2 de abril de 2010

VIERNES SANTO

"Sácame, oh Dios, de las manos del impío; líbrame del hombre perverso. V/. Los cuales maquinan mi desdicha en su corazón; todo el día lo emplean en hacerme la guerra. V/. Sus elnguas son agudas como de serpiente, sus labios segregan veneno de áspides. V/. Defiéndeme, oh Dios, de las manos del impío, sácame de entre estos hombres malvados. V/. Que han tratado de echarme la zancadilla: hombres soberbios tienen escondido un lazo para mi ruina. V/. Y han lanzado ya cuerdas que sirvan de lazo a mis pies: me han puesto emboscadas por el camino. V/. Digo a Yahvé: tú eres mi Dios: atiende, oh Señor, la voz de mi oración. V/. Oh Dios, Señor y fortaleza que me ha de salvar; pon a tu sombra mi cabeza en el día del combate. V/. No satisfagas a costa mía los deseos del pecador: se han conjurado en contra mía; no me abandones, no sea que vayan a envalentonarse. V/. No les consientas levantar la cabeza en torno mío, mas convierte en confusión suya todas las maquinaciones salidas de su boca. V/. En medio de todo alabarán tu nombre los justos, y los rectos gozarán tanquilos de tu presencia"
¡Con cuánta reverencia y emoción debemos rezar esta plegaria de Jesús agonizante, haciendo nuestros los sentimientos suyos! Si así lo hacemos, este salmo no será ya una simple oración histórica del divino Crucificado, sino un aelevación a Dios, propia de toda alma cristiana que dentro de sí misma da vida a los misterios todos de nuestra redención.
*Beato Cardenal Schuster