


He tenido conocimiento con profunda tristeza de las trágicas noticias de los recientes asesinatos de algunos Cristianos en la ciudad de Mosul y he seguido con gran preocupación los demás episodios de violencia, perpetrados en la martirizada tierra iraquí contra personas indefensas de diversa afiliación religiosa. En estos días de intenso recogimiento he rezado a menudo por todas las víctimas de esos atentados y hoy deseo unirme espiritualmente a la oración por la paz y por el restablecimiento de la seguridad, promovida por el Consejo de los Obispos de Nínive. Estoy afectuosamente cerca de las comunidades cristianas de todo el País. ¡No os canséis de ser fermento de bien para la patria a la que, desde hace siglos, pertenecéis con pleno derecho!
En la delicada fase política que está atravesando Irak insto a las Autoridades civiles a que dediquen todos los esfuerzos para devolver la seguridad a la población y, en particular, a las minorías religiosas más vulnerables. Espero que no se ceda a la tentación de hacer prevalecer los intereses temporales y particulares sobre la seguridad y sobre derechos fundamentales de todo ciudadano. Finalmente, mientras saludo a los iraquíes presentes aquí en la Plaza, exhorto a la comunidad internacional a prodigarse para dar a los Iraquíes un futuro de reconciliación y de justicia, mientras invoco con confianza de Dios omnipotente el don precioso de la paz.
Mi pensamiento se dirige también a Chile y a las poblaciones afectadas por el terremoto, que ha causado numerosas pérdidas en vidas humanas e ingentes daños. Rezo por las víctimas y estoy espiritualmente cerca de las personas probadas por esa calamidad tan grave; para ellas imploro de Dios alivio en el sufrimiento y coraje en esta adversidad. Estoy seguro de que no va a faltar la solidaridad de muchos, en particular de las organizaciones eclesiales.