25 de octubre de 2009

HOMILÍA DEL P. MANUEL MARÍA DE JESÚS EN LA FIESTA DE CRISTO REY

Queridos Hermanos:

Fue Su Santidad el Papa Pío XI quien en 1925 estableció esta Fiesta litúrgica que hoy celebramos, la Fiesta de Cristo Rey.
Observando el Vicario de Cristo los terribles estragos originados por el laicismo, tanto en la vida individual de las personas, como en la vida social de los pueblos y naciones, quiso como Maestro de la fe recordar esta consoladora y comprometedora verdad revelada por la Sagrada Escritura y enseñada por la Iglesia a lo largo de los siglos: “Cristo tiene que reinar, hasta ponerle el Padre a todos los enemigos debajo de sus pies” (Cf. 1 Cor 15, 25).
Tristemente, en el transcurso del último siglo hasta nuestro días, las olas devastadoras del laicismo y del secularismo, lejos de remitir han crecido en volumen y en fuerza, de tal manera que los males denunciados por el Papa Pío XI en aquellas lejanas fechas, son de penosa actualidad, y sus efectos mortíferos se hacen sentir dramáticamente en la vida de las naciones y también calamitosamente en la vida de muchos bautizados.
También hoy podemos decir con Pío XI que un cúmulo de males ha invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se han alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado (Cf. Quas Primas).
Pudiera haber quien con un atrevimiento falto de rigor y dejándose llevar por un optimismo inconsciente e inútil se atreviese a calificar el diagnóstico de Pío XI y de quienes lo suscribimos como de rabiosa actualidad, como un análisis pesimista, producto de la mente de “profetas de calamidades”. Sin embargo, diremos que “contra hechos no caben argumentos”. Y los hechos tristemente están ahí, a la vista de todos: la mayoría de los hombres se han alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia.
En este mismo sentido, el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, denunciaba que “la cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera” (Ecclesia in Europa 9).
¿A qué responden si no las actuales lacras espirituales? Abandono masivo de la asistencia a la Misa dominical, abandono de los sacramentos, privación del santo bautismo a las criaturas, profanación de las promesas matrimoniales de forma alarmante y masiva, el amor libre, la invasión y corrupción de la pornografía y del erotismo, la propagación abierta y permanente de todo tipo de escándalos, los ataques permanentes a la cultura de la vida mediante la propaganda sistemática de la contracepción con todos los medios habidos y por haber, el crimen abominable del aborto, la trivialización de la sexualidad humana…
¿Y a qué responden si no esas otras lacras sociales como el laicismo beligerante y a menudo agresivo de los Estados contra la Iglesia y contra los católicos? Los intentos de acallar y desprestigiar a la Jerarquía de la Iglesia cuando ejercen su labor de maestros de la verdad evangélica y de la moral, los ataques permanentes a la ley natural, la lucha por privar a los padres del derecho sagrado a elegir la educación cristiana y religiosa de sus hijos, la obsesión enfermiza contra los símbolos religiosos, especialmente con mayor saña contra los signos cristianos…
¡Contra los hechos, no caben argumentos1 Y todas estas formas que toma el Mal están presentes con fuerza evidente en nuestra sociedad.
Lejos de cualquier pesimismo estéril, la Iglesia y los cristianos somos portadores de esperanza. Y nuestra esperanza está en Cristo, Rey y Señor de todo lo creado. Esa esperanza es la que queremos ofrecer a nuestros hermanos y al mundo entero para que en Cristo todo encontremos vida en abundancia y remedio a los males que nos aquejan.
Al tiempo que ofrecemos dicha esperanza que es don, regalo y gracia de Dios, nos volvemos hacia el Señor y le pedimos confiadamente que nosotros mismos en primer lugar, y todos los pueblos de la tierra, alejados de Él por la impiedad, se sometan a su suavísimo imperio.
De alguna forma esta Fiesta litúrgica nos está invitando a que hagamos un sincero y profundo examen de conciencia y con espíritu crítico sopesemos el suave yugo de la ley de Cristo y la pesada carga que supone el mal en todas sus formas.
“Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” (Mt 11, 28), nos dice el Señor. Porque la ley de Cristo, la ley evangélica, es la ley del amor, suave y ligera. Sin embargo, la ley del Maligno pronto se manifiesta pesada, esclavizante, aplastante.
Los hijos de la Iglesia hemos de gozarnos en este día y siempre de haber sido liberados de la tinieblas del pecado y transportados al reino de la luz, al reino de Cristo que es un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz (Prefacio de Jesucristo Rey). Un reino que ya ha comenzado en este mundo y del que podemos gozar si vivimos en la gracia y en la amistad de Dios. Un reino que ya podemos disfrutar ahora si permanecemos en el amor de Cristo (Cf. Jn 15, 9). Un reino que tendrá su consumación y su plenitud en la gloria del Cielo, en la ciudad de nuestro Dios hacia la cual nos dirigimos guiados por la fe, sostenidos por la esperanza y confortados con el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5, 5).
Hemos de sentirnos comprometidos por nuestra condición de bautizados a extender el reino de Cristo por toda la tierra. Cada uno conforme a su propia vocación y en todos los ámbitos en que se desenvuelve nuestra vida cotidiana hemos de ser testigos y apóstoles del reino de Cristo, con la convicción profunda de que esa es la mayor contribución y obra de caridad que podemos hacer a nuestro prójimo, porque sólo en Jesucristo está la fuente del bien público y privado. Fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos (Quas Primas 16).
Tal y como nos advierte Nuestro amadísimo Papa Benedicto XVI hemos de estar en guardia contra la dictadura del relativismo que intenta abrirse campo e imponer el error de que no es posible conocer ni alcanzar la verdad, no es posible reconocer al verdadero y único Redentor de los hombres, no es posible conocer la verdad moral, ni es posible reconocer la religión verdadera y revelada, pues todas sería igualmente buenas y válidas.
Por el contrario, nosotros hemos de estar ciertos y seguros de que sólo Jesucristo es quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones; porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de los ciudadanos (Quas Primas 16).
Queridos amigos, en este día y teniendo en cuenta los tiempos en que discurre nuestra vida hagamos nuestro el propósito y consejo del Papa Pío XI:
“Cuanto mayor es el indigno silencio con que se calla el dulce nombre de nuestro Redentor en las conferencias internacionales y en los Parlamentos, tanto más alta debe ser la proclamación de ese nombre por los fieles y la energía en la afirmación y defensa de los derechos de su real dignidad y poder” (Quas Primas).
Que nos estimule el ejemplo recientísimo de nuestros amadísimos mártires de España que entregaron su vida en testimonio de la fe de Cristo y murieron exclamando: ¡Viva Cristo Rey!

P. Manuel María de Jesús