* Homilía pronunciada por el P. Manuel María de Jesús en la Santa Misa -Uso Extraordinario- celebrada hoy en la Iglesia del Salvador en Toledo.Tal y como prescribía la ley de Moisés, al cumplirse los cuarenta días del nacimiento de Jesús, el Glorioso Patriarca San José y la Virgen María acudieron al Templo de Jerusalén para cumplir con el ritual de la purificación de la madre, la presentación del Niño y el pago del rescate del hijo varón primogénito.
Este sometimiento de la Sagrada Familia a las exigencias de la religión judaica supone una importante lección para todos nosotros.
En primer lugar es una confirmación de la veracidad de la Revelación de Dios a Israel su Pueblo elegido. Una confirmación de los Patriarcas y de los Profetas.
Dios hecho Hombre se somete Él mismo y se somete también su Madre a la Ley sagrada de Israel, confirmando de esta manera el valor salvífico de la misma otorgado por Dios en la economía de la Antigua Alianza.
Por vía de ejemplo el Señor está confirmando las palabras que años después pronunciará en su predicación a los hijos de Israel: “No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla” (Mt 5, 17)
Interpretado desde la mera exterioridad este proceder de la Sagrada Familia podría parecer contradictorio e incluso absurdo.
¿Cómo Aquella que ha sido saludada por el Arcángel departe de Dios como Llena de gracia, la vemos ahora sometida a la ley de la purificación igual que cualquier otra madre israelita? ¿Pero, no es María Inmaculada y Purísima, libre por lo tanto de toda mancha de pecado original e incluso de la más mínima sombra de pecado venial?
¿Cómo explicar que haya que pagar un rescate a Dios si el Hijo de María es precisamente el Redentor que viene a rescatar a todo el género humano del pecado y de la muerte? ¿Y acaso no es Él mismo el precio de nuestro rescate?
¿Qué sentido tiene presentar y consagrar a Dios a la criatura que es Hijo de Dios y la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, Dios verdadero consubstancial con el Padre?
La solución a estos interrogantes nos viene dada por las mismas palabras de Jesús anteriormente citadas. Él no ha venido a abrogar la Ley sino a consumarla, esto es a llevarla a su plenitud y perfección.
¿Cómo hace esto posible el Señor? Mediante el amor, la humildad y la obediencia. Es decir, mediante su anonadamiento: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Cf. Fil. 2, 6-11)
De esta forma comprendemos como la perfección de la Ley de Dios no consiste en otra cosa que en la vivencia de la Ley suprema del amor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Mayor que estos no hay mandamiento alguno” (Mc 12, 30-31).
Así, pues en este misterio de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y de la Purificación de Nuestra Señora, podemos contemplar el misterio de anonadamiento, de humillación y de abajamiento del Salvador y Redentor del mundo, y en estrechísima y perfecta unión con él a su Madre Santísima, Madre siempre unida y asociada al Hijo Redentor, y Madre de todos los redimidos.
El misterio nos interpela y nos provoca haciéndonos una llamada al amor, una invitación a la humildad y a la obediencia amorosa a la voluntad salvadora del Padre.
La lógica del amor redentor, la vivencia perfecta de este y sus mismas exigencias desembocarán un día en el holocausto de amor que el Hijo ofrecerá en el Altar de la cruz, en cuyo holocausto participa de manera singular Aquella que participa del ofrecimiento del Hijo, ofreciéndose a sí misma juntamente con Él y ofreciendo su Hijo al Padre por la redención de todos nosotros sus hijos pecadores.
Este es el sentido de la Profecía del anciano Simeón cuando dijo a María, su madre, “Y una espada atravesará tu alma” (Lc 2, 35)
También nosotros, redimidos por Cristo, podemos dar gracias a Dios Padre, hacer nuestro y entonar con alegría desbordante el cántico del anciano Simeón: “Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 30-32).
Podemos y debemos dar gracias a la Virgen Madre por quien nos ha sido dado el Sol que nace de lo alto y que alumbra nuestras vidas con la luz de la gracia, de la verdad y de la vida.
Una acción de gracias que no se quede en la exterioridad de la plegaria, sino que como verdaderos adoradores que adoran “en espíritu y en verdad” (Cf. Jn4, 20-24), sea testimonio inequívoco de nuestro compromiso firme de amor, de obediencia y de humildad. Entonces, llevaremos a cabo la plenitud de nuestra consagración bautismal y seremos verdaderamente cristóforos, esto es transmisores de la luz de Cristo; seremos “sal de la tierra y luz del mundo”, conforme a las palabras de Cristo: “Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Cf. Mt 5, 13-16).
Este sometimiento de la Sagrada Familia a las exigencias de la religión judaica supone una importante lección para todos nosotros.
En primer lugar es una confirmación de la veracidad de la Revelación de Dios a Israel su Pueblo elegido. Una confirmación de los Patriarcas y de los Profetas.
Dios hecho Hombre se somete Él mismo y se somete también su Madre a la Ley sagrada de Israel, confirmando de esta manera el valor salvífico de la misma otorgado por Dios en la economía de la Antigua Alianza.
Por vía de ejemplo el Señor está confirmando las palabras que años después pronunciará en su predicación a los hijos de Israel: “No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla” (Mt 5, 17)
Interpretado desde la mera exterioridad este proceder de la Sagrada Familia podría parecer contradictorio e incluso absurdo.
¿Cómo Aquella que ha sido saludada por el Arcángel departe de Dios como Llena de gracia, la vemos ahora sometida a la ley de la purificación igual que cualquier otra madre israelita? ¿Pero, no es María Inmaculada y Purísima, libre por lo tanto de toda mancha de pecado original e incluso de la más mínima sombra de pecado venial?
¿Cómo explicar que haya que pagar un rescate a Dios si el Hijo de María es precisamente el Redentor que viene a rescatar a todo el género humano del pecado y de la muerte? ¿Y acaso no es Él mismo el precio de nuestro rescate?
¿Qué sentido tiene presentar y consagrar a Dios a la criatura que es Hijo de Dios y la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, Dios verdadero consubstancial con el Padre?
La solución a estos interrogantes nos viene dada por las mismas palabras de Jesús anteriormente citadas. Él no ha venido a abrogar la Ley sino a consumarla, esto es a llevarla a su plenitud y perfección.
¿Cómo hace esto posible el Señor? Mediante el amor, la humildad y la obediencia. Es decir, mediante su anonadamiento: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Cf. Fil. 2, 6-11)
De esta forma comprendemos como la perfección de la Ley de Dios no consiste en otra cosa que en la vivencia de la Ley suprema del amor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Mayor que estos no hay mandamiento alguno” (Mc 12, 30-31).
Así, pues en este misterio de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y de la Purificación de Nuestra Señora, podemos contemplar el misterio de anonadamiento, de humillación y de abajamiento del Salvador y Redentor del mundo, y en estrechísima y perfecta unión con él a su Madre Santísima, Madre siempre unida y asociada al Hijo Redentor, y Madre de todos los redimidos.
El misterio nos interpela y nos provoca haciéndonos una llamada al amor, una invitación a la humildad y a la obediencia amorosa a la voluntad salvadora del Padre.
La lógica del amor redentor, la vivencia perfecta de este y sus mismas exigencias desembocarán un día en el holocausto de amor que el Hijo ofrecerá en el Altar de la cruz, en cuyo holocausto participa de manera singular Aquella que participa del ofrecimiento del Hijo, ofreciéndose a sí misma juntamente con Él y ofreciendo su Hijo al Padre por la redención de todos nosotros sus hijos pecadores.
Este es el sentido de la Profecía del anciano Simeón cuando dijo a María, su madre, “Y una espada atravesará tu alma” (Lc 2, 35)
También nosotros, redimidos por Cristo, podemos dar gracias a Dios Padre, hacer nuestro y entonar con alegría desbordante el cántico del anciano Simeón: “Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 30-32).
Podemos y debemos dar gracias a la Virgen Madre por quien nos ha sido dado el Sol que nace de lo alto y que alumbra nuestras vidas con la luz de la gracia, de la verdad y de la vida.
Una acción de gracias que no se quede en la exterioridad de la plegaria, sino que como verdaderos adoradores que adoran “en espíritu y en verdad” (Cf. Jn4, 20-24), sea testimonio inequívoco de nuestro compromiso firme de amor, de obediencia y de humildad. Entonces, llevaremos a cabo la plenitud de nuestra consagración bautismal y seremos verdaderamente cristóforos, esto es transmisores de la luz de Cristo; seremos “sal de la tierra y luz del mundo”, conforme a las palabras de Cristo: “Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Cf. Mt 5, 13-16).