+USO EXTRAORDINARIO
Domingo decimoquinto después de Pentecostés
Epístola: Gálatas 5, 25-26; 6, 1-10
Evangelio: Lucas 7, 11-16
“Bueno es alabar al Señor y cantar salmos a vuestro nombre, oh Dios Altísimo. Celebrando desde por la mañana vuestra misericordia y vuestra verdad hasta por la noche”.
Estas palabras tomadas del Gradual de la Misa de hoy y que son versos del Salmo 91 hemos de acogerlas como una invitación que nos hace nuestra Santa Madre Iglesia para que como hijos suyos nos unamos a la alabanza que ella dirige a la Trinidad Santísima.
Especialmente cada domingo la Iglesia celebra la misericordia infinita del Señor manifestada en la Muerte y en la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Por la Muerte del Hijo de Dios se ha abierto un torrente inagotable de gracia, de perdón y de misericordia para nosotros pobres pecadores. Una fuente que mana a raudales del Costado herido y abierto del Salvador para que los sedientos podamos beber gratis el agua que lava las manchas de nuestros pecados y la Sangre que nos vivifica.
Por la Resurrección de Cristo Crucificado se ha abierto para cuantos creen en su nombre un camino de acceso a la gloria del Padre. Un camino que conduce a la vida perdurable y a la felicidad eterna.
Somos invitados a celebrar la misericordia y la verdad de nuestro Dios no sólo en la acción litúrgica, sino también como prolongación de esta en nuestra vida de cada día. Sí, la Cruz y la Resurrección del Señor son fuente y camino de misericordia. Lo son también de verdad. ¡La Cruz y la Resurrección son manifestación de la verdad porque son manifestación del amor de Dios!
Cruz y Resurrección, misericordia y verdad son los dones que el Señor nos regala y habrán de ser camino, compromiso y finalmente triunfo para los seguidores de Cristo.
En la epístola a los Gálatas el Apóstol San Pablo nos invita a llevar los unos las cargas de los otros para cumplir plenamente la ley de Cristo que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. No se trata más que del ejercicio de la misericordia hacia nuestros hermanos con la clara conciencia de que “lo que sembrare cada uno, eso mismo recogerá”. Si sembramos misericordia, amor y perdón, en esa misma medida recogeremos nosotros por parte de Dios.
Las palabras del Apóstol nos animan a perseverar en el amor de Cristo Jesús y en el amor a los hermanos: “No nos cansemos, pues de hacer el bien, porque si no desfallecemos a su debido tiempo recogeremos el fruto”.
La luz de Cristo ilumina el sentido profundo de nuestra existencia y de la vida de cada día librándonos del sin sentido, de la apatía y del vacío existencial que son frutos de la impiedad y de la falta de fe: “Mientras tenemos tiempo obremos el bien con todos, principalmente con nuestros hermanos en la fe”. De esta forma, el amor y el bien, la misericordia y la verdad se nos revelan como el quehacer diario y el estilo de vida propio de aquellos que tienen a Cristo como fundamento y piedra angular.
El santo evangelio, tomado de San Lucas, nos narra la acción milagrosa de Jesús en favor del hijo de la viuda de Naím.
Viendo el paso del cortejo fúnebre y a la madre viuda que iba a enterrar a su hijo único, se conmovió el corazón del Señor. Acercándose tocó el féretro y dijo: “Muchacho, yo te lo mando. Levántate. Y luego se incorporó el difunto y comenzó a hablar. Y lo entregó a su madre”.
El signo realizado por Jesús nos revela el misterio de su doble naturaleza divina y humana, “perfectus Deus, perfectus homo”. Como hombre verdadero el Señor comparte en su corazón el sufrimiento y las penalidades de su prójimo. Y por la fuerza de su divinidad se manifiesta como Señor y Dueño de su creación y de sus criaturas.
Nuevamente la misericordia y la verdad se manifiestan juntas en la Persona y en los signos del Salvador.
Misericordia y Verdad se revelan como el signo verdadero realizado por Jesús y garantía de que el reino de Dios ha llegado y está en medio de nosotros y dentro de nosotros en la Persona del Hijo Unigénito y amado del Padre.
Pidamos a la Virgen, Reina y Madre misericordiosa, que nos alcance de su Hijo el don de la santa perseverancia en la fe y en el bien hasta el fin de nuestros días. Que María, Asiento de la Sabiduría, forme en nosotros un corazón misericordioso y plenamente adherido a la Verdad que es Cristo su Hijo y nuestro Salvador. Amén.
P. Manuel María de Jesús