*A la 10.30 de la mañana se celebró en la Iglesia del Salvador de Toledo, como cada domingo, la Santa Misa conforme al Uso Extraordinario. El calendario litúrgico tradicional celebra en este día la Fiesta de la Sagrada Familia.
Ofrecemos la homilía pronunciada por el P. Manuel María, Superior de la Comunidad de Hermanos de la Fraternidad:
Amados Hermanos:
Conforme al calendario litúrgico Tradicional celebramos en este domingo la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Nuestra mirada se detiene hoy de manera contemplativa en la trinidad de la tierra formada por Jesús, María y José, que es fiel reflejo de la Trinidad del Cielo cuya esencia y vida es el amor.
Mediante la Encarnación, el Hijo de Dios “nacido de la Virgen María se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”. Y esto de tal modo que “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre”. (Cf. Gaudium et spes, 22).
La Sabiduría Divina diseñó en el plan de Redención que el Hijo hecho hombre naciese de la virgen nazarena, habiéndolo concebido Ella en su seno “por obra y gracia del Espíritu Santo”, y que viviese en el seno de una familia cuya cabeza sería el Patriarca San José.
De la Virgen recibe el Hijo su Santísima Humanidad y de San José, su padre de adopción y fiel custodio, todos los derechos legales como ciudadano israelita y Príncipe de la Casa de David.
María y José nos muestran al Niño nacido en Belén para que también nosotros como ellos le adoremos y reconozcamos por la fe como “verdadero Dios y verdadero Hombre, perfecto Dios y perfecto Hombre”.
El Hijo de Dios asumiendo una familia humana en la Encarnación Redentora, formando parte de ella y ejercitando en el seno de la misma todas las virtudes domésticas, no sólo nos da un ejemplo de vida, sino que además perfecciona aún más la institución familiar diseñada por Dios desde el origen del mundo, elevándola a una dimensión sobrenatural y enriqueciéndola con nuevas y abundantes gracias divinas.
La Sagrada Familia de Nazaret es la primera familia cristiana, paradigma, inspiración y modelo para las familias cristianas de todos los tiempos.
Al principio el Creador los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos sino una sola carne. Por tanto lo que Dios unió no lo separe el hombre (Cf. Mt 19, 4-6)
La Sagrada Revelación nos presenta la familia como institución diseñada por Dios desde el principio. Don y regalo para todo hombre y para toda mujer que nacidos en su seno debieran ser acogidos con amor y acompañados con responsabilidad en su crecimiento. La familia, hogar natural de la persona humana, origen, fundamento y cimiento de la sociedad.
Cualquier ataque a la institución familiar será siempre un atentado irresponsable, suicida y hasta cierto punto criminal contra la persona humana y contra la misma humanidad. Un golpe asestado al fundamento más importante y sagrado de la vida personal y social.
Cuando se atenta contra el orden natural establecido por el mismo Creador sólo cabe aguardar un cúmulo espantoso de desastres personales y sociales cuya víctima primera y principal es siempre el ser humano.
¿Cómo es posible que tantos hombres y mujeres dotados de la luz de la razón, y lo que es peor aún, muchos bautizados que conocen la ley de Dios y los principios cristianos, se tornen seguidores de los nuevos “iluminados” aplaudiendo sus pestilentes propuestas encaminadas a socavar los cimientos naturales de la vida familiar y social?
La respuesta es fácil.
Cuando se rechaza a Dios Creador, Supremo legislador del derecho natural, garante y fundamento del orden social. Entonces, la razón se oscurece, el pensamiento humano se pervierte hasta límites insospechados. El Creador es sustituido por los poderosos del mundo convertidos en ídolos en virtud de su astucia, de sus aspiraciones macabras, apoyados y sostenidos por aquellos hombres y mujeres que como ellos ya no tienen Dios, “su dios es el vientre, su gloria sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas”, “su fin es la perdición” (Cf. Fl 3, 19).
En la medida en que un cristiano se va alejando a sí mismo de Dios y va alejando al Señor de su vida, termina por apagarse la luz de la fe que ilumina su mente y su alma. La oscuridad acaba por envolver su vida entera, su pensamiento se pervierte porque antes se ha ido pervirtiendo su corazón y la oscuridad del error acaba por instalarse en él. ¡Cuánta es, entonces, la oscuridad!
Del rechazo de Dios Creador y de Dios Redentor se sigue infaliblemente para las almas y para la sociedad entera un cúmulo de desgracias que una tras otra van llegando y sembrando oscuridad, dolor y finalmente muerte.
¿Acaso no percibimos la oscuridad que se va apoderando de tantos que ya hoy confunden el bien con el mal, o lo que es peor, llaman al mal bien y al bien mal?
