*Homilía de la Santa Misa de hoy -Uso Extraordinario-, oficiada por el P. Manuel María de Jesús en la Iglesia del Salvador de Toledo.
Con profundo gozo exclama en este día la Iglesia: “Bendijisteis, Señor, a vuestra tierra” (Introito).
Es más que una simple aclamación; es también y sobre todo una alabanza, una acción de gracias a Aquél cuya “diestra ha obrado maravillas” y “cuyo nombre es santo” (Cf. Lc 1, 46 ss.)
La tierra que el Señor ha bendecido es la creación, “obra de sus manos” y testimonio vivo de su poder, reflejo de su sabiduría, de su bondad y de su infinita hermosura.
“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18).
La tierra que el Señor ha bendecido es su Pueblo elegido, la Iglesia Santa extendida por toda la tierra, depositaria de los frutos de la Redención obrada por el Hijo mediante su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección.
Pero, también la tierra bendecida por el Señor somos cada uno de nosotros, pues el Padre “nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Ef. 1, 3 ss.).
Gracias a su amado Hijo y Redentor nuestro, Jesucristo, hemos sido elevados a la categoría de hijos adoptivos de Dios. Por el Hijo y por su sangre derramada en la cruz, “hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1, 14).
Sobre nosotros desciende permanentemente un derroche de gracia y de amor departe de Dios. ¿Cómo, pues, no sentirnos movidos a dar gracias a Dios con todo nuestro corazón, a alabarle, bendecirle y glorificar su santo nombre?
Manifestamos nuestro amor a Dios cuando escuchamos y acogemos su Palabra con limpio corazón, siguiendo el ejemplo de Nuestra Madre Santísima, a quien su propio Hijo propone como ejemplo a imitar y proclama dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple. (Cf. Lc. 8, 21)
Hoy nos dice Jesús, que “El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que toma un hombre y lo siembra en su campo”. El grano de mostaza es menudo, pero al crecer viene a ser un árbol, de forma que las aves del cielo bajan y se posan en sus ramas (Cf. Mt 13, 31 ss.)
Ese hombre del que habla Jesús es Él mismo. Él es el sembrador que siembra el grano de mostaza, que en la parábola representa la fe y la vida divina, la vida sobrenatural, sembrada en el campo de nuestra alma el día en que recibimos el santo bautismo.
Esa pequeña semilla de la fe y de la vida sobrenatural está destinada a crecer en nosotros, a desarrollarse y aumentar hasta convertirse en un árbol con ramas.
La diminuta semilla de la fe crece y se fortalece alimentada y fecundada permanentemente por la gracia que recibimos en los sacramentos, por la oración y la unión con Dios.
La fe también crece y se fortalece dándola y testimoniándola ante los demás, como enseñaba el Santo Padre Juan Pablo II.
Al igual que el grano de mostaza, al transformarse en árbol vienen los pájaros a posarse en sus ramas y hacer sus nidos, así también los verdaderos creyentes atraen a otros hacia Dios por la fuerza y atracción de sus obras que manifiestan la fe creída y vivida fielmente. Es de esta forma, que el creyente en Cristo, por la vivencia y el testimonio de su fe, se transforma en levadura que hace fermentar la masa de la humanidad, para que también esta llegue a transformarse en Cuerpo de Cristo, pues cuantos creemos en Él somos a Él incorporados por el santo bautismo, transformándonos en miembros de su Cuerpo Místico que es su Iglesia Santa.
¡Qué consoladoras palabras las de Jesús, referidas al grano de mostaza y a la levadura que fermenta la masa!
A través de ellas, nos recuerda el Señor que es Él quien da crecimiento a nuestra pobre y humilde siembra. Es Él, el Señor de la viña y de los campos.
Esos granos sencillos que nosotros sembramos con nuestro testimonio y con nuestras humildes acciones de cada día, son siembra que el Señor hará crecer y fructificar el ciento por uno: el consejo que damos a quien vive desorientado, la palabra de ánimo al abatido, la visita y atención al enfermo, el perdón a quien nos ofende, el alimento y el vestido compartido con el pobre, la oración por los vivos y por los difuntos, el testimonio valiente de la propia fe… Todas esa diminutas semillas que día a día sembramos los hijos de la Iglesia, el Señor las transformará en un árbol maravilloso, Todas ellas acabarán fermentando la masa de esta pobre humanidad tan necesitada de Dios y del testimonio de los cristianos.
En las manos maternales de María depositamos nuestra humilde siembra para que florezca en frutos de vida eterna. Amén.
Es más que una simple aclamación; es también y sobre todo una alabanza, una acción de gracias a Aquél cuya “diestra ha obrado maravillas” y “cuyo nombre es santo” (Cf. Lc 1, 46 ss.)
La tierra que el Señor ha bendecido es la creación, “obra de sus manos” y testimonio vivo de su poder, reflejo de su sabiduría, de su bondad y de su infinita hermosura.
“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18).
La tierra que el Señor ha bendecido es su Pueblo elegido, la Iglesia Santa extendida por toda la tierra, depositaria de los frutos de la Redención obrada por el Hijo mediante su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección.
Pero, también la tierra bendecida por el Señor somos cada uno de nosotros, pues el Padre “nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Ef. 1, 3 ss.).
Gracias a su amado Hijo y Redentor nuestro, Jesucristo, hemos sido elevados a la categoría de hijos adoptivos de Dios. Por el Hijo y por su sangre derramada en la cruz, “hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1, 14).
Sobre nosotros desciende permanentemente un derroche de gracia y de amor departe de Dios. ¿Cómo, pues, no sentirnos movidos a dar gracias a Dios con todo nuestro corazón, a alabarle, bendecirle y glorificar su santo nombre?
Manifestamos nuestro amor a Dios cuando escuchamos y acogemos su Palabra con limpio corazón, siguiendo el ejemplo de Nuestra Madre Santísima, a quien su propio Hijo propone como ejemplo a imitar y proclama dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple. (Cf. Lc. 8, 21)
Hoy nos dice Jesús, que “El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que toma un hombre y lo siembra en su campo”. El grano de mostaza es menudo, pero al crecer viene a ser un árbol, de forma que las aves del cielo bajan y se posan en sus ramas (Cf. Mt 13, 31 ss.)
Ese hombre del que habla Jesús es Él mismo. Él es el sembrador que siembra el grano de mostaza, que en la parábola representa la fe y la vida divina, la vida sobrenatural, sembrada en el campo de nuestra alma el día en que recibimos el santo bautismo.
Esa pequeña semilla de la fe y de la vida sobrenatural está destinada a crecer en nosotros, a desarrollarse y aumentar hasta convertirse en un árbol con ramas.
La diminuta semilla de la fe crece y se fortalece alimentada y fecundada permanentemente por la gracia que recibimos en los sacramentos, por la oración y la unión con Dios.
La fe también crece y se fortalece dándola y testimoniándola ante los demás, como enseñaba el Santo Padre Juan Pablo II.
Al igual que el grano de mostaza, al transformarse en árbol vienen los pájaros a posarse en sus ramas y hacer sus nidos, así también los verdaderos creyentes atraen a otros hacia Dios por la fuerza y atracción de sus obras que manifiestan la fe creída y vivida fielmente. Es de esta forma, que el creyente en Cristo, por la vivencia y el testimonio de su fe, se transforma en levadura que hace fermentar la masa de la humanidad, para que también esta llegue a transformarse en Cuerpo de Cristo, pues cuantos creemos en Él somos a Él incorporados por el santo bautismo, transformándonos en miembros de su Cuerpo Místico que es su Iglesia Santa.
¡Qué consoladoras palabras las de Jesús, referidas al grano de mostaza y a la levadura que fermenta la masa!
A través de ellas, nos recuerda el Señor que es Él quien da crecimiento a nuestra pobre y humilde siembra. Es Él, el Señor de la viña y de los campos.
Esos granos sencillos que nosotros sembramos con nuestro testimonio y con nuestras humildes acciones de cada día, son siembra que el Señor hará crecer y fructificar el ciento por uno: el consejo que damos a quien vive desorientado, la palabra de ánimo al abatido, la visita y atención al enfermo, el perdón a quien nos ofende, el alimento y el vestido compartido con el pobre, la oración por los vivos y por los difuntos, el testimonio valiente de la propia fe… Todas esa diminutas semillas que día a día sembramos los hijos de la Iglesia, el Señor las transformará en un árbol maravilloso, Todas ellas acabarán fermentando la masa de esta pobre humanidad tan necesitada de Dios y del testimonio de los cristianos.
En las manos maternales de María depositamos nuestra humilde siembra para que florezca en frutos de vida eterna. Amén.
