26 de marzo de 2010

VIERNES DE DOLORES EN LA SEMANA DE PASIÓN

Aunque la Fiesta litúrgica de los Siete Dolores de la Santísima Virgen la celebra la Iglesia el día 15 de septiembre, sin embargo tradicionalmente también en este Viernes de Pasión la Iglesia hace Conmemoración de los Siete Dolores. Muchos podréis ver como así aparece en el Misal diario de los fieles que se usa para la forma extraordinaria del Rito Romano.
Esta Conmemoración es una muestra del profundo amor y agradecimiento que la Iglesia profesa a la Virgen Santísima, pues Ella es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, Madre de la Iglesia, Madre de todos los redimidos y Madre de todos los hombres.
A las puertas de la Semana Santa, en este Viernes de Pasión, podemos entender que la Iglesia nos invita a volver nuestros ojos hacia Aquella que vivió siempre unida y asociada a nuestro Redentor. La Virgen compartió enteramente la suerte de su Hijo y todo cuanto Él sufrió y padeció para llevar a cabo nuestra redención.
Podemos decir con toda verdad que los sufrimientos de Jesús fueron también sufrimientos de su Madre. Todo cuanto el Hijo padeció por nosotros tuvo repercusión en lo más íntimo del corazón y en lo más profundo del alma de la Virgen Madre.
Y si Jesús aceptó y ofreció al Padre todos los trabajos, sufrimientos y penalidades para salvarnos, así también la Madre ofreció para nuestra salvación esos mismos sufrimientos de su Hijo unidos a los suyos propios.
Nuestra Señora hizo de su vida un ofrecimiento continuo por la redención de los hombres. Quiso y supo ofrecer cada uno de los actos y avatares de su vida, ofreció al Padre a su propio Hijo en el altar de la cruz y se ofreció Ella misma juntamente con Él “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”.
Se comprende así que la Iglesia nos invite a ser agradecidos con esta Madre amantísima, a volvernos hacia Ella pidiéndole que nos infunda verdadera devoción a la Pasión de su Hijo, profundo dolor de nuestros pecados, que fueron la causa de la Pasión y Muerte del Hijo y de los Dolores de la Madre, y el sincero propósito de no malograr en nosotros los frutos de la Pasión salvadora, detestando el pecado y llevando una vida honrada, piadosa y santa.
P. Manuel María