¿Acaso no percibimos el aumento de dolor espiritual en los hombres y mujeres de nuestro tiempo abatidos por una existencia a la que no encuentran sentido, o víctimas de tanto egoísmo que se traduce en abandono y soledad de los ancianos, en descuido de los enfermos, en desarraigo de los niños y de los jóvenes por tantos dramas y problemas familiares?
Sí, la negación de Dios Creador y el rechazo de Dios Redentor se pagan a un alto precio. Y quizás, sólo estemos al comienzo de un drama de terribles proporciones si no nos convertimos y nos volvemos a Dios mientras estamos a tiempo.
¿Dónde podremos encontrar los resortes para resistir e iniciar una verdadera renovación personal y social?
Los encontraremos en el redescubrimiento de la familia. Hoy más que nunca la Iglesia ha de clamar con valentía. ¡Familia sé lo que estás llamada a ser por Dios Creador y Redentor! ¡Familia cristiana redescubre tu vocación y tus raíces de las que brotaron las virtudes humanas y cristianas que hicieron surgir una civilización cristiana admirable por la honradez de sus gentes, por la fe de sus pueblos, por los ideales humanos y cristianos más nobles que la humanidad haya conocido!
Esta locura y este desvarío en que se ve sumida la sociedad presente sólo puede ser detenida y reorientada por la fuerza de la familia cristiana acogedora del don sagrado de la vida, educadora de la fe para los más pequeños y para las jóvenes generaciones, transmisora de valores auténticos.
La sociedad necesita más que nunca el apostolado y el ejemplo de las familias cristianas cimentadas en el respeto a la santa ley de Dios, en el amor recíproco entre los esposos, en la fidelidad, en la capacidad de perdón, de renuncia y de sacrificio, en la obediencia de los hijos hacia los padres, en el respeto mutuo y en el amor verdadero entre todos los miembros que la componen. Familias que sean iglesias domésticas y en cuyo seno Dios sea adorado, bendecido, y obedecido. Familias que vuelvan a confiar en la sabiduría del evangelio y en la función magisterial de la Iglesia Madre y maestra de los pueblos y de las gentes.
Damos gracias a Dios por el don maravilloso de la vida familiar y por el regalo aún más valioso de la gracia por la cual pertenecemos a la Iglesia, familia de los hijos de Dios en la tierra y prenda de la gran familia de Dios en el Cielo al que por la virtud de la esperanza esperamos llegar un día si perseveramos en la fe y en la caridad.
Porque “nosotros somos ciudadanos del cielo, donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Fl 3, 20).
¡Jesús, María y José, asistidnos, guiadnos y protegednos!
Amén.
Conforme al calendario litúrgico Tradicional celebramos en este domingo la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Nuestra mirada se detiene hoy de manera contemplativa en la trinidad de la tierra formada por Jesús, María y José, que es fiel reflejo de la Trinidad del Cielo cuya esencia y vida es el amor.
Mediante la Encarnación, el Hijo de Dios “nacido de la Virgen María se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”. Y esto de tal modo que “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre”. (Cf. Gaudium et spes, 22).
La Sabiduría Divina diseñó en el plan de Redención que el Hijo hecho hombre naciese de la virgen nazarena, habiéndolo concebido Ella en su seno “por obra y gracia del Espíritu Santo”, y que viviese en el seno de una familia cuya cabeza sería el Patriarca San José.
De la Virgen recibe el Hijo su Santísima Humanidad y de San José, su padre de adopción y fiel custodio, todos los derechos legales como ciudadano israelita y Príncipe de la Casa de David.
María y José nos muestran al Niño nacido en Belén para que también nosotros como ellos le adoremos y reconozcamos por la fe como “verdadero Dios y verdadero Hombre, perfecto Dios y perfecto Hombre”.
El Hijo de Dios asumiendo una familia humana en la Encarnación Redentora, formando parte de ella y ejercitando en el seno de la misma todas las virtudes domésticas, no sólo nos da un ejemplo de vida, sino que además perfecciona aún más la institución familiar diseñada por Dios desde el origen del mundo, elevándola a una dimensión sobrenatural y enriqueciéndola con nuevas y abundantes gracias divinas.
La Sagrada Familia de Nazaret es la primera familia cristiana, paradigma, inspiración y modelo para las familias cristianas de todos los tiempos.
Al principio el Creador los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos sino una sola carne. Por tanto lo que Dios unió no lo separe el hombre (Cf. Mt 19, 4-6)
La Sagrada Revelación nos presenta la familia como institución diseñada por Dios desde el principio. Don y regalo para todo hombre y para toda mujer que nacidos en su seno debieran ser acogidos con amor y acompañados con responsabilidad en su crecimiento. La familia, hogar natural de la persona humana, origen, fundamento y cimiento de la sociedad.
