Por muy diferentes que puedan ser los tiempos en cuanto a las condiciones de vida, el hombre sigue siendo básicamente el mismo. El estado de la técnica y de la medicina y la organización de la vida comunitaria son muy distintos, hoy día, de lo que fueron en la Edad Media. Pero las fuentes de la auténtica felicidad en la tierra siguen siendo las mismas: el amor, la verdad, el matrimonio, la familia, la belleza de la naturaleza y del arte, la labor creadora. Aunque los cambios en la historia plantean muchos problemas nuevos, podemos hallar en las diferentes épocas las mismas controversias metafísicas básicas y los mismos dramas de la vida. Es verdad que podemos hallar en la historia la aparición y decadencia de estilos de vida que caracterizan la existencia de los hombres durante algún tiempo, y que hallan su expresión en la arquitectura, en las costumbres y en las modas del pensamiento y de la conducta.Pero, esencialmente, el hombre no cambia: el hombre sigue estando expuesto a los mismos peligros morales; en todas las épocas, está igualmente necesitado de redención, y está igualmente llamado a la perfección moral e incluso a la santidad. Siguen teniendo aplicación para él aquellas palabras de San Agustín: "Nos hiciste, oh Señor, para ti. Y nuestro corazón esta inquieto hasta que descanse en ti".
Más aún, cuando se llega a las cuestiones humanas de naturaleza profunda y básica, la diferencia entre dos personas contemporáneas puede ser, y con frecuencia es, mayor que la diferencia entre dos personas muy separadas en el tiempo. La diferencia entre Sócrates y Calicles, tal como se representa en el Gorgias de Platón, es mucho mayor que la diferencia entre Calicles y Nietzsche. Beethoven y Rossini están mucho más distanciados que Beethoven y Bach. Miguel Angel se diferencia mucho más de su contemporáneo Bandinelli que de Fidias. El Cardenal Newman está inmensamente más cerca de San Agustín que Carlos Marx. Una distancia mucho mayor separa a Don Bosco e Garibaldi o de Comte que de San Francisco de Asís o de San Martín de Tours. Y las diferencias a que aludimos, no se refieren únicamente al reino de las ideas, sino a toda la órbita espiritual en la que esas personas se han movido.
Y así, expresiones tales como "el hombre del siglo XIX" o "el hombre moderno" están cargadas de ambigüedad. No existe tal "hombre moderno" universal. Hay tan sólo tendencias intelectuales y culturales que ejercen cierta dominación transitoria. La noción de que el "hombre moderno" es una norma a la que todos nosotros deberíamos conformarnos es -por tanto- o engañosa o carente de sentido. Aunque la entendamos sólo como portadora de la mentalidad que prevalece temporalmente, la noción de "hombre moderno" no podrá ser jamás una norma para nosotros. Esta mentalidad "de época" puede estar en armonía o en desarmonía con la verdad. Puede ser buena o mala, profunda o superficial. El simple hecho de que prevalezca en una época histórica determinada, no indica lo más mínimo la actitud que hemos de adoptar hacia ella. Podría ser que debiéramos alentarla y favorecerla. Y podría ser también que tuviéramos que combatirla con toda nuestra fuerza. Tan sólo si esa mentalidad es buena y se funda en la verdad, debemos favorecerla. Pero, en ese caso, hemos de hacerlo por su valor inherente: valor que es independiente de su vitalidad histórico-social, de su dominio temporal. Imponer esa mentalidad a todos los que no la comparten, es ir -evidentemente- contra el espíritu de libertad y respeto hacia la dignidad de la persona, y viola un principio fundamental de la verdadera democracia: el respeto hacia las minorías. Es, más aún, una contradicción absurda el decretar arbitrariamente (como muchos intelectuales hacen) lo que es el "hombre moderno", y pretender luego que esa es la norma de la época: norma a la que también deben conformarse los que vivien en esa época. En realidad, esas personas se enorgullecen desmesuradamente, al proyectar su propia mentalidad en lo que ellas creen que es el hobre moderno.
Sin embargo, lo más importante es ver que la unidad de estilo que una época pueda tener, no nos da derecho jamás a extender ese estilo a la esfera de la verdad y de la moralidad. Es imposible hablar de una verdad del renacimiento, de una verdad del barroco, de una verdad moderna, si por moralidad entendemos la verdadera naturaleza de las actitudes morales y no los sustitutivos morales, los cuales, ciertamente, pueden ser típicos de una dterminada época. Y esto hemos de aplicarlo con mayor razón aún a las materias religiosas. No hay una santidad medieval, por contraste con la del barroco. No hay una santidad del siglo XIX, que se distinga de la del siglo XX. La transformación en Cristo es siempre la misma esencialmente. Las diferencias que hallamos entre los santos, se deben mucho más a las diferentes personalidades que a la época en que vivieron. Y cuando hablamos de la piedad típica de una época determinada (siempre con el peligro de cometer una simplificación excesiva), nuestra expresión podrá referirse únicamente a un tipo de piedad que no esté en contradicción con la piedad de otra época, sino que la complete. Mientras nos refiramos a una auténtica piedad cristiana, y no a desviaciones, la diferencia es semejante a la que existe entre diversos tipos de devoción: por ejemplo, la devoción al Niño Jesús, a la Pasión de Cristo, al Sagrado Corazón...
*Dietrich von Hildebrand: El caballo de Troya en la ciudad de Dios