21 de marzo de 2010

LUNES DESPUÉS DE LA DOMINICA DE PASIÓN

El introito, del salmo 55, representa al Justo quejándose de la opresión que padece por parte del impío, o por mejor decir de los impíos, ya que fueron todos los pecados de la humanidad los que cayeron sobre Él haciéndole reo de la pena suprema.
Dos gracias intentamos alcanzar de Dios por la súplica de la colecta: la de la santificación de nuestro ayuno cuadragesimal, que consiste en que el alma se halle en dispisiciones de aborrecer el vicio, minetras el cuerpo se abstiene de los alimentos, y la de una penitencia acompañada de tal contrición de corazón que por ella merezcamos el perdón de nuestros yerros pasados.
Hoy tenemos como lectura la historia de Jonás (III, 1-10), muy familiar a los cristianos de la antigüedad, como se colige de las innumerable veces que encontramos reproducido su ciclo en los sarcófagos de mármol y en las paredes de los cementerios. Los Ninivitas invitan al pueblo cristiano a seguir su ejemplo de penitencia y ayuno, cuyo resultado fue el de alejar de su ciudad el exterminio con que estaba amenazada. Se sabe que algunos pueblos orientales, como los Armenos, los Abisinios, etc., practican antes de cuaresma un ayuno especial al que llaman ayuno de Nínive, contra el cual han dado mucho los Griegos, pero otras liturgias, entre las cuales la latina, se han complacido en reconocer en él una de las anticipaciones típicas de la abstinencia cristiana.
Es digno de notarse el carácter social que toma la penitencia de Nínive, en donde la promueve Jonás con el asentimiento del rey y de los magnates. No basta que la religión y las prácticas del culto sean ejercitadas individualmente, mas es preciso que en ellas tome parte la sociedad en cuanto tal, ya que la sociedad, la familia, los municipios, las naciones, etc., forman una entidad real, y por lo mismo están obligados a tributar a Dios el culto que le es debido.
Demás de esto, habiendo Dios constituido al hombre miembros de una sociedad, lo mismo en el estado natural que en el sobrenatural. sólo mediante esta doble sociedad podrá llegar el individuo a conseguir la perfección a que está destinado. En consecuencia, se hace indispensable, principalmente tratándose del alma, unirse íntimamente y dar la mayor importancia posible a los actos todos que expresan el culto sobrenatural y perfecto que la Iglesia tributa a Dios. Es preciso santificarse, orar, meditar, ayunar, sentir siempre con la Iglesia, que es el cuerpo del cual fluye a los mimebros la vida, la salud, y la alegría que de ahí dimana.
* Beato Cardenal Schuster