Cualquier ataque a la institución familiar será siempre un atentado irresponsable, suicida y hasta cierto punto criminal contra la persona humana y contra la misma humanidad. Un golpe asestado al fundamento más importante y sagrado de la vida personal y social.
Cuando se atenta contra el orden natural establecido por el mismo Creador sólo cabe aguardar un cúmulo espantoso de desastres personales y sociales cuya víctima primera y principal es siempre el ser humano.
¿Cómo es posible que tantos hombres y mujeres dotados de la luz de la razón, y lo que es peor aún, muchos bautizados que conocen la ley de Dios y los principios cristianos, se tornen seguidores de los nuevos “iluminados” aplaudiendo sus pestilentes propuestas encaminadas a socavar los cimientos naturales de la vida familiar y social?
La respuesta es fácil.
Cuando se rechaza a Dios Creador, Supremo legislador del derecho natural, garante y fundamento del orden social. Entonces, la razón se oscurece, el pensamiento humano se pervierte hasta límites insospechados. El Creador es sustituido por los poderosos del mundo convertidos en ídolos en virtud de su astucia, de sus aspiraciones macabras, apoyados y sostenidos por aquellos hombres y mujeres que como ellos ya no tienen Dios, “su dios es el vientre, su gloria sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas”, “su fin es la perdición” (Cf. Fl 3, 19).
En la medida en que un cristiano se va alejando a sí mismo de Dios y va alejando al Señor de su vida, termina por apagarse la luz de la fe que ilumina su mente y su alma. La oscuridad acaba por envolver su vida entera, su pensamiento se pervierte porque antes se ha ido pervirtiendo su corazón y la oscuridad del error acaba por instalarse en él. ¡Cuánta es, entonces, la oscuridad!
Del rechazo de Dios Creador y de Dios Redentor se sigue infaliblemente para las almas y para la sociedad entera un cúmulo de desgracias que una tras otra van llegando y sembrando oscuridad, dolor y finalmente muerte.
¿Acaso no percibimos la oscuridad que se va apoderando de tantos que ya hoy confunden el bien con el mal, o lo que es peor, llaman al mal bien y al bien mal?
¿Acaso no percibimos el aumento de dolor espiritual en los hombres y mujeres de nuestro tiempo abatidos por una existencia a la que no encuentran sentido, o víctimas de tanto egoísmo que se traduce en abandono y soledad de los ancianos, en descuido de los enfermos, en desarraigo de los niños y de los jóvenes por tantos dramas y problemas familiares?
Sí, la negación de Dios Creador y el rechazo de Dios Redentor se pagan a un alto precio. Y quizás, sólo estemos al comienzo de un drama de terribles proporciones si no nos convertimos y nos volvemos a Dios mientras estamos a tiempo.
¿Dónde podremos encontrar los resortes para resistir e iniciar una verdadera renovación personal y social?
Los encontraremos en el redescubrimiento de la familia. Hoy más que nunca la Iglesia ha de clamar con valentía. ¡Familia sé lo que estás llamada a ser por Dios Creador y Redentor! ¡Familia cristiana redescubre tu vocación y tus raíces de las que brotaron las virtudes humanas y cristianas que hicieron surgir una civilización cristiana admirable por la honradez de sus gentes, por la fe de sus pueblos, por los ideales humanos y cristianos más nobles que la humanidad haya conocido!
Esta locura y este desvarío en que se ve sumida la sociedad presente sólo puede ser detenida y reorientada por la fuerza de la familia cristiana acogedora del don sagrado de la vida, educadora de la fe para los más pequeños y para las jóvenes generaciones, transmisora de valores auténticos.
La sociedad necesita más que nunca el apostolado y el ejemplo de las familias cristianas cimentadas en el respeto a la santa ley de Dios, en el amor recíproco entre los esposos, en la fidelidad, en la capacidad de perdón, de renuncia y de sacrificio, en la obediencia de los hijos hacia los padres, en el respeto mutuo y en el amor verdadero entre todos los miembros que la componen. Familias que sean iglesias domésticas y en cuyo seno Dios sea adorado, bendecido, y obedecido. Familias que vuelvan a confiar en la sabiduría del evangelio y en la función magisterial de la Iglesia Madre y maestra de los pueblos y de las gentes.
Damos gracias a Dios por el don maravilloso de la vida familiar y por el regalo aún más valioso de la gracia por la cual pertenecemos a la Iglesia, familia de los hijos de Dios en la tierra y prenda de la gran familia de Dios en el Cielo al que por la virtud de la esperanza esperamos llegar un día si perseveramos en la fe y en la caridad.
Porque “nosotros somos ciudadanos del cielo, donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Fl 3, 20).
¡Jesús, María y José, asistidnos, guiadnos y protegednos!
Amén.
