Dominica de Pasión o "in Mediana"Estación en San Pedro
La estación Vaticana de este día es como el último recuerdo de la Pannuchis nocturna que se celebraba est anoche en tiempos del Papa Gelasio al lado de la tumba del Príncipe de los Apóstoles, antes de proceder a las sagradas Ordenaciones de los presbíteros y de los diáconos romanos.
Hoy comienza además la quincena de preparación próxima para la solemnidad pascual que en el siglo tercero llevaba consigo doce días de ayuno antes de la aurora de la Pascua. Aun actualmente nos es dado el poder distinguir en la liturgia, y principalmente en el Breviario, un ciclo especial que compone este sagrado tiempo de Pasión. La Iglesia, que durante la cuaresma (de origen algo más reciente), se había preocupado de la instrucción de los catecúmenos y de disponer a los penitentes para la solemne reconciliación que tenía lugar el jueves santo, ahora en la quincena de Pasión deja todo eso a un lado y como en segunda fila. Una sola es la idea que campea en el Misal y el Breviario durante estas dos semanas: el sentimiento del Justo ante la inicua persecución que ve tramarse contra él; no obstante de reconocer que es inocente, el odio de sus adversarios llega hasta hacerle imposible el auxilio de cualquier defensor, y él en cambio se retorna sin cesar hacia el Padre celestial, le pone por testigo de su inocencia y le conjura que no le abandone en el día de la prueba.
El ciclo de Pasión principia celebrándose la misa en el Vaticano, o sea en l amisma colina en donde tiempos atrás había Nerón alzado la cruz del primer Vicario de Cristo, y sobre la cual construyó Sinmaco un oratorio en honor de la Santa Cruz, al que llamó Sancta Hierusalem, como al Sesoriano. De aquél mismo oratorio pasaron a la liturgia estos versos:
Salva nos, Christe Salvator, per virtutem Crucis,
Qui salvasti Petrum in mari, miserere nobis.
En la misa de esta dominica, que es una de las más ricas en sentimientos y de las más bonitas del Antifonario Romano, domina en absoluto el recuerdo del sacrificio del Gólgota. Los antiguos Ordines Romanos prescriben la omisión de la doxología final, así en la salmodia antifónica como en la responsorial durante toda esta quincena en la que de un modo tan dramático la liturgia representa aquel odio creciente del Sanedrín a Jesucristo, pero este uso no es muy antiguo ni tiene especial significado, puesto que las oraciones que actualmente reza el sacerdote al pie del altar antes del introito comenzaron a introducirse hacia el siglo VIII en los países francos. La razón de omitir hoy este salmo, el 42, antes de la confesión, está en que se canta ya en el introito.
En el introito, tomado del susodicho salmo 42, Jesucristo recurre al juicio del Padre para que en el día de su resurrección pida cuenta de la sentencia de muerte que están maquinando contra él sus enemigos, gente prevaricadora y fraudulenta. En ese día se revelará aquella luz y aquella verdad de la cual hoy se ocupa el salmista.
La colecta suplica a Dios se digne mirar por la Iglesia, que es su familia, para que su divina providencia conserve en vigor a los cuerpos, y al propio tiempo la gracia guarde a los corazones. Verdaderamente es espléndida esta síntesis que con tal exactitud tiene en cuenta así el elemento animal como el espiritual de los cuales se compone el hombre. La santidad es algo que reside en el alma, mas esta no podrá ir adornada con tan brillantes atavíos si el cuerpo con todos los sentidos no se acomoda en las obras a los dictámenes del sagrado Evangelio.
Basándose el Apóstol en el carácter definitivo y perfecto del Sacrificio del Calvario, trata de demostrar, en la Epístola a los Hebreos de donde está tomada la lectura de hoy (IX, 11-15), lo mucho que supera el Nuevo Testamento al Antiguo. En la antigua ley era preciso repetir incesantemente unas mismas ofrendas por las transgresiones del pueblo, y así solía el Sumo Pontífice penetrar cada año en el Santo de los Santos para ofrecer la sangre de las víctimas irracionales, mientras que Jesús, rociándose en su propia sangre, expía de una vez para siempre el pecado de toda la descendencia de Adán y penetra definitvamente en el santuario celeste, seguido del inmenso cortejo de la humanidad redimida.
* Beato Cardenal Schuster