


Homilía pronunciada por Su Eminencia el trece de mayo
"El trece de mayo bajó de los cielos la Virgen María… Con cuanto gozo y alegría Fátima y todo el mundo se alegra desde hace 92 años por este gran regalo inmerecido de la presencia amorosa de Nuestra Señora.
Agradezco el honor que me brinda el Señor Obispo Mons. Antonio Augusto Dos Santos Marto, para presidir esta solemne celebración y quiero en primer lugar traerles los saludos y el amor del pueblo de Dios que peregrina en Honduras mi patria de origen, un país pequeño de solamente 112.000 Kilómetros cuadrados y 7 millones de habitantes pero en donde se ama también intensamente a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de Suyapa, precisamente porque María camina con nuestros pueblos.
En la vida de la Iglesia se destaca la figura de la Virgen María, venerada como Madre de Jesús y Madre de la Iglesia. Desde el comienzo de la evangelización, son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús.
Con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y recibiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho de todo el mundo, testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sentimos por ella.
La Virgen nos pertenece y la sentimos como madre y hermana. La historia de la mayoría de los santuarios marianos de todas partes, testimonian el cariño especial de María por los pequeños e insignificantes de este mundo. La devoción mariana con su multitud de expresiones culturales, nos dice que el Evangelio se ha inculturado en las facciones blancas, indias, criollas, negras y mestizas con las que se presenta a la Virgen, revelando en ello el rostro compasivo y materno de Dios hacia su pueblo.
Juan Pablo II la llamó “Madre y Evangelizadora del mundo, estrella de la Nueva Evangelización e invitó a implorar de ella “la fuerza para anunciar con valentía la Palabra en la tarea de la nueva evangelización, para corroborar la esperanza en el mundo”.
En la primera aparición de Nuestra Señora de Fátima, parecía que estaba perdida toda esperanza. Amenazas terribles se cernían sobre el mundo. Ella vino a traernos la esperanza que brota de la Divina Providencia de un Dios que es amor y que no abandona la obra de sus manos. La esperanza de la que nos ha hablado tanto el Papa Benedicto XVI en su segunda Encíclica Spe Salvi, con las siguientes palabras: “La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?” (SS 49).
También ahora nuestro mundo se encuentra sumido en profundas crisis de Fe, de ética, de humanidad y parece haber perdido la orientación moral. Ya no sabe dónde está la frontera entre el bien y el mal. Puede que tenga una próspera bolsa de valores, pero sin valores.
La crisis financiera que estamos viviendo es simplemente un signo de esto. La mano invisible que supuestamente tendría que guiar el mercado, se volvió una mano ladrona y llena de codicia.
Hoy también, con el ejemplo y el auxilio de la Virgen, las comunidades cristianas continúan la misión de conducir al encuentro con Cristo y, por eso, la invocamos nuevamente como Estrella de la nueva evangelización.
A los ojos y al corazón de los creyentes, María aparece como:
a) Mujer de fe: Acepta y hace suyo el proyecto de Dios Padre. Con su “sí” invita a abrir el corazón a la confianza en Dios y al abandono confiado en su providente conducción.
En ella hemos aprendido a descubrir el rostro materno de Dios, rico en piedad y misericordia, y a confiar en su amor paternal.
Madre de Jesús, nos muestra el “fruto bendito de su vientre”, “Camino, Verdad y Vida”, del cual queremos ser discípulos, y llena del Espíritu Santo nos enseña a transformar los diversos momentos de la vida humana en historia de salvación.
b) Mujer servicial y solidaria: Con los ojos puestos en sus hijos y en sus necesidades, como en Caná de Galilea, María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además, cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada comunidad cristiana, “se sientan como en su casa” (NMI 50).
c) Mujer de esperanza: Junto a la Cruz de Jesús donde nos engendró nuevamente como hijos, sigue acompañando el dolor de nuestros pueblos sufrientes, invitando a los discípulos de su Hijo a recorrer con mayor coherencia y audacia el camino de hacerse prójimos, para construir más justicia y solidaridad, y para desplegar una nueva “imaginación de la caridad”.
d) Madre y formadora de comunidades de discípulos misioneros: Crea comunión y educa a un estilo de vida compartida, en fraternidad, en atención y aceptación del prójimo, especialmente si es pobre o necesitado. En nuestras comunidades, su fuerte presencia ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión materna de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierte en “casa y escuela de la comunión” (NMI 43), y en espacio espiritual que prepara para la misión.
María, madre de los discípulos misioneros, también camina con nosotros. Ella lo hace como discípula, porque ha creído firmemente que lo anunciado por el Señor se cumplirá. Lo hace como misionera, porque -a diferencia de los apóstoles que proclaman la Palabra- da a luz a Jesús, Palabra de Dios, contenido de la proclamación apostólica. Camina con nosotros como mujer solidaria, porque ofrece su ser, su intercesión y sus santuarios para atender nuestras necesidades. Camina como nueva Arca de la alianza, habitada por la Palabra viva de Dios, y como sierva del Señor, que por su escucha y obediencia tiene la experiencia de grandes cosas que el Poderoso hace en ella y con ella. Ella es por sobre todo modelo del discípulo misionero que abre su vida al acontecimiento salvífico trinitario.
María, la madre de la Iglesia, acompaña a apóstoles y discípulos en Pentecostés. Con ellos espera la luz plena que proviene del Espíritu (cf. Jn 14, 25; 16, 13). Como ellos, realiza el proceso característico de una fe que crece en la comprensión y práctica del proyecto salvador del Padre (cf. Lc 8, 15.21).
Pero hay otro aspecto muy importante, que no puedo dejar de mencionar: la Virgen de Fátima nos trajo el mensaje del Santo Rosario que no ha pasado de moda como piensan algunos.
El rosario abrevia lo esencial del evangelio y lo coloca profundamente en nosotros, hasta que en el corazón se sienta el eco de la Buena Nueva de Dios. Es como una semilla que se coloca en el surco y germina, crece, madura, hasta que da frutos de vida: los frutos del Reino.
El rosario es una oración que no se limita a la simple repetición, como si estuviera carente de creatividad, es más bien como una rueda de molino de agua, que en cada movimiento siempre hace algo nuevo.
El rosario es como es como la concha marina que retoma en sí el eco de todo el canto del mar. Nunca nos cansamos de oírlo cuando la colocamos en nuestros oídos.
El rosario es como la corona de flores que los príncipes colocaban sobre la frente de sus amadas. Cada rosa y cada gesto es una bella poesía de amor. Es así como nosotros tomamos ese rosario –o corona de rosas- para venir al encuentro de Jesús y María, en el amor de la Santísima Trinidad.
Por eso Pablo VI decía que “si el rosario no es una oración contemplativa, es un cuerpo sin alma, un cadáver” (Marialis Cultus, 47).
Por eso orar con el rosario es mucho más de lo que parece a primera vista. Lo importante del rosario es que limitando la oración a pocas palabras, repetidas lentamente, el corazón va absorbiendo en su interior la luz de Dios que brilló en María y somos así conducidos al servicio al mundo que la caracterizó.
El rosario, en síntesis, se centra en la contemplación del Evangelio en comunión con Aquella que guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón (Lucas 2,19).
En cada decena del rosario reposamos amorosamente las agitaciones de nuestra respiración, hasta que se suscite en nuestro corazón orante una dinámica interior que remueva nuestra vida de sus inercias y nos ponga a volar alto en las profundidades de Dios.
Por último: en el recién pasado Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, se nos exhortaba a darle cada vez más importancia a la lectura orante de la Palabra de Dios. Aquí también encontramos a la oración Bíblica del Ave María como una escuela de oración que acompaña el ejercicio espiritual de la Lectio Divina.
El “Ave María” es una escuela de oración bíblica.
Si tomamos conciencia del valor de cada una de sus palabras, nuestra oración crecerá más por las rutas del Espíritu.
No necesitamos una palabra que sirva de “manantial” inicial, porque ésta ya fue dada en el “Padre Nuestro” con el grito “Abbá”, el cual permanece en el horizonte de toda oración cristiana.
Con el “Ave María” lo que hacemos es una profundización.
Así como el “Padre Nuestro”, el “Ave María”, tiene dos movimientos que reproducen el palpitar del corazón, el doble movimiento oracional de la alabanza y de la súplica.
El primer movimiento es de alabanza y comienza con el “Dios te salve María”. El segundo movimiento es de súplica y comienza con el “Santa María, Madre de Dios”.
Lo más bello es que mientras nos dirigimos a María en alabanza y súplica, al mismo tiempo, junto con ella nos dirigimos a Jesús, quien es el motivo de nuestra alabanza y el fundamento de toda invocación. Revivimos con María los misterios salvíficos de su Hijo y con ella los meditamos en nuestro corazón.
Al mismo tiempo, junto con ella, podemos pedir juntos la intervención del Señor por nuestras necesidades particulares.
Es interesante y siempre nuevo: se trata de un ejercicio espiritual tremendo. Con este tipo de oración tan privilegiado, nuestro corazón vive una triple atención: a María, a Jesús y las necesidades actuales de todas las personas. Por eso es algo actual y nunca pasará.
Que Nuestra Señora de Fátima, que concibió primero a Jesucristo en el corazón y después en sus entrañas, continúe siendo madre y modelo de fecundos discípulos misioneros en la Iglesia de Portugal y de todo el mundo y nos guíe en los nuevos caminos pastorales y espirituales para que todos nosotros, que tanto veneramos a su Santísima Madre, tengamos vida en Jesucristo. Amén".
OSCAR ANDRES RODRÍGUEZ MARADIAGA, S.D.B.ARZOBISPO DE TEGUCIGALPA. HONDURAS.