Tan sólo los hombres grandes de verdad poseen el don de hacerse asequibles y cercanos. Ese es el talante del Cardenal Don Darío Castrillón Hoyos.En sus años al frente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei fueron muchos los que pudieron constatar sus grandes virtudes y cualidades: Príncipe de la Iglesia cercano, acogedor y dialogante. Hombre de preclara inteligencia, de aguda capacidad y finísimo espíritu de discernimiento. Su Eminencia afrontaba los problemas con vista de águila, sin dejarse atrapar en la inmediatez de los mismos, sino atendiendo a las posibilidades de futuro, sin miedo a asumir riesgos y confiando en la acción de la Divina Providencia, que es al fin la que verdaderamente dirige y gobierna la nave de la Iglesia.
Como Presidente de la Pontificia Comisión supo facilitar el acceso a su persona y se prodigó para hacerse él mismo presente en los diversos acontecimientos y celebraciones. No sólo alentó incansablemente la implementación del Motu Proprio Summorum Pontificum, sino además como Cardenal Presidente de la Pontificia Comisión celebró él mismo en numerosas ocasiones la Santa Misa conforme al Uso Extraordinario y administró el Sacramento del orden sacerdotal.
Pero, sobre todo, lo que más se apreciaba en su persona era una inquebrantable fidelidad al Romano Pontífice. El Cardenal dejaba traslucir su firme decisión de ser un fiel colaborador del Santo Padre Benedicto XVI procurando llevar a buen puerto, contra viento y marea, las disposiciones y objetivos del Vicario de Cristo.
Están a disposición de todos las numerosas entrevistas que concedió a lo largo de esos años y que dejan traslucir su entusiasmo, su palabra contundente, la claridad de los principios y de los objetivos. Un verdadero e impagable servicio a la Iglesia y a cuantos desean ser fieles ejecutores de las indicaciones y mandatos de Benedicto XVI.
No es novedoso que la inmediatez del tiempo "pague mal" a quienes siembran bien. Sin embargo, el juicio de la historia y sobre todo el juicio de Dios, impartirán una justicia implacable. Además, bien sabrá Su Eminencia que el mar de la historia al igual que baja también sube. Algo que sólo los verdaderamente inteligentes y aventajados tienen presente y que, sin embargo, siempre tienden a olvidarlo los necios.
Juntamente con él han pasado al anonimato muchos y muy buenos colaboradores que Su Eminencia tenía en distintos países y que sin duda desarrollaban una labor muy positiva en orden a la promoción de Summorum Pontificum. Él sabe que sigue contando con la admiración y el cariño de todos ellos.
Don Darío continúa hoy, desde su nueva situación, animando, impulsando y trabajando para que el rico tesoro del patrimonio litúrgico de la Iglesia sea más y mejor conocido, seguro que con la conciencia de que así está contribuyendo a una verdadera revitalización de la vida cristiana.
¡Desde aquí nuestra mayor admiración y agradecimiento a Su Eminencia!