
Es de esperar que la piedra lanzada en el estanque por el arquitecto Paolo Portoghesi produzca una amplia onda de reflexión entre la gente del oficio. El punto puesto en relieve es claro: la revalorización conciliar de la dimensión comunitaria, esencial para la fe cristiana, ha llevado en su fase de aplicación a una desacralización que nada tiene que ver con las enseñanzas del Vaticano II.No faltan las razones teológicas y escriturísticas; es más, una visión de la Iglesia como depositaria de la sacralidad, o más bien de la santidad. Jesús aclaró a la Samaritana: “Llega la hora en la que ni sobre este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…). Llega la hora –y es ésta– en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad: pues así quiere el Padre que sean aquellos que lo adoran” (Juan, IV, 21-23).
En el Cristianismo no hay, propiamente hablando, lugares sagrados. Dios está en todas partes y especialmente en el hombre en estado de gracia, el que Orígenes proponía con orgullo como la imagen más exacta de Dios: “No hay parangón entre el Zeus Olímpico esculpido por Fidias y el hombre esculpido a imagen de Dios Creador” (Contra Celsum, VIII, 18). Santo es el hombre (o puede serlo) y santa es la Iglesia. Y “donde dos o tres se hallan reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mateo, XVIII, 20).Sobre esta base, verdadera fe antigua de la Iglesia, se ha dado una enfatización, una hipertrofia que llega a veces hasta a negar la validez de la acción religiosa individual. Así, la iglesia edificio es mirada como el centro de reunión de la asamblea o comunidad, que es sagrado sólo mientras se desarrolla en él una acción sagrada y en ausencia de ésta se vuelve un cascarón vacío, no previéndose, por tanto, un uso personal, individual, “privado” del lugar. Pero la iglesia transformada en una sala de reuniones no tiene necesidad de imágenes; éstas incluso son un estorbo. Piénsese en una sala de conferencias o congresos: cuanto más sucinta mejor cumplen con su cometido, ayudando a concentrar la atención sobre los ponentes. Las iglesias para la asamblea no quieren imágenes porque no sirven, porque molestan. Y en el fondo la cosa encaja bien con el gusto minimalista y purista de muchos arquitectos, sean creativos o imitadores.
Las iglesias sobrias y más o menos desnudas no son, por supuesto, una novedad del siglo XX y también han contribuido a su modo al encuentro con Dios en Jesucristo. Pero no se puede apelar al Vaticano II para justificar la ausencia de imágenes, ni mucho menos la invalidez de la oración personal en el interior de la iglesia. En la Sacrosanctum Concilium leemos que la finalidad del arte sacro es la de “colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios”; también que "la Iglesia se consideró siempre, con razón, como árbitro de las mismas, discerniendo, entre las obras de los artistas, aquellas que estaban de acuerdo con la fe, la piedad y las leyes religiosas tradicionales y que eran consideradas aptas para el uso sagrado" (122). Y seguidamente declara: "Manténgase firmemente la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles" (125), recomendando al mismo tiempo moderación para evitar las exageraciones, siempre posibles en esta materia.Sin embargo, la historia del tabernáculo refleja el creciente desarrollo del culto eucarístico, según aquel “progreso de la fe” ya delimitado por Vicente de Lerins en su Commonitorium (434) y que en este caso ha conocido dos momentos fuertes: el siglo XIII y las iniciativas de la reforma católica en torno al Concilio de Trento. En torno porque, por ejemplo, fue el obispo de Verona (foto), Matteo Giberti (+1543), el primero que colocó el tabernáculo sobre la mensa del altar, acción que pronto imitaron muchos. Come escribía Juan Pablo II en 2003: "Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión del Misterio" (Ecclesia de Eucharistia, 49). El asambleísmo, en cambio, ve la custodia eucarística de manera subsidiaria y no dimanante de la unión del fiel con Cristo más allá de la comunión.
La consecuencia, en términos de diseño de iglesias, evidenciada en el mismo documento postsinodal es simple: "En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al sagrario, cuyo aspecto artístico también debe cuidarse" (69).En último análisis la visibilización del tabernáculo y la exposición de imágenes sagradas están en la misma línea de la plegaria personal que, como se ha visto, no quita nada a la celebración comunitaria. De ello se sigue que tampoco las imágenes sagradas son sólo un adorno: “el arte sagrado –escribía Juan Pablo II– ha de distinguirse por su capacidad de expresar adecuadamente el Misterio, tomado en la plenitud de la fe de la Iglesia” (Ecclesia de Eucharistia, 50). A lo que hace eco el Sínodo a través de las palabras de Benedicto XVI cuando recuerda que “la iconografía religiosa se ha de orientar a la mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con la acción litúrgica" (41).
Hay, pues, materia de reflexión, no para invocar una restauración, sino para admitir con nobleza de ánimo los errores cometidos y para posibilitar nuevas líneas de desarrollo del arte sacro. La siguiente cuestión consistirá necesariamente en saber cómo hacer para que el poliédrico arte sacro contemporáneo manifieste adecuadamente el misterio de la Fe de la Iglesia. Ya que es del arte contemporáneo del cual vendrá la solución y no de reconstrucciones tan imposibles cuanto nostálgicas. En todo caso, nos encontramos ante una cuestión teológica y espiritual antes que estética.Autor: Michele Dolz, de la Pontificia Universitá della Santa Croce