*Ofrecemos la homilía pronunciada por el P. Manuel María en la Santa Misa- Uso Extraordinario-, celebrada en la Iglesia del Salvador en Toledo, en este domingo de quincuagésima:
Estamos a las puertas del inicio del tiempo de Cuaresma que culminará con la celebración de los misterios centrales de la vida cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
A lo largo de ese tiempo que comenzará, Dios mediante, el próximo miércoles con el rito de la imposición de la ceniza, se nos ofrecerá una nueva oportunidad para profundizar en esos misterios de la vida del Señor, identificarnos más íntimamente con Él y adelantar en la perfección de nuestra vida cristiana.
Estamos, por lo tanto, como a las puertas de una nueva oportunidad que se nos concede, y en la que nos volveremos a enfrentar con la sucesión de los hechos tan tremendos protagonizados y sufridos por Nuestro Señor durante los últimos días de su vida, y de los que misteriosamente ninguno de nosotros estamos al margen. Así lo afirmamos y repetimos cada vez que recitamos el Credo de nuestra fe: “por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras”.
Qué importante es esta aseveración tan sencilla del Credo y que tan fácilmente puede pasar desapercibida: “por nuestra causa”. O más textualmente, conforme a la redacción latina: “Crucifixus étiam pro nobis” – “Fue crucificado por nosotros”.
Este “por nosotros” nos está indicando que ninguno de los seres humanos, ninguno de nosotros, está al margen de los acontecimientos de la vida de Jesús, al margen de su Persona y de su destino.
Esta misma afirmación del Credo, queramos o no, sitúa a todos los seres humanos de todos los tiempos como implicados en el misterio de la Cruz del Nazareno.
¿Cómo afrontar este tiempo nuevo que se abre para nosotros? Deberíamos hacerlo con fe, con visión sobrenatural, siendo conscientes de que también a nosotros, como un día a sus Doce Apóstoles, el Señor nos dice hoy. “Ya veis que subimos a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo escrito por los Profetas del Hijo del hombre; porque será entregado a los gentiles, y escarnecido, y azotado y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán y al tercer día resucitará”.
Los Apóstoles, según nos dice san Lucas en el evangelio, “no entendían lo que Jesús les decía”.
Tampoco nosotros entenderemos nada de los misterios de la vida de Cristo, si pensamos que nada tienen que ver con nosotros. Si no llegamos a comprender su significado y su alcance. Si ignoramos por qué y para qué se encarnó el Hijo de Dios, el por qué y para qué de sus terribles sufrimientos, de su Pasión y de su Muerte en la Cruz.
¿Seremos de aquellos para quienes las cosas de la fe son tan sólo una costumbre heredada de los mayores y que nosotros seguimos por mera inercia y tradición? ¿Pensamos que esos hechos históricos quizás tienen mucho de leyenda, algo de veracidad, pero muy poco que ver con nosotros y con los graves problemas que hemos de enfrentar cada día?
Para no pocos, la Semana Santa se ha convertido a penas en unos días de vacaciones de primavera, en un desfile de piezas de museo más o menos artísticas por las calles de nuestras ciudades. Quizás tan sólo en un recuerdo más o menos sentimental de aquello en lo que creían nuestros abuelos.
Todos estos condicionamientos no sitúan a cada uno de nosotros en un contexto similar al del ciego de Jericó cuya figura nos acerca el evangelio de este día.
Es curioso constatar como el ciego de Jericó no veía con sus ojos, sin embargo su alma estaba iluminada con una luz misteriosa que le impulsó desde lo profundo de su ser a estallar en gritos cuando Jesús pasó cerca de él. Una luz misteriosa que le hizo ver algo que quizás aquellos que sí tenían vista e iban al lado de Jesús, sin embargo no lograban ver ni descubrir.
El ciego gritó con todas sus fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”. La fuerza de su grito procedía de la luz y de la claridad que no tenían sus ojos corporales, pero que sin embargo brillaba en su corazón e iluminaba su alma.
Si el ciego de Jericó no tuviese esa luz interior no podría haber gritado como gritó. Si el ciego no hubiese visto con la luz de su corazón, jamás podría haber reconocido a Jesús como Hijo de David y decirle con todas las fuerzas de su alma: “ten piedad de mí”.
Esa luz maravillosa que iluminaba interiormente al pobre ciego no era otra que la luz de la fe. Esa misma luz acabó por hacer el milagro de iluminar también sus ojos corporales. Así se lo dijo Jesús: “Hágase, tu fe te ha salvado”.
Queridos amigos: Podemos creer ver y sin embargo estar ciegos. Podemos, por el contrario, no ver las realidades de la fe con los ojos del cuerpo, y sin embargo gozar de la claridad de la luz de la fe que nos hace descubrir la presencia de Dios a nuestro lado, muy cerca de nosotros, incluso dentro de nosotros.
¡Cuántos creen ver y sin embargo son ciegos! ¡Cuántos ridiculizan a los hombres y mujeres de fe porque hablan de realidades que no se ven, pero ignoran que hay otra luz para ver a Dios y las cosas de Dios! Esa luz no es otra que la luz de la fe.
Durante el tiempo de Cuaresma que se acerca se nos brindará la oportunidad de acercarnos una vez más a Jesús, a su Persona y a la virtud de sus misterios que la Iglesia celebra y ofrece a los creyentes. Sólo desde la fe podremos descubrirle y reconocerle. Tan sólo con la fuerza que esa luz misteriosa nos proporciona podemos gritarle que tenga piedad de nosotros y que venga a nuestro lado par aumentarnos la luz de la fe.
¡Qué ejemplo de valentía, decisión y clarividencia nos da el ciego de Jericó! “Los que iban delante le reprendían para que callase. Pero él gritaba mucho más alto: Hijo de David, ten piedad de mí”.
Y es que cuanto más el ambiente quiera sofocar nuestra fe más debemos gritar nosotros. Cuanto más se levanten en nuestro corazón las dudas, indecisiones o cobardías, más alto debemos gritar. “Jesús, ten piedad de mí”.
Si el ciego se hubiese dejado intimidar y vencer por quienes le mandaban que se callase, se hubiese quedado ciego para siempre, el milagro no se hubiese producido.
Por eso, también nosotros debemos dejar que la luz de la fe que brilla en nuestro corazón salga al exterior de nuestra vida. Por eso mismo, hemos de gritar cada vez con más fuerza, aún cuando todas las voces exteriores e interiores nos manden callar. El grito del creyente es la oración abierta y confiada. Pero, el grito del creyente es también el testimonio público dado ante los demás, sin miedos, sin cobardías, sin falsos respetos humanos.
Magníficas disposiciones serán estas para afrontar con ilusión y con decisión la Cuaresma que ya se inicia. Iluminados con la luz de la fe contemplaremos los misterios de la Pasión del Señor, no como algo ajeno a nosotros, sino como una nueva y permanente interpelación y provocación que se nos hace a cada uno en particular para que tomemos postura ante Él.
Sólo con la luz de la fe podremos comprender un poco más y mejor que todo cuanto vamos a intentar profundizar y contemplar tiene su explicación última en el misterio del amor con el que Dios nos ama a cada uno, y pretende que nos dejemos amar por Él y nos transformemos en instrumentos de su amor para lo demás, amándolos como Él nos ama:
“La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”
Esto es lo que vemos y descubrimos cumplido en Jesús nuestro Redentor y en María nuestra Madre. A esto mismo estamos invitados todos nosotros, para que así como Él nos amó y nos ama, también nos amemos los unos a lo otros y permanezcamos en su amor.
A lo largo de ese tiempo que comenzará, Dios mediante, el próximo miércoles con el rito de la imposición de la ceniza, se nos ofrecerá una nueva oportunidad para profundizar en esos misterios de la vida del Señor, identificarnos más íntimamente con Él y adelantar en la perfección de nuestra vida cristiana.
Estamos, por lo tanto, como a las puertas de una nueva oportunidad que se nos concede, y en la que nos volveremos a enfrentar con la sucesión de los hechos tan tremendos protagonizados y sufridos por Nuestro Señor durante los últimos días de su vida, y de los que misteriosamente ninguno de nosotros estamos al margen. Así lo afirmamos y repetimos cada vez que recitamos el Credo de nuestra fe: “por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras”.
Qué importante es esta aseveración tan sencilla del Credo y que tan fácilmente puede pasar desapercibida: “por nuestra causa”. O más textualmente, conforme a la redacción latina: “Crucifixus étiam pro nobis” – “Fue crucificado por nosotros”.
Este “por nosotros” nos está indicando que ninguno de los seres humanos, ninguno de nosotros, está al margen de los acontecimientos de la vida de Jesús, al margen de su Persona y de su destino.
Esta misma afirmación del Credo, queramos o no, sitúa a todos los seres humanos de todos los tiempos como implicados en el misterio de la Cruz del Nazareno.
¿Cómo afrontar este tiempo nuevo que se abre para nosotros? Deberíamos hacerlo con fe, con visión sobrenatural, siendo conscientes de que también a nosotros, como un día a sus Doce Apóstoles, el Señor nos dice hoy. “Ya veis que subimos a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo escrito por los Profetas del Hijo del hombre; porque será entregado a los gentiles, y escarnecido, y azotado y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán y al tercer día resucitará”.
Los Apóstoles, según nos dice san Lucas en el evangelio, “no entendían lo que Jesús les decía”.
Tampoco nosotros entenderemos nada de los misterios de la vida de Cristo, si pensamos que nada tienen que ver con nosotros. Si no llegamos a comprender su significado y su alcance. Si ignoramos por qué y para qué se encarnó el Hijo de Dios, el por qué y para qué de sus terribles sufrimientos, de su Pasión y de su Muerte en la Cruz.
¿Seremos de aquellos para quienes las cosas de la fe son tan sólo una costumbre heredada de los mayores y que nosotros seguimos por mera inercia y tradición? ¿Pensamos que esos hechos históricos quizás tienen mucho de leyenda, algo de veracidad, pero muy poco que ver con nosotros y con los graves problemas que hemos de enfrentar cada día?
Para no pocos, la Semana Santa se ha convertido a penas en unos días de vacaciones de primavera, en un desfile de piezas de museo más o menos artísticas por las calles de nuestras ciudades. Quizás tan sólo en un recuerdo más o menos sentimental de aquello en lo que creían nuestros abuelos.
Todos estos condicionamientos no sitúan a cada uno de nosotros en un contexto similar al del ciego de Jericó cuya figura nos acerca el evangelio de este día.
Es curioso constatar como el ciego de Jericó no veía con sus ojos, sin embargo su alma estaba iluminada con una luz misteriosa que le impulsó desde lo profundo de su ser a estallar en gritos cuando Jesús pasó cerca de él. Una luz misteriosa que le hizo ver algo que quizás aquellos que sí tenían vista e iban al lado de Jesús, sin embargo no lograban ver ni descubrir.
El ciego gritó con todas sus fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”. La fuerza de su grito procedía de la luz y de la claridad que no tenían sus ojos corporales, pero que sin embargo brillaba en su corazón e iluminaba su alma.
Si el ciego de Jericó no tuviese esa luz interior no podría haber gritado como gritó. Si el ciego no hubiese visto con la luz de su corazón, jamás podría haber reconocido a Jesús como Hijo de David y decirle con todas las fuerzas de su alma: “ten piedad de mí”.
Esa luz maravillosa que iluminaba interiormente al pobre ciego no era otra que la luz de la fe. Esa misma luz acabó por hacer el milagro de iluminar también sus ojos corporales. Así se lo dijo Jesús: “Hágase, tu fe te ha salvado”.
Queridos amigos: Podemos creer ver y sin embargo estar ciegos. Podemos, por el contrario, no ver las realidades de la fe con los ojos del cuerpo, y sin embargo gozar de la claridad de la luz de la fe que nos hace descubrir la presencia de Dios a nuestro lado, muy cerca de nosotros, incluso dentro de nosotros.
¡Cuántos creen ver y sin embargo son ciegos! ¡Cuántos ridiculizan a los hombres y mujeres de fe porque hablan de realidades que no se ven, pero ignoran que hay otra luz para ver a Dios y las cosas de Dios! Esa luz no es otra que la luz de la fe.
Durante el tiempo de Cuaresma que se acerca se nos brindará la oportunidad de acercarnos una vez más a Jesús, a su Persona y a la virtud de sus misterios que la Iglesia celebra y ofrece a los creyentes. Sólo desde la fe podremos descubrirle y reconocerle. Tan sólo con la fuerza que esa luz misteriosa nos proporciona podemos gritarle que tenga piedad de nosotros y que venga a nuestro lado par aumentarnos la luz de la fe.
¡Qué ejemplo de valentía, decisión y clarividencia nos da el ciego de Jericó! “Los que iban delante le reprendían para que callase. Pero él gritaba mucho más alto: Hijo de David, ten piedad de mí”.
Y es que cuanto más el ambiente quiera sofocar nuestra fe más debemos gritar nosotros. Cuanto más se levanten en nuestro corazón las dudas, indecisiones o cobardías, más alto debemos gritar. “Jesús, ten piedad de mí”.
Si el ciego se hubiese dejado intimidar y vencer por quienes le mandaban que se callase, se hubiese quedado ciego para siempre, el milagro no se hubiese producido.
Por eso, también nosotros debemos dejar que la luz de la fe que brilla en nuestro corazón salga al exterior de nuestra vida. Por eso mismo, hemos de gritar cada vez con más fuerza, aún cuando todas las voces exteriores e interiores nos manden callar. El grito del creyente es la oración abierta y confiada. Pero, el grito del creyente es también el testimonio público dado ante los demás, sin miedos, sin cobardías, sin falsos respetos humanos.
Magníficas disposiciones serán estas para afrontar con ilusión y con decisión la Cuaresma que ya se inicia. Iluminados con la luz de la fe contemplaremos los misterios de la Pasión del Señor, no como algo ajeno a nosotros, sino como una nueva y permanente interpelación y provocación que se nos hace a cada uno en particular para que tomemos postura ante Él.
Sólo con la luz de la fe podremos comprender un poco más y mejor que todo cuanto vamos a intentar profundizar y contemplar tiene su explicación última en el misterio del amor con el que Dios nos ama a cada uno, y pretende que nos dejemos amar por Él y nos transformemos en instrumentos de su amor para lo demás, amándolos como Él nos ama:
“La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”
Esto es lo que vemos y descubrimos cumplido en Jesús nuestro Redentor y en María nuestra Madre. A esto mismo estamos invitados todos nosotros, para que así como Él nos amó y nos ama, también nos amemos los unos a lo otros y permanezcamos en su amor.