
"Nuestra liturgia debería irradiar verdadera belleza, reflejando la belleza de Dios mismo y de lo que Él hace por nosotros en Cristo Jesús. Debería elevar nuestra alma – en primer lugar a través del intelecto y de la voluntad, pero también por medio de nuestros sentidos y emociones – para adorar a Dios, ya que estamos teniendo parte en el culto eterno del Cielo. En este valle de lágrimas, la Liturgia debería ser la estrella polar, un lugar de maravilla y consuelo en el día a día de nuestras vidas, un lugar de luz y de elevada belleza, más allá del alcance de las sombras mundanas. Muchas personas entran en contacto con la Iglesia, y a veces con la oración y con Dios, sólo a través de la Misa dominical. ¿Acaso no deberíamos ofrecer una experiencia de belleza y trascendencia, convincentemente distinta de nuestras vidas diarias? ¿No debería ser cada faceta de nuestra ofrenda proporcionada a la realidad divina?"