*El Santo Padre presidió la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, con motivo de la festividad de Nuestra Señora de Lourdes. En ese día celebra la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo, y en esta ocasión también el XXV Aniversario de la fundación del Pontificio Consejo para la Pastoral con los Agentes Sanitarios.
Con motivo de dicha efemérides se llevó hasta Roma la urna que contiene algunas reliquias de Santa Bernardita, a quien la Virgen se apareció en Lourdes. No se trata de la urna con los restos mortales de la Santa, puesto que su cuerpo se conserva incorrupto en el convento de Nevers.
Dijo el Santo Padre en la homilía:
"En la memoria de las apariciones de Lourdes, lugar elegido por María para manifestar su solicitud maternal por los enfermos, la liturgia hace resonar oportunamente el Magnificat, el cántico de la Virgen que exalta las maravillas de Dios en la historia de la salvación: los humildes y los indigentes, como todos aquellos que temen a Dios, experimentan su misericordia, que invierte las suertes terrenas y demuestra así la santidad del Creador y Redentor. El Magnificat no es el cántico de aquellos a quienes sonríe la fortuna, que tienen siempre “el viento en popa”; es más bien la acción de gracias de quien conoce los dramas de la vida, pero confía en la obra redentora de Dios. Es un canto que expresa la fe probada de generaciones de hombres y mujeres que han puesto en Dios su esperanza y se han comprometido en primera persona, como María, en ser de ayuda a los hermanos en necesidad. En el Magnificat oímos la voz de tantos santos y santas de la caridad, pienso en particular en los que consumieron su vida entre los enfermos y los que sufren, como Camilo de Lellis y Juan de Dios, Damián de Veuster y Benito Menni. Quien permanece mucho tiempo cerca de las personas que sufren, conoce la angustia y las lágrimas, pero también el milagro de la alegría, fruto del amor".

"La maternidad de la Iglesia es reflejo del amor solícito de Dios, de la que habla el profeta Isaías: "Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré, y por Jerusalén seréis consolados" (Is 66,13). Una maternidad que habla sin palabras, que suscita en los corazones el consuelo, una alegría íntima, una alegría que paradójicamente convive con el dolor, con el sufrimiento. La Iglesia, como María, guarda dentro de sí los dramas del hombre y el consuelo de Dios, los tiene juntos, a lo largo de su peregrinación en la historia. A través de los siglos, la Iglesia muestra los signos del amor de Dios, que sigue realizando cosas grandes en las personas humildes y sencillas. El sufrimiento aceptado y ofrecido, el compartir sincero y gratuito, ¿no son quizás milagros del amor? El valor de afrontar los males desarmados - como Judit – con la sola fuerza de la fe y de la esperanza en el Señor, ¿no es un milagro que la gracia de Dios suscita continuamente en tantas personas que gastan tiempo y energías en ayudar a quien sufre? Por todo esto vivimos una alegría que no olvida el sufrimiento, al contrario, lo incluye. De esta forma los enfermos y todos los sufrientes son en la Iglesia no sólo destinatarios de atención y cuidados, sino aún antes y sobre todo, protagonistas de la peregrinación de la fe y de la esperanza, testigos de los prodigios del amor, de la alegría pascual que florece de la Cruz y de la Resurrección de Cristo".
