
La misa es un verdadero sacrificio conmemorativo del celebrado en el Calvario, o sea de la muerte del Señor. Por consiguiente, hemos de tomar parte en él animados de fe y agradecimiento, como quienes desean participar de los efectos de la redención. Es propio del rito del sacrificio el que se participe de él comiendo la víctima; al cual banquete final daban los pueblos antiguos el significado de la estrecha relación que existía entre la víctima y los fieles, en cuyo nombre era ofrecida a la divinidad. La víctima hace las veces del oferente, y por eso se come una parte de la misma para incorporarse con la que legalmente le representa.
Además de esto, el banquete del sacrificio tiene un carácter sagrado que simboliza la reconciliación de la Divinidad con el hombre, hasta el punto de sentarse ambos juntos amigablemente a la mesa.
En la santa misa el sacerdote debe necesariamente participar de la sagrada víctima mediante la Comunión sacramental, y por más que a los simples fieles les baste con asociarse a ello comulgando espiritualmente, no obstante, el espíritu de la Iglesia y sus fervientes deseos son que también ellos, siempre que puedan, tomen parte en el Sacrificio recibiendo realmente la sagrada Comunión "en recuerdo de la muerte del Señor"(...)
"Hízose Cristo obediente por nosotros hasta la muerte, y muerte de cruz. Por ello Dios lo ensalzó y le dió un nombre que está por encima de todo otro nombre."
Ese nombre que Dios ha otorgado a Jesús es el de Salvador. Mas este de Jesús no expresa un simple voto, como el de las criaturas, sino que realiza efectivamente un programa de salvación. El Redentor se muestra Jesús, conforme a la plenitud y extensión de lo que significa, al derramar sobre la cruz su sangre para rescate del género humano.(...)
Quiso Jesús lavra los pies a sus discípulos para darnos un ejemplo, y hasta un mandato de recíproca humildad, o bien para darnos a entender con cuánta pureza hemos de acercarnos a Él: "El que acaba de bañarse no necesita lavarse más que los pies". Lo que equivale a decir que para hacerse digno de su amistad, no hay que contentarse con sólo conservar el alma limpia de pecado mortal, mas es conveniente detestarlo despegando el corazón de todo lo que no es Dios.
La colecta que precede a la anáfora merece que la reproduzcamos íntegra, por el sabor tan clásico que la caracteriza: "Rogamoste, Señor Santo, Padre todopoderoso, Dios eterno, que sea a ti aceptable nuestro sacrificio por intervención de tu propio Hijo nuestro Señor Jesucristo que al encargárselo en este día a sus discípulos mostró que debía hacerse esto en memoria de él, que contigo vive y reina".
*Beato Cardenal Schuster