* De la homilía pronunciada por el Cardenal Caffarra, Arzobispo de Bolonia, con motivo de la Dedicación de la Iglesia Catedral. Dirigiéndose a los sacerdotes:"Queridos hermanos sacerdotes, la solemne celebración de la Dedicación de nuestra Iglesia Catedral nos ayuda, en este año sacerdotal, a tener una más profunda inteligencia de nuestro ministerio sacerdotal. "Pero, Él hablaba del templo de su cuerpo". Es en Jesús muerto y resucitado, en su cuerpo glorificado, que Dios se hace presente entre nosotros. A la solicitud de Salomón, "¿pero, es cierto que Dios habita en la tierra?" Dios mismo ha dado respuesta, cuando "envió a su Hijo, nacido de mujer", cuando "el Verbo se hizo carne, y vino a habitar entre nosotros". La consecuencia más grandiosa de este hecho es que la relación del hombre con el Misterio, del hombre con Dios, ha cambiado profundamente, como nos revela la segunda lectura.
El cambio consiste todo en esto: "vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celeste". La Jerusalén celeste es la morada eterna de Dios. Nosotros podemos entrar porque Cristo ha entrado con sus cuerpo glorificado, y nosotros en Él.Nuestra condición se ha mudado porque, "nuestra patria...está en los cielos"(Fil 3, 20). Desde el momento que "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con el cual nos ha amado...nos sentó en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2, 4.6.) La tierra y el cielo no están más inseparablemente separados, porque en el Cuerpo de Jesús, que es la Iglesia, se han encontrado indisolublemente.
Nuestra persona se pone precisamente en el punto de encuentro entra la tierra y el cielo, en cuanto la razón de nuestro ministerio es introducir al hombre en el Misterio de Dios y Dios en el misterio del hombre: hacer presente Dios al hombre y el hombre a Dios.
No tenemos otra razón de ser: la "causa" de Dios ante el hombre y la "causa" del hombre ante Dios.
Es esta la verdadera razón por la cual nuestro ministerio se desenvuelve hoy en unas condiciones de particular dramatismo; podríamos decir de choque decisivo. Por primera vez en su historia, el hombre ha probado y continúa a probar a contruirse una existencia privándola de la presencia de Dios, estimándola superflua cuando no dañina.
Cuando Pablo llega a Atenas, puede decir: "ciudadanos atenienses, veo que en todo sois muy temerosos de los dioses" Hch. 17, 22. En la polis actual, la referencia a Dios se ha suprimido.
Como véis, la extrañeza de nuestra misión para la ciudad de los hombres es hoy completa, en el sentido de que se pone en entredicho el fundamento de esa misión.
Es la "construcción del templo" lo que se rechaza, como simbólicamente y dolorosamente hemos no raramente terminado también nosotros por aceptar, construyendo iglesias privadas de cualquier identidad sacra. Pero nosotros somos los "arquitectos del templo", siempre, también hoy. Pero, ¿cómo?
El Año sacerdotal nos ha sido dado para encontrar la verdadera respuesta a esta solicitud.
"Los discípulos se acordaron de que está escrito: el celo por tu casa me devora. Los discípulos vieron en el comportamiento de Jesús la expresión de su pasión por la gloria del Padre, por la defensa de su honor, por la custodia de los atrios del Señor y la santidad que le es debida. Queridos hermanos, el Espíritu Santo infunda en nuestro corazón el "celo por la casa del Señor", para que seamos incansables constructores del templo de Dios. Habite en nuestro corazón la pasión devoradora por la "causa de Dios" y por la "causa del hombre", conscientes de que nuestro Dios es un Dios que quiere el bien del hombre y que el hombre sin la presencia de Dios está destinado a la ruina".