
Conocéis aquella hermosa oración que la Iglesia, regida por el Espíritu Santo, pone en nuestros labios el décimo Domingo después de Pentecostés: "Oh Dios, que haces resaltar tu omnipotencia sobre todo perdonándonos y teniendo piedad de nosotros: derrama con abundancia esta misericordia sobre nuestras almas".
He aquí una revelación que Dios nos hace por boca de la Iglesia; perdonándonos, parcendo, apiadándose, miserando, Dios manifiesta principalmente, maxime, su poder. En otra oración, dice la Iglesia que "uno de los atributos más exclusivos de Dios es el tener siempre conmiseración y perdonar"( Oraciones de las Rogativas y Letanías).
El perdón supone ofensas, deudas que perdonar. La piedad y misericordia sólo pueden existir allí donde hay miserias. ¿Qué es, en efecto, ser misericordioso? Tomar en cierto modo, sobre su propio corazón, la miseria de los demás (Sto. Tomás, I, q.21, a.3). Ahora bien, Dios es la bondad misma, el amor infinito, "Dios es caridad" (1Jn 4,8); y ante la miseria, la bondad y el amor se covierten en misericordia; por eso decimos a Dios: "¡Tú eres, Dios mío, mi misericordia!"(Sal 58,18). La Iglesia pide a Dios en esta oración que abunde su misericordia. ¿Por qué así? Porque nuestras miserias son inmensas, y de ellas habría que decir: "el abismo de nuestras miserias, de nuestras faltas, de nuestros pecados, llama al abismo de la misericordia divina". Todos, efectivamente, somos miserables, todos somos pecadores, unos más que otros, en mayor o menor grado, dcie el Apóstol Santiago (Sant 3,2); y San Juan: "Si nos creemos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no somos veraces" (1 Jn 1,8).
Y es más terminante aún cuando afirma que, hablando de esta suerte, "hacemos a Dios mentiroso"(1 Jn 1,10). ¿Por qué esto? porque Dios nos obliga a todos a decir: "Perdónanos nuestras deudas". Dios no nos obligaría a esta petición si no tuviésemos deudas (débita). Todos somos pecadores, y esto es tan cierto, que el Concilio de Trento ha condenado a aquellos que dicen que se pueden evitar todos los pecados, aun los veniales, sin especial privilegio de Dios, como el que fue concedido a la Santísima Virgen María ( Sess.VI, can.22). Esa es precisamente nuestra desgracia. Mas no debe desalentarnos, puesto que Dios la conoce, y, por lo mismo, tiene piedad de nosotros, "cual padre que se compadece de sus hijos" (Sal 102,13). Pues sabe no sólo que fuimos sacados de la nada, sino hechos de barro(ib.14). "Porque Él conoce de qué materia estamos hechos". Conoce este amasijo de carne y sangre, músculos y nervios, miserias y debilidades que constituyen el ser humano y hacen posible el pecado y el retorno a Dios, no una vez, sino setenta veces siete, como dice Nuestro Señor, es decir, un número indefinido de veces (Mt 18,22)
* Beato Columba Marmión