acercar lo más posible la religión a la vida de cada día. Pero, al mismo tiempo, ignoran los rasgos más básicos de la naturaleza humana. Y, así, caen en un falso supranaturalismo. Por ejemplo, en un sermón del día de la Ascensión, oí decir a un sacerdote que las mentes de los Apóstoles estaban nubladas al sentirse llenos de tristeza por la marcha de Nuestro Señor. La razón es sencilla, argumentaba este sacerdote. Cristo está presente en medio de los que se reunen en su nombre. Este argumento pasa por alto la realidad humana evidente de que ver es más dichoso aún que creer. Aunque en la tierra nuestra relación con Cristo está basada en la fe, la cual nos capacita para saber que Cristo está presente en la Eucaristía y en medio de los que creen, sin embargo todo el que ama verdaderamente a Cristo desea con ardor verle cara a cara en la eternidad. Y todo verdadero cristiano se da cuenta plenamente del inaudito privilegio, concedido a los Apóstoles y discípulos, de disfrutar de la presencia de Jesús, de poder verle y escuchar sus palabras, de vivir en verdadera comunión con él. Si exceptuamos la experiencia mística, este privilegio no puede reemplazarse por ninguna comunión basada únicamente en la fe. Este profundo anhelo de una unión con Cristo, plenamente experimentada, de la visión de Cristo, inunda la vida de los santos. Resuena en aquellas palabras de San Juan, con que finaliza el Apocalipsis:
Veni, Domine Iesu!
Está expresado en la última estrofa del maravilloso Adoro Te, de Santo Tomás de Aquino:
Iesu, quem velatum nunc aspicio,
Oro, fiat illud, quod tan sitio:
Ut, te revelata cernens facie,
Visu sim beatus tuae gloriae.
"¡Jesús, a quien ahora contemplo aculto bajo un velo! Te suplico que suceda lo que anhelo con sed tan ardiente: que, al mirarte después de revelado tu rostro, sea feliz con la contemplación de tu gloria."
Hay una negación parecida de la naturaleza humana y un "correlativo" sobrenaturalismo en todos los que acentúan excesivamente la presencia de Cristo en nuestro prójimo y pretenden que importa poco el que nos dirijamos a Jesucristo mismo o nos encontremos con él en el prójimo. por muy cierto que sea que hemos de encontrar a Cristo en el prójimo, sin embargo hay enorme distancia entre nuestra comunión con Cristo mismo y el hecho de que le hallemos en nuestro prójimo. Estar unidos (en directa comunión "Yo-Tú") con Jesucristo -el infinitamente Santo- debe constituir el gran anhelo de nuestra vida, la bienavemturanza que debemos esperar. Colocar la realidad de hallar a Cristo en nuestro prójimo -incluso cuando se trate del hombre más insignificante o malo- en el mismo plano que nuestra comunión directa con Cristo, es desconocer tanto la naturaleza humana como la experiencia cristiana. En primer lugar, existe una diferencia radical entre la manera con que los santos reflejan a Cristo y la manera con que encontramos a Cristo en una persona corriente. Los santos irradian algo de la santidad de Cristo. Y entonces podemos saborear directamente la calidad misma de la santidad. Pero ver a Cristo en los hombres inferiores, eso nace únicamente de la fe.
Además, como ya hemos dicho, el hallar a Cristo en nuestro prójimo presupone necesariamente una relación directa con Cristo mismo. Tan sólo porque Cristo ha dicho: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mateo 25, 40), somos capaces de hallar a Cristo en nuestro prójimo, a pesar de todos los obstáculos que ese prójimo pueda poner en nuestro camino. Y se olvida con harta frecuencia que las palabras de Cristo se refieren a nuestras acciones para con el prójimo, y no a la experiencia embelesadora y única de nuestra comunión de amor con Cristo. Tal vez se argumente diciendo que las acciones hechas al prójimo son acciones hechas directamente a Cristo. Pero es imposible sostener que nuestra bienaventuranza es tan completa en comunión con nuestro prójimo como en comunión con Cristo. El hallar a Cristo en nuestro prójimo es una proeza de la caridad. Y la caridad -repetimos- se constituye únicamente en la comunión directa (comunión Yo-Tú) con Cristo.
*Dietrich von Hildebrand. El caballo de Troya en la ciudad de Dios