1.- El estado de vida consagrada aparece como una de las maneras de vivir una consagración más íntima que tiene su raíz en el Bautismo y se dedica totalmente a Dios. En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 916).2.- La vida consagrada enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu Santo. Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se denominan clérigos: los demás se llaman laicos. Hay, por otra parte, fieles que perteneciendo a uno de ambos grupos, por la profesión de los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia), se consagran a Dios y sirven así a la misión de la Iglesia. (cf. Catecismo, n. 934).
3.- Los institutos de vida consagrada participan en la tarea de evangelización de la Iglesia, en el mundo y desde el mundo, donde su presencia obra a manera de un 'fermento'. Su testimonio de vida cristiana mira a ordenar según Dios las realidades temporales y a penetrar el mundo con la fuerza del Evangelio. Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a todos los discípulos de Cristo.
La perfección de la caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes asumen libremente la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia (cf. Catecismo, n. 915).
5.- Los religiosos y religiosas de vida contemplativa, conocedores del mundo de hoy, ofrecen a la comunidad cristiana, necesitada más que nunca de auténticos valores espirituales, un anuncio silencioso y un testimonio humilde del misterio de Dios y de la trascendencia de la persona humana, creada a su imagen y semejanza.
6.- La implantación y la expansión misionera de la Iglesia requieren la presencia de la vida religiosa en todas sus formas desde el período de implantación de la Iglesia. «La historia da testimonio de los grandes méritos de las familias religiosas en la propagación de la fe y en la formación de las nuevas Iglesias: desde las antiguas instituciones monásticas, las órdenes medievales y hasta las congregaciones modernas» (Catecismo, n. 927).
7.- Las personas consagradas, fieles a la inspiración fundacional, están siempre disponibles a las perspectivas espirituales y pastorales en armonía con las exigencias de nuestro tiempo. Se ofrecen generosamente a colaborar en la Iglesia diocesana según sus propias fuerzas y carismas, actuando en plena comunión con el Obispo, en el ámbito de la evangelización, de la catequesis y de la vida de las parroquias.
8.- Las personas consagradas en los institutos seculares se esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico. Participan para ello en la obra evangelizadora de la Iglesia, mediante el testimonio personal de vida cristiana, el empeño por ordenar según Dios las realidades temporales y la colaboración en el servicio de la comunidad eclesial de acuerdo con el estilo de vida secular que les es propio.
9.- Junto a las diversas formas de vida consagrada se encuentran «las sociedades de vida apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones. Entre éstas, existen sociedades cuyos miembros abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las constituciones» (Catecismo, n. 930).
10.- «Desde los tiempos apostólicos, vírgenes y viudas cristianas llamadas por el Señor para consagrarse a Él enteramente con una libertad mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu, han tomado la decisión, aprobada por la Iglesia, de vivir respectivamente en estado de virginidad o de castidad perpetua a causa del Reino de los cielos» (Catecismo, n. 922). El orden de las vírgenes, los eremitas y las viudas, es una invitación para los demás y para la misma comunidad eclesial a no perder de vista la suprema vocación de estar siempre con el Señor.