2 de marzo de 2010

¡BELLA Y DICHOSA CONTRICIÓN, CUÁN DICHOSO ES EL QUE TE POSEE!

"Para haceros comprender lo que viene a ser la contrición, es decir, el dolor de nuestros pecados hemos de tener, sería necesario daros a conocer, por un lado, el horror que Dios tiene al pecado así como los tormentos que sufrió para obtenernos el perdón del Padre celestial; y por otro lado, los bienes que con el pecado perdemos, y los males a que nos hacemos acreedores para la otra vida: y esto nunca podrá el hombre comprenderlo perfectamente. ¿Dónde os llevaré pues, para hacéroslo conocer? ¿Será tal vez al corazón de los desiertos, donde tantos santos moraron por espacio de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta y hast aochenta años ocupados en llorar unas culpas que según el mundo ni son tenidas por tales? ¡Ah! no, no, aún no se conmovería vuestro corazón. ¿Será a las puertas del infierno, para oír los gritos, los alaridos, el rechinar de dientes, ocasionados por el solo disgusto de haber pecado? ¡Ah! ¡dolor amargo, mas dolor y penas inútiles e infructuosas! ¡Ah! no, no, ¡no es aún allí donde aprenderéis a llorar vuestros pecados con aquel dolor y aquella pena que es necesario tener!
¡Ah! es al pie de esta cruz teñida aún de sangre de un Dios que la derramó para borrar nuestros pecados.
¡Ah! si me fuera dado conduciros a ese jardín de dolores donde un Dios igual al Padre llora nuestros pecados, no con lágrimas ordinarias, sino con su sangre que chorrea por todos los poros de su cuerpo; donde se manifiesta tan vivo su pesar, que le desgarra fieramente el corazón, y le hace quedar sumido en una agonía como para perder la vida. ¡Ah! si, después, pudiese llevaros en su seguimiento, mostrároslo cargado con su cruz por las calles de Jerusalén: a cada paso una caída, y a cada caída obligado a levantarse a coces. ¡Ah! si pudiese hacer que os acercaseis al Calvario, donde un Dios ¡muere llorando nuestros pecados! ¡Ah!, digamos aún: ¡sería también preciso que Dios nos diese aquel amor ardiente que se apoderó del corazón del gran Bernardo, a quien la sola vista de la cruz hacíale derramar lágrimas en tanta abundancia! ¡Ah! ¡bella y preciosa contrición, cuán dichoso es el que te posee!"
*De los sermones del Santo Cura de Ars