17 de julio de 2010

EL CRIMEN DE LA DESLEALTAD


Cómo manejar la traición de un amigo

A todos nos ha pasado alguna vez, alguien nos ha traicionado. Comúnmente esa experiencia hace que afloren sentimientos de dolor, sorpresa, incertidumbre, coraje, frustración, ansiedad y depresión. La traición, además de generar síntomas psicológicos, puede crear síntomas físicos como problemas estomacales, dolores de cabeza e insomnio.
Puedes sentir que te usaron para beneficio propio, para “trepar”, para adquirir reconocimiento y dinero.
Y qué ocurre cuando la traición proviene de un amigo, al que le habías depositado confianza, le habías tomado cariño y al que, por su apariencia de hombre de Dios y de palabra, no pensabas ni remotamente que podría traicionarte. Cuando juntos habían comenzado a desarrollar nuevos proyectos que te costaron horas de trabajo y esfuerzo; donde pusiste todo tu profesionalismo y recursos, entrega y amor. Proyecto que te quitó tiempo que pudiste haber utilizado para compartir con tu familia, para disfrutar del descanso o para emprender algo que sí hubiera valido la pena.
Es aún más doloroso cuando ese amigo de apariencia “íntegra” oró contigo y por ti. Cuando es de aquellos que ministran con la palabra, las canciones y las vivencias en los púlpitos y en las plazas, en los conciertos y en los programas de radio y televisión. Y duele más aún cuando los que te traicionaron andan huyendo como ladrones en la noche, sin querer dar la cara, porque saben que te vendieron por unas monedas como lo hizo Judas.
De acuerdo al diccionario, la palabra traición es el crimen de la deslealtad. Traidor puede referirse a una persona que traiciona a un amigo o se abandera con un enemigo.
Las heridas de la traición pueden cambiar el rumbo de una persona para bien o para mal. Puede que de ahora en adelante dejes de creer en los demás; que en cada rostro veas los ojos de la traición. O puede que aprendas a ver en la situación una lección.
Alguien me dijo que cada vez que pasara por una situación difícil le dijera a Dios: “No entiendo nada, pero gracias”. Esta acción abre los canales de energía para la sanación interior. También podría decirle a Dios: “Muéstrame el propósito de esta lección, muéstrame el bien que se esconde detrás de todo ésto”.
Nada se da en el vacío. Todo tiene un propósito en la vida, aunque a veces no lo veamos de primera intención. A veces perdiendo, ganamos. Ganamos experiencia, conocimientos, y nos fortalecemos. En situaciones como éstas debemos pensar que el que cometió la ofensa no nos traicionó a nosotros, sino que se traicionó a sí mismo y a Dios, porque demostró con su acción que estaba sembrando en terreno baldío, predicando lo que no practica.
El acto de perdonar ayuda, pero no olvidemos la ofensa, ya que si olvidamos podemos repetir el mismo error. Lo que sí es importante es quitar el resentimiento para que cuando recordemos lo ocurrido lo hagamos sin dolor o coraje.
Existe un ejercicio muy bueno para estos casos que se llama “la silla vacía”. El mismo consiste en que colocas una silla de frente e imaginas que la persona que cometió la falta está sentada ahí. Entonces le dices todo lo que hubieras querido decirle y cómo esa situación te está afectando. Escribir una carta con todo lo que quisieras decirle también es beneficioso.
Como seres humanos que somos, todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos, no perder la esperanza, ni la fe y no medir a todo el mundo con la misma vara. Hay que levantar el espíritu, la autoestima y la autoconfianza. Hay que extender la mirada más allá del tronco, que por estar en el medio, no te deja ver el bosque. Después de una caída hay que levantarse con más fuerza y demostrarle al que te ofendió todo lo que se perdió por haber cometido su traición.
*Por Aixa M. Resto Camacho CPL
Fuente: aixaresto.wordpress